Movistar y la Operación Puerto
Introducción Imagínate un bar cualquiera en Pamplona, camisetas de Indurain y Valverde colgadas en la pared, y en la tele una reposición de aquel Tour en el...
El sábado a primera hora, antes de que el sol caliente el asfalto, el bar de la esquina ya está abierto. Un camarero reseco se mueve entre las mesas dejando cafés con leche y tostadas, y en la cristalera se alinean varias flacas apoyadas con mimo, como si alguien hubiera montado un pequeño parking de carbono y aluminio. En la tele, colgada en alto, La 1 repone un resumen viejo del Tour: la imagen vibra un poco, se ve un pelotón difuminado y, en medio, un maillot que parece no envejecer nunca. Primero fue blanco con arcoíris, luego azul y morado, después rojos y negros, ahora azul eléctrico con una M gigantesca.
Siempre ahí. En una mesa, mientras se ajusta las calas, alguien suelta la frase que se oye en todos los bares de ciclistas de este país: «Estos han visto cosas que no nos han contado». El resto asiente en silencio y vuelve a mirar la pantalla. En esa frase cabe media historia reciente del ciclismo español y, en particular, una estructura con nombre cambiante y huesos muy sólidos: lo que hoy se llama Movistar Team y ayer fue Caisse d’Epargne, Illes Balears, iBanesto o, mucho antes, Reynolds.
Abarca Sports, la empresa que sostiene ese andamiaje, ha sobrevivido a cambios de patrocinio, a la explosión y resaca de la EPO, a juicios mediáticos y a mudanzas de logo sin romperse por dentro. Uno de los nombres que ha recorrido ese camino, como una cicatriz que aparece siempre en el mismo sitio cuando cambias de postura, es Operación Puerto. No es sólo un sumario judicial o un titular: es un espejo incómodo que devuelve la imagen de un tiempo en el que casi nada era limpio del todo y casi todo se fingía normal. La historia arranca lejos de los juzgados, en una Navarra de comienzos de los ochenta donde el ciclismo aún huele a taller y a club de pueblo.
Allí se levanta el Reynolds, un proyecto que mezcla ilusión de aficionados y apoyo de empresas, y en el que aparece un chaval alto y callado de Villava que terminará ganando cinco Tours. Miguel Indurain se convierte en la cara del equipo, pero por detrás se consolida otra figura tan importante como discreta: Eusebio Unzué, el hombre del coche, el que manda, el que diseña plantillas, calendarios y jerarquías. Con Banesto llegan los años de dominio absoluto, la sensación de que por fin una escuadra española puede mirar a la cara a las grandes fortalezas italianas y francesas. Se renuevan autobuses, se moderniza el material, se ficha a talento extranjero, pero el núcleo humano permanece casi intacto.
Mientras Indurain arrasa en la general, el ciclismo de fondo vive su propia revolución silenciosa. A finales de los noventa explota el caso Festina, se destapan prácticas en Telekom, el apellido Armstrong se transforma en sinónimo de tiranía y sospecha, y la EPO deja de ser un secreto de pasillo para convertirse en palabra maldita en las portadas. En esa travesía, la estructura navarra cruza del maillot de Banesto al de iBanesto.com, luego a Illes Balears. Siempre con la misma forma de trabajar: control férreo desde el coche, reparto claro de roles, poca exposición mediática cuando se habla de preparación.
El equipo esquiva un escándalo colectivo a la altura de Festina, pero de vez en cuando desaparece algún corredor, surgen rumores sobre médicos de referencia, se mencionan programas “avanzados” de entrenamiento. Nada cristaliza del todo, nada se explica del todo. Cuando en 2005 aparece el patrocinio de Caisse d’Epargne y el maillot se tiñe de negro y rojo, el ciclismo internacional ya ha entrado en la fase de tolerancia cero de cara al público. La UCI presume de pasaporte biológico, de nuevos laboratorios, de controles sorpresa.
Los equipos cuidan el lenguaje, evitan ciertas palabras, llenan las presentaciones de términos como “transparencia” y “modernidad”. Bajo esa capa reluciente, sin embargo, el pasado reciente sigue latiendo. Y en España, ese pasado va a recibir un nombre propio que todavía hoy incomoda pronunciar en voz alta: Operación Puerto. Mayo de 2006.
