En la barra hay churretes de cerveza, ecos de una conversación anterior y, en mitad de todo, una servilleta convertida en pizarra táctica. Arriba, con bolígrafo azul, alguien ha escrito una S enorme. Debajo, con trazos más tímidos, se adivinan una A, una B y un cajón sin letra, reservado a los momentos que no deciden carreras pero sí discusiones. En la tele, en bucle, aparece un murciano de verde cruzando la meta de Innsbruck con la boca abierta, al borde del llanto.
Alguien señala la pantalla, mira la servilleta y sentencia: “Ese día es S seguro”. Otro, que venía de quedar para jugar al Smash Bros en casa, asiente. Las tier lists han saltado de la consola a la barra del bar. En los foros de videojuegos llevan años ordenando personajes como si fueran cromos en un álbum infinito.
Unos juran que tal héroe es de fila S, otros que apenas llega a A porque un parche le ha bajado el daño o le ha recortado la velocidad. Kotaku, The Daily Dot y compañía han discutido hasta la saciedad si Pikachu está roto, si los luchadores de Guilty Gear están equilibrados o si hay frutas que, honestamente, merecen un puesto más alto que muchos personajes. El esquema es sencillo: arriba del todo una letra S que viene de superb, de super o de ‘sugoi’, ese adjetivo japonés que sirve para casi todo. Abajo, el abecedario de toda la vida: A, B, C, D… una jerarquía simple para sostener horas de discusión.
Ahora imagina aplicar esa lógica al ciclismo. No a un videojuego, sino a una carrera real, con sudor, altimetrías, caídas y fotógrafos. Y no a cualquier corredor, sino a Alejandro Valverde dentro de la saga Abarca Sports: desde Reynolds hasta Movistar pasando por Banesto, iBanesto, Illes Balears o Caisse d’Epargne. De repente, esa servilleta de bar se llena de puertos, fechas y rivales.
Hablamos de un ciclista con 133 victorias profesionales, un Mundial, una Vuelta a España, doce etapas en la ronda española, cuatro en el Tour, una en el Giro y una vitrina de clásicas que haría sentir realizado a más de un museo. Ordenar todo eso en filas S, A o B no es tanto un ejercicio de justicia como una excusa para construir un relato compartido. La estructura que le acompaña tampoco es una cualquiera. Abarca Sports es una rareza en un deporte acostumbrado a equipos que nacen y mueren al ritmo de los patrocinadores.
Desde 1980, cuando el maillot decía Reynolds, hasta el azul Movistar que conocemos hoy, el hilo lo ha llevado casi siempre la misma mano: Eusebio Unzué y su gente. Por ese tren han pasado Perico Delgado, Indurain, Olano, el ‘Chava’ Jiménez, Rui Costa, Quintana, Carapaz o Mas. En medio, como vagón que une épocas que parecen de siglos distintos, se sube un murciano que viene de Kelme y decide no bajarse hasta 2022. Valverde es el que pega las piezas, el que rellena el hueco entre el ciclismo en blanco y negro emocional de los noventa y la era de los potenciómetros y los jóvenes que ganan todo antes de los veinticinco.
Antes de poner nombres a cada fila, conviene entender qué se está ordenando. Una tier list de videojuegos se fija en dos cosas: jerarquía y contexto. No basta con contar victorias, hay que considerar cómo de decisivo es un personaje dentro de un meta concreto, con sus reglas y sus parches. En ciclismo la cosa se complica: las normas cambian menos, pero varían los recorridos, se suceden las eras del dopaje y de la sospecha, evolucionan el material, la preparación, la manera de correr.
El mismo ataque puede tener valor distinto según el año, el rival que había enfrente o la situación del equipo. Y en el caso de Valverde, además, hay que añadir una capa incómoda: la de un expediente disciplinario que colorea todo lo que hizo antes y después. Volvamos a la tele del bar. El narrador se desgañita en Innsbruck 2018, el día en que por fin cae el arcoíris.
El circuito austriaco es largo, exigente, casi cruel para un corredor que se acerca a los 38 años y lleva una década cosechando podios en el Mundial sin tocar el oro. Plata en Hamilton, otra vez plata en Madrid, bronces en Salzburgo, en Florencia, en Ponferrada… siete medallas que para cualquiera serían motivo de orgullo y que en su caso alimentaban una etiqueta molesta: el tipo que siempre estaba, pero al que se le atragantaba el día en que había bandera y himno. En Innsbruck, la selección española decide correr por primera vez en muchos años a una sola carta. El circuito se empina en el Höttinger Höll, una pared con rampas del 28% donde los favoritos se miran como si subieran un callejón más que una carretera.
