La primera ronda de cañas se calienta en la barra cuando alguien saca el móvil y propone el juego. Desliza el dedo por la lista de ganadores de la Vuelta a España, te mira con media sonrisa y dispara: «Venga, hazme un ranking de las Vueltas del equipo de Unzué, desde Reynolds hasta Movistar». Parece una charla ligera de bar, un pasatiempo para matar el rato antes de que llegue la tapa, pero en realidad estás abriendo en canal casi cuarenta años de ciclismo español. Cada edición que recuerdas arrastra detrás un maillot distinto, un patrocinador nuevo, los mismos apellidos en el coche y una forma muy concreta de entender la carrera que pasa por la puerta de casa. Para la estructura navarra, la Vuelta nunca ha sido solo la tercera gran vuelta del calendario. Es la caravana que cruza Navarra en septiembre, la subida que los auxiliares conocen curva a curva desde juveniles, la meta en alto que queda a dos horas en coche de la sede. Es, sobre todo, el examen final del curso: el lugar donde se arregla lo que el Tour negó, donde se salva una temporada gris con un buen podio o donde se agranda una campaña ya redonda. Por eso, incluso en años discretos en el WorldTour, tú miras la lista de salida y ahí está Movistar, o antes Caisse d’Epargne, o antes Banesto o Reynolds, con una alineación afinada, mezcla de veteranos y chavales, y la clasificación por equipos subrayada en la pizarra del autobús. La propia Vuelta ha cambiado de piel mientras el equipo mantenía el hilo de la historia. De aquella ronda de primavera con participación irregular, muchas veces marcada por el frío de abril y por líderes que venían a afinar antes del Giro o del Tour, se pasó a un septiembre rojo, caluroso y cada vez más cotizado. Los datos lo cuentan sin emoción: los índices de calidad de participación que maneja ProCyclingStats muestran una curva que se dispara a partir de los años 2000 y consolidan a la Vuelta como tercera gran vuelta de referencia en la última década. Traducido al idioma de Abarca Sports, significa esto: cada apuesta en la Vuelta vale más que antes; ganar te sienta en la misma mesa que Giro y Tour, perder deja todas las costuras al aire. La carrera, además, ofrece un catálogo de premios que encaja de maravilla con la forma de correr del bloque navarro. Cuando hay líder claro, la general es el norte y todo se ordena alrededor de él. Si no, entra en juego la imaginación: la regularidad de un Valverde capaz de sumar puntos casi a diario, el instinto escalador de los colombianos de turno, el músculo colectivo que alimenta esa clasificación por equipos que el conjunto ha coleccionado como quien junta cromos, la habilidad para meter a hombres en fugas que derivan en maillots de montaña o en esa combinada que, quien la ha ganado, sabe que es una pequeña joya interna. Cada jersey que entra en el autobús la tarde de Madrid cuenta allí dentro como un título propio. Si hubiese que dibujar las Vueltas en una estantería sentimental, los lomos más gruesos se remontan a los años ochenta, cuando el maillot todavía decía Reynolds y el equipo era, en apariencia, un proyecto modesto de provincias. En 1985, ese bloque se planta en la Vuelta con Pedro Delgado como líder no del todo consagrado, pero con las piernas llenas de ambición y un conocimiento íntimo del terreno. La remontada en Pajares, los ataques en Lagos de Covadonga, los rivales extranjeros que se van quedando por el camino… Aquel año el equipo descubre que sabe manejar una gran vuelta en casa como si fuera un tablero que lleva años estudiando. La sensación, vista desde hoy, es la de una estructura que se atreve a desafiar el orden establecido con recursos de cantera, carretera nacional y mucha pizarra. Cuatro temporadas después, en 1989, Delgado vuelve a subir al primer cajón con el mismo engranaje detrás, ya transformado en figura planetaria tras su Tour del 88. La Vuelta sigue siendo una carrera de primavera, un puente hacia Francia, pero también es el laboratorio ideal para un modelo que se asienta: un equipo español capaz de mandar en casa y presentarse sin complejos en julio. Entre 1985 y el final de los noventa, la ronda española funciona como patio trasero en el que Reynolds primero y Banesto después prueban líderes, ensayan tácticas y ajustan jerarquías con una libertad que sería impensable en el Tour. La marca Banesto se instala en el maillot en los noventa escoltada por la sombra descomunal de Miguel Induráin. El navarro nunca hace de la Vuelta su prioridad absoluta; su calendario orbita alrededor del Tour. Pero el bloque no suelta la carrera de casa: la usa para rodar a futuros jefes de filas, para dar galones en etapas concretas a gregarios que necesitan crecer, para pulir detalles antes de Francia. En 1998 llega la