Los 10 peores días del equipo en carrera Imagina el ruido sordo de un bar de barrio un domingo por la tarde, la tele en alto con un resumen de etapas viejas, el olor a cerveza derramada y fritanga, y un amigo que te suelta, sin venir a cuento: «¿Tú cuál dirías que fue el peor día de tu vida en la bici?». A partir de ahí la conversación se dispara sola. Sale Hermida tirado en una pista de tierra de la Cape Epic, ambas piernas paralizadas por los calambres, viendo aterrizar un helicóptero a unos metros y pensando, muy en serio, que quizá regrese a casa hoy y no mañana. Aparece Van Avermaet molido en el sterrato de una Strade Bianche que adora, empapado y vacío, peleando no por ganar sino por llegar. Asoma Sven Nys en Valkenburg, incapaz de seguir, reconociendo después que solo ha tenido «dos o tres días igual de malos» en toda su carrera. Cadel Evans admite que el día que trató de seguir a Contador en Verbier no hubo excusas posibles: ni pinchazos, ni caída, ni mala suerte. Solo gasolina que no estaba. En esa barra también cabe Fred Wright, destrozado camino de Le Lioran, con el coche escoba pegado al dorsal, convencido de que está viviendo «el peor día» de su vida sobre una bicicleta. Y Jan Ullrich recuerda en una sala de prensa gris de Hamburgo que el día que le dijeron que estaba fuera del Tour 2006 por la Operación Puerto dolió mucho más que cualquier derrota, más que cualquier pájara cruzando los Alpes. Son peores días que no se miden en puestos de etapa, sino en la forma en que te rompen por dentro. Y luego están los que ni siquiera entran en la clasificación. No tienen que ver con el maillot que llevas, sino con lo que le ocurre al de al lado. El chaval que no vuelve de una carrera amateur, como Víctor Jiménez en aquella prueba organizada por el club de Tino Zaballa que debía ser fiesta y terminó en duelo, con el organizador repitiendo, casi en shock, que estaban destrozados. Hay momentos en los que el ciclismo se queda desnudo y recuerda que, por debajo de la épica, lo que circula son vidas de carne y hueso. Con ese telón de fondo, hacer una lista de los diez peores días de la estructura Abarca Sports no es un ejercicio morboso, sino algo parecido a la terapia. Hablar de un equipo que ha ganado cinco Tours seguidos, que ha vestido de amarillo, rosa y rojo a algunos de los nombres más grandes del deporte, también exige mirar de frente los días en que todo se torció. Porque si hay una constante en esta saga navarra, desde Reynolds hasta Movistar Team, es que nunca se permitió ser pequeña. Y cuando no te permites ser pequeño, los errores se ven con foco de plató. La historia empieza en una Navarra todavía de ciclismo de pueblo, cuando José Miguel Echavarri y Eusebio Unzué montan Reynolds con pintura blanca y azul, furgonetas que suben puertos con el motor al límite y radio en AM llamando al coche desde una cabina en la autovía. Por allí pasan un segoviano nervioso y encantador, Pedro Delgado, y un navarro inmenso y tímido, Miguel Induráin. Luego se pone la pegatina de Banesto y llega la edad dorada: tren azul que nadie puede descolgar en Francia, Tours encadenados, Giros domados, Vueltas que se cierran sin pestañear. Más tarde el banco desaparece, pero la estructura no: iBanesto.com, Caisse d’Epargne, Movistar Team. Cambian los logotipos, cambian los colores, la base sigue siendo la misma: Abarca, Navarra, Unzué, una obsesión casi artesanal por las grandes vueltas. Del teléfono fijo y el fax al ping de Twitter en el móvil por una maniobra discutida en La Covatilla; del silencio del bus a la cámara de Netflix clavada en la nuca. En ese viaje hay días en que todo sale perfecto y otros en que el equipo descubre, a base de golpes, que también se aprende perdiendo. Pocas escenas condensan tantas cosas como Lagos de Covadonga en 1996. Induráin llega a aquella Vuelta casi por obligación moral, después de un Tour en el que el mito ha empezado a resquebrajarse. El cuerpo va justo, la cabeza, quién sabe dónde. Sobre el papel, la etapa Oviedo–Lagos debería ser un capítulo más en la reconquista del