El bar está en una esquina cualquiera de Segovia, de esas donde el aire acondicionado compite con la fritura y las voces rebotan en las paredes forradas de madera. En la tele de la esquina, Teledeporte rescata una etapa de archivo: el Alpe d’Huez del 88. Aparece un maillot blanco y azul tirando de riñones, a golpes, sobre las curvas de herradura. Detrás, un holandés rubio, Steven Rooks, con cara de profesor cansado.
Más atrás, un pelotón deshilachado, ciclistas salpicados como migas de pan sobre el asfalto francés. Tu amigo, que siempre ha tenido buena memoria para los dorsales, te da un codazo mientras sorbe la caña. “Mira, ese día se inventó el Banesto.” Exagera a propósito, pero no tanto. En esa subida, en ese Tour, en esa mezcla de caos y determinación, empieza la historia del primer Tour de Banesto, aunque el maillot todavía diga Reynolds y el banco no haya puesto su logo en la manga.
Para entender por qué ese ataque en el Glandon y esa subida al Alpe d’Huez cambiaron una estructura entera, hay que rebobinar unos años. A principios de los ochenta, el ciclismo español vive de chispazos aislados: un Bahamontes lejano, un Ocaña convertido en leyenda trágica, un puñado de victorias sueltas en la Vuelta. Reynolds, con base en Navarra, es casi un club de barrio comparado con los gigantes europeos, pero tiene algo que los demás no: una idea. José Miguel Echávarri y Eusebio Unzué no se conforman con coleccionar etapas en casa; sueñan con sentarse en la mesa de los grandes del Tour.
Y para eso, en lugar de fichar estrellas extranjeras a golpe de talonario, empiezan construyendo desde la raíz. En la furgoneta del equipo se mezclan acentos de la zona y provincias vecinas. Llegan Ángel Arroyo, escalador recio y serio; Julián Gorospe, talento vasco para el ritmo y el sufrimiento; más tarde se suma un chaval segoviano que ya ha dado algún susto en aficionados, Pedro Delgado. Y casi sin hacer ruido, en el filial aparece un adolescente larguirucho, Miguel Indurain, que parece más un portero de balonmano que un futuro dominador de cronos.
Reynolds funciona como un laboratorio discreto: obsesión por el trabajo de invierno en el frío navarro, calendarios milimetrados, líderes definidos, gregarios con jerarquía clara. El Tour se convierte en objetivo central, sin abandonar Giro y Vuelta, pero con los ojos puestos en julio. Si uno repasa la plantilla de Reynolds en 1988, reconoce ya la foto de familia que, con otros colores, se repetirá durante décadas: Dominique Arnaud, Herminio Díaz Zabala, Jesús Rodríguez Magro, todos nombres que seguirán apareciendo en coches azules muchos veranos después. No es solo una alineación, es una cultura.
Se entrena pensando en tres semanas, se estudian recorridos, se dosifican esfuerzos. Cuando Delgado empieza a brillar de verdad, con la Vuelta del 85 y el Tour del 87 que se le escapa frente a Stephen Roche, en Abarca entienden que por fin tienen algo más que un buen corredor: tienen un protagonista alrededor del cual construir un relato. Perico encaja perfecto en ese papel. Escalador de ataque, carismático, capaz de encender un puerto desde lejos y de perderse en una rotonda al día siguiente.
Tiene un punto de anarquía que lo sitúa en las antípodas del Indurain que está por venir, más frío, más controlado, casi científico. Y justamente por eso resulta tan útil como puente. Delgado enseña a la estructura cómo se gana una gran vuelta sin tener toda la carrera bajo llave, cómo se gestiona el desorden, cómo se improvisa en mitad de un temporal. Literalmente.
Porque antes de la gloria en Francia llega el purgatorio helado de Italia. En el Giro de 1988, Perico aterriza con la idea de pelear el podio. Las primeras etapas le van dejando claro que las piernas no responden como deberían. Y entonces el recorrido señala un nombre que ya suena siniestro en la boca de los aficionados: Passo di Gavia.