prueba de fuego para el proyecto post-Induráin: Abraham Olano conquista la general vestido de azul y blanco en una Vuelta ya atravesada por la sospecha del dopaje y por un calendario cada vez más global. En la hoja de méritos de la casa, ese triunfo pesa más de lo que parece: certifica que el equipo ha sobrevivido a su gigante y es capaz de ganar sin él. Luego vienen los años de transición. Banesto desaparece del maillot, llegan Illes Balears, después Caisse d’Epargne, y el bloque entra en una fase menos brillante, pero llena de matices. La Vuelta se convierte con frecuencia en un «casi»: podios que dejan buen sabor de boca pero no llenan del todo, victorias de etapa de enorme calidad que no se coronan con la general, clasificaciones por equipos que sostienen el orgullo interno. Son los primeros años de un Valverde aún joven, atacando a veces demasiado pronto, levantando al público del sofá con movimientos que incendian la carrera y dejan a su propio equipo expuesto. La sensación es la de una estructura que tiene la calidad para dominar, pero a la que se le escapa siempre un detalle. En 2009 se rompe esa maldición particular. Alejandro Valverde afronta la Vuelta con la camiseta negra y roja de Caisse d’Epargne, un recorrido que ofrece pasos por Andorra, por los Lagos, por finales en muro que parecen diseñados para su aceleración feroz, y un bloque armado a su medida. El murciano, que ya había perdido grandes vueltas por exceso de fogosidad, encuentra por fin el punto justo: arriesga cuando hace falta, calcula las bonificaciones, gestiona los malos días con frialdad. Las clasificaciones oficiales de la Vuelta recogen una victoria nítida, pero lo que queda en la retina de la estructura es otra cosa: la sensación de haber ajustado el manual táctico a la personalidad del líder, de haber construido una general casi en casa tras años rozándola. Un año más tarde no es el equipo el que cambia, sino la propia Vuelta. Adiós al maillot oro, bienvenida al rojo; adiós al calendario primaveral, bienvenida la colocación definitiva al final del verano. La carrera arranca en 2010 con una contrarreloj por equipos nocturna en Sevilla, un despliegue de luces y televisión que deja claro que la ronda española quiere otro papel en el calendario internacional. Se confirma una lista de 22 equipos invitados, con Caisse d’Epargne entre los grandes bloques del WorldTour y ausencias sonadas como la de RadioShack, tal como recogía entonces Biciciclismo. En el coche de Unzué se entiende rápido que esa Vuelta nueva pide otra forma de mandar: más explosividad, más habilidad para viajar de punta a punta del país entre etapas, más atención a jornadas de viento que pueden costar minutos a golpe de abanico. En 2011, el maillot se tiñe de azul y aparece el nombre que todavía hoy identifica al proyecto: Movistar. La estructura deportiva cambia lo justo; lo que se transforma de verdad es la manera de contarse hacia fuera. Surgen redes sociales activas, cámaras dentro del autobús, piezas para televisión que enseñan la cocina del equipo. La Vuelta, que cierra cada septiembre en Madrid, pasa de ser solo la gran carrera de casa a convertirse también en un escaparate mediático privilegiado para el patrocinador. Ganar allí no solo implica levantar trofeos; significa ocupar minutos de televisión, llenar titulares en prensa y multiplicar las fotos de un maillot que, por proximidad, la afición reconoce como propio. Los primeros años de Movistar en la Vuelta tienen un protagonista dominante: Alejandro Valverde, ese ciclista capaz de sumar podios en la general, maillots de puntos, etapas en llegadas imposibles y, de paso, guiar a los jóvenes por la montaña. Paralelo a él, surge el relato de Nairo Quintana, que encuentra en España el complemento perfecto a sus asaltos al Tour. Mientras la afición debate sobre quién debe llevar los galones, la estructura explota un recurso que domina como pocos: la clasificación por equipos. Repasas las tablas históricas de la Vuelta y el nombre del equipo navarro aparece una y otra vez al frente, fruto de una profundidad de plantilla notable y de una manera de correr casi programada para meter a tres o cuatro corredores entre los veinte primeros cada día. Y, sin embargo, si alguien en ese bar del principio te pide que señales la Vuelta que mejor define al Movistar de las grandes gestas, el dedo se va solo a 2016. Quintana llega a la salida tras un Tour frustrante, alimentando dudas sobre su techo real, y se encuentra con un Chris Froome inmenso al otro lado de la trinchera. La Vuelta se convierte en un ajedrez diario: los Lagos, las trampas de media montaña que parecen etapas de transición y acaban siendo emboscadas, el golpe maestro en Formigal con decenas de kilómetros