Al final quedan Bardet, Woods, Dumoulin y Valverde, cuatro hombres en una especie de ring sin cuerdas. La escena es casi teatral. El murciano parece el más tranquilo, o al menos el que mejor disimula el miedo a perder otra vez. Lanza el sprint desde lejos, como quien sabe que en una recta más larga las piernas podrían traicionarle.
No mira atrás. No negocia. Cruza la meta, se encoge, ya no de rabia sino de alivio. No hay gesto calculado: hay un grito que suena a deuda saldada con él mismo, con quienes llevaban años preguntando cuándo llegaría ese oro y con un equipo que le había protegido durante más de trescientos kilómetros.
España recupera un campeón del mundo en ruta golpeando la mesa en el circuito más duro de la década, y Movistar se encuentra de pronto con que su líder, el hombre que viste sus colores desde 2005, llevará el maillot arcoíris durante un año entero. Para la estructura navarra, aquel arcoíris tiene tanto de premio individual como de homenaje colectivo. Un corredor que ha sido su rostro durante trece temporadas se presenta en el Mundial con el mismo azul que el equipo, conquista los periódicos de medio mundo y arrastra esa aureola a la campaña siguiente. 2018 termina con Valverde número uno del ranking UCI y con Movistar entre las escuadras más laureadas del año.
En cualquier servilleta de bar, Innsbruck ocupa sin discusión la fila S: no sólo define la carrera de su protagonista, también eleva el relato de un proyecto entero. Un peldaño a la izquierda, en esa misma fila, espera la Vuelta a España de 2009. Antes de ese año, muchos definían a Valverde como un monstruo de una semana, un terror de clásicas y finales en cuesta, pero no como un ganador de grandes vueltas. Había hecho podio en la Vuelta de 2003, había sido segundo en 2006, había firmado buenos Tours, pero siempre faltaba un escalón.
La edición de 2009, con salida en Assen y ruta repleta de puertos como Aitana, Velefique, Sierra Nevada o La Pandera, cambia para siempre esa conversación. Caisse d’Epargne, con sus tonos oscuros y su aire de veterano, corre como quienes ya se han equivocado muchas veces y saben que no hace falta arrasar todos los días para ganar una general. El golpe maestro llega en Xorret de Catí. El muro alicantino, estrecho y rugoso, había sido escenario de ataques desesperados de escaladores pura sangre.
Ese día el equipo de Valverde elige el momento con bisturí. Endurece desde abajo, selecciona rivales, remata con un movimiento que lo viste de oro para no quitárselo ya hasta Madrid. A partir de ahí, se dedica a administrar la ventaja, a defender con inteligencia más que con gestos de héroe clásico. La épica no está en una hazaña aislada, sino en sostener día tras día el tipo ante corredores como Samuel Sánchez o Cadel Evans, mientras fuera de la carrera se agitan papeles, recursos y comunicados.
Porque alrededor de esa Vuelta, el aire está espeso. La Operación Puerto lleva tiempo salpicando su nombre; en Italia le han cerrado las puertas, la UCI y el CONI empujan en direcciones distintas, los tribunales deportivos internacionales debaten sobre bolsas de sangre etiquetadas con nombres en clave. Un año después, el Tribunal de Arbitraje Deportivo impondrá una sanción de dos años que le apartará de las carreras entre 2010 y 2011, pero ese castigo no alcanzará a borrar la clasificación de 2009. La victoria en la Vuelta queda inscrita, y con ella la certeza de que Valverde supo ganar también una carrera de tres semanas.
En tier list de grandes vueltas, ese triunfo es S absoluto: la casilla que permite leer las demás con otra serenidad. Para entender el siguiente momento de fila S hay que hacer un paréntesis, o mejor, un silencio incómodo. La sanción del TAS le obliga a desaparecer del pelotón durante dos temporadas completas. Mientras tanto, Abarca termina de cambiar de piel: el rojo y negro de Caisse d’Epargne deja paso al azul claro y al logo de Movistar, la marca con la que Telefónica se lanza definitivamente a un proyecto global.
Muchos pensaban que, cuando se cumpliera el castigo, Valverde volvería como un veterano simpático, capaz aún de ganar alguna etapa menor, pero lejos del foco principal. El Tour de 2012, sin embargo, se encarga de negar esos presagios. Etapa 17, Bagnères-de-Luchon–Peyragudes. Día de alta montaña, olor a Tour clásico.