El 5 de junio, la etapa Chiesa Valmalenco–Bormio parece corta y manejable sobre el papel: 120 kilómetros y un solo puerto realmente serio, la Cima Coppi del año. Los organizadores consultan la previsión: lluvia, cinco o siete grados en el valle, nieve arriba pero bajo control, dicen, gracias a las máquinas quitanieves. Lo que llega no tiene nada que ver con el parte oficial. A medida que se estrecha la carretera, el asfalto desaparece bajo una capa de barro; en los últimos kilómetros, la cinta negra que debería marcar el camino se convierte en una traza marrón cortada por canales de madera.
De repente, el pelotón entra en un universo blanco. La temperatura se desploma, la visibilidad se reduce a unos metros, la nieve empieza a pegarse en las gafas. Delgado, ya sin grandes aspiraciones en la general, se plantea simplemente sobrevivir, “salvar la etapa” y pensar en otros finales en alto. Pero la montaña tiene otros planes.
Arriba, en la cima, intenta ponerse un térmico con capucha sin bajarse de la bici. Los dedos no obedecen. Tiene que detenerse. Lucha con unos guantes que parecen de piedra; al final, renuncia.
Baja sin ellos, con un temblor que multiplica cada vibración de la bicicleta. Ve a corredores que suben unos metros caminando para entrar en calor antes de atreverse a la bajada. Observa compañeros abrazados a los tubos de escape de las motos de televisión y de coches que no son de carrera, buscando un calor inmediato, primitivo. Cuando cruza la meta en Bormio, siente que ha tanteado un límite físico y mental.
Termina décimo, a 7:08 del ganador, Erik Breukink. Andy Hampsten se viste de rosa y acabará ganando el Giro, el primero de su país en hacerlo. En los dedos de Delgado quedan, durante días, señales de congelación. En su cabeza, un aprendizaje íntimo sobre el miedo, sobre qué significa seguir pedaleando cuando el cuerpo grita basta.
Ese conocimiento silencioso viaja con él al Tour. La salida del 88 tiene un aire casi festivo para España. Pocas veces ha habido tanta bandera roja y gualda en la línea de partida de una Grande Boucle: seis equipos con licencia española —Reynolds, BH, Caja Rural, Teka, Kas Canal 10, Kelme— más Fagor, donde corre Pedro Muñoz. Treinta y seis ciclistas españoles, una cifra que hoy suena a ciencia ficción.
En la memoria colectiva pesan todavía el Tour del 59 de Bahamontes, quimera alpina, y el 73 de Ocaña, historia de genio torturado. Esta generación llega con hambre juvenil, dispuesta a repetir hazañas con otro tipo de profesionalidad. La carrera arranca sin prólogo clásico. Apenas un kilómetro simbólico para decidir el primer amarillo, que se lleva Guido Bontempi.
Al día siguiente, Steve Bauer se enfunda el maillot. En la contrarreloj por equipos de 46 kilómetros, Panasonic impone su ley y el amarillo pasa a Teun Van Vliet. El jersey cambia de espalda en espalda como si aún no hubiera decidido a quién pertenece. Es un Tour sin dueño, hasta que la carrera mira hacia las montañas y el maillot blanco y azul de Reynolds asoma en la foto.
El equipo se presenta en esa edición con un nueve que, visto hoy, parece un álbum de cromos gastado por los dedos: Delgado, Arnaud, Arroyo, Díaz Zabala, Gorospe, el colombiano Omar Hernández, Miguel Indurain, Javier Lukín y Jesús Rodríguez Magro. Arroyo ya sabe lo que es subir al podio del Tour. Gorospe aporta oficio y ese punto de mala leche competitiva que hace falta en las etapas llanas. Omar está para marcar ritmos salvajes en los puertos.