a cuchillo, la defensa numantina en la Sierra de Madrid. Las clasificaciones oficiales la recogen como una victoria, sí, pero para quien ama la táctica es mucho más: un manual ilustrado de cómo se gana una gran vuelta con un escalador puro cuando se dispone de un bloque disciplinado y una lectura privilegiada del terreno español. Ahí están las cinco Vueltas que cualquier aficionado de la casa colocaría en la repisa de edición de lujo: 1985 y 1989 con Delgado y Reynolds abriendo camino; 1998 con Olano y Banesto sellando la supervivencia a la era Induráin; 2009 con Valverde coronando por fin su romance con la ronda; 2016 con Quintana y Movistar en una batalla de época con Froome. Son los años en que el equipo no solo gana, sino que da la sensación de dictar el guion de la carrera, de marcar el tono de cada jornada, de convertir imágenes sueltas en pósteres que acabarán colgados en los despachos. Un escalón por debajo en el ranking íntimo están las Vueltas del casi, esas que dejan muchos motivos para sonreír… menos el maillot rojo en la foto final. La edición de 2012 es quizá el ejemplo más evidente. Valverde pelea allí con Alberto Contador y Joaquim Rodríguez en una de las generales más apretadas de la década. El bloque navarro corre con valentía, suma etapas, aparece en todos los debates, pero una suma de detalles —una mala decisión de colocación en un repecho, un movimiento táxico tardío, un desfallecimiento mal gestionado— inclina la balanza hacia el de Pinto. Si repasas la clasificación general de aquella Vuelta, ves nombres del equipo muy arriba. Si escuchas las conversaciones de invierno, afloran frases del tipo «si aquel día hubiéramos empezado a tirar diez kilómetros antes». Algo parecido ocurre en las ediciones en las que la estructura decide repartir responsabilidades entre varios líderes. Sobre el papel, suena a seguro de vida: si falla uno, responde el otro. En la carretera, la cosa se complica. Valverde y Quintana compartiendo galones, jóvenes que reclaman su oportunidad, veteranos que se resisten a ceder protagonismo. Cada vez que la carrera entra en zona caliente y salta un ataque, el coche debe decidir en segundos quién responde, quién se guarda, quién sacrifica sus opciones. Es fácil imaginar el silencio tenso de esos instantes, las miradas cruzadas, la frase corta que sale por la radio hacia la carretera. A veces sale bien; otras, cada duda se traduce en segundos perdidos que acaban costando la general. En la tier list emocional del equipo, estas Vueltas del casi son una mezcla de orgullo y cicatrices. Por un lado, han engordado el palmarés con etapas memorables, maillots secundarios y clasificaciones por equipos que cualquier patrocinador firmaría sin pestañear. Por otro, han dejado debates abiertos que siguen apareciendo en las cenas de final de temporada: aquel gregario que piensa que debería haber tenido libertad para seguir un ataque, aquel director que revisa mentalmente una decisión en un puerto asturiano, aquel líder que sabe que nunca volverá a estar tan cerca de ganar en casa. Luego están las Vueltas turbulentas, esas que se recuerdan más por lo que pasó fuera de la carretera que por el minuto y segundo que escribían las clasificaciones. La de 2010 se ha quedado como símbolo. Sobre el asfalto, la carrera parecía resumirse en un pulso entre Vincenzo Nibali y Ezequiel Mosquera. Después, el anuncio del positivo del gallego por hidroxi-etil almidón, una sustancia considerada enmascarante de EPO, abrió una larga cadena de resoluciones federativas y recursos. Mosquera acabó sancionado con dos años por la federación española y, en una comparecencia recogida por El Mundo, denunció una «persecución política», cargó contra el responsable de deporte de la Xunta y lamentó un trato mediático mucho más duro que el dispensado a figuras más protegidas. Para los equipos que disputaron aquella Vuelta, entre ellos Caisse d’Epargne, el recuerdo queda inevitablemente contaminado: se corrió en la montaña, pero la clasificación definitiva se decidió entre despachos, laboratorios y tribunales. Ya en plena era Movistar, las turbulencias cambian de naturaleza. El dopaje deja de ser el gran tema y pasan a dominar la escena las decisiones internas, los roces a la vista del público, la exposición constante. Un abandono sonado a falta de dos días, una discusión en el coche captada por las cámaras, una estrategia que se percibe conservadora y se convierte en carne de crítica en tiempo real. El documental El día menos pensado transforma algunas de esas Vueltas en capítulo de serie, con la afición elaborando su propia lista de errores y aciertos del equipo, juzgando escuchas de radio que hace veinte años se habrían quedado para siempre dentro del autobús. Para la estructura, son años incómodos, pero también de aprendizaje: corren en casa sabiendo que ya no basta con hacerlo bien; hay que contarlo bien. Si conviertes todas estas historias en un informe frío, el balance de Abarca Sports en la Vuelta presenta fortalezas muy claras. Pocos directores deportivos leen la geografía española con la precisión con la que lo hace Eusebio Unzué y su grupo de lugartenientes. Saben dónde pega el aire en cada recta de la Meseta, qué puerto se hace más duro de lo que marca el perfil, en qué rotonda un corredor despistado puede perder la colocación. La identidad deportiva de la casa, construida en torno a la escalada y al trabajo de bloque, encaja como anillo al dedo con una carrera plagada de finales en alto cortos, puertos encadenados y jornadas sin un metro llano. Además, esa cultura de largo plazo, esa manía de construir líderes de casa más que ficharlos ya hechos, ha dado frutos evidentes: de Delgado a Quintana pasando por Valverde, casi todos los grandes jefes de filas han crecido dentro de la estructura. En el reverso aparecen los patrones que se repiten cuando la Vuelta sale torcida. La indecisión a la hora de señalar un líder único se paga con intereses en una carrera que no ofrece margen para el titubeo. Cuando el recorrido se inclina hacia finales explosivos muy cortos, rematados por corredores más ligeros y agresivos, al bloque le cuesta adaptarse a ese registro de fogonazo constante. Y en los últimos años, la presión mediática añadida por cámaras, redes sociales y focos ha erosionado a veces esa calma necesaria para tomar decisiones tácticas frías en plena tormenta de alta montaña. De ahí nacen las tareas pendientes que se apuntan, aunque nadie las redacte, en las pizarras de la sede navarra cada invierno. Reconstruir un líder de tres semanas con sello propio, capaz de conectar con la tradición del equipo pero adaptado a un ciclismo más global, con rivales que llegan de todos los continentes y estructuras que manejan datos y estrategia con precisión de laboratorio. Actualizar el manual táctico para una Vuelta que se parece cada vez más a una concatenación de clásicas duras que a una carrera de desgaste lenta. Decidir cuánta energía se invierte en la clasificación por equipos: si debe seguir siendo objetivo irrenunciable o si, en ciertas ediciones, conviene sacrificarla para blindar al líder de la general, aunque eso implique renunciar a meter a tres hombres en cada fuga. Mirado con la distancia que da el tiempo, el ranking de las Vueltas del equipo de Unzué dibuja una curva reconociblemente humana. Hay picos de euforia —Delgado en los ochenta, Olano en el 98, Valverde en 2009, Quintana en 2016—, mesetas de buenos resultados sin rematar y valles de confusión táctica o ruido exterior. Por encima de todo, se mantiene una continuidad rara en el ciclismo moderno: el mismo director al volante, la misma forma de entender una carrera que ha cambiado de fechas, de maillot, de recorridos, incluso de tono mediático, pero sigue pasando por las mismas carreteras secundarias de siempre. Imagina por un momento que, un día cualquiera de noviembre, alguien reuniera en una sala de la sede de Abarca a todos los protagonistas de esta historia. Corredores retirados, auxiliares que han visto más Vueltas que veranos, directores jóvenes, veteranos del coche. Les ponen una pizarra delante y les piden que ordenen sus Vueltas favoritas. La discusión duraría horas. Un masajista defendería la Vuelta de 1985 por lo que significó para un equipo todavía humilde; un director reciente sostendría que 2016 es la obra maestra táctica; algún corredor insistiría en rescatar una edición perdida por un abanico en la Mancha que nunca salió en los titulares, pero que a él le marcó para siempre. Al final, ese ranking contaría menos sobre la matemática de las clasificaciones y más sobre la memoria compartida de un grupo humano. Mientras tanto, en el bar de aquella primera escena, la conversación se va apagando a medida que las cañas se vacían. Queda, sin embargo, una certeza que nadie discute: mientras haya un maillot azul, rojo, blanco o del color que toque alineado en agosto, la Vuelta seguirá siendo el espejo más exigente del equipo de Unzué. Allí se verá si han aprendido de las Vueltas turbulentas, si son capaces de transformar las del casi en victorias completas y si encuentran nuevos lomos para la estantería de las Vueltas de campeonato. El ranking, al final, se reescribe cada año entre la salida festiva en el sur y la última curva hacia Cibeles, entre la primera subida en la sierra y ese último día de septiembre en el que, al apagar la tele, uno ya está pensando en la próxima ronda de cañas y en qué sitio de la lista quedará la próxima Vuelta del equipo.