Movistero
Equipos ficticios

Qué equipo tendría Movistar si no hubiese perdido a nadie

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Introducción: el juego del Movistar imposible En cualquier bar ciclista donde se hable de puertos y de vatios, tarde o temprano aparece el mismo juego: imagi...

La puerta del bar se cierra con un golpe seco y el ruido de la lluvia queda al otro lado del cristal, reducido a un murmullo. Dentro, en una carretera cualquiera de Navarra, la tele escupe imágenes de helicóptero, cunetas llenas de chubasqueros y un puerto encadenado tras otro. Son las cinco de la tarde de un domingo de marzo y alguien, sin apartar la vista de la rampa que aparece en pantalla, lanza la pregunta de siempre: ¿te imaginas el equipo que tendría Movistar si no se le hubiera ido nadie? En la mesa quedan restos de tortilla, servilletas arrugadas con nombres apuntados a boli y una fila de vasos vacíos que se alarga al mismo ritmo que la lista de corredores.

El primero es Quintana. El último, un junior del pueblo de al lado que, asegura uno, sube el puerto de casa como si llevara dorsal. A simple vista parece el típico juego de frikis del ciclismo, una discusión más para pasar la sobremesa hasta que el puerto se acabe y llegue el informativo. Pero si uno se sienta un poco mejor en la silla y escucha, descubre que esa alineación imposible es, en realidad, una radiografía comprimida de los últimos cuarenta años de la estructura navarra.

De Reynolds a Movistar, de Banesto a Caisse d’Epargne, cada nombre que alguien apunta en la servilleta cuenta algo sobre cómo se ha fabricado talento en Abarca Sports, cómo se ha gestionado, y por qué tantos de esos corredores han acabado levantando los brazos con otro maillot. En esa discusión caben la nostalgia, el dinero, la política de fichajes y la pelea por la identidad en un deporte que hoy se parece cada vez más a una Champions League sobre ruedas. Para que el juego no se convierta en un despropósito hay que pactar unas reglas mínimas. Nadie quiere ver a Indurain con cuarenta y tantos años tirando del grupo en la Colombière ni a Delgado pasando controles a estas alturas.

Las retiradas naturales se respetan, igual que se respeta el derecho de Valverde a bajar una marcha y mirarse los puertos por la tele. El truco va por otro lado: lo que se suspende es la lógica del mercado. No hay llamada de un equipo británico con presupuesto sideral, ni proyecto de Bahréin lleno de petrodólares, ni necesidad de irse a Francia para que te pongan de líder. En este mundo paralelo, Quintana nunca firma por Arkea, Carapaz no escucha la oferta de Ineos, Landa no cambia de hotel cada dos temporadas y Jorgenson no cruza la frontera para vestirse de amarillo en una estructura neerlandesa sobrada de todo.

Las mismas condiciones se aplican al lado femenino. No se deshacen bloques por culpa de ofertas ajenas, no se deshilacha el núcleo de campeonas que han pasado por Movistar Women, no hay esa sangría silenciosa de gregarias valiosas que se van porque en otro sitio les prometen más calendario, más apoyo, más sueldo. En un WorldTour femenino que ha pasado de ser casi una promesa a una realidad profesionalizada en tiempo récord, con equipos específicos para grandes vueltas y presupuestos que se han disparado en muy pocos años, retener a tus estrellas se parece cada vez más a una quimera. Los informes de la UCI describen plantillas reconstruidas de un invierno a otro, maillots nuevos, colores nuevos, bloques enteros cambiando de escudo.

En el bar, sin embargo, ese ruido se apaga. Aquí, las que llegan se quedan. Para entender por qué ese juego da para tantas rondas hay que rebobinar. Casi como si uno encendiera una serie desde el primer capítulo.

Primera temporada: Reynolds. Un patrocinador industrial, un equipo profundamente navarro, las cunetas de casa y un chaval alto, algo tímido, llamado Miguel Indurain, que crece al abrigo de los veteranos mientras el país todavía no intuye lo que viene. Segunda temporada: Banesto y aquella edad de oro en la que las sobremesas de julio se medían por etapas del Tour. Delgado, Indurain, la gente encendiendo la tele a las cuatro de la tarde con la misma puntualidad con la que otros iban a misa, la certeza de que, si la escapada era buena, el maillot blanco y azul acabaría apareciendo en la parte derecha de la pantalla.

