La salida de Landa: lo que nunca se contó
INTRODUCCIÓN Hay despedidas que suenan a portazo y otras que se cuecen a fuego lento hasta que un día, sin drama aparente, alguien hace la maleta y se va.
La escena se repite cada septiembre, casi como un ritual. Un bar cualquiera, la tele colgada en una esquina, una etapa de la Vuelta que amenaza siesta más que épica. Enric Mas bien colocado, las motos buscando un plano de Roglic, los comentaristas hablando de vatios y de segundos. Y, en algún momento, siempre hay alguien en la barra que rompe el bostezo con una frase que ya es muletilla: «Con Landa, hoy se habría movido la cosa».
El camarero sonríe, tu amigo también, nadie sabe muy bien qué habría pasado, pero todos sienten que se han perdido algo. Esa nostalgia por algo que quizá nunca ocurrió del todo es el verdadero legado de la salida de Mikel Landa de Movistar. Oficialmente fue una operación limpia: termina contrato, aparece una oferta de Bahrain Merida, el alavés la aprovecha para ser jefe de filas único y todos se desean suerte en los comunicados. Ni ruedas de prensa dramáticas ni reproches públicos.
Por debajo, sin embargo, quedaban dos temporadas de fricción sorda, de promesas a medias y de un desencuentro de carácter entre un corredor que vive para encender carreras y una estructura que lleva casi medio siglo tratando de apagarlas un poco para que nada se descontrole. Para entender por qué dolió tanto aquella ruptura, hay que subir al coche del director y, al mismo tiempo, bajar al sótano de la historia. Porque lo de Landa no fue solo un fichaje que salió regular; fue el primer gran choque generacional entre la vieja casa Abarca y una manera de entender el ciclismo que ya no cabe del todo en los márgenes de una libreta de notas encima del salpicadero. La casa Abarca empieza en 1980, cuando un equipo modesto patrocinado por Reynolds se planta en las carreteras sin saber que, con los años, acabará siendo una institución.
Después vendrán Banesto, con los Tours de Indurain que moldean una época; Illes Balears como puente discreto; Caisse d’Épargne con su aire de banca seria; y desde 2011, Movistar como marca global en el maillot. Cambian los colores, cambian los logotipos, los cascos se vuelven más aerodinámicos y los culottes más ajustados, pero hay un hilo que se mantiene: Eusebio Unzué en la silla del director, un núcleo duro en la oficina de Navarra y una manera muy particular de gobernar el talento. Ese mecanismo interno mezcla tradición, jerarquía y una pulsión por controlar la carrera que ha dado muchos frutos. Durante años, el patrón fue simple y eficaz: un líder indiscutible, un puñado de lugartenientes y un ejército de gregarios disciplinados.
De Delgado a Indurain, de Olano a Valverde, la estructura se acostumbró a girar alrededor de un nombre propio. El liderazgo no se gana solo con las piernas; se cocina con resultados, carisma, química con el patrocinador y hasta con la manera de manejar las ruedas de prensa. Los galones pesan incluso cuando no se ven. El problema es que el ciclismo cambia.
Llegan los potenciómetros, los jóvenes formados en academias casi científicas, los equipos-empresa capaces de fichar a media generación de talento a la vez. Y Movistar intenta responder a esa ola con una apuesta que suena moderna sobre el papel: repartir responsabilidades entre varias estrellas, jugar a la carta del bloque. Quintana, Valverde, luego Carapaz, y en 2018, la pieza que prometía dinamitar cualquier guion: Mikel Landa. Landa no aterriza en Pamplona como una promesa por pulir, sino como el escalador que ya ha dejado huella.
Es el tipo que incendió el Giro 2015 con Astana, el que subía un punto más que todos en las rampas imposibles mientras el resto miraba el gps con resignación. Es también el corredor que, en el Giro 2016 con Sky, se baja por un problema estomacal justo cuando venía de hacer una contrarreloj brillante y parecía listo para discutir la general. Y es el hombre que en el Tour 2017, trabajando para Froome, acaba a un suspiro del podio final, con media afición preguntándose qué habría pasado si le hubieran soltado las riendas. Ese historial alimenta un personaje que la gente reconoce al instante: héroe trágico, escalador de días contados, especialista en dejar finales abiertos.