cariño de la afición; en la carretera, se convierte en la estación terminal. En el alto del Fito, el pentacampeón del Tour se queda cortado, serio, hablando con el médico, midiendo gestos que hasta hace poco eran automáticos. Las cámaras lo enfocan, se le ve incómodo, pesado, como si cada pedalada costara el doble. Cuando el pelotón baja hacia Cangas de Onís, en la puerta del hotel El Capitán ocurre algo que nadie imaginaba: Miguel se aparta, apoya la bicicleta en la pared y entra. No hay teatro, no hay aspavientos. Solo un hombre agotado que se quita el dorsal. Televisión Española cambia de canal, el plano se abre, media España desayuna con la imagen de su campeón cerrando la puerta del hotel y, sin saberlo todavía, del ciclismo profesional. Más tarde él asumirá que no quería seguir para pelear por ser quinto. Unzué reconocerá que se equivocaron convenciéndole. Covadonga queda grabada como un peor día extraño: no hay derrota táctica, hay un adiós en directo. Muchos años después, en un bosque gallego lleno de repechos y humedad, otra escena de desgarro quedará pegada a la memoria del equipo. Mos, penúltima etapa de la Vuelta 2021. Roglic controla la general, Enric Mas desfile seguro hacia el segundo puesto, Miguel Ángel López defiende el tercero. El recorrido huele a clásica: carreteras estrechas, subidas encadenadas, terreno perfecto para emboscadas. Bahrain mueve el árbol, Adam Yates ataca, la carrera se rompe en una de esas montoneras tácticas donde las referencias vuelan. López queda atrás. Durante kilómetros tira con una furia que traspasa la pantalla, intentando cerrar un hueco que solo crece. Desde el coche le llegan mensajes cruzados: calma, paciencia, ya habrá terreno. Llega un momento, sin embargo, en el que la lucha deja de tener sentido numérico. El podio se ha ido. Y entonces sucede algo que nadie espera de un jefe de filas de un equipo históricamente disciplinado: el colombiano se detiene, se abre, se sienta en una cuneta. Patxi Vila y Erviti se bajan, hablan con él, tratan de convencerle. Él niega con la cabeza. No ve motivo para seguir. La cámara de la moto recoge la imagen, el rótulo de la organización confirma el abandono. López sube al coche con el dorsal aún caliente de la victoria en el Gamoniteiru dos días antes. RTVE titulará que «Superman se rebela y abandona». Horas después llegarán las disculpas, los matices, las versiones cruzadas sobre órdenes por radio y malentendidos. Lo único incontrovertible es el silencio en el bus esa tarde, la sensación de cortocircuito interno. Si Covadonga 96 fue la renuncia serena de un campeón que se sabe al límite, Mos 2021 es la rabia a flor de piel de un líder que siente que el suelo se le ha movido bajo las calas. Es un peor día distinto: no cae nadie, no hay fracturas óseas, pero se rompe algo mucho más delicado, la imagen de una estructura que siempre había presumido de control. Para entender que los golpes no siempre son tan dramáticos, basta regresar al año 1989, a un despiste que se instaló en todas las tertulias. Pedro Delgado llega al prólogo de Luxemburgo como defensor del título, el hombre que ha despertado una fiebre amarilla inédita en España. El guion es simple: salir a la hora, hacer un buen prólogo, no perder tiempo, colocarse bien y dejar que el equipo controle después. Lo que ve el país, sin embargo, es un plano fijo de una rampa vacía. Faltan dos minutos para que salga el dorsal uno y Perico no aparece. Los mecánicos miran el reloj, Echavarri hace cuentas, la realización aguanta como puede el plano, imagina que quizá salte por la escalera en el último segundo. Delgado está todavía acabando de calentar, distraído, conversando, pensando que queda más margen del que queda. Cuando cae en la cuenta, llega a la rampa con casi tres minutos de retraso. Sale al Tour hipotecado antes de dar una pedalada. Al día siguiente, para completar la pesadilla, Reynolds firma una contrarreloj por equipos desastrosa, pierde minutos a manos llenas y el ganador del año anterior se convierte en farolillo rojo. La anécdota del prólogo ha sobrevivido como chascarrillo, como símbolo de aquel Perico despistado al que medio país adoraba. Pero dentro de la estructura duele más de lo que se admite en las bromas. El Tour estaba planificado como el gran objetivo del año y en dos días se esfuma no solo la posibilidad de repetir victoria, sino la sensación de ser un bloque implacable. Luxemburgo enseña que en el nivel más alto no hay margen para confundir la hora ni para llegar tarde al momento decisivo. Ese aprendizaje, repetido mil veces en las paredes de los hoteles desde entonces, nace de un día ridículo por fuera y durísimo por dentro. Algunos peores días no se ven desde fuera hasta que alguien abre la puerta del autobús. La Vuelta de 1998 se presentó como el laboratorio táctico perfecto para Banesto: Abraham Olano, campeón del mundo y reloj suizo, como jefe de filas para la general; José María «Chava» Jiménez, escalador de dibujos animados, como lugarteniente llamado a dinamitar la montaña. Durante buena parte de la carrera el plan funciona de maravilla. Olano viste de amarillo, Chava gana etapas, la afición se divide entre los que gritan «Abraham» y los que corean «Chava» a la salida de los hoteles. Todo se enreda en la etapa de Navacerrada. En el último gran día de montaña, Jiménez entra en un corte bueno con Escartín, Zülle y otros enemigos directos de su líder. Olano se queda atrás, aislado, sin compañeros, tratando de limitar daños. Arriba, en la cima, el público ve a Chava ganar la etapa, celebrar, enfundarse el maillot amarillo. Por primera vez la foto de líder no es Olano, es el escalador, el hombre que había llegado teóricamente como lugarteniente. El guipuzcoano cae a la segunda plaza, a medio minuto largo. Al día siguiente no son los directores ni los corredores quienes rompen la armonía, sino la radio. Karmele Zubillaga, esposa y representante de Olano, entra en antena y dice que le duele ver al maillot amarillo solo, sin compañeros delante. La frase prende como fuego en hierba seca. Jiménez responde que esas palabras le han hecho un daño enorme, que no entiende que se ponga en duda su compromiso. Banesto terminará ganando la Vuelta con Olano y la montaña con Chava, pero el Navacerrada del 98 quedará escrito como uno de los días más ásperos en la convivencia interna del equipo. De puertas afuera se ha triunfado; de puertas adentro se ha abierto una grieta invisible a la clasificación, pero muy real en los pasillos del autobús y en las sobremesas de invierno. La lista de días negros tiene otros capítulos más silenciosos pero igual de crueles. Valkenburg, Tour 2006, por ejemplo. Con Armstrong retirado y Ullrich y Basso apartados por la Operación Puerto, la carrera se presentaba como una ventana histórica para nuevos nombres. Uno de los candidatos era Alejandro Valverde, jefe de filas de Caisse d’Epargne, flamante dominador de las Ardenas ese mismo año, ganador el verano anterior en Courchevel. En la estructura se había trabajado todo el invierno con esa idea: esta vez el murciano puede pelear de verdad por el amarillo. La trampa aparece pronto, en la tercera etapa. Camino de Valkenburg, en terreno quebrado, casi de clásica, el ritmo es alto pero el guion no debería salirse demasiado de lo previsto. Hasta que en una zona rápida Alejandro toca con la rueda delantera la trasera de otro corredor, pierde el equilibrio y sale disparado contra el asfalto. Su maillot negro y rojo queda extendido en la carretera, el gesto de dolor es inmediato, la mano va a la clavícula antes que al casco. Fractura, ambulancia, abandono. Las crónicas británicas lo resumirán con frialdad: otro de los favoritos que cae en la primera semana. Para el equipo navarro, sin embargo, es algo más: meses de preparación tirados por la borda en un segundo, una oportunidad que quizá no vuelva, el viejo déjà vu de ver cómo el Tour soñado se rompe antes de llegar a un gran puerto. Comparado con eso, los días de viento pueden parecer menores, al menos hasta que se revisan los números. Saint-Amand-Montrond, 2013. El libro de ruta etiquetaba la etapa como jornada de