La Guardia Civil entra en varios pisos y consultas de Madrid con orden judicial y cajas de cartón preparadas. Lo que encuentran parece sacado de una novela de ciencia ficción de bajo presupuesto y, a la vez, de un hospital puntero: neveras portátiles, centrifugadoras, bolsas y más bolsas numeradas, listados manuscritos con alias, medicamentos con nombres que cualquier aficionado al ciclismo ha aprendido a distinguir como si fuera farmacéutico. En el centro del huracán, el doctor Eufemiano Fuentes, acompañado por otros nombres que pronto se harán familiares: Merino, Labarta, León, Saiz. Los informativos de Radio Nacional y RTVE hablan de red de dopaje, de trama organizada, de una caída que puede sacudir varios deportes a la vez.
Lo que se va reconstruyendo a partir de escuchas, informes y declaraciones dista mucho del dopaje casero de antaño, aquel ciclista que se pinchaba a escondidas en una habitación de hotel sin apenas supervisión. Lo que se descubre es casi una consultoría de rendimiento: planificación anual, picos de forma diseñados con calendario en mano, extracciones de sangre marcadas con exactitud, reinfusiones milimetradas antes de las grandes etapas. EPO, hormona del crecimiento, testosterona, insulina. Un catálogo completo.
A cambio, una promesa: más vatios durante más tiempo, sin sobresaltos aparentes en los controles. El riesgo real, ese hematocrito empujado a límites que vuelven la sangre más espesa y castigan el corazón, queda en segundo plano. En términos penales, el foco se coloca precisamente ahí: la acusación gira alrededor de un delito contra la salud pública, porque en 2006 la ley española todavía no considera el dopaje como una infracción específica. Lo más alarmante para el deporte español es que los papeles y las cintas no se detienen en el ciclismo profesional.
En las conversaciones grabadas aparecen porcentajes y siglas que muchos interpretan como equipos de fútbol, clubs de atletismo, incluso otros deportes menos mediáticos. Algunos nombres jamás se conocerán oficialmente, otros quedarán flotando en columnas y tertulias como sospechas crónicas. El caso, más que señalar a cuatro ciclistas pillados in fraganti, apunta a una red amplia de médicos, intermediarios y dirigentes que usan la medicina como herramienta competitiva para quien pueda pagarla. Los especiales de RTVE y los reportajes de diarios como El País dedicarán años a seguir la pista de esas siglas, de esas bolsas guardadas en congeladores judiciales.
A partir de la redada, el ciclismo entra en un verano delirante. Los directores deportivos, con el Tour a la vuelta de la esquina, empiezan a jugar a un sudoku macabro con listas de alias, números de bolsa y rumores de pasillo. Los organizadores del Tour, la UCI y las federaciones nacionales cruzan información filtrada del sumario para decidir quién puede tomar la salida en Estrasburgo. Jan Ullrich se queda fuera, Ivan Basso también, algunos nombres españoles desaparecen de la preinscripción sin comunicado oficial, otros se mantienen porque su federación entiende que no hay pruebas concluyentes.
El pelotón que se alinea en la rampa de salida parece completo, pero muchos ven huecos donde antes había favoritos. Cada clasificación general se mira desde entonces con un pequeño asterisco invisible. En mitad de ese maremágnum, el equipo de Unzué sigue su ruta. En 2006 se llama Caisse d’Epargne-Illes Balears, pero en el interior del autobús la decoración es lo de menos: están los auxiliares de toda la vida, los masajistas que han visto pasar generaciones, los directores que conocen a cada corredor desde juveniles.
Algunos ciclistas de la casa, otros venidos de otros proyectos españoles donde se compartía el mismo lenguaje de “preparación específica”, miran en los periódicos los nombres que circulan y se reconocen en algunas siglas, o reconocen a compañeros de entrenamiento. En los papeles de Fuentes aparecen abreviaturas que muchos aficionados asocian a corredores que han pasado por la órbita de Abarca. Algunos dejarán el WorldTour casi sin despedida, otros seguirán pedaleando bajo una nube de sospecha que jamás cuajará en sanción. El caso que de verdad se instala en las sobremesas, año tras año, es el de Alejandro Valverde.
El murciano, convertido en líder natural de la estructura, acumula victorias en vueltas de una semana, podios en grandes rondas, clásicas. Mientras tanto, en los documentos intervenidos a Fuentes figura un alias: “Valv.Piti”. La combinación parece un chiste privado: Valv por Valverde, Piti por el nombre de su perro. Él lo niega una y otra vez.