Valverde se cuela en una escapada que coge minutos mientras por detrás el Sky de Wiggins y Froome impone su ritmo clínico al grupo de favoritos. El murciano corona el Port de Balès al frente, entra en la subida final con la ventaja en números rojos y va perdiendo segundos en cada repecho, como si alguien estuviera derritiendo un reloj sobre el asfalto pirenaico. Detrás, el maillot amarillo y su lugarteniente se acercan, se miran, discuten a gestos. En los últimos kilómetros, la televisión parte la pantalla en dos: arriba, un hombre de azul que mira hacia atrás; abajo, dos maillots negros que se alternan al frente.
Cuando llega a meta, Valverde tiene apenas unos segundos de colchón, pero le bastan para levantar los brazos en un gesto cortado, más de superviviente que de dominador. Movistar salva un Tour que hasta ese momento se le estaba atragantando y envía un mensaje nítido: el sancionado ha vuelto para seguir ganando en la alta montaña, en la carrera más grande, contra el equipo más temido del momento. Muchos prefieren no romantizar esa imagen porque saben qué hay en su expediente; otros la abrazan como la prueba de un carácter que se resiste a que lo definan los papeles. Sea cual sea la lectura, Peyragudes 2012 entra de lleno en el S-tier del regreso.
La fila S de Valverde tiene otra rama, menos evidente para quien sólo mira el palmarés y ve números: la de las clásicas. Abril es su mes fetiche. Llueve en las Ardenas y, mientras los especialistas puros se cubren con chalecos y miran el termómetro, él parece más cómodo que nunca. Flecha Valona y su Muro de Huy son quizá el resumen más perfecto de lo que fue: nadie ha ganado cinco veces allí como él, saliendo de la última curva siempre demasiado lejos, siempre demasiado pronto según los manuales, pero siempre a tiempo según sus piernas.
Lieja-Bastoña-Lieja, con sus muros encadenados y su final que cambia de ubicación, le ve repetir empresa en 2015, 2017 y otros años en los que su presencia convierte cualquier movimiento en amenaza. Y luego está Roma Maxima 2014, una joya que mezcla cine, historia y táctica de equipo. El recorrido recupera el espíritu del antiguo Giro del Lazio, serpenteando por los alrededores de los Castelli Romani antes de volver a la capital. Movistar decide que no quiere esperar al último kilómetro.
Endurece en la zona de los Campi di Annibale, a unos cuarenta de meta, lanza a Quintana a abrir hueco, rompe la carrera a destiempo para los manuales pero en el momento justo para las piernas de su líder. Valverde arranca, se marcha con Domenico Pozzovivo y durante muchos kilómetros ambos se entienden a relevos, como dos fugitivos que han decidido jugarse el pellejo antes de que el pelotón organice la persecución. La recta final, en la Via dei Fori Imperiali, tiene un punto de crueldad. El empedrado vibra bajo las ruedas, el público se mezcla con las ruinas como si estuviera viendo una recreación histórica y, al fondo, las motos de carrera anuncian que el pelotón llega.
Pozzovivo se vacía, se abre unos metros, y Valverde encuentra un carril a la izquierda para lanzar el sprint hacia una victoria que se mide en un segundo escaso sobre la volata de los perseguidores. Ese día no hay sólo un triunfo añadido al palmarés, hay un manifiesto: un equipo dispuesto a moverse lejos de meta y un líder que sabe rematar cuando el pelotón le respira en la nuca. Roma se cuela en la fila S como símbolo de una manera de competir. Por debajo de ese Olimpo hay un escalón que no huele a consolación, sino a abundancia: el A-tier de Valverde en Abarca.
Ahí entran finales en alto que, para cualquier otro, serían lo máximo de su carrera. El Alto del Morredero, en 2006, es uno de ellos. En la provincia de León, una carretera entonces poco transitada se empina durante kilómetros entre pinos y curvas anchas. Sastre, Brajkovic, Vinokourov… los nombres se suceden en ataques y contrataques hasta que, en los últimos metros, el murciano anuncia al resto que esa Vuelta también iba con él.
Su sprint corto, casi brusco, le da la etapa y un aura de candidato que ya nadie discute. Cumbres Verdes, en 2014, repite guion con un reparto distinto. Froome, Contador, Purito Rodríguez, Quintana… el escenario es Granada, el puerto es más irregular y el contexto, una Vuelta en la que muchos ven a Movistar como el equipo llamado a mandar. Valverde trabaja como gregario de lujo para Nairo en las rampas más duras, se abre, se cierra, marca el ritmo.
