Dream Team histórico del equipo para un Grand Tour
Introducción: soñar un ocho irrepetible Si te sientas en un bar con un amigo ciclista y le propones montar el Dream Team histórico de la estructura de Abarca...
La noche es de julio y el calor pega en las baldosas de la terraza como si también quisiera participar en la tertulia. La tele del bar, esa que nunca se apaga del todo, escupe imágenes granulosas de una Vuelta vieja: maillots chillones, motos torpes, los Lagos de Covadonga envueltos en niebla. En las mesas, vasos húmedos, platos de torreznos a medio conquistar y un murmullo constante de opiniones. Hasta que alguien se inclina hacia el centro, levanta una ceja y dispara la pregunta que cambia el tono de la conversación: si pudieras juntar, en su mejor versión, a todos los grandes que han pasado por esta casa desde los tiempos de Reynolds hasta el Movistar Team, ¿qué ocho llevarías a un Grand Tour moderno?
No se habla de cromos ni de medias de vatios, sino de vidas. De tardes de infancia pegado a la tele viendo a Miguel hundir el desarrollo en una crono, de gritos ahogados cuando Chava se lanzaba cuesta arriba sin calcular, de siestas interrumpidas por un ataque de Nairo en mitad de un puerto italiano. El juego del Dream Team histórico que ocupa la servilleta grasienta del bar es, en el fondo, una excusa para recorrer a saltos una historia de más de cuarenta años, la de una estructura que nació con un modesto patrocinio navarro y hoy lleva el azul de Movistar por el mundo, pero que muchos siguen llamando, con una familiaridad casi doméstica, simplemente el equipo. Para entender la magnitud de ese juego hay que rebobinar hasta carreteras mucho más estrechas.
Al principio la película transcurre casi siempre por Navarra, alrededor de la figura de José Miguel Echávarri y un joven Eusebio Unzué. El nombre en el maillot es Reynolds, el presupuesto no invita a soñar con París y el calendario está más cerca de las vueltas de una semana que de los grandes escenarios. Pero aparecen tipos como Ángel Arroyo, se incorpora un chaval tímido de Segovia llamado Perico Delgado y, poco a poco, el equipo deja de ser un comparsa. Hay podios en la Vuelta, victorias de etapa, un murmullo nuevo: quizá los españoles, por fin, pueden mirar de frente a los bloques franceses e italianos que hasta entonces parecían inalcanzables.
Luego llega el banco y lo cambia todo. Banesto entra con sus colores oscuros y esa franja multicolor que aún hoy reconocen quienes eran niños en los noventa, y del vivero navarro sale un ciclista que parece diseñado en un laboratorio silencioso de Villava. Miguel Indurain no gesticula, casi no habla en público, pero convierte la estructura en una máquina implacable para vueltas de tres semanas. Cinco Tours consecutivos al comienzo de la década, dos Giros enlazados, contrarrelojes larguísimas donde abre minutos con la misma serenidad con la que otros piden pan en la cena.
Sestriere, Luxemburgo, las cronos kilométricas disputadas con el maillot amarillo ya puesto se convierten en estampas de familia, repetidas una y otra vez en cintas de vídeo gastadas. Como en todas las sagas grandes, después del éxtasis llega una resaca larga. Indurain se retira, el ciclismo entra en la etapa más turbia de su historia reciente, la camiseta blanca se reconvierte en iBanesto.com primero y en Caisse d’Epargne después. El equipo ya no somete las carreras, pero sigue presente cuando se reparten las cosas serias.
Pello Ruiz Cabestany, Francisco Mancebo, Óscar Pereiro. Y, de pronto, un murciano que gana casi sin esfuerzo aparente se coloca en el centro del escenario. Alejandro Valverde aparece en las clasificaciones de clásicas, vueltas de una semana y grandes vueltas con una naturalidad insultante. Su carrera se convierte en una montaña rusa de triunfos, lesiones, sanciones, regresos, hasta el punto de que su cara acaba siendo, durante años, la forma más reconocible de esta casa a caballo entre la nostalgia de Indurain y la urgencia de reinventarse.
En 2011 la camiseta vuelve a cambiar de piel. Telefónica apuesta por el proyecto y el Movistar Team nace con la ambición de ser una marca global. El azul se convierte en un logotipo reconocible en Europa, Latinoamérica y cualquier carretera donde haya una meta hinchable. Llegan las redes sociales cuidadas, los documentales, la mirada estratégica hacia Colombia y Ecuador.
Deportivamente, el nuevo ciclo se apoya sobre un pilar clarísimo: Valverde como tótem interminable, Nairo Quintana como heredero en las grandes vueltas con su Giro 2014 y su Vuelta 2016, y Richard Carapaz como confirmación desde el otro lado del océano al conquistar el Giro de 2019. En paralelo, la estructura presume de algo que muy pocos pueden decir: sigue siendo, cambie el patrocinador que cambie, la misma columna vertebral desde principios de los ochenta, una especie de hilo azul que atraviesa cuatro décadas de ciclismo. El juego del Dream Team nace en ese contexto y en otro todavía más exigente: el del Grand Tour moderno. Tres semanas, unas veintiuna etapas, algo más de 3.000 kilómetros, dos días de descanso que de descanso tienen poco.
Un mal momento puede tirar por tierra años de trabajo. Lo que antes podía solucionarse con un gran escalador o un contrarrelojista descomunal, hoy exige algo más complejo: un líder capaz de aguantar tres semanas de tensión constante, un plan B real que pueda asumir los galones en caso de caída o enfermedad, un capitán de ruta con jerarquía para ordenar al grupo en la carretera, un puñado de gregarios de montaña capaces de dejar reducido el grupo a los mejores en los últimos dos kilómetros, rodadores que apaguen incendios en el llano, incluso un sprinter que mantenga a la escuadra en la foto de las llegadas multitudinarias. Los gigantes actuales han llevado esa idea hasta el paroxismo. Bloques como los de UAE, Visma o Ineos presentan alineaciones en Tour y Vuelta en las que cada figura secundaria podría ser líder en muchos otros equipos.
Hay escaladores que ganan pruebas de una semana trabajando para otro, rodadores que marcan los tiempos en contrarrelojes colectivas y que, cuando se les da libertad, se llevan etapas de montaña, contrarrelojistas que encadenan podios internacionales viviendo casi exclusivamente para una disciplina. La figura del especialista extremo está personificada en ciclistas como Victor Campenaerts, belga obsesionado con la posición aerodinámica, títulos nacionales, oro europeo, medallas mundialistas y récords, un ejemplo perfecto de cómo se puede construir una carrera en torno a las cronos sin apenas rozar otros terrenos. Pensar un ocho ideal de Abarca para un Grand Tour contemporáneo obliga a jugar con ese grado de precisión: ya no basta con apellidos ilustres, es necesario imaginar cómo encajan sus características en un ciclismo de potenciómetro, viento lateral y ataques lejanos. De vuelta a la terraza, alguien pide otra ronda y la servilleta del centro de la mesa comienza a llenarse de nombres escritos con letra apretada.
El primero aparece sin debate: Miguel Indurain. Su palmarés parece de ciencia ficción, pero lo que lo convierte en pieza imprescindible para un Grand Tour de hoy no son solo las cifras. Es esa forma de correr que convertía las etapas en una especie de reloj de arena. Indurain no necesitaba arrancadas violentas; imponía un ritmo estable, casi desalmado, que iba limando rivales curva a curva.
En un Tour actual, incluso con cronos individuales más cortas, seguiría siendo un seguro de vida: cualquier trazado que ofrezca una contrarreloj de veinte kilómetros o más sería territorio natural para ese motor diésel que parece no conocer el concepto de flaqueza en la tercera semana. A su lado, en ese ocho imaginario, hace falta un escalador puro capaz de transformar cada paso de montaña en una oportunidad ofensiva. Ahí entra Nairo Quintana, el chico silencioso de Boyacá que apareció ante el mundo con el maillot azul en el Tour de 2013, se coronó en el Giro al año siguiente y remató con la Vuelta de 2016. Quintana lleva en las piernas rampas infernales desde niño, cuando subía al colegio pedaleando entre niebla y frío.
En carrera, su cambio de ritmo en pendientes de dos dígitos es reconocible a kilómetros: se sienta, inclina levemente la espalda, abre hueco sin demasiados gestos. Como segunda referencia de la general, como heredero si el líder falla, es perfecto. Si el navarro tiene un día torcido, el colombiano puede recoger el maillot sin que el equipo cambie de plan de fondo: seguir subiendo fuerte, seguir defendiendo con precisión las cronos. El tercer vértice de ese triángulo nace casi tan pronto como desaparece Indurain y llega vivo hasta el inicio de la era Movistar.
Alejandro Valverde es la versión ciclista de un cuchillo suizo: sirve para casi todo y cuando crees que ya lo has visto entero se despliega otra herramienta. Clásicas de prestigio, vueltas de una semana, podios en grandes vueltas, el maillot arcoíris conquistado en Innsbruck en 2018 convertidos en argumento de autoridad. Pero su valor para un Dream Team no está solo en lo que gana, sino en cómo ve la carrera. Valverde lee los abanicos antes de que se formen, huele los cortes peligrosos en los repechos urbanos, calcula con una precisión de relojero qué bonificación merece un esfuerzo y cuál conviene regalar.
Metido en este ocho de fantasía, sería el capitán de ruta que decide cuándo endurecer, cuándo dejar hacer, cuándo mandar a un compañero a la escapada para tener una carta adelantada. Y, si se alinean los astros, el corredor capaz de rematar esas etapas trampa que nadie sabe si acabarán al sprint, en fuga o en una especie de sprint cuesta arriba para especialistas del dolor. Falta un elemento para cerrar el grupo de jefes y ese hueco lo ocupa Richard Carapaz. Su Giro de 2019, ganado con el azul de Movistar y el rojo de líder en los hombros, fue un tratado de cómo desordenar un guion que parecía escrito para otros.
El ecuatoriano no es el que más vatios despliega en los papeles, pero posee un instinto casi salvaje para detectar el momento exacto en que el rival duda. Ataca desde lejos, se aferra al liderato con una mezcla de rabia y paciencia y aguanta la presión de dos semanas vestido de líder como si hubiese nacido para eso. En este Dream Team sería el encargado de romper la monotonía: si el Tour se atasca en un intercambio de marcajes entre favoritos, Carapaz se marcha en un puerto de segunda, obliga a equipos rivales a gastar munición y de paso abre puertas tácticas a los compañeros que suben más arropados. Hasta aquí, la gloria.
Pero un Grand Tour no se gana solo con apellidos que llenan portadas. La montaña también la deciden figuras que viven encendiendo mechas. Una de ellas es José María Chava Jiménez, probablemente el escalador más inflamable que ha vestido estos colores. Chava convertía los Lagos de Covadonga en un teatro barroco y el Angliru en un altar a la irracionalidad.
Atacaba pronto, tarde, cuando no tocaba y cuando nadie se atrevía. Su irregularidad, desesperante en el ciclismo de resultados, lo hace fascinante en este ejercicio de imaginación. Colocado como gregario de lujo y carta libre para buscar etapas, obligaría a los rivales a gastar fuerzas en días que, sobre el papel, deberían ser tranquilos. Cada vez que se levantara del sillín, aunque fuera para calarse el chubasquero, los directores rivales mandarían a alguien a su rueda por puro miedo.
Lejos de los focos, el Grand Tour se sutura con hilos invisibles. Imanol Erviti es uno de esos hilos. Cualquiera que haya seguido una etapa de media montaña en los últimos años reconoce a ese tipo alto, gesto impasible, maillot azul, tirando durante kilómetros en la cabeza del pelotón. Se mete en fugas que parecen imposibles, trabaja para que prosperen cuando conviene y las asfixia cuando no interesa dejar margen.
Conoce carreteras francesas, españolas, italianas como quien repasa el pasillo de su casa. En este Dream Team sería el seguro de vida en todo lo que no son grandes puertos: llano con viento lateral, días de transición, entradas traicioneras a ciudades con rotondas encadenadas, esos momentos en los que un despiste cuesta una general entera. En la era de las cronos cortas pero exigentes, un motor como Jonathan Castroviejo es tan valioso como un escalador de primera línea. Varias veces campeón de España contra el reloj, medallista en campeonatos del mundo, Castroviejo encarna al especialista moderno que sabe tanto de biomecánica y posición aerodinámica como de lectura de carrera.
En una contrarreloj por equipos que recorra el litoral de Barcelona antes de trepar hacia Montjuïc, sería el metrónomo del ocho: el que decide la cadencia, calcula cuánto debe durar cada relevo, quién puede arriesgar en las curvas húmedas del Paseo Marítimo y quién debe limitarse a aguantar. En montaña, su ritmo en los puertos de pendiente sostenida sería el colchón perfecto para que los escaladores rematen más arriba. Queda un único dorsal, ese que siempre dispara discusiones más largas que la propia carrera. En la servilleta del bar acaba escribiéndose el nombre de José Joaquín Rojas.