Luego llegan los años de transición. El logo de iBanesto, Illes Balears, Caisse d’Epargne. Cambian los colores, cambian los dibujos de las mangas, no cambian los pasillos del autobús ni las voces en el coche. Es la época en la que el ciclismo se sacude con escándalos que fulminan equipos enteros, sponsors que se van de un día para otro, proyectos que parecían eternos y se quedan sin futuro en un comunicado de dos párrafos.

Abarca sobrevive a todo eso. Se adapta, se reconvierte, afina la cantera. Mientras tanto, hay otros gigantes que enseñan el camino del super-equipo moderno: ONCE primero, luego Eroski, estructuras levantadas sobre un patrocinador potentísimo que, como recogía la prensa de la época cuando la cadena de supermercados tomó el relevo, dependía tanto de las piernas como de los vaivenes comerciales y políticos. La lección es clara: el maillot cambia, la estructura que lo sostiene, si tiene raíces, aguanta.

La entrada de Movistar en 2011 asegura una nueva estabilidad. El azul se convierte en uno de los colores más reconocibles del pelotón, el logotipo aparece año tras año en la lista de equipos con licencia WorldTour y la UCI anota, casi con rutina, la continuidad de la estructura navarra entre los proyectos más antiguos de la máxima categoría. Mientras el ciclismo se globaliza a toda velocidad, con patrocinadores de Oriente Medio, estructuras anglosajonas que importan métodos de otros deportes y ojeadores peinando América Latina en busca del próximo escalador milagroso, Abarca sigue funcionando como una mezcla curiosa de club de barrio con vocación internacional. Los corredores siguen pasando por las mismas carreteras, por los mismos bares de siempre, pero el calendario los lleva cada vez más lejos.

Dentro de esa tensión entre lo local y lo global, una de las grandes fortalezas del proyecto navarro ha sido siempre su capacidad para detectar y pulir talento. Antes de que nadie pronunciara la palabra “Academy” ya había juveniles fogueándose en equipos satélite, sub-23 que aprendían a correr como profesionales en estructuras vinculadas y una especie de embudo que dirigía a los mejores hacia la élite. Con la Movistar Team Academy, presentada en 2025 con una primera promoción de doce corredores de entre 17 y 21 años llegados de media Europa y media América Latina, ese papel se formaliza y se pone negro sobre blanco. No se trata sólo de tener un filial: se diseña un puente de hormigón entre la base y el WorldTour, con entrenadores, personal, calendario propio y una promesa implícita de futuro.

Para un equipo que no juega con el mismo dinero que los proyectos respaldados por estados o grandes multinacionales, esa capacidad de formar en casa es casi la única herramienta realista para seguir sacando jefes de fila sin quemar el presupuesto. El problema aparece cuando el talento deja de ser promesa y se convierte en producto terminado. Un escalador que pasa, en una sola temporada, de aspirante a ganador de gran vuelta multiplica su caché de manera obscena. Con las licencias WorldTour exigiendo puntos, resultados, presencia en televisión, los equipos con más músculo financiero miran a su alrededor y deciden que pagar por atajos sale más rentable que esperar a que el juvenil de la casa madure.

Ahí es donde la servilleta del bar empieza a llenarse de nombres que se fueron. Casi todos los aficionados coinciden en cuatro. Nairo Quintana es, quizá, el más evidente. La apuesta de Movistar por América Latina hecha carne: un escalador puro, pequeño y eléctrico, que llega joven, explota en el Tour y en el Giro, sube puertos imposibles sentado y termina convirtiéndose en símbolo de una nueva etapa del equipo.

Su salida hacia Francia, a un proyecto construido para darle las llaves desde el primer día, tiene algo de lógica deportiva y algo de puñetazo en el estómago para quienes soñaban con verle gastar toda su munición vestido de azul. En el mundo alternativo del bar, Quintana sigue entrando cada invierno en la sede del equipo por la misma puerta giratoria. Richard Carapaz ocupa otra esquina de la mesa. No llegó con los focos que acompañaron a Nairo, ni con la etiqueta de salvador, pero a base de etapas, ataques y una forma de competir casi obstinada, acabó ascendiendo peldaño a peldaño hasta el Giro de 2019.