transición. Valverde ya es otro corredor, se ha recolocado como candidato sólido al podio y marcha segundo en la general. El peligro no se presenta con forma de curva ni de descenso, sino de aire lateral. Omega y Saxo deciden que aquel no va a ser un día cualquiera. Cuando el viento aprieta y la carretera se estrecha, arrancan un abanico furioso. En ese momento exacto, Valverde sufre una avería en la rueda trasera. Se detiene, cambia de bici, se lanza a una persecución desesperada con medio Movistar echándole una mano. El pelotón, sin embargo, no espera. La diferencia se abre, sube, se convierte en un abismo. En meta, el murciano ha perdido casi diez minutos. Del segundo puesto pasa a un lugar secundario en la clasificación. La sensación en el autobús no es de derrota épica, sino de golpe seco. Nadie se ha reventado en un puerto mítico, nadie ha fallado en una contrarreloj contra reloj; simplemente, la combinación fatal de un problema mecánico y una encerrona al dictado del viento ha hecho saltar por los aires un Tour que parecía encarrilado. Desde entonces, cada vez que en una grande aparece un mapa plagado de flechas que indican aire de costado, alguien en la sala de reuniones pronuncia el nombre de aquel pueblo francés que casi nadie recordaba antes. Seis años más tarde, en Albi, el viento volverá a soplar, esta vez con algo más que segundos en juego. El Tour 2019 arranca con un experimento valiente: Movistar lleva a Nairo Quintana, Mikel Landa y Alejandro Valverde como líderes compartidos. La famosa tricefalia. La contrarreloj por equipos se salva con dignidad, la primera semana transcurre entre nervios, rotondas y caídas ajenas. La etapa 10, con rumbo a Albi, tiene una advertencia clara: hará viento. Jumbo, Ineos y Deceuninck lo saben y, cuando llega el momento, tensan el ritmo hasta que la carretera se rompe como un cristal. El equipo navarro está bien colocado hasta que, a menos de veinte kilómetros de meta, un cambio de trayectoria de Warren Barguil se lleva al suelo a Landa. El alavés se levanta magullado, con la ira en la mirada, y arranca perseguido por varios compañeros que se sacrifican por él. Quintana y Valverde se mantienen en el grupo bueno para no hipotecar sus opciones. En meta, Landa se deja dos minutos largos. El Movistar, paradójicamente, se marcha de aquella jornada con el liderato por equipos, pero el día queda como símbolo de algo más incómodo: la dificultad para sostener tres liderazgos a la vez cuando la carretera te obliga a elegir a quién ayudas y a quién dejas ir. Cuando, meses después, se estrene «El día menos pensado», las imágenes de Albi se revisarán con otra luz, como el inicio público de una tensión que llevaba tiempo cociéndose. No todos los peores días tienen un culpable con dorsal. A veces decide la montaña, la meteorología, la propia naturaleza caprichosa del Tour. La etapa 19 de aquel mismo 2019, con el Col de l’Iseran como techo de la carrera, estaba marcada en rojo como la gran oportunidad para dinamitar la general. Movistar llegaba con Valverde y Amador en la fuga, con Soler dispuesto a sacrificar su día para ayudar a Landa, con Mikel instalado en la élite de la clasificación, sexto y con margen para lanzar un órdago camino de Tignes. En la propia subida al Iseran, el Ineos de Bernal impone un ritmo que desarma a Alaphilippe y, cuando el colombiano se marcha, la sensación es que el Tour está cambiando de manos en directo. Lo que no ve el espectador hasta unos minutos después es lo que hay al otro lado del puerto: una tromba de granizo, barro y piedras que destroza la carretera de Val d’Isère. La organización recibe imágenes de quitanieves improvisadas, de coches bloqueados, de arcenes convertidos en ríos. Decide parar la etapa, tomar los tiempos en la cima, mandar a todos a los coches. Bernal se enfunda un amarillo que ya no soltará. Movistar, que había jugado agresivo, se queda con la extraña sensación de haber hecho todo lo previsto para un gran golpe… y descubrir que el Tour, a veces, juzga con criterios extraños. No se perdió nada que no estuviera ya