No es el velocista con más victorias del palmarés de la estructura, pero probablemente sea uno de los corredores que mejor explican qué significa poner el equipo por encima del propio ego. Llegó como sprinter puro, aprendió a pelearse en los sprints llanos, se reinventó como gregario de montaña cuando las piernas ya no le daban contra los cohetes actuales, se hizo fijo en las grandes vueltas gracias a su capacidad para hacer casi de todo. En este Dream Team sería la pieza que mantiene al equipo en las llegadas masivas, el hombre que empuja para que la clasificación por equipos caiga del lado azul, el que sabe cerrar un abanico con un gesto de mano y una bronca a voz pelada. Y en el coche, sosteniendo ese mosaico de generaciones, estilos y egos, aparece una figura que no necesita apellidos compuestos: Eusebio Unzué.
Ha estado ahí desde que Reynolds comenzó a asomar tímidamente en las clasificaciones, ha vivido la coronación de Indurain, las tardes delirantes de Chava, los días más brillantes y más complicados de Valverde, el ascenso de Quintana y la confirmación de Carapaz. Su voz en la radio es el punto fijo en un mundo que ha cambiado todo lo demás: materiales, entrenamientos, alimentación, forma de narrar el ciclismo. Pocas personas han leído tantos libros de ruta ni han tenido que tomar decisiones tan delicadas a ritmo de ciento ochenta pulsaciones como él. Con los nombres ya decididos, la tertulia abandona la historia y se mete en la ficción pura.
El escenario elegido es un Tour con salida en Barcelona, como la que se prepara para 2026. Presentación en Plaza de España, luces sobre las fuentes de Montjuïc, los ocho del Dream Team saludando al público con ese gesto serio que se reserva para los días grandes. La primera etapa es una contrarreloj por equipos de unos veinte kilómetros, desde la fachada marítima hasta la subida al Estadio Olímpico. La imagen no cuesta imaginarla: Indurain, Castroviejo y Erviti abren camino con un relevo largo, torsos inmóviles, el resto del grupo enfilado detrás como vagones de un tren que nunca pierde el ritmo.
Valverde controla que nadie se descuelgue en las primeras curvas, Rojas guarda un punto de reserva para no reventar antes de tiempo, Quintana y Carapaz aprietan lo justo sabiendo que su examen de verdad vendrá más adelante, cuando la carretera pierda de vista el mar. Al día siguiente, la carrera parte de Tarragona rumbo de nuevo a Barcelona, con kilómetros pegados al Mediterráneo y un viento que puede convertir la etapa en una lotería. Ahí el Dream Team baja un punto las pulsaciones del espectador: Erviti y Rojas colocan a los líderes en la parte alta del pelotón, vigilan cada cambio de dirección, cierran huecos con una autoridad que no admite réplicas. Ya en la capital catalana, la triple ascensión al castillo de Montjuïc se convierte en laboratorio de sensaciones.
Valverde se deja ver en las primeras rampas, mira a un lado y a otro, mide a los rivales sin necesidad de atacar. Chava, incapaz de contenerse, lanza un par de aceleraciones que no buscan tanto la victoria como obligar a otros a enseñar qué tienen en las piernas. Si el grupo llega relativamente entero, Rojas puede jugar sus cartas en un sprint cuesta arriba; si el desgaste pasa factura, no sería extraño ver a Valverde peleando por bonificaciones que se cuentan en segundos pero valen oros al final de tres semanas. A partir de ahí, el Tour se estira hacia su territorio natural.
En las etapas llanas, la receta del equipo es casi científica: controlar la fuga sin atragantarse, dejar margen cuando conviene, cerrar huecos con la combinación de Erviti, Castroviejo y Rojas, mantener a los jefes lejos de las montoneras. En la media montaña, aparece la versión más juguetona del ocho. Carapaz y Chava se alternan en escaramuzas que obligan a rivales directos a gastar gregarios antes de lo previsto. Un día es un ataque a treinta de meta en un puerto de segunda, otro una escapada consentida que se convierte en amenaza real cuando los favoritos dudan.
En los grandes colosos, el patrón se repite con ligeras variaciones: Erviti y Castroviejo marcan un primer ritmo que va cribando el pelotón, Chava endurece la marcha con un cambio de ritmo que deja el grupo reducido a una decena de elegidos, y en los últimos cinco kilómetros se produce el momento de la verdad, con Indurain, Quintana, Carapaz y Valverde aislados junto al resto de candidatos al título. La tercera semana es el territorio donde este equipo, sobre el papel, más brilla y más sufre. Por un lado, tienes a un Indurain históricamente más fuerte a medida que avanzaban los días, a un Quintana que ha demostrado varias veces resistir cadenas de etapas de montaña sin hundirse, a un Carapaz que se crece en el desorden. Por otro, llevas acumuladas jornadas de tensión, decisiones tácticas difíciles, ambiciones individuales que han tenido que amoldarse al bien común.
Es aquí donde la figura de Unzué en el coche pesa casi tanto como los pedales. Elegir en qué momento sacrificar la opción de Valverde en una etapa de media montaña para preservar gregarios en la alta montaña, decidir hasta dónde dejar atacar a Carapaz sin arriesgar el maillot, convencer a Chava de que, por una vez, hay que quedarse junto al líder y no perseguir la etapa de su vida. Son dilemas que no se resuelven con algoritmos, sino con memoria, intuición y cicatrices de ediciones anteriores. Este ocho imaginario tiene una personalidad muy marcada.
Está construido desde la idea de controlar la general, de vaciar la carrera poco a poco, de rematar en las cronos más que en los abanicos locos. Sus virtudes saltan a simple vista: potencia abrumadora contra el reloj, tres hombres capaces de ganar una grande en solitario, profundidad en escaladores, un capitán de ruta que ha visto prácticamente todas las situaciones posibles, gregarios con protagonismo garantizado en casi cualquier perfil de etapa. Es el tipo de bloque que, en el bus rival, provoca un suspiro largo antes de salir hacia la firma. También arrastra sus zonas de sombra, y quizá eso lo haga más humano.
No hay un sprinter puro capaz de mirar a los ojos a los mejores velocistas de su época, lo que implica renunciar de inicio a muchas llegadas masivas y a ese control extra que da dominar el llano con velocidad punta. La mezcla de generaciones plantea un choque inevitable: corredores formados en la cultura de las sensaciones, como Indurain o Chava, compartiendo espacio con ciclistas que han crecido leyendo en directo cada vatio, cada pulso, cada dato. Imaginar cómo se combinarían sus métodos de trabajo es un ejercicio casi literario. Y la convivencia de tres jefes con argumentos para mandar —Indurain por palmarés, Quintana por escalador puro, Carapaz por astucia, más un Valverde acostumbrado a ganar donde le pongan— exige un director con manos de cirujano.
Pero justo en esos equilibrios difíciles reside la gracia del juego. Al elegir a Indurain como referencia principal, esa tertulia de bar reconoce que, en el fondo, sigue fascinada por el ciclismo de control férreo, de trenes interminables y cronos demoledoras. Al reservar un dorsal para Chava, se acepta que la misma estructura siempre ha dejado espacio para la locura, para el ataque de lejos, para la derrota épica que se recuerda tanto como la victoria. Al abrir hueco a Quintana y Carapaz, se reconoce que el futuro del equipo pasó por carreteras colombianas y ecuatorianas más de lo que algunos imaginaron.
El Dream Team es, en realidad, una radiografía sentimental de qué se valora cuando se mira el pasado con cierta distancia. La discusión se vuelve más interesante cuando, después de fijar estos ocho nombres, alguien empieza a hablar de ausencias. ¿Dónde encaja Perico Delgado, héroe de muchas sobremesas de los ochenta? ¿Qué se hace con Enric Mas, que ha sostenido la aspiración de podium en grandes vueltas en los últimos años?
¿Y con gente como Landa, Ventoso, Arroyo, tantos otros que, en algún momento, llevaron sobre los hombros la responsabilidad de no dejar caer una tradición que se remonta a aquellos maillots blancos de Reynolds? El juego se transforma en tertulia infinita, en podcast improvisado alrededor de un par de mesas, en motivo perfecto para revisitar palmarés antiguos, crónicas amarillentas, bases de datos y archivos oficiales donde la estructura navarra aparece una y otra vez con distintos patrocinadores, pero el mismo corazón. Al acabar la noche, la tele del bar sigue lanzando imágenes de etapas que algunos ya solo reconocen por el rótulo del archivo: un ataque desenfadado de Chava, un relevo eterno de Erviti, un gesto mínimo de Indurain pasando línea de meta, mirada baja, como si no hubiera hecho nada extraordinario. Sobre la mesa queda la servilleta arrugada con los ocho nombres escritos a toda prisa, manchada de cerveza y grasa.
Nadie la guarda, pero todos saben que, cualquier día, en otra terraza y con otra etapa de fondo, alguien volverá a plantear la misma pregunta. Y entonces un bolígrafo cualquiera volverá a trazar, con letra apretada, el Dream Team de su vida mientras el azul de este equipo, el de siempre, sigue dando vueltas por las carreteras del verano.