La imagen del ecuatoriano en rosa, defendiendo la carrera con una sangre fría insultante, pertenece al álbum de Movistar, aunque su futuro se escribiera después con otros colores. Cuando aceptó el salto a una estructura británica con un bloque de montaña casi inagotable, muchos interpretaron la decisión como la de un corredor que quería maximizar sus opciones de repetir hazaña. En la versión imposible, Carapaz se queda y firma una década en la que cada mes de mayo se habla del binomio maillot azul–maglia rosa como si fuera una tradición. Mikel Landa es el gran “y si” del ciclismo español reciente.

Ha vestido casi todos los maillots importantes que se pueden vestir, incluido el de la estructura navarra, y en todos ellos ha dejado la misma sensación de talento desbordado, de ataque de pie sobre la bicicleta en el momento menos imaginable, de drama en vísperas de la gloria. Retenerlo habría implicado una apuesta muy concreta: construir alrededor de él un tipo de liderazgo exigente, que reclama gregarios específicos, libertad de acción en la montaña y una cierta tolerancia al caos. También habría supuesto sacrificar otros proyectos personales. En el bar, cada vez que alguien pronuncia su nombre, la conversación se va por derivas de táctica, de declaraciones, de etapas perdidas por segundos.

Es un personaje en sí mismo. La pieza más moderna del puzle se llama Matteo Jorgenson. Nacido lejos de Navarra, formado ya en un ciclismo completamente globalizado, con un perfil que mezcla fondo, habilidad para las clásicas y un rendimiento sobresaliente en vueltas de una semana. En el breve tiempo en que vistió de azul dejó la sensación del corredor que entiende la carrera un segundo antes que los demás: aparece en fugas buenas, sabe guardar, sabe rematar.

Su traspaso a una estructura de máximo presupuesto resume mejor que cualquier discurso la dificultad de un equipo como Movistar para competir en el mercado actual: cuando alguien así demuestra que puede ganar, el teléfono no deja de sonar. En la servilleta, Jorgenson es ese nombre escrito con letras mayúsculas y subrayado dos veces. A su alrededor proliferan los secundarios de lujo. Los hermanos Izagirre, capaces de ganar etapas en el Tour, en Itzulia, en el Dauphiné, siempre con ese punto de valentía que consiste en atacar lejos de meta cuando la carrera no lo pide.

Rui Costa, campeón del mundo, coleccionista de triunfos en clásicas y en escapadas selectas, que se marchó para convertirse en jefe de filas en otras latitudes. Jesús Herrada, un valor seguro en llegadas en repecho y en días de media montaña. Beñat Intxausti, que conoció más de una vez la parte alta de la general en grandes vueltas antes de que la salud le cortara las alas. Juanjo Lobato, uno de los velocistas más puros que han pasado por la casa.

Todos ellos han demostrado, ya lejos de Abarca, un nivel que alimenta la fantasía: ¿y si hubieran seguido aquí, arropados por la misma estructura que los vio crecer? Si alguien decide ponerse serio y ordenar ese caos en un siete para el Tour, el resultado asusta un poco. Imagina una salida en Copenhague, en Bilbao o donde toque ese año. En la presentación del equipo, la organización anuncia, uno a uno, a Quintana, Carapaz, Enric Mas, Landa y Miguel Ángel López.

Cinco hombres de general en la misma foto. Detrás de ellos, gregarios de montaña como Marc Soler o Carlos Verona, capaces de aguantar con los mejores hasta la pancarta del último kilómetro, listos para tirar del carro cuando el líder de turno lo pida. A un lado, el bloque de contrarreloj: Castroviejo, Nelson Oliveira, quizá Alex Dowsett según qué temporada queramos imaginar, rodadores de esos que afinan la posición en el túnel de viento y luego convierten los vatios en segundos en la clasificación. La radio de equipo en ese Tour sonaría a psicodrama diario.

¿Quién sacrifica sus opciones cuando el líder A tiene un mal día en el Galibier y el líder B se siente como nuevo? ¿Cuándo se decide que uno peleará la general y otro se dedicará a cazar etapas, y cómo se le explica al tercero que su turno tendrá que esperar al año siguiente? ¿Qué pasa si, camino de los Alpes, el corredor que va tercero en la general es tuyo y los dos primeros pierden tiempo precisamente porque tus gregarios han endurecido la carrera desde el primer puerto? El Tour de 2019 ya ofreció una versión, incompleta pero reveladora, de ese conflicto, con Quintana, Landa y Valverde compitiendo al mismo tiempo por objetivos que no siempre parecían compatibles.

El Movistar imposible no sólo repetiría aquella tensión, la elevaría a un nivel que rozaría la comedia si no fuera porque, detrás, hay contratos, egos y objetivos UCI que cumplir. La gracia del ejercicio es que el equipo imposible no viviría sólo de julio. En las clásicas y en las vueltas de una semana, el arsenal también impondría respeto. Jorgenson como líder natural para Strade Bianche, para una Itzulia de abanicos o para una París-Niza en la que el viento haga más daño que la montaña.

Los Izagirre lanzando ataques en repechos que en el libro de ruta apenas parecen tachuelas y que, en sus piernas, se convierten en trampolines hacia victorias memorables. Rui Costa colocando su firma en carreras de un día de segundo nivel, pero con una densidad de talento tremenda. Herrada y compañía ocupando ese espacio de corredores de perfil medio-alto que pueden rematar tanto en finales explosivos como en fugas bien elegidas. En un ciclismo donde han irrumpido figuras que ya no encajan en los cajones clásicos de “escalador”, “rodador” o “vueltómano”, nombres como Evenepoel, Pogacar o Vingegaard han reordenado la jerarquía.

Tienen veinte y pocos años, ganan monumentos y grandes vueltas casi en la misma temporada y obligan a los equipos a replantearse todo. Los informes de la UCI sobre el WorldTour reciente hablan precisamente de esa sacudida, con Remco, Girmay y otros nombres cambiando el orden establecido. En ese contexto, un Movistar que hubiera conseguido retener a todos sus ex aparecería como un bloque de enormes posibilidades: capaz de disputar generales, de ganar clásicos, de pelear por etapas casi cualquier día del año. La cuestión es si el presupuesto, la cultura interna y la paciencia de todos aguantarían algo así.

En la rama femenina, el juego tiene una trampa: durante unos años Movistar ha vivido algo muy parecido a esa fantasía. Fichar a Annemiek van Vleuten fue como introducir un código de trucos en la consola. De repente, el equipo que estaba construyendo su identidad en el WorldTour se encontró con la mejor corredora del mundo vistiendo de azul, atacando a kilómetros de meta, ganando Giros, Tours y vueltas de una semana con una autoridad que dejaba pocas dudas. Junto a ella, Arlenis Sierra como garantía en sprints reducidos, Sheyla Gutiérrez como todoterreno para días nerviosos y un bloque de corredoras que aportaban solidez, oficio, respaldo.

Si ninguna de esas piezas hubiera abandonado la estructura, si el mercado no hubiera tirado de algunas y la edad no hubiera obligado a otras a replantearse el calendario, Movistar Women estaría hoy, casi con seguridad, en una posición cercana a la hegemonía en grandes vueltas femeninas. Capaz de ganar generales, etapas, clasificaciones secundarias, de marcar el ritmo táctico de la carrera. Todo eso en un contexto en el que el WorldTour femenino se ha encarecido enormemente: más equipos, más días de competición, más responsabilidad mediática. Los análisis que acompaña la UCI cada temporada muestran plantillas reconstruidas a golpe de talonario, alineaciones que cambian de un año al siguiente.

Mantener un bloque campeón en medio de ese huracán exige algo más que un buen plan deportivo. Hasta aquí, los fuegos artificiales. Pero cualquier director deportivo que se acerque a esa servilleta con una calculadora en la mano frunciría el ceño. Retener a todas esas figuras habría supuesto operar con un presupuesto muy por encima del que ha tenido históricamente la estructura navarra.

No sería descabellado pensar en números similares a los de los proyectos más ricos del pelotón, aquellos que fichan campeones del mundo como quien añade una pieza más a una colección. Quizá eso habría atraído nuevos patrocinadores, quizá la presencia continuada en el WorldTour masculino y femenino habría servido de argumento para justificar la inversión. El riesgo es otro: convertir a Movistar en un gigante irreconocible para quienes lo identifican como un club que cuida la base. El segundo escollo es humano.