difícil, se perdió la posibilidad de probar. Que el destino decida por ti también construye peores días. Si hay una jornada que explica cómo ha cambiado el ciclismo en estos años, quizá sea La Covatilla en la Vuelta 2020. Calendario trastocado por la pandemia, otoño en lugar de verano, carreteras castellanas teñidas de hojas secas. Roglic llega de líder, Carapaz respira a menos de un minuto, Hugh Carthy sueña con el golpe definitivo, Enric Mas defiende un top‑5. En la última subida, el ecuatoriano ataca, el esloveno empieza a ceder segundos y durante unos minutos la general parece de plastilina. La televisión huele el suspense: si Carapaz abre medio minuto más, la roja cambiará de hombros. Es entonces cuando aparece el plano que encenderá las redes. En una toma abierta se ve a Roglic tirando del grupo, a Carapaz unos metros por delante con un par de compañeros de Ineos, y por detrás, en el grupo del esloveno, a dos Movistar trabajando con decisión: Marc Soler y Enric Mas. Desde la pizarra el movimiento tiene lógica: Dan Martin viene cortado, el cuarto puesto de Mas está en juego, el objetivo del equipo es defender esa plaza, no reescribir la historia del líder de otro conjunto. Desde el sofá, la lectura es otra. El exequipo de Carapaz parece remando, en pleno esfuerzo, a favor del hombre que trata de contener su ataque. A la noche, Carapaz se limita a decir que cada uno defiende sus intereses. Mas subraya que no ayudó a nadie ni quiso perjudicar a nadie, que se limitó a hacer su carrera. La clasificación final dirá que Roglic gana la Vuelta por apenas veinticuatro segundos, que Carapaz es segundo, Carthy tercero y Mas quinto. El problema es que las cifras pesan menos que la imagen. Por primera vez, el Movistar se ve envuelto en un linchamiento digital que cuestiona no ya una decisión táctica concreta, sino una manera de entender el ciclismo. De repente, el equipo que siempre había sido asociado a cierto romanticismo de ataque se ve acusado de jugar a la pequeña política de los puestos. El último capítulo de esta lista llega en Bilbao, en 2023, y tiene algo de broma macabra del destino. El Tour arranca en Euskadi, las calles se llenan de ikurriñas, de niños pintados de amarillo, de pancartas con nombres de corredores que se confunden con los de los vecinos de casa. Para Movistar es casi un regreso sentimental: volver a la carrera que más le ha dado en un terreno que siente propio. Enric Mas llega como líder indiscutible, más maduro, con Vueltas sólidas a la espalda, con la idea clara de hacer tres semanas de regularidad y pelear por un top‑5 si se abre el hueco. La primera etapa es nerviosa, preciosa, con el Vivero y Jaizkibel como trampolines para que los favoritos enseñen las piernas. Aparentemente, no debería ser un día especialmente peligroso para la general. Hasta que, en el descenso del Vivero, Mas y Carapaz se van al suelo en una caída enrevesada. El ecuatoriano se levantará maltrecho y al día siguiente ganará una etapa, como si su cuerpo hubiera aceptado el golpe y se hubiera empeñado en desmentirlo. Mas se levanta, prueba un par de kilómetros, mueve el hombro, frunce el ceño. La radio devuelve un silencio que lo dice todo. Pocos minutos después sube al coche camino del hospital de Cruces. El parte habla de fractura de escápula derecha, abrasiones profundas, abandono inmediato. Para el equipo navarro es un peor día de manual porque no hay tiempo para gestionarlo. El Tour se acaba antes de empezar. No hay margen para reajustar objetivos, para reconvertir un líder en cazaetapas, para buscar fugas con la calma de quien sabe que la general está perdida. Todo eso habrá que improvisarlo sobre la marcha, con el cuerpo de Mas todavía dolorido y su cama del hotel quedándose vacía de un día para otro. Hay derrotas que llegan de forma gradual; esta cae como un piano desde la azotea. En paralelo a estos golpes propios, la historia de la estructura Abarca se ha ido cruzando con las noches negras de otros. El Tour de 2006 que acaba en manos de Pereiro no se entiende sin el positivo de Floyd Landis, sin