Introducción: arcoíris sobre azul Movistar Hablar de los Mundiales del equipo de Indurain, Olano y compañía es en realidad hablar de una misma casa con disti...
El café se ha quedado frío sobre la barra y nadie se acuerda de darle un sorbo. Es domingo de Mundial y en la tele del bar un plano lejano sigue una mancha roja rodeada de sombras azules que se estiran por una carretera imposible. Alguien levanta el dedo, lo apoya contra la pantalla como si pudiera empujar ese pequeño punto que jadea hacia arriba. ‘Mira, ahí va el equipo de toda la vida’, dice.
No hace falta concretar. En la mesa de al lado ya saben de qué está hablando: de Reynolds, de Banesto, de iBanesto, de Illes Balears, de Caisse d’Epargne, de Movistar. De esa columna vertebral navarra que lleva más de cuarenta años suministrando ciclistas a la selección como quien manda piezas de precisión a una fábrica lejana. Los lectores de MOVISTERO lo intuyen casi sin pensarlo: cada vez que llega septiembre y el Mundial asoma en el calendario, esa estructura azulada empieza a vibrar de una forma particular.
No es solo cuestión de convocatorias o de nombres. Es la sensación de que el maillot rojo de España, visto desde lejos, siempre esconde debajo algún trozo de historia de Abarca Sports. Como si en las costuras del uniforme de la selección aún se colaran, de vez en cuando, una raya azul Banesto, el rojo y negro de Caisse, el verde flúor de los primeros años Movistar. Para entender hasta qué punto los Mundiales están pegados al ADN del equipo conviene viajar a una escena que cualquier aficionado lleva tatuada en la memoria: la última vuelta de Duitama, octubre de 1995.
El aire es tan fino que parece que falte algo en los pulmones, la carretera se abre en abanico y, delante de todos, una figura se retuerce sobre la bicicleta con gesto obstinado. Es Abraham Olano, vestido de rojo, con un casco que hoy nos parece prehistórico, tratando de convertir el altiplano colombiano en un escenario español. Detrás, en el grupo perseguidor, otro maillot rojo se pone a trabajar, con las espaldas anchas y la cadencia reconocible incluso en la televisión de tubo del salón. Miguel Indurain tira, calcula, mira hacia atrás.
No está defendiendo su título. Está defendiendo el futuro de otro. Duitama es un Mundial y, al mismo tiempo, un resumen condensado de lo que ha sido esta casa. Un líder consagrado que pone el cuerpo para asegurar el oro de un compañero más joven, una selección que se parece sospechosamente a la alineación del equipo de todo el año, un objetivo preparado desde febrero como si fuera la tercera semana del Tour.
Para llegar a esa postal, sin embargo, hay que rebobinar quince años y cruzar los Pirineos de vuelta hacia Navarra. A principios de los ochenta, cuando la empresa de aluminio INASA decide bautizar un equipo ciclista con el nombre de su marca, Reynolds, nadie imagina que está iniciando una dinastía. José Miguel Echavarri y Eusebio Unzué montan algo más que una escuadra profesional: levantan una especie de universidad permanente de carretera, con campus en Pamplona y extensión natural hacia las grandes vueltas. Allí se pulen chavales de la zona y de media España, se aprenden códigos sencillos —lealtad, sufrimiento, disciplina— y se traza una forma de entender el oficio que, con matices, sobrevivirá a todos los patrocinadores.
En los años ochenta, el equipo se hace mayor con Ángel Arroyo, con aquellos duelos de Vuelta helados por la niebla, y sobre todo con Pedro Delgado. Perico, capaz de ganar en la Vuelta y en el Tour, deja en el aire un molde de corredor que el equipo repetirá casi por inercia: escalador de raza, sin miedo a encadenar tres puertos, más cómodo cuanto más largo y duro se hace el día, con un punto anárquico que obliga al coche a tener siempre el pulso algo acelerado. Hay definiciones que sirven para medio equipo: esos ciclistas que parecen alimentarse de cansancio, que se crecen a partir de la cuarta hora de etapa y que, si llueve, se sienten casi en casa. En 1989, cuando Banesto entra en el maillot, el azul se oscurece y el presupuesto se dispara.