Rodríguez Magro hace de pegamento, siempre en el sitio adecuado. Lukín asume labores de protección y logística sobre la bici. E Indurain, con 23 años y cara de no matar una mosca, escucha más de lo que habla. Es un talento todavía sin pulir, pero cada kilómetro al servicio de Perico es una inversión a futuro.
Desde la primera semana se percibe que Reynolds no ha venido a improvisar. En los abanicos hay maillots blancos y azules donde tienen que estar, protegiendo a su líder de cualquier corte. En las llegadas nerviosas, cuando un enganchón puede costar medio minuto, siempre aparece un compañero para abrirle hueco. Esa cultura de equipo, esa forma de correr como bloque, está en fase de ensayo general, pero ya es reconocible.
Y cuando algo falla, se pelea. Tras una etapa marcada por una caída y un cambio de bicicleta con Lukín, Delgado se despierta un día con 36 segundos de más en la general. El jurado ha interpretado mal los tiempos. En otras épocas, el error habría quedado en la anécdota; ahora, Reynolds sube al despacho, discute, aporta cronometrajes propios, fuerza la rectificación.
El Tour se gana con piernas, sí, pero también con papeles. La primera contrarreloj larga, 52 kilómetros de sufrimiento contra el reloj, funciona como radiografía de lo que se ha trabajado en invierno. Sean Yates gana con 1h03m22s; Tony Rominger se queda a poco más de veinte segundos. Delgado completa el recorrido en 1h04m40s.
Ha cedido menos de un minuto con uno de los mejores especialistas del planeta y ha superheroado con claridad a rivales directos como Sean Kelly, Laurent Fignon, Urs Zimmermann o el propio Hampsten. El día está marcado por un factor que siempre persigue a las cronos largas: las diferencias meteorológicas. Perico corre con tiempo seco mientras a otros les toca lluvia y viento de cara. Pero incluso comparando tiempos con corredores en condiciones similares, su rendimiento es el de un candidato serio al amarillo.
Lo que se esconde detrás son meses de trabajo casi monacal en la cabra, de ajustes de postura, de obsesión por recortar esa desventaja endémica de los escaladores. La gran escena alpina llega con una etapa que parece dibujada a propósito para una revolución: La Madeleine, Glandon, Alpe d’Huez. Dicen que el Alpe decide, pero ese día la sentencia se firma bastante antes. En la Madeleine, el pelotón se descose.
Jean-François Bernard, elegido heredero de Hinault y Fignon, pierde más de ocho minutos en la cima. La idea de un Tour francés se desmorona a mitad de puerto. El Glandon, con su mezcla de rampas irregulares y paisaje abierto, se convierte en un escenario ideal para que Reynolds pruebe su concepto de equipo. Primero tira Indurain, ese gigantón que todavía nadie teme como merece.
Su cadencia machacona hace daño por pura insistencia. Luego toma el relevo Omar Hernández, escalador colombiano al que le han encargado el trabajo sucio: seleccionar, descartar, que queden solo los que realmente quieren el Tour. Van cayendo nombres ilustres: Breukink, Kelly, Zimmermann. Cuando Delgado percibe que Lucho Herrera, uno de los grandes escaladores de la época y amenaza real en la general, empieza a retorcerse y a abrir la boca más de la cuenta, decide que ha llegado la hora.
Ataca a un kilómetro de la cima del Glandon. Solo Rooks, vestido con el maillot negro y blanco del PDM, aguanta la rueda. La cima ofrece una especie de obituario deportivo. Breukink pasa a casi siete minutos, Zimmermann a ocho, Kelly a once, Bernard a catorce.
Por detrás, Fabio Parra, Gert-Jan Theunisse, Hampsten, Herrera, Parra y Ronan Pensec se atrincheran en pequeños grupos para no quedar definitivamente fuera de la foto. En realidad, lo decisivo sucede ahí, en ese altiplano ventoso, más que en las curvas masificadas del Alpe. El descenso del Glandon estira las diferencias. Cuando empieza la subida final, Delgado y Rooks suben juntos, casi socios incómodos, mirando más al cronómetro que al público.