ese maillot amarillo que tarda quince meses en llegar a la casa del gallego. La etapa de Finestre en el Giro 2018, con Froome firmando una de las mayores cabalgadas modernas y Carapaz entrando segundo, recuerda que muchas veces el mejor lleva otro maillot, otro dorsal, otro plan de equipo a sus espaldas. La exhibición de Bernal en el Iseran, con la etapa neutralizada por granizo, se convierte en espejo incómodo de lo que otros sí supieron hacer cuando se abrió la ventana. La historia de Movistar también se explica por comparación con los peores o los mejores días de los demás. Cuando uno junta todos estos episodios en una mesa, como si fueran cartas extendidas, el primer impulso es el del chiste fácil: reírse del despiste de Perico en Luxemburgo, del ataque de Chava que dejó a Olano vendido, de la rabieta de López sentándose en la cuneta gallega. Pero basta rascar la superficie para que aparezcan otras cosas. Una lección evidente es que las grandes vueltas se deciden muchas veces en jornadas sin glamour: ni Lagos, ni el Iseran, ni La Covatilla, sino Luxemburgo, Saint‑Amand o Albi. Etapas que el aficionado apunta como de transición y que, en cambio, destrozan años de trabajo por un abanico mal leído, un coche mal colocado o una rueda que no llega a tiempo. Otra enseñanza menos obvia tiene que ver con la cabeza de los líderes. Covadonga muestra lo que sucede cuando se fuerza a un campeón que ya no quiere estar ahí. Mos, con sus códigos emocionales propios, habla de la fragilidad de cualquier equilibrio en un deporte donde se vive al límite durante tres semanas. Entre una y otra historia hay un hilo común: la necesidad de leer no solo los vatios, también los silencios, los gestos, las dudas que se cuelan en la sobremesa del hotel. La estructura ha ido cambiando su manera de gestionar calendarios, descansos y liderazgos con cada golpe de estos. También hay, por supuesto, una lección de convivencia. Navacerrada 98, la tricefalia del Tour 2019 o la Vuelta 2021 enseñan que juntar varios gallos exige más psicología que potencia. No basta con tener tres corredores capaces de ganar; hay que ser capaz de convencer a dos de que, durante tres semanas, su tarea puede consistir en ayudar al tercero. Cuando eso no se consigue, la imagen que sale hacia fuera no es la del equipo más fuerte, sino la de un conjunto que se estorba a sí mismo. Y en los últimos años se ha añadido una dimensión nueva: la del relato. La Covatilla no fue solo una cuestión de segundos y de puestos; fue una batalla por la percepción. Lo que queda en la retina no son las tablas de tiempos, sino el plano de Carapaz adelante y el grupo de Roglic, con dos Movistar tirando, detrás. El equipo ha aprendido que, en la era de las redes, una decisión tácticamente impecable puede convertirse en un bumerán si no se explica bien, si no se acompaña de una narrativa que la sostenga. Quizá por eso la propia estructura decidió abrirse en canal con una serie como «El día menos pensado». Mostrar las discusiones, las dudas, los errores, los momentos en que la voz tiembla al hablar con un corredor que lo ha dejado todo. Convertir los peores días en relato compartido, igual que Hermida habla ya con naturalidad de aquella reacción alérgica en Sudáfrica o Van Avermaet menciona aquella Strade de barro en la que el cuerpo dijo basta. Los malos días no desaparecen; se integran. Si algún día vuelves a ese bar y el amigo de la primera cerveza te pregunta, pero esta vez por los peores días del Movistar, te saldrá una lista parecida a esta: Covadonga, Luxemburgo, Navacerrada, Valkenburg, Saint‑Amand, Albi, el Iseran helado, La Covatilla otoñal, la cuneta de Mos, el Tour que no arrancó en Bilbao. Diez escenas distintas atravesadas por un rasgo común: al día siguiente hubo que volver a ponerse el dorsal. En eso, al final, este equipo se parece mucho al ciclismo que dice representar: un deporte que permite que tus peores jornadas se vean en directo, pero también te obliga, casi sin dejarte pensar, a estar otra vez en la línea de salida cuando aún te duele el recuerdo.