El banco quiere un escaparate internacional y la estructura navarra le ofrece algo mejor: un chaval altísimo y tímido que lleva años subiendo escalones sin hacer ruido. Miguel Indurain explota con la sutileza de un terremoto sostenido: encadena cinco Tours de Francia entre 1991 y 1995, añade dos Giros, se convierte en asunto de Estado. Pero mientras la opinión pública vive pendiente de París, la casa sigue engrasando una maquinaria discreta. Mismos directores, métodos similares de entrenamiento, concentración en altura, una forma casi escolar de preparar el año: grandes vueltas, un pequeño valle de forma y, al final, esa cita de un día que algunos trataban como examen de selectividad.
Duitama es la culminación de ese método. La contrarreloj entre Paipa y Tunja, más que una lucha contra el cronómetro, parece una tortura en escalera a casi tres mil metros. Indurain se planta en la rampa de salida con el gesto conocido de hombros encogidos y mirada tranquila. Olano, a su lado, representa otra generación de ciclista: algo más compacto, igual de serio, capaz de defenderse en la montaña y de triturar kilómetros acoplado.
La selección entera respira la lógica Banesto: se llega allí tras una gran vuelta, se cocina el pico de forma con cuidado, se ensayan ritmos. El resultado es un uno-dos impecable: oro para Miguel, plata para Abraham. Un aviso al resto del pelotón de que España no solo sabe ganar carreras de tres semanas. Cuatro días después, la ruta se convierte en horno.
Quince vueltas a un circuito cruel, aire espeso, ciclistas que enfilan la subida como si cruzaran un pasillo interminable. El guion señala a Indurain como favorito inevitable, pero la carrera tiene la mala costumbre de ignorar los pronósticos. Olano se marcha en la última vuelta, cruzando ese territorio entre el coraje y la imprudencia en el que viven los campeones del mundo. Detrás, el grupo de elegidos se reorganiza.
Allí aparecen Pantani, algunos escaladores colombianos, varios nombres que llenaban portadas aquel año. Y, una vez más, una figura reconocible se pone a tirar con una obediencia casi juvenil. Indurain, que habría podido esperar un movimiento en primera persona, se entrega a proteger la ventaja de su compañero. Cuando Olano enfila la recta de meta, el navarro aún está negociando un sprint por la plata que asegura el doblete.
En la foto final se mezclan el triunfo individual y el trabajo de bloque, la camiseta roja de España y la sombra azul de Banesto detrás. Para Olano, Colombia es coronación y punto de inflexión. Allí se convierte en el primer español campeón del mundo en ruta y abre un listado que hoy nos parece natural, pero que en aquel momento sonaba a ciencia ficción. Lo hace, además, en un podio generacionalmente cargado: él de oro, Indurain de plata, Pantani de bronce.
Tres formas de entender la bicicleta, tres caminos para llegar al mismo arcoíris. Tres años más tarde, en Valkenburg, completará la obra con el oro en la contrarreloj. Se transforma en el primer hombre que combina título mundial en ruta y en crono, un doblete reservado a muy pocos. En el camino, asume el liderazgo de Banesto, gana la Vuelta de 1998, se sube al podio del Giro, sostiene durante un tiempo la idea de que la sucesión de Miguel podía hacerse sin trauma.
Pero ni los equipos ni las historias son de una sola cara. El éxito mundialista trae también grietas internas. Años después, el propio Olano recordará alguna anécdota que dolió más que muchos puertos, como aquella vez en la que, mientras él se jugaba el arcoíris contra el reloj, parte del entorno se quedaba dormido en la grada. Pequeños gestos que simbolizan un distanciamiento, la fatiga de materiales dentro de una estructura que venía de una década de presión máxima.