Les alcanza Theunisse, luego Parra. Herrera oscila en torno al medio minuto, pero nunca llega a verles realmente a tiro. En meta, Rooks se queda la etapa; Perico, el amarillo. El Tour cambia de manos en directo.
La estructura de Echávarri y Unzué también. El día siguiente plantea un reto distinto: una cronoescalada entre Grenoble y Villard-de-Lans, con dos subidas puntuables. Para un escalador puro sería terreno ideal. Para un líder con la responsabilidad del maillot amarillo, puede convertirse en una trampa de desgaste, de esas que no te hacen perder el Tour pero te lo complican.
En el camión del equipo, sin embargo, la conversación no gira en torno a la prudencia. Se toma una decisión que resume bien la mentalidad de aquella Reynolds que ya sueña como Banesto: arriesgar para cerrar la carrera cuanto antes. Los mecánicos abandonan la bicicleta de aluminio con la que Delgado ha empezado el Tour y sacan una de carbono, unos 700 gramos más ligera. Montan una rueda lenticular trasera a pesar de que el viento en altura desaconseja cualquier capricho aerodinámico.
Solo Charly Mottet se atreve a algo parecido y termina pagando el experimento con casi diez minutos perdidos. Perico, en cambio, vuela. Marca el mejor tiempo en el primer tramo llano, en la primera subida, en el segundo llano; mantiene la inercia en la parte final. Cruza la meta con el primer triunfo en contrarreloj individual de su vida.
De paso, aleja aún más a Parra y Herrera en la general. Esa mezcla de tecnología, táctica y ambición anticipa el manual que más tarde aplicará Indurain: matar la carrera en la primera crono grande y en una etapa de montaña bien elegida, usar el resto de jornadas para gestionar riesgos. El Tour del 88 termina, sobre el papel, con la foto clásica en París: Delgado primero, Rooks segundo a 7:13, Fabio Parra tercero a 9:58. Steve Bauer cuarto, Eric Boyer quinto, Lucho Herrera sexto, Ronan Pensec séptimo, Álvaro Pino octavo.
Otros españoles, como Laudelino Cubino (13.º) o Marino Lejarreta (16.º), redondean una presencia sólida. En la montaña, Rooks se lleva el maillot de lunares por delante de Theunisse y el propio Perico. Por equipos manda PDM. Para Reynolds, hay otra clasificación que se mira con lupa dentro del autobús: de los nueve que arrancaron, acaban siete.
Indurain termina 47.º, Arnaud 48.º, Rodríguez Magro 52.º, Gorospe 60.º, Díaz Zabala 118.º, Lukín 82.º. No son puestos que pasen a los pósteres, pero son kilómetros de aprendizaje. En esas tres semanas, el joven Miguel aprende a rodar en abanicos, a bajar puertos con el cuchillo entre los dientes, a medir esfuerzos al servicio de un líder. De ahí saldrá el Banesto campeón que todo el mundo recuerda.
Y sin embargo, mientras la clasificación se ordena en las piernas, otra carrera se disputa en los despachos. Tras la cronoescalada, el laboratorio antidopaje de París comunica a la organización que en una muestra de Delgado ha aparecido probenecid, un diurético utilizado también para tratar la gota, que el Comité Olímpico Internacional considera dopante porque puede enmascarar otras sustancias. El comunicado es tan impreciso como explosivo: se habla de un positivo sin concretar la sustancia. Reynolds solicita contraanálisis, paga los 1.200 francos de rigor y se agarra a un matiz clave: el reglamento del Tour remite a la normativa de la UCI, y en la lista de sustancias prohibidas de la federación internacional el probenecid todavía no figura.
Luis Puig, presidente de la UCI, entra entonces en escena. Se reúne con los comisarios internacionales, recuerda que el artículo 35 del reglamento de la carrera les obliga a aplicar la lista de su organismo. Llama al responsable de la comisión médica, que se encuentra en Checoslovaquia, y recibe la confirmación de que el probenecid no será considerado dopante hasta agosto, unas semanas más tarde. Al otro lado del teléfono, el jefe del laboratorio de París se mantiene firme: para él solo vale la lista del COI.
La discusión es intensa, casi política. Puig llega a advertir que no permitirá que se sancione a un corredor por algo que, hoy, no está prohibido, aunque le cueste el cargo. Al final, el presidente del jurado firma un comunicado peculiar: se confirma la presencia de probenecid, pero se aclara que, al no figurar en la lista vigente en “el día de hoy”, no puede acarrear sanción. Oficialmente, Delgado no ha hecho nada punible.
Extraoficialmente, el director del Tour desliza una frase que queda flotando durante años: si llega de amarillo a París, “no será un vencedor limpio”. Perico, que ya sabe desde la tarde que la resolución será favorable, se muestra contenido ante los periodistas. Dice que la alegría le va por dentro, critica el caos de los controles, recuerda épocas de “mafias silenciosas” y lamenta que ahora se lancen acusaciones sin afinar los procedimientos. No se defiende con golpes de pecho.
Prefiere señalar que en ese nuevo territorio, a mitad camino entre la vieja picaresca y la profesionalización del antidopaje, las reglas siguen escribiéndose sobre la marcha. Mientras tanto, en España, la imagen que cuaja es la del segoviano de rizos levantando los brazos en París, rodeado de maillots blancos y azules. Los años siguientes resultan raros para él: sigue siendo líder, pero las circunstancias, los recorridos y, a veces, su propia irregularidad le impiden repetir triunfo. El equipo, en cambio, encuentra justo entonces un socio a la altura de sus ambiciones.
Banesto entra en escena con dinero, con intención de vincularse a un proyecto ganador y con el deseo de teñir de banco los veranos televisivos. El maillot cambia de tono; el blanco y azul del patrocinador sustituye al blanco y azul de Reynolds, con matices distintos. Por dentro, la continuidad es casi total: los mismos directores, buena parte de los mismos corredores, la misma obsesión. Para muchos aficionados, el verdadero primer Tour de Banesto es el de 1991, el de la coronación de Indurain.
Tiene lógica: la carrera termina con Miguel en lo alto del podio y el nombre del banco presidiendo los rótulos de televisión. Pero ese Tour no se explica sin el aprendizaje previo. El nueve que Banesto lleva a la salida presenta a Delgado con el dorsal 31, jefe nominal, e Indurain con el 35, navarro silencioso que ya ha enseñado lo que es capaz de hacer en cronos largas. En la primera contrarreloj seria, 73 kilómetros entre Argentan y Alençon, Miguel revienta el reloj: saca ocho segundos al vigente campeón Greg LeMond y casi un minuto a Jean-François Bernard.
La escena recuerda, en clave más contundente, aquella jornada del 88 en la que Delgado demostró que un escalador español podía mirar de frente a los especialistas. Pocos días después, en la etapa Jaca–Val Louron, Indurain se lanza bajando el Tourmalet, espera a Claudio Chiappucci y juntos dinamitan la carrera. El pelotón principal termina a más de siete minutos. Cuando la gente repasa esa etapa habla de valentía, de lectura estratégica, de un equipo dispuesto a romper la carrera lejos de meta.
Suena familiar. Banesto sale de allí con Miguel de amarillo, tres minutos sobre Mottet y 3:10 sobre Gianni Bugno. Y, lo que no siempre se subraya, con los nueve corredores en carretera hasta París: Delgado noveno en la general, el venezolano Leonardo Sierra Rondón duodécimo, Bernard decimocuarto, Lukín 119.º, Carlos Alberto Alonso 123.º, todos puestos al servicio del nuevo patrón. El equipo, además, gana la clasificación por escuadras.