Sin pruebas firmes, su federación le respalda y el equipo lo arropa, consciente de que gran parte de su relevancia deportiva se sostiene sobre sus piernas. La ironía salta de la hemeroteca al laboratorio en 2009, cuando la justicia deportiva italiana ordena comparar el ADN de una bolsa de sangre incautada en la Operación Puerto con una muestra tomada a Valverde durante el Tour. El resultado encaja. Italia le suspende en su territorio, y el caso acaba en el Tribunal de Arbitraje Deportivo, que extiende la sanción a nivel mundial: dos años en casa, resultados anulados, un silencio forzado que corta la trayectoria de uno de los corredores más brillantes de su generación.
Mientras tanto, la federación española se mantiene en una posición defensiva: sin condena penal definitiva, argumenta que no puede actuar, y deja que sea el engranaje internacional quien cargue con la responsabilidad. Para el equipo, la línea argumental es nítida hacia fuera. Abarca Sports no figura como imputada en la causa penal, las decisiones disciplinarias corresponden a federaciones y a la UCI, y el patrocinador no tiene por qué pagar por actuaciones individuales, por más dolorosas que resulten. Hacia dentro, separar la historia personal de Valverde de la historia colectiva de la estructura es bastante más difícil.
El mismo maillot que luego lucirá la M de Movistar construye buena parte de su relato en torno a un líder cuya vinculación con las bolsas de Fuentes ha quedado plasmada negro sobre blanco en un laboratorio de Lausana. Mientras el murciano cumple su castigo, la Operación Puerto sigue su propio calvario procesal. El juicio oral no arranca hasta enero de 2013, casi siete años después de la redada, con una sala abarrotada por periodistas de medio mundo y un desfile de testigos que van dibujando uno de los mapas más crudos del dopaje moderno. Tyler Hamilton relata transfusiones que le dejaban la orina oscura después de etapas de montaña, se reproducen grabaciones en las que Fuentes asegura tener listas de ciclistas, atletas y tenistas, aparecen siglas como “Rsoc” que cualquiera asocia de inmediato a la Real Sociedad.
El nombre de Lance Armstrong se menciona casi de pasada, como recordatorio de que esto no era un problema exclusivo de España. La primera sentencia llega en abril de ese año. Penas cortas de prisión e inhabilitación para Fuentes e Ignacio Labarta, absolución para otros acusados y una decisión que encenderá una guerra institucional: la orden de destruir las bolsas de sangre custodiadas por el juzgado. La Agencia Mundial Antidopaje y la UCI reaccionan con furia.
Entienden que ahí se guarda la posibilidad de identificar a decenas de deportistas que nunca han sido investigados. Se suceden recursos, autos que primero impiden y luego permiten que parte de esas bolsas se utilicen en procedimientos disciplinarios. Cuando por fin se abre una rendija, muchas posibles sanciones ya han prescrito. La sensación es la de una puerta que se cierra muy despacio mientras en el interior aún se adivinan sombras.
En paralelo, España trata de rehacer su imagen. En 2007 aprueba una nueva ley antidopaje, crea una agencia especializada, endurece controles, coordina mejor con las instancias internacionales. Políticos y dirigentes intentan mostrar un país alineado con los estándares que exige el deporte global. A pie de carretera, sin embargo, la impresión de muchos aficionados es que el cinturón se ha apretado tarde y a medias.
Se vigila con más celo al que empuja hoy, pero la sensación de que se ha protegido a gente que pedaleó con ventaja sigue flotando en la conversación. Lo perciben quienes durante los noventa y los primeros dos mil se hincharon a aplaudir Tours y Vueltas, y ahora no saben qué fue real y qué no. Cuando Movistar entra como patrocinador principal en 2011, la resaca de Puerto ya forma parte del paisaje. Telefónica ve en el ciclismo una herramienta perfecta para unir su marca a valores de esfuerzo, cercanía y tecnología.
Movistar no sólo es un nombre presente en España: se extiende por gran parte de Hispanoamérica, un mercado donde la bicicleta también sirve como escaparate inmejorable. La propia compañía presume de su marca como enseña comercial en telefonía, internet y televisión, una especie de hilo azul que conecta países muy distintos. El maillot que atraviesa el Tourmalet, el Alto de Letras o la Vuelta a Colombia se convierte en tarjeta de visita. Mientras tanto, la empresa reorganiza sus negocios en la región, vende su operación en Ecuador a Millicom, protagoniza movimientos como la fusión con Tigo en Colombia que reconfiguran un mercado de telecomunicaciones en el que, no por casualidad, el equipo suele correr, disputar carreras y montar activaciones de patrocinio.