Landa se gana el cariño por su forma de correr, no por un palmarés desbordante. Su carrera está llena de ‘y si’ más que de ‘así fue’. Cuando Movistar anuncia su fichaje, hay una promesa no escrita flotando en el aire: aquí, por fin, tendrá un proyecto construido a su medida, una estructura grande dispuesta a apostar por él como jefe de filas de verdad. Lo que encuentra, sin embargo, es algo bastante distinto.
En su primera visita a la sede de Abarca, con el maillot nuevo todavía oliendo a fábrica, se le presenta una idea seductora pero resbaladiza: compartir liderato con Quintana y con Valverde, aprovechar la riqueza de tener tres cartas fuertes para atacar la carrera desde distintos ángulos. Sobre la mesa de reuniones se despliegan recorridos, perfiles de montaña, posibles alianzas. En los powerpoints, el plan tiene sentido: si uno flaquea, otro aparece. Todos salen ganando.
En la carretera, ese experimento se convierte en una bomba de relojería. Cada etapa de montaña es un debate: quién ataca, quién se guarda, quién asume el papel de escudero aunque se sienta con piernas para más. El documental de Netflix ‘El día menos pensado’ deja esas discusiones a la vista de millones de espectadores: directores que repiten consignas distintas a pocos minutos de diferencia, corredores que salen del bus con una consigna y regresan con otra, silencios incómodos en la mesa del hotel. Se ve a Quintana, se ve a Valverde, se ve a Landa, y se ve, sobre todo, el desgaste de convivir demasiadas semanas en un sistema sin fronteras claras.
Tiempo después, ya lejos de la escuadra, Quintana reconoce que no fue sencillo rememorar aquellos episodios frente a las cámaras, que hubo momentos que habría preferido dejar enterrados. No le sorprende a nadie que haya pasado por un vestuario de egos de esa dimensión. Dentro del bus, el tono sube o baja, pero las sensaciones se quedan. Para un corredor como Landa, que corre mucho por instinto, cada orden por radio pidiendo esperar, no atacar todavía, dejar que ‘la carrera se seleccione sola’, es un jarro de agua fría vertido directamente sobre la cabeza.
En ese contexto va cobrándose forma un fenómeno que ya existía pero que, esos años, cristaliza del todo: el landismo. No es solo un grupo de aficionados ruidosos; es casi una manera de entender el deporte. Prefieren una arrancada suicida a veinte de meta, aunque el pelotón la neutralice, antes que un tercer puesto cocinado al fuego lento de los números. El landismo se alimenta de gestos: un cambio de ritmo cuando nadie lo espera, un ataque lejos de meta, una declaración postetapa en la que, en lugar de buscar excusas, el protagonista admite que se equivocó o que no tenía más.
Ese clima convierte cada detalle en noticia. Si Landa se queda sin compañeros en un momento clave, la sospecha sobrevuela al instante: ¿el equipo no confía en él? Si trabaja demasiado para otro líder, la hinchada se pregunta si no le están cortando las alas de nuevo. Y detrás, en la oficina de Navarra, alguien tiene que lidiar con la tormenta silenciosa de las expectativas: el patrocinador quiere resultados, la afición quiere espectáculo, el staff quiere orden.
La cuadratura del círculo. La temporada 2019 concentra todas esas tensiones en un puñado de semanas. En el Giro, es Richard Carapaz quien toma por asalto la maglia rosa con una serenidad inesperada. La lógica interna manda acompañar al ecuatoriano, protegerle, cerrar huecos cuando sufre.
Landa cumple, ataca cuando toca, recupera tiempo, se muestra como uno de los hombres más fuertes en la montaña, pero el foco, inevitablemente, se mueve hacia el compañero que huele a ganador sólido. Desde fuera, la apuesta del equipo parece impecable. Desde dentro, para el alavés, la película suena demasiado a repetición: otra vez a un paso del gran golpe, otra vez al servicio de un líder emergente. El Tour de ese mismo año no alivia la sensación.
De nuevo reparto de galones entre Quintana, Valverde y Landa. De nuevo etapas de montaña en las que cuesta descifrar si el equipo va a una cosa o a tres al mismo tiempo. De nuevo declaraciones públicas insistiendo en que todos reman en la misma dirección, mientras cada gesto sobre la bicicleta revela pequeñas agendas personales. A ratos, el bloque parece correr más pendiente de no perjudicarse entre sí que de derribar al rival.