La convivencia de tantos líderes bajo el mismo techo desgasta. Necesita una dirección deportiva casi quirúrgica, capaz de explicar por qué un corredor que siente que puede ganar el Tour debe trabajar para otro, o por qué una corredora que ha sido jefa de filas en su selección tiene que vaciarse en el puerto de paso y desaparecer del encuadre a diez de meta. Algunos de los nombres que han salido de Movistar han rendido mejor en su nueva casa precisamente porque allí encontraron un rol nítido, un bloque diseñado a su alrededor, menos interferencias internas. A veces, el cambio de idioma, de calendario, de métodos de entrenamiento o de simplemente de aire, desbloquea un rendimiento que quizá no habría aparecido de seguir en la misma estructura.

Hay también un matiz más sutil: la historia individual. Cada ciclista tiene una carrera que sólo ocurre una vez. Algunos necesitan equivocarse de equipo para entender qué tipo de corredor son. Otros, al contrario, requieren de un entorno estable que les proteja de sí mismos.

Si Movistar hubiera conseguido retenerlos a todos, quizá ciertos talentos no habrían llegado al nivel que hoy se usa para justificar su presencia en el equipo imposible. De algún modo, la grandeza de esa alineación imaginaria depende también de las decisiones reales que les llevaron lejos de Navarra. Mientras en los bares se discuten estos contrafactuales, en la sede del equipo la mirada está puesta en algo mucho menos glamuroso y bastante más determinante: que el próximo ciclo de talento encuentre en casa las condiciones para explotar vestido de azul. La Movistar Team Academy es la pieza clave de ese plan.

Esos doce jóvenes que arrancaron el proyecto, acompañados por entrenadores, personal técnico y un calendario pensado para que entiendan cómo se corre en la élite, representan un mensaje claro: aquí hay un camino trazado desde la categoría amateur al WorldTour. Si la estructura consigue convertir esa promesa en una serie de oportunidades reales de liderazgo, será más fácil convencer a la siguiente generación de que no hace falta cambiar de maillot para ganar grandes cosas. El proyecto femenino refuerza ese relato. El paso de Van Vleuten dejó un rastro de victorias pero también un modelo: demostrar que se pueden ganar grandes vueltas con este escudo.

Las que vienen detrás, las jóvenes que sueñan con ponerse el maillot azul en una crono del Tour o en una etapa reina del Giro, crecen sabiendo que aquí ya se ha hecho. Y la presencia continuada en el WorldTour, con calendarios de máximo nivel y las cámaras de televisión apuntando casi todos los fines de semana, asegura una visibilidad que debería ayudar a sostener el invento. Cuando la etapa de ese domingo de marzo se acaba y la tele se queda en un plano fijo de podio bajo la lluvia, la discusión en el bar empieza a apagarse. Alguien paga la última ronda, otro dobla la servilleta donde se apiñan apellidos que han pasado por Abarca en las últimas cuatro décadas.

Se bromea con ese Movistar que habría ganado tres Tours seguidos, dos Giros, cuatro Itzulias y una colección indecente de clásicas. Se repasan tácticas imaginarias, órdenes de equipo que nunca existieron, trenes de montaña que sólo han circulado en la cabeza de unos cuantos aficionados obstinados. Al final, en esa servilleta arrugada hay algo más que nostalgia. Hay una prueba involuntaria de la capacidad de la estructura navarra para generar versiones alternativas de sí misma.

Pocos equipos pueden jugar con tantos “qué hubiera pasado si…”. Pocos proyectos han visto marcharse a tantos campeones y, aun así, siguen presentándose cada año a la salida del WorldTour, con nuevos chavales en la foto. Mientras Movistar siga ahí, fichando juveniles para su Academia, cruzando el Atlántico en busca del próximo escalador y convenciendo a alguna veterana de que todavía tiene piernas para un Tour más, siempre habrá material para otra tertulia. Y cualquier domingo de lluvia, en cualquier bar de carretera, alguien volverá a mirar la tele, a pedir otra caña y a preguntar, casi por costumbre: oye, ¿te imaginas el equipo que tendría Movistar si no se le hubiera ido nadie?