Aquello es una graduación colectiva. Un examen que la estructura aprueba apoyada sobre experiencias acumuladas desde tiempos de Reynolds. Décadas más tarde, cuando Pedro Delgado cumple 60 años confinado por la pandemia, Teledeporte decide regalarle un espejo incómodo: la reemisión de etapas míticas de los ochenta y noventa con él como protagonista. Perico se ve subiendo Lagos de Covadonga en la Vuelta del 92 con una chispa que asegura no recordar, se ve sufriendo como gregario de Indurain con los mofletes encendidos.
Confiesa, en entrevistas con medios como Ciclismo a Fondo, que se emociona desde el sofá, que hay imágenes que le sorprenden, gestos que ni él mismo tenía en la cabeza. Le llama la atención lo distinto que es todo respecto al ciclismo actual: desarrollos más largos, nada de pinganillos, ni potenciómetros, cronos de sesenta o setenta kilómetros que hoy provocarían una tormenta de quejas. “Aquello era supervivencia”, viene a decir. Y en su voz se intuye cierto orgullo de haber vivido una época en la que cada error se pagaba al contado.
Esa supervivencia se ha filtrado en el ADN del equipo que, con otros nombres, ha llegado hasta hoy. Después de los cinco Tours de Indurain, la estructura sobrevive a la caída del propio Banesto, se reinventa como iBanesto.com, luego Caisse d’Epargne, más tarde Movistar. Cambia el color del maillot, cambian los patrocinadores, aparecen tonos verdes fosforitos y azules oscuros, pero el núcleo duro permanece. En la era moderna, Alejandro Valverde aporta longevidad y versatilidad; Nairo Quintana recupera la épica escaladora colombiana; Richard Carapaz y Enric Mas representan nuevos intentos de asaltar las grandes vueltas.
Las maneras son reconocibles: trenes de montaña cuando hay un líder claro, golpes desde lejos cuando la general obliga a arriesgar, movimientos que a veces desesperan al aficionado pero responden a una tradición concreta. Cuando uno se acuerda de aquel Tour de 2019 en el que Movistar agita la carrera con Quintana, Landa y Valverde lanzando ataques alternos, o de las Vueltas en las que el equipo endurece puertos lejanos para dejar aislado al líder rival, se puede trazar un hilo hacia atrás. De Quintana a Valverde. De Valverde a Indurain.
De Indurain a Delgado. El ataque en el Glandon en 1988 es una especie de arquetipo: un equipo que no se conforma con esperar al último puerto, un líder dispuesto a jugarse la victoria a cincuenta o sesenta kilómetros de meta, gregarios que consumen sus fuerzas mucho antes de que lleguen las motos de televisión. La historia tiende a ordenar la saga Abarca en compartimentos: era Delgado para el ciclismo romántico, era Indurain para la hegemonía casi científica, era Valverde para la eterna juventud competitiva, era Quintana para el sueño latinoamericano, era Movistar para el documental que llevó esa mentalidad a un público nuevo. Pero si uno mira la línea completa, la era Delgado funciona como mito fundacional.
En el Tour del 88 se cruzan todos los elementos que luego se desplegarán con otros colores y otros patrocinadores: un líder carismático y vulnerable, un equipo que aprende a funcionar como bloque, una apuesta temprana por la tecnología, una capacidad política para defender cada segundo en los despachos y un contexto nacional hambriento de triunfos que amplifica cada gesto. Vuelves al bar de Segovia. En la pantalla, Perico y Rooks doblan la última curva de herradura del Alpe d’Huez. El segoviano no gana la etapa, pero se enfunda de amarillo.
A tu lado, tu amigo insiste: “Ese día se inventó el Banesto.” Podrías matizarle, hablarle del Gavia, de los inviernos navarros, de Luis Puig alzando la voz por teléfono, de un chaval llamado Miguel aprendiendo a sufrir en silencio en el puesto 47 de la general. Podrías contarle que, sin aquella mezcla de improvisación y disciplina, el primer Tour de Banesto, el de 1991, no habría existido tal y como lo recordamos. Pero basta con dejar que el silencio llene un segundo la barra y responderle con una sonrisa corta, casi cómplice: sin la era Delgado, todo lo que vino después habría sido otro cuento.