Cuando todos parecen resignados a un desenlace entre favoritos, encuentra un hueco, se levanta del sillín y acelera durante ciento cincuenta metros que descolocan incluso a sus propios compañeros. Recupera el maillot rojo y demuestra que todavía tiene margen para sorprender a quienes lo conocen mejor. Lo Port, en la Volta a Catalunya 2017, y Willunga Hill, en el Tour Down Under 2012, pertenecen a la misma familia de triunfos: finales en cuesta donde el equipo cuida cada detalle de la aproximación, coloca a su líder en la rueda exacta y lo deja solo a falta de doscientos metros para que haga lo que ha hecho toda su vida. En Catalunya, la niebla y el viento ofrecen una atmósfera casi de novela; en Australia, el calor y las cunetas repletas de aficionados disfrazados le dan un tono más festivo.
El resultado es el mismo: un ataque seco, una aceleración que parece no tener techo y una línea de meta que llega siempre un par de pedaladas antes para él que para el resto. En ese escalón alto también caben la Clásica de San Sebastián, con su circuito de repechos y descensos técnicos en los que siempre supo moverse, y jornadas de montaña en la Vuelta 2019 como Mas de la Costa, donde se mide a Roglič y compañía en rampas que rozan lo absurdo. Cuando uno mira todas esas victorias en conjunto, el A-tier deja de ser una simple segunda fila para convertirse en un argumento: Valverde no es sólo un cazador de etapas sueltas, tampoco un mero rematador en cuesta; es un corredor que soporta esfuerzos largos, que sabe administrar la fatiga y que, llegado el momento, convierte el cansancio ajeno en metros de ventaja. Si seguimos bajando en la servilleta, llegamos a un cajón que hace las delicias de los iniciados: el B-tier, las joyas ocultas.
Aquí entran las generales en la Volta a Catalunya, las Vueltas a Andalucía y a Murcia, las rutas occitanas, los triunfos en Abu Dhabi o en carreras que parecen diseñadas para afinar la forma antes de objetivos mayores. Son días menos mediáticos, sin grandes titulares, pero muy reveladores. En muchos finales de ese tipo se le ve mandar más que brillar. Recoloca a compañeros, abre huecos para otros, discute por radio cuándo se aprieta y cuándo se levanta el pie.
Gana, sí, pero sobre todo dirige. Ahí aparece el Valverde que el propio Movistar describió tras su retirada como ‘constructor de grupos humanos’. El líder que no sólo piensa en su foto con los brazos en alto, sino en la confianza de un joven que se estrena, en la moral de un gregario que se ha dejado la piel en una fuga, en la narrativa conjunta de un equipo que lleva décadas viviendo del equilibrio entre estrellas y obreros. Un vídeo del propio conjunto, recopilando diez victorias “asombrosas” del murciano, rescata varias de estas jornadas aparentemente menores y las coloca en el centro del escenario, como si quisiera recordar que también en febrero, en una tarde perdida de viento lateral, se construye la leyenda de un corredor.
Y luego está el cajón sin letra, el que no da puntos UCI pero sí material de conversación para rato. Aquí entran las escenas de niñez en Las Lumbreras, esa cuesta de la calle Dámaso Alonso que subía una y otra vez hasta casi echarse a llorar de rabia cuando las piernas no respondían; la rabieta que estuvo a punto de hacerle colgar la bici antes de empezar; el pequeño museo improvisado en casa de sus padres, con trofeos ocupando pasillos y cocina hasta el límite de lo razonable. También las lágrimas contenidas en alguna derrota mundialista, los abrazos con rivales a los que había derrotado pocos minutos antes, las entrevistas en las que la voz se le quiebra cuando habla de su familia. En ese tier emocional se cuelan también las caídas que pudieron haber sido punto final.
La de la contrarreloj de Düsseldorf, en la salida del Tour 2017, donde un resbalón en una curva mojada termina en rodilla destrozada y en una imagen que hiela a muchos: el veterano en el suelo, con la temporada rota y el futuro lleno de interrogantes. O el accidente de tráfico en 2022, ya en su último año en el pelotón, cuando un coche se salta las normas y se lleva por delante a varios corredores del Movistar mientras entrenan. Muchos habrían usado ese susto como excusa para dejarlo ahí, con una retirada más silenciosa que la soñada pero razonable. Valverde, en cambio, vuelve una vez más, como si necesitara cerrar el círculo a su manera.