La gente que ve esas imágenes en Quito, Bogotá o Madrid no piensa en Eufemiano Fuentes cuando un corredor del Movistar se escapa camino de un puerto de categoría especial. Pero el pasado viaja escondido en cada plano. Los años de Banesto, Caisse d’Epargne y la Operación Puerto no son un capítulo aparte, forman parte de la misma línea temporal. Que el equipo haya logrado mantener el apoyo de grandes empresas durante todo ese trayecto dice mucho de su capacidad de gestión, de su habilidad para adaptarse a contextos cambiantes y de una lealtad mutua poco frecuente en el ciclismo moderno.
También deja una pregunta colgando: hasta qué punto se ha afrontado de manera abierta todo lo que ocurrió en aquella habitación fría de Madrid. Puerto dejó en la cuneta más que medallas tachadas en un palmarés. Hubo carreras que se quebraron de golpe, ciclistas que pasaron de disputar generales a pelear por top 10 en pruebas menores, biografías que cambiaron de rumbo en una notificación certificada. Para el aficionado español, que durante los años dorados de Indurain había convertido el Tour y la Vuelta en asunto casi de Estado, el golpe fue doble: se veía cómo se caía parte de un mito colectivo y a la vez se comprobaba que el truco estaba mucho más extendido de lo que se quería reconocer.
A partir de ahí, ver una exhibición montañosa dejó de ser un motivo de entusiasmo inocente y empezó a despertar una ceja levantada. El caso tuvo un efecto colateral menos visible pero igual de profundo: la relación entre el aficionado y equipos como el de Abarca se volvió más exigente. No bastaba con cambiar de patrocinador ni con colocar en las notas de prensa palabras solemnes. Se pedía pedagogía, transparencia, gestos que fueran más allá de la obligada “tolerancia cero” de manual.
La estructura navarra ha ido incorporando parte de esa lección: controles internos, colaboración con los sistemas de pasaporte biológico, modernización de la preparación, un discurso más abierto sobre entrenamiento, descanso y nutrición. Los ciclistas de la actual Movistar, muchos nacidos cuando Indurain ya estaba retirado, han crecido en un contexto distinto, con códigos nuevos. Y, sin embargo, cualquier noticia sobre un caso aislado de dopaje en otro equipo, cualquier investigación abierta en otro país, resucita en las tertulias el mismo recuerdo: las bolsas numeradas, los nombres en clave, el médico canario en el banquillo mientras en la tele se comentan porcentajes de hematocrito como si fueran estadísticas de posesión. Si uno repasa con calma la línea que va de Reynolds a Movistar, pasando por Banesto, Caisse d’Epargne y todos los cambios de logo, la conclusión resulta incómoda y fascinante a la vez.
La estructura ha atravesado los años más salvajes del dopaje, el estallido judicial de Puerto y la guerra fría entre federaciones y agencias internacionales sin desaparecer ni romperse. Se ha ido adaptando, como esos árboles viejos que inclinan el tronco cuando cambia el viento pero nunca terminan de caer. Esa capacidad de supervivencia habla de oficio en los despachos y en la carretera, de un saber estar en la zona gris que separa la crisis definitiva del simple bache. La pregunta que queda flotando es si esa misma habilidad para sobrevivir se ha traducido en una revisión honesta del propio pasado.
El relato oficial tiende a reducir Puerto a un problema de individuos concretos, con nombres y apellidos, que tomaron decisiones equivocadas. Pero la magnitud de lo que se vio en 2006 sugiere otra cosa: médicos que ofrecían paquetes cerrados de rendimiento, dirigentes que preferían no preguntar demasiado, una cultura general que convertía el atajo químico en parte del juego. Mientras esa dimensión colectiva no se asuma del todo, el fantasma seguirá apareciendo en cada conversación larga sobre ciclismo español, en cada libro que repase aquellos años con algo más que nostalgia. Quizá por eso la escena del bar del principio no termina nunca de caducar.
Cada julio, cada agosto, cuando la cámara del helicóptero se aleja y enfoca desde arriba un puerto de montaña, el azul de Movistar se distingue en el grupo, rodeado de otros colores. Los clientes apuran el café, alguno comenta la táctica del día, otro recuerda un ataque de Valverde, un tercero menciona a Indurain como si hubiera corrido ayer. Y siempre hay alguien que, mirando de reojo la pantalla, baja un tono la voz para repetir su frase de siempre, esa que mezcla admiración, cariño y desconfianza: estos colores han tenido delante cosas que probablemente nunca conoceremos del todo. El plano hace un zoom, la imagen se pierde entre las cumbres, y el rumor se queda flotando, igual que una bolsa numerada en una cámara frigorífica que nadie termina de abrir.