Poco tiempo después, Abraham se marcha a la ONCE de Manolo Saiz, rival directo de Banesto. Desde la distancia, uno entiende mejor hasta qué punto es delicado gestionar egos, roles y herencias cuando se ha tenido en casa a un mito como Indurain. Mientras todo eso sucede, España descubre que también puede gobernar carreras de un día. A finales de los noventa, un cántabro silencioso y de físico engañosamente frágil irrumpe en Verona con una maniobra que cambia su vida.
Óscar Freire se pega a la rueda adecuada, sale del embudo del sprint con esa mezcla de intuición y valentía que solo se ve en los grandes velocistas y cruza la meta con los brazos abiertos, como si no diera crédito. Nadie lo tenía en la quiniela. De repente, el país se acostumbra a escuchar una frase que se repetirá durante años: ‘Freire es hombre de Mundial’. En Lisboa 2001 confirma la etiqueta; en Verona 2004 la convierte en leyenda: tres títulos, los mismos que Merckx y Binda.
Un clasicómano tímido, perseguido por lesiones, que encuentra en el arcoíris su lugar natural. Entre medias, en 2003, Hamilton ofrece otra tarde de locura con sabor español. Igor Astarloa, corredor de raza, se marcha en el momento perfecto y sostiene la diferencia con una elegancia feroz. Detrás, Alejandro Valverde, todavía joven, remata el doblete con la plata.
En cinco años, la colección es inverosímil: Olano en 1995, Freire en 1999, Freire en 2001, Astarloa en 2003, Freire otra vez en 2004. Las portadas hablan de generación irrepetible, pero hay un detalle que no siempre aparece en letras grandes: buena parte del engranaje que protege a esos líderes proviene de la misma escuela navarra. Gregarios de iBanesto, de Illes Balears, de Caisse d’Epargne que con años de concentración en altura y carreras en febrero han aprendido a sujetar una carrera de seis horas en octubre. Valverde llega a esa fiesta con mezcla de timidez y ambición.
Nacido en Murcia, se forma en Kelme, pero es en la casa de Echavarri y Unzué donde se transforma en figura permanente. Año tras año, su nombre se repite en los diez primeros del ranking mundial, suma etapas, se adueña de Lieja y Flecha Valona, gana la Vuelta 2009 y se convierte en una referencia casi aburrida por lo constante. En los Mundiales, sin embargo, su historia parece condenada al suspense eterno. Plata en 2003, otra vez plata en 2005, bronces en 2006, 2012, 2013, 2014.
Las tertulias ciclistas encuentran un filón: que si se equivocó de rueda, que si le faltó equipo, que si se confió en el repecho final. Cada otoño, en la barra de ese bar donde el café se enfría, se repiten debates idénticos como si fueran liturgia. Imagina por un momento lo que significa presentarse año tras año a un examen que nunca terminas de aprobar del todo. Muchas veces la selección corre para él, amolda la táctica a sus cualidades de fondista rápido, estructura su plan alrededor de un líder que vive a medio camino entre las Ardenas y las grandes vueltas.
En ese esquema, la presencia de hombres de la casa navarra es constante: compañeros con los que comparte equipo todo el año lo arropan ahora bajo el maillot rojo. El peso simbólico de ser ‘el elegido’ se multiplica cuando sabes que detrás de ti viaja la expectativa de un territorio, de un equipo, de una forma concreta de entender la bicicleta. Y entonces llega Innsbruck 2018. Un Mundial dibujado casi a medida: recorrido largo, exigente, un muro final que parece sacado de Lieja, esa combinación de dureza acumulada y remate explosivo que alimenta la imaginación de los escaladores con punta de velocidad.
Valverde aparece allí con 38 años, el pelo ya sin la frescura de los primeros años en Kelme pero las piernas aún afiladas. El equipo español —con mucho azul escondido bajo el rojo— se comporta con precisión casi artesanal. El ritmo va cribando nombres hasta que, en la última subida, solo quedan los mejores. Valverde sobrevive a los ataques, responde, se sienta en ese cuarteto final con Bardet, Woods y Dumoulin como si fuera el lugar en el que siempre había debido estar.