En cualquier conversación que se tome mínimamente en serio, hay un tema que tarde o temprano aparece sobre la mesa: la sombra del dopaje. Hacer una tier list de Valverde sin mencionar la Operación Puerto sería un ejercicio de amnesia selectiva. En 2010, tras años de batallas legales, de vetos parciales como el impuesto en Italia y de interpretaciones sobre bolsas de sangre encontradas en una clínica de Madrid, el TAS le impone una sanción de dos años por su implicación en una red de dopaje sanguíneo desarticulada en 2006. No hubo control positivo al uso, pero sí una resolución firme que le apartó del ciclismo profesional hasta 2012.
El propio corredor ha repetido durante años una idea: nunca dio positivo, cumplió el castigo que le impusieron y decidió seguir adelante. El resultado es un legado atravesado por una ambigüedad que divide a aficionados y analistas. Para unos, la mancha empaña todas sus victorias, antes y después. Para otros, la dimensión y la duración de su rendimiento demuestran que, incluso con ese capítulo oscuro, el talento era innegable.
El mero hecho de que regresara tras dos temporadas en blanco y encadenara podios, clásicas, etapas y un Mundial hasta los 42 años añade capas a un debate que raramente se cierra con una frase categórica. En nuestra servilleta imaginaria, el dopaje no ocupa una fila aparte, sino que actúa como filtro que atraviesa todas las demás. Modifica la manera en que miramos Innsbruck, la Vuelta 2009, Peyragudes, las Ardenas o Roma Maxima. No borra esos días, pero obliga a observarlos con un grado adicional de escepticismo, casi como quien contempla un cuadro sabiendo que el artista tuvo una vida demasiado agitada como para encajar en la etiqueta de genio puro.
En el ciclismo que heredó los estragos del caso Armstrong, quizá no pueda ser de otra manera. Si alguien, ya con la barra medio recogida, te pidiera tres palabras para resumir a Valverde, podrían salir estas: longevidad, instinto, ambigüedad. Longevidad porque pocas veces se ha visto a un corredor ganar con continuidad desde 2003 hasta 2022, adaptándose a cambios de recorridos, rivales y formas de correr con una naturalidad que desarma. Instinto porque, más allá de los números, su gran talento ha sido saber cuándo esperar y cuándo arrancar, cuándo esconderse a rueda y cuándo abrirse a la intemperie de un repecho final.
Ambigüedad porque su carrera está atravesada por una sanción que nunca desaparecerá del todo de la conversación. Para la saga Abarca Sports, Valverde es algo más que un gran campeón. Es el puente entre el romanticismo de Delgado e Indurain y la era globalizada de Pogacar y compañía; el hombre que les da su primer arcoíris masculino de fondo, que lidera la tabla histórica de victorias del equipo, que sostiene el relato ganador incluso en años en los que las grandes vueltas se resisten. Cuando en la web del Movistar Team lo describen, ya retirado, como ‘sencillamente, el más grande’ de su historia, no están haciendo un ejercicio de nostalgia gratuita: están fijando, casi sin querer, la posición que ocupa en cualquier tier list interna de la estructura, desde los días de Reynolds hasta el presente azul.
Esa tier list de sus momentos más épicos no busca cerrar debates, sino avivarlos. Se puede discutir si Morredero merece subir a la fila S, si el sprint de Roma debe bajar un escalón en favor de alguna Lieja que hemos dejado en el A-tier por falta de espacio, si una Clásica de San Sebastián que te pilló en la adolescencia vale más que el Mundial visto por televisión en familia. La gracia de estas listas es precisamente esa: obligar a revisar imágenes, a desempolvar recuerdos, a reconocer los sesgos que cada uno lleva de casa. Quien quiera tomárselo en serio puede montarse su propio itinerario.
Empezar por los días de fila S, buscando las retransmisiones completas para escuchar cómo los comentaristas dudan, exageran o se equivocan mientras él remata. Saltar después a los A-tier, encadenando finales en alto para detectar patrones: la manera en que se coloca antes de un muro, ese gesto casi imperceptible con el que avisa a un gregario de que baje un punto el ritmo, el instante exacto en que decide sentarse o levantarse del sillín. Más tarde, sumergirse en las B-tier, en los resúmenes de vueltas pequeñas o en reportajes locales que rescatan al niño de Las Lumbreras subiendo una calle empinada hasta enfadarse consigo mismo. Con todo eso en la cabeza, cada ataque de un corredor del Movistar se ve de otra forma.
Cuando, a falta de doscientos metros, un maillot azul se levanta del sillín en una llegada en cuesta, muchos rivales sienten algo más que miedo táctico. Es una especie de escalofrío aprendido, un reflejo condicionado. Da igual que en la dorsal ya no aparezca el 42 murciano. En algún rincón del subconsciente, en algún lugar entre la memoria y la superstición, sigue pedaleando Alejandro Valverde.