Los coches del equipo: de la furgoneta al autobús
Introducción: el coche como vestuario móvil En la larga historia de la saga Abarca Sports —Reynolds, Banesto, iBanesto, Caisse d’Epargne, Movistar— el coche...
En una esquina de un polígono navarro, a primera hora de la mañana, hubo un tiempo en que todo el futuro del ciclismo cabía en una furgoneta blanquecina. El sol apenas asomaba por encima de las naves industriales, el vaho salía de la boca de los corredores, y un mecánico, apoyado en la puerta lateral, se encendía un cigarro mientras el café recalentado bullía en un hornillo. Arriba, en el techo, las bicis de acero viajaban sujetas con correas que chirriaban al tensarse. Aquello era Reynolds, principios de los ochenta: pocas comodidades, mucho frío y una certeza, que el camino hacia el Tour empezaba ahí, en aquella caja con ruedas.
Imagínate ahora el mismo amanecer, décadas después, en la salida del Tour. Donde antes había suelo manchado de gasoil y charcos de lluvia, se planta un autobús azul profundo que aparca al milímetro, como si estuviera acostumbrado a entrar en quirófanos. Se abren unas puertas automáticas, suena una música suave desde dentro, los ciclistas suben con cascos inalámbricos y mochilas numeradas, un community manager busca cobertura para lanzar el primer vídeo del día. El vehículo del equipo ya no es un simple transporte: es sala de reuniones, vestuario, taller, oficina de datos y, de paso, el anuncio más llamativo del patrocinador.
Entre aquellas dos escenas se esconde la historia de Abarca Sports y de cómo, sin ruido, el coche del equipo se ha convertido en personaje. En un deporte que vive a la intemperie, a merced de la lluvia, el calor y el viento, ese volumen de chapa y fibra es la única habitación que se repite durante semanas. No da vatios, no cruza metas, pero decide cómo duerme el líder, dónde se cocina una táctica, cuánto dura un enfado, qué aspecto tiene el material cuando sale a la carretera. Seguir la evolución del viejo furgón de Reynolds hasta el autobús actual del Movistar Team es una forma muy concreta de medir la modernización del ciclismo profesional español.
El primer Reynolds funcionaba con una economía de guerra que hoy suena casi de época heroica. El llamado coche del equipo era, en realidad, un furgón industrial adaptado a golpe de necesidad. La Academia describe el furgón como un vehículo de carga, cerrado, pensado para mercancías pesadas o voluminosas. Exactamente eso: una caja grande donde cabía de todo menos el lujo.
Dentro, el orden era más una intención que una realidad. Las ruedas se amontonaban en columnas que amenazaban con venirse abajo en cada rotonda, atadas con cinchas a las paredes. Los cuadros, de acero, pesados, sudados, colgaban de ganchos improvisados en el techo. En cajas de madera viajaban repuestos de toda índole: patillas de cambio para salvar una caída, zapatas de freno, tornillos que nadie sabía bien cuándo harían falta, un juego de bielas por si algún sprinter doblaba las suyas en un arranque de orgullo.
El taller era, literalmente, la calle. Se desplegaba una mesa plegable, un par de caballetes, y allí, junto al furgón, se remendaban averías, se enderezaban manillares, se cambiaban tubulares a la intemperie. El vestuario, tal como lo entendemos hoy, no existía. Los corredores se cambiaban en el propio aparcamiento, protegidos a medias por la puerta lateral abierta, un compañero haciéndoles pantalla con una toalla.
Dentro, un banco corrido servía para sentarse a vendarse un tobillo, revisar el tubular milagroso que había sobrevivido a un descenso o, sencillamente, respirar un minuto lejos del ruido de meta. De agua caliente, ni hablar: garrafas, cubos, alguna palangana. La camilla podía ser una simple colchoneta doblada, colocada en el suelo de la furgoneta. Ese entorno dejaba huella en el estilo del equipo.
Por fuera, el furgón lucía el logo de Reynolds y poco más: algo de azul, una tipografía limpia, sin artificios. En las cunetas, los chavales lo reconocían de lejos, pero no por exuberante, sino porque sabían que allí dentro viajaban los sueños de unos escaladores navarros que querían subirse al Tour. El vehículo estaba más cerca del reparto de mercancías que de la idea glamurizada del deporte profesional, y tal vez por eso la conexión con la afición era tan directa. Bastaba con acercarse, tocar la chapa fría, pedir un bidón, sentir que esos corredores vivían solo un peldaño por encima.
La llegada de Banesto altera el decorado de golpe. Un banco no puede permitirse que su equipo de referencia siga moviéndose como una pequeña empresa familiar. El presupuesto crece, el calendario se internacionaliza, y alrededor de Miguel Indurain se empieza a revisar cada detalle, también los vehículos. Primero aparece un furgón más grande, ya con diseño corporativo pensado para la televisión: blanco luminoso, azul reconocible, el logo del banco colocado para que lo capten todas las cámaras.
El salto definitivo llega cuando se da por hecho que un equipo de esa categoría necesita un autobús. A comienzos de los noventa aquel autobús todavía no es la nave espacial actual, pero sí supone un cambio de civilización. A menudo se compra de segunda mano y se reforma por dentro en un taller especializado. Se diseña una sala frontal con bancos enfrentados y una mesa para las reuniones de equipo, un espacio intermedio donde el masajista monta la camilla y donde se recalienta algo de pasta, y una zona trasera con duchas sencillas y armarios para la ropa.
La primera vez que un neoprofesional sube por la escalerilla y ve ese pasillo angosto lleno de perchas y botellas de champú siente que ha cruzado una frontera invisible: de repente forma parte de una estructura que, al menos por dentro, se parece a lo que ve en las grandes vueltas de la televisión. Los efectos en el rendimiento son difíciles de traducir en cifras, pero se hacen notar. Tras una etapa de lluvia y frío, disponer de una ducha caliente a veinte metros de la línea de meta cambia por completo la recuperación. El briefing táctico deja de hacerse a gritos, al aire libre, con un director señalando un mapa sobre el capó del coche.
Ahora se sientan todos, el director despliega el perfil sobre la mesa, marca puertos, explica la estrategia sin pelear con el viento ni con el ruido de los altavoces. El material también viaja mejor: las bicicletas de repuesto van sujetas en compartimentos específicos, las ruedas se reparten por tipos, el taller se monta bajo el toldo lateral del bus y no en mitad de cualquier charco. Hacia fuera, el autobús de Banesto se convierte en emblema. En las salidas de las grandes vueltas, ese vehículo blanco y azul es un imán para la gente.
Se reconoce al instante, se asocia con el maillot amarillo de Indurain, con las imágenes de televisión que muestran al navarro bajando la escalerilla contrarreloj en mano. El coche del equipo deja de ser un actor secundario para convertirse en símbolo de poder: donde aparca ese autobús, se entiende que hay un grande del ciclismo dispuesto a mandar. Luego llega el cambio de nombres: Banesto se convierte en iBanesto y, más tarde, da paso a Caisse d’Epargne. Las siglas cambian, pero los vehículos ya nunca vuelven atrás.
El autobús se consolida como soporte de marketing de primer nivel. La rotulación deja de ser un añadido estético y se integra en la estrategia global del patrocinador. El mismo código de colores que se ve en el maillot se traslada a la carrocería, el logo ocupa los laterales, la dirección de la web aparece en grande para captar miradas en cada imagen aérea. Con Caisse d’Epargne el autobús negro y rojo adquiere un aire casi de equipo de Fórmula 1.
Por dentro, se cuidan más los detalles: iluminación mejor situada, cortinas ligeras que dejan pasar la luz adecuada, butacas que recuerdan a las de un avión moderno. Se reserva una esquina con enchufes y mesa para portátiles, donde el director deportivo y el preparador revisan datos de entrenamiento, perfiles, correos con organizadores. El ciclismo comienza a hablar en términos de potenciómetros y archivos, y buena parte de ese trabajo de despacho se hace sobre ruedas. El material se gestiona ya con un nivel de precisión que habría sonado exagerado en los tiempos del furgón.
Las bicicletas de líderes como Valverde o Pereiro viajan clonadas, con medidas idénticas, listas para entrar en escena si una avería arruina la máquina principal. Las ruedas se etiquetan con un cuidado casi maniático: perfil, tipo de cubierta, presión preferida de cada corredor, terreno idóneo. La logística deja de ser solo carga y descarga para convertirse en una pieza más del estilo competitivo del equipo: ganar también es colocar a tiempo la rueda adecuada en el lugar correcto. La era Movistar lleva este concepto al extremo.
El autobús azul de la escuadra navarra es medio laboratorio de telecomunicaciones, medio refugio de campaña. Por fuera, el azul intenso, los logos y las líneas limpias funcionan como una firma instantánea. Por dentro, la sensación es la de una oficina móvil: Wi‑Fi estable, routers, pantallas de gran tamaño donde se proyectan perfiles de etapa, mapas, imágenes de televisión. Cuando el director habla, puede enseñar en tiempo real el viento que soplará en tal punto o la rampa traicionera que no se aprecia en el libro de ruta.