El sprint que decide el oro se alarga mucho más de lo que dura en realidad. Desde casa, el espectador ve cómo el murciano se abre, mira un segundo por el rabillo del ojo, tira de esa pedalada ligeramente ladeada que le ha acompañado toda la vida y cruza la meta con una mezcla de rabia y alivio. Las imágenes posteriores muestran a un hombre que se deshace en lágrimas, que abraza a todo el que se le cruza, que tarda en creerse que, por fin, el arcoíris le pertenece. Sobre sus hombros no se posa solo una victoria personal: se acumulan las medallas frustradas, las primaveras húmedas en Bélgica, los esfuerzos anónimos en la Vuelta, los años de trabajo en un equipo que lo ha convertido en lo que es.
Probablemente nunca hubo campeón del mundo que representara con tanta claridad la continuidad entre un conjunto profesional y una selección nacional. El cuento sería redondo si terminara ahí, pero los Mundiales hace tiempo que dejaron de ajustarse a finales cómodos. La UCI decide abrir el mapa, endurecer recorridos, buscar nuevas geografías. El salto a África con Kigali como sede futura del campeonato de ruta dibuja un escenario radical: 267,5 kilómetros, más de 5.400 metros de desnivel, un circuito afilado y el Mont Kigali como juez final en altura.
Un trazado que, en la imaginación de los aficionados, mezcla la dureza de un gran puerto europeo con el calor, la altitud y la épica de esos Mundiales que dejan ciclistas vacíos y carreras partidas en mil pedazos. España afronta ese desafío con una lista de nombres que apunta a relevo generacional. Juan Ayuso asume el papel de gran baza tras sus exhibiciones en la Vuelta, Iván Romeo se presenta con galones de campeón del mundo sub-23 en la crono, Carlos Canal, Carlos Verona, Marc Soler, Roger Adrià, Raúl García Pierna, Abel Balderstone completan un grupo en el que se mezclan jóvenes ambiciosos y hombres de trabajo. Muchos llegan directamente desde la ronda española, como hace años lo hicieron los bloques de Banesto o Caisse cuando preparaban el tramo Indurain–Olano–Valverde.
Las constantes, a pesar de los cambios, siguen siendo reconocibles: la montaña, el fondo, la capacidad para sufrir cuando la carrera se acerca a las siete horas. El detalle más sugerente de este nuevo capítulo no está solo en la carretera, sino en el coche de dirección. Allí va ahora Alejandro Valverde, transformado en seleccionador, con el gesto concentrado de los días grandes y la particularidad de que todavía pedalea como un profesional en activo. Él mismo ha explicado que su ventaja es poder entrenar con los seleccionados, sentir en primera persona las rampas que luego analizará en la reunión, hablar con ellos en el idioma común de los vatios y las sensaciones.
Resulta difícil imaginar una imagen más potente: el antiguo campeón del mundo guiando, desde el volante y desde la bicicleta, a la generación que aspira a sucederle en el arcoíris. En paralelo, y casi de puntillas para el gran público, otra escena amplía la relación íntima del equipo con los Mundiales: el oro de Albert Torres en el ómnium del velódromo de Santiago de Chile. El balear lleva años rozando títulos en Madison y puntuación, sumando diplomas, abrazando metales que no acaban de ser dorados. En Chile, por fin, la combinación de regularidad y agallas en el último sprint le da el maillot arcoíris que se le resistía.
Sus 133 puntos no son solo una cifra; son la destilación de muchas noches viajando de Mundial en Mundial de pista, de horas sobre la bicicleta cuando nadie mira. Una medalla que, aunque se gane sobre tablas de madera, comparte con la carretera esa filosofía de fondo, de constancia, tan propia de la casa. Si uno rasca por debajo de las crónicas oficiales, encuentra mecanismos muy concretos que explican cómo el equipo alimenta a la selección. El primero tiene que ver con el calendario.