En ese caldo de cultivo aparece la llamada de Bahrain Merida. Un proyecto más joven, con menos historia pero con presupuesto, dispuesto a anunciar a bombo y platillo que su Tour 2020 girará en torno a un único líder: Mikel Landa. La propuesta no habla de tríos ni de liderazgos compartidos, sino de construir un equipo a su alrededor, con un objetivo claro. En declaraciones a la prensa, el propio corredor remarca esa idea de ser líder único, de dejar atrás las confusiones.
Suena como una liberación. El salto no está exento de riesgos. Supone abandonar la seguridad de Abarca, con su calendario garantizado y su estructura asentada, para entrar en un equipo más expuesto a los vaivenes de patrocinadores y resultados. Años más tarde, cuando Bahrain anuncia un recorte drástico de salarios en plena crisis del calendario, muchos recuerdan aquel verano en el que Landa se marchó.
El nuevo maillot da libertad de movimientos, sí, pero también menos red si las cosas salen mal. Los últimos meses con Movistar se consumen en un lento apagón. En el Giro de Lombardía de 2019, su última carrera con la escuadra telefónica, Landa se baja de la bici a falta de más de sesenta kilómetros. Es su quinto abandono seguido en las clásicas italianas de ese otoño.
El escenario ayuda poco: carreteras húmedas, luz de finales de temporada, esa tristeza particular de los días en que casi nadie lucha por el contrato siguiente. No hay fotos icónicas de despedida ni abrazos teatralizados. Solo un corredor que entra en el bus empapado, se seca con una toalla y empieza a pensar en la siguiente camiseta que se abrochará al pecho. Deja atrás un equipo que nunca terminó de hablar su idioma.
Movistar fichó al atacante que inflamaba el Giro con Astana y se encontró con la presión de que ese mismo hombre asegurara podios. Landa firmó pensando en una escuadra rendida a su ambición y acabó atrapado en un engranaje que pedía prudencia casi por sistema. Nadie es villano en esta historia, pero todos salen con la sensación incómoda de haber desaprovechado algo. Mientras tanto, la vida continúa en la sede navarra.
Con Landa ya fuera, la apuesta se centra en Enric Mas, un corredor sobrio, aplicado, menos dado a los golpes de teatro en la alta montaña. Sus resultados son sólidos: puestos de honor en grandes vueltas, regularidad, pocas explosiones. Pero el fantasma de Landa se cuela en cada tertulia. A Mas se le pide que asegure podios y que, además, encienda la televisión.
Cuando decide no salir a la desesperada detrás del favorito y opta por consolidar el tiempo que tiene, siempre hay alguien dispuesto a recordar que ‘esto con Landa…’. Ese listón emocional pesa casi tanto como los rivales. En paralelo, Abarca también se mira al espejo. La entrada de Quantum Pacific como accionista minoritario, con un 43% del capital, trae aire fresco y músculo financiero.
Llegan nuevas marcas al maillot, se refuerzan departamentos de rendimiento, se estructura mejor el equipo femenino, se impulsa una academia para formar talentos y el calendario se abre a disciplinas como el gravel. Todo habla de una estructura que quiere dejar atrás la imagen de reliquia noventera sin renunciar a su raíz. Pero el dilema de fondo sigue ahí: cómo casar el control que siempre les ha hecho fuertes con una época en la que los aficionados se enamoran de los que se atreven a dinamitar la partida. Al otro lado del tablero, Landa vive su propia historia de montaña rusa.
En Bahrain suma buenos puestos en grandes vueltas, vuelve a rozar el podio, firma etapas brillantes y sufre caídas que le recuerdan, con crudeza, lo frágil que es todo. Cuando parece que el camino se alinea para un asalto serio a la general, aparece un enganchón, un descenso traicionero, un mal día de esos que no avisa. El patrón se repite con una fidelidad casi cruel: el landismo se ilusiona, la carretera lo golpea, el protagonista se levanta y vuelve a sonreír. Su salto posterior a Soudal Quick-Step lo coloca en un rol diferente: veterano de lujo en una estructura históricamente centrada en las clásicas, referencia para los más jóvenes y, al mismo tiempo, corredor que sigue soñando con la alta montaña.
En las entrevistas se le percibe distinto, más ligero. Habla de que continúa disfrutando ‘como el primer día’ cuando la conversación gira hacia el Giro, reconoce sin pudor que hubo jornadas de Vuelta en las que se preguntó qué hacía allí sufriendo, pero también que el cariño del público lo empuja a seguir intentándolo. En las cunetas, el grito se repite: ‘¡Landa, ataca!’. No es una orden táctica; es una declaración de fe.
La caída del Giro 2025, con fractura de una vértebra en la primera etapa, encaja como pieza trágica en ese mosaico. Venía con ganas, con preparación específica, con una hoja de ruta que apuntaba a ese podio esquivo. Acaba en una ambulancia, mirando el techo blanco, con el maillot rasgado y la temporada descosida en un solo golpe. Muchos habrían dado por cerrado el ciclo ahí.
Él no. En cuanto puede volver a entrenar, ya habla de objetivos, de etapas, de otra oportunidad. Landa no es solo un estilo de correr; es esa obstinación por seguir probando aunque la estadística diga lo contrario. La salida de Movistar, vista con la perspectiva de los años, deja varias lecciones que van más allá de un cambio de maillot.
En lo deportivo, ilustra los peligros de un multiliderazgo mal resuelto. Tener tres jefes de filas suena apetecible en las presentaciones, pero exige una franqueza interna brutal: hay que decir quién manda en cada momento, quién se sacrifica cuando las cosas se tuercen, quién acepta salir del hotel sabiendo que ese día le toca ser gregario. Cuando esa claridad no existe, la factura que se paga no es solo táctica, también emocional. En lo humano, el caso muestra hasta qué punto la sensación de reconocimiento pesa tanto como el calendario o el salario.
Landa no se marchó porque no pudiera correr el Tour, ni porque tuviera un programa pobre. Se fue porque intuía que, cuando llegara la hora de elegir a quién arropar con todo el equipo, su nombre no sería el primero en la lista. Y para un ciclista que se juega la piel bajando un puerto mojado, esa duda importa tanto como el número de ceros del contrato. Para Abarca, la historia funciona como advertencia: no todo cabe bajo el mismo maillot.
Mantener contentos a todos los líderes a la vez puede acabar vaciando de contenido el liderazgo. Después de Landa, el péndulo ha oscilado hacia un esquema en el que Mas asume más peso que nadie, a veces quizá demasiado. El reto será encontrar un punto intermedio que permita convivir a los calculadores con los incendiarios, sin que los primeros se sientan desprotegidos ni los segundos domados. Para los aficionados, la ruptura tuvo algo de acto fundacional.
Confirmó que el landismo no estaba atado a un equipo, sino a un ciclista. Los seguidores han seguido las andanzas de su ídolo en Bahrain, en Quick-Step y donde haga falta, construyendo chistes, memes, pequeñas liturgias de sofá alrededor de cada ataque, cada desgracia y cada renacimiento. Movistar, ha tenido que aprender a vivir con esa sombra amable pero exigente, esa comparación inevitable cada vez que una etapa parece demasiado fría. Volvemos al bar del principio.
Vuelta a España, recta final, la fuga se rinde, el grupo de favoritos sube una última cuesta mirándose más que atacándose. Alguien remueve el café y lanza la frase de siempre: ‘Si hoy estuviera Landa, otro gallo cantaría’. Quizá sí, quizá no. Tal vez habría arrancado a veinte de meta y lo habrían cazado a dos.
Tal vez habría cedido también, sin poder. Da igual. Lo importante es que, unos cuantos años después de su adiós gris en Lombardía, su nombre sigue siendo sinónimo de aquello que muchos buscan cuando encienden la tele: la posibilidad de que alguien, aunque los algoritmos digan lo contrario, se olvide por un rato de la clasificación general y se lance a la aventura. Eso, durante un par de temporadas, fue casi imposible con un maillot azul con la eme en el pecho.
Por eso Landa se fue. Y por eso, cada vez que alguien rescata su nombre en la barra de un bar, hay siempre un segundo de silencio en el que todos miran a la pantalla y, sin decirlo, se hacen la misma pregunta: ¿y si hoy hubiera atacado él?