La vida en ese vehículo se organiza por zonas. En la parte delantera, alrededor de una mesa elevada, se sientan directores y staff. Allí se discuten estrategias, se comentan fichajes, se leen mensajes del mánager general y se repasan correos de la organización. En la parte central mandan los corredores: butacas amplias, mochilas ordenadas en compartimentos superiores como si fuera un avión, un perchero donde los maillots cuelgan ya preparados por dorsal, alguna pantalla individual donde repasar imágenes de la etapa anterior.
Al fondo, la zona de duchas y cambio, un pequeño vestuario con bancos, estantes y toallas apiladas. Ese espacio cerrado actúa como termómetro emocional. Antes de la salida, el ambiente suele ser de calma contenida: conversaciones en voz baja, alguna broma que rompe la tensión, un masajista que extiende crema de calor mientras suena música de fondo. Hay días en los que nadie habla demasiado; el perfil de la etapa impone su ley.
Después de la meta, el autobús recoge todo lo que no se ve en televisión: la risa franca de quien ha ganado o ha cumplido su trabajo, el portazo leve de un corredor que ha perdido una general, las lágrimas silenciosas de quien siente que ha desaprovechado una oportunidad única. Desde fuera solo se ve una carcasa azul, un bloque discreto en el aparcamiento; por dentro se escribe la historia diaria del equipo. En ese interior también se cruzan acentos y palabras. Lo que para el veterano navarro siempre será el furgón, para un colombiano recién llegado se parece más a la buseta en la que viajaba su primer equipo, salvando las distancias.
El Diccionario de americanismos define buseta como un pequeño autobús urbano, y combi como esas furgonetas de transporte colectivo que serpentean por las carreteras de montaña en medio continente. Muchos corredores latinoamericanos han crecido cambiándose en el interior de una combi improvisada, con las bicis atadas como se puede, el equipaje mezclado y los puertos aún por subir. Cuando se enfrentan por primera vez al autobús azul de Movistar, ese término se queda corto. Ya no es la buseta del barrio: es un búnker con dos baños, pantallas y aire acondicionado.
De ese choque nacen pequeñas anécdotas de convivencia. El mecánico que grita desde lejos que todos suban al furgón, y el neoprofesional sudamericano que pregunta medio en broma si se refiere al bus, a la furgoneta de herramienta o a la combi imaginaria de su adolescencia. Son detalles de lenguaje que cuentan más de lo que parece: la distancia recorrida por el ciclismo español desde el barro de los ochenta hasta la sofisticación actual, y el salto gigante que han dado muchos corredores latinoamericanos, desde carreras regionales con transporte precario hasta una estructura que funciona al minuto. A estas alturas, el autobús del Movistar Team es una máquina que gestiona logística en tiempo real.
Mientras los ciclistas desayunan en el hotel, el responsable de material revisa presiones de neumáticos en función del parte meteorológico, elige qué perfil de rueda montar, ajusta potenciómetros y radios. Buena parte de ese material extra viaja en camiones de apoyo, pero el bus es el lugar donde se verifica que nada falle antes de salir a escena. Maletas alineadas, bolsas de comida preparadas en la encimera, cajas con barritas y gels cuidadosamente apiladas, radios de comunicación cargadas y numeradas sobre una mesa. El estilo se reconoce en los gestos pequeños.
Las perchas con los maillots en orden de dorsal, los cascos colocados siempre en el mismo lugar, los bidones ya preparados con los nombres escritos a rotulador. La marca se cuela en cada rincón: tazas con el logo, posavasos azules, vinilos discretos hasta en las puertas de los compartimentos. Cuando las cámaras suben al autobús para grabar una charla táctica, el equipo sabe que está enseñando su cocina competitiva, pero también su imagen corporativa. El material rodante se convierte en escaparate y en herramienta al mismo tiempo.
Debajo de esa capa visible, el vehículo es una pieza delicada de una cadena invisible. Tiene horarios estrictos: debe llegar a la salida con tiempo suficiente para que los corredores puedan cambiarse, escuchar el briefing, visitar el baño sin prisas, atender a algún medio. Después de la etapa, el conductor sigue un itinerario milimetrado para volver al hotel, muchas veces por carreteras abiertas, esquivando atascos provocados por la propia carrera. Cualquier retraso se acumula: masajes que empiezan tarde, cenas que se alargan, horas de sueño que se recortan.
Al final de una gran vuelta, esos minutos valen casi tanto como un buen desarrollo en el último puerto. La tecnología ha añadido otra capa de exigencia. En el interior del bus conviven routers, antenas y dispositivos que permiten enviar y recibir datos de potencia, controlar entrenamientos, recibir información de la organización. Los portátiles que viajan en las mochilas del staff contienen planes de trabajo, historiales médicos, informes internos.
Proteger esa información también pasa por el vehículo: su cierre, su discreción al aparcar, los protocolos para que nadie ajeno suba sin autorización. El viejo furgón se abría a cualquiera que llamara a la puerta; el autobús contemporáneo es un espacio regulado con tarjeta de acceso invisible. Las ventajas del gran autobús saltan a la vista. Mejora la higiene, porque ofrece duchas, toallas limpias y un lugar donde cambiarse sin recorrer pasillos interminables de hotel.
Favorece la recuperación: el corredor puede estirar, comer algo decente entre meta y cena, relajarse en un asiento cómodo mientras el cuerpo aún está caliente. Permite un control fino del material, reduce improvisaciones peligrosas, da una cierta sensación de hogar en un deporte que cambia de cama cada noche. Y, además, proyecta una imagen de profesionalidad que agrada a patrocinadores y organizadores, ayuda a convencer a nuevos socios de que están entrando en una estructura seria. Sin embargo, nada de eso es gratis.
El autobús también marca distancia con la gente que espera tras las vallas. Donde antes un niño podía asomarse a la puerta de un coche, ver a su ídolo cambiándose el maillot y pedirle un bidón al vuelo, ahora un cristal tintado y una puerta automática levantan una frontera. La experiencia del aficionado se concentra en esos minutos alrededor del podio, en las firmas de salida, en los autógrafos rápidos junto al control de firmas. Esa cápsula de comodidad, indispensable para que el corredor rinda, hace al deporte un poco menos poroso, más difícil de tocar.
El vehículo es también un punto delicado en lo operativo. Mantener un autobús de estas características cuesta dinero, personal, talleres especializados. Consume combustible, necesita un conductor experto, requiere una planificación milimétrica para cada desplazamiento. Una avería en plena gran vuelta puede convertir la jornada en un pequeño caos: corredores cambiándose en el camión de material, reuniones tácticas a la intemperie, duchas de hotel colapsadas.
El equilibrio de un día de carrera, tantas veces, depende de una máquina que no aparece en las clasificaciones. En la memoria del ciclismo hay además una sombra inevitable. Hubo años en los que el autobús fue sinónimo de persianas echadas y sospechas. Se hablaba de puertas que no se abrían, de prácticas ocultas en un interior vetado a curiosos y cámaras.
Ese imaginario dejó cicatrices profundas. Hoy, con controles mucho más estrictos, protocolos de la UCI y una transparencia mayor, el bus ya no puede ser ese lugar hermético de antes. Aun así, en la cabeza de muchos aficionados perdura la imagen del vehículo como espacio donde el ciclismo se revisa a sí mismo, entre la necesidad de intimidad y el deber de mostrar limpieza. Al terminar una etapa de la Vuelta, cuando el autobús del Movistar Team enciende los intermitentes y comienza a maniobrar para salir del aparcamiento, el decorado se vacía de golpe.
Quedan en el suelo envoltorios de barritas, marcas de grasa, alguna pegatina azul en la que nadie se ha fijado. Los niños enseñan el bidón que han conseguido como si fuera un trofeo, los mecánicos cierran los últimos cajones de los camiones, los voluntarios desmontan vallas. El gran bloque azul se pierde camino del hotel y con él se marcha el escenario donde se ha desarrollado la función del día. Si uno mira hacia atrás, desde la furgoneta temprana de Reynolds hasta el autobús actual, el viaje cuenta algo más que una historia de comodidad.
Habla de un deporte que ha pasado de la precariedad orgullosa a la era del dato, de un equipo navarro que se ha convertido en referencia internacional, de un estilo que ha aprendido a utilizar el material, también el que lleva ruedas y matrícula, para decir quién es. Mientras haya carreras, en algún lugar cercano a la salida o a la meta habrá un vehículo aparcado, con las luces interiores encendidas, esperando a que entren los ciclistas empapados para empezar de nuevo. En esa transición de furgón a autobús, Abarca Sports ha aprendido a vivir en la carretera como una empresa moderna sin desprenderse del todo del olor a gasoil y café recalentado de los orígenes. Puede cambiar el color de la chapa, el logo del patrocinador o la disposición de las butacas, pero cuando un veterano señala el mastodonte azul y lo llama furgón, todos saben de qué habla.
No se refiere a la máquina que tiene Wi‑Fi y pantallas, sino a la memoria compartida de un oficio que se hace a base de pedaladas, sí, pero también en esos pocos metros cuadrados de chapa donde empieza y termina cada etapa.