Desde los tiempos de Indurain, la estructura navarra ha entendido que, en años con recorridos duros, puede diseñar temporadas en las que la Vuelta sirva de trampolín perfecto hacia el Mundial. Los líderes afinan allí, los gregarios aprenden a controlar carreras largas, las piernas se acostumbran a encadenar esfuerzos. Esa idea —alargar el punto de forma una semana más— se ha repetido con Miguel y Olano, con Valverde, con corredores como Verona o Enric Mas, reciclados de gregarios a aspirantes para la roja y, de ahí, a piezas importantes en el día del arcoíris. El segundo mecanismo es menos visible pero igual de decisivo: la cultura táctica.
Durante décadas, el equipo ha sido sinónimo de prudencia en grandes vueltas. Proteger al líder, evitar gestos grandilocuentes, minimizar riesgos, preferir la regularidad a la explosión. En los Mundiales, en cambio, la misma gente se permite licencias más agresivas. Duitama y Hamilton son dos ejemplos de victorias cimentadas en movimientos audaces, casi de clásica, que poco tienen que ver con la contabilidad minuciosa del Tour.
Se podría decir que, una vez al año, esa escuela que predica la economía del esfuerzo acepta apostar fuerte a una carta en un circuito ajeno, sabiendo que no habrá mañana. El tercer engranaje está hecho de carne y de memoria. Muchos corredores españoles pasan por la estructura navarra en algún momento, aunque luego desarrollen su mejor versión en otros equipos. Comparten concentraciones en Sierra Nevada, cenan en las mismas mesas de los hoteles, se hacen bromas en el autobús camino de la salida.
Años después, cuando coinciden en la selección, basta una mirada para entender qué tipo de día lleva el de al lado. Esa familiaridad convierte, cuando se maneja con inteligencia, a la selección en algo muy parecido a un equipo de club que, por un día, viste otro color. Nada de esto es gratis ni perfecto. Una estructura tan influyente corre el riesgo de convertirse en filtro de acceso.
Cuando gran parte del peso de la selección descansa en un modelo de corredor —fondista, buen escalador, resistente al desgaste—, otros perfiles pueden quedarse en los márgenes. Los velocistas puros, los clasicómanos de pavé, los aventureros que se sienten más cómodos en circuitos planos y nerviosos no siempre han encontrado en España el contexto ideal para expresarse. Eso se ha notado en aquellos Mundiales diseñados para llegadas masivas o para especialistas del terreno quebrado pero corto, donde otros países han monopolizado los focos. Existe, además, un riesgo generacional.
Vivir demasiado tiempo de la leyenda de los Tours de Indurain, de los Mundiales de Freire, del oro de Valverde puede anestesiar el instinto de renovación. Esperar eternamente al nuevo Miguel, al nuevo Óscar, al nuevo Alejandro es una forma sutil de ponerle una losa al chaval que llega al equipo con veinte años y solo quiere ganar carreras. La habilidad de la casa, de aquí en adelante, pasará por reconocer cuándo toca soltar el volante, permitir que Ayuso, Mas, Romeo o los que hoy asoman en el filial escriban su propia versión del arcoíris sin la obligación de parecerse demasiado a nadie. Y, sin embargo, a pesar de los cambios de patrocinador, de las crisis económicas, de los debates sobre estilos de carrera, hay imágenes que se repiten con una terquedad casi conmovedora.
Volvamos a ese bar de Mundial donde el café se enfría. En la tele, quizá ya no sean Indurain y Olano en Duitama ni Valverde en Innsbruck, sino un joven apretando los dientes en el Mont Kigali o en cualquier circuito futuro. Al fondo de la toma, entre los coches de equipo, se distingue una furgoneta azul con matrícula conocida, un director navarro asomado por la ventanilla, unas manos que golpean el techo cuando el ciclista español pasa a la ofensiva. Puede cambiar el país organizador, el ancho de la carretera, el diseño del maillot de la selección.
Pueden pasar décadas entre un arcoíris y el siguiente. Pero, cuando el pelotón se estira y la realización enfoca la cabeza de carrera, casi siempre aparece una silueta que delata de dónde viene buena parte de ese esfuerzo. Y da la sensación de que, cada vez que el arcoíris decide dejarse ver en el ciclismo español, en algún lugar cerca de la meta hay alguien de la casa esperándolo.