Si Movistar hubiese mantenido el estatus de los 90: equipo ideal hoy
Introducción: un café, una duda Imagina que estás en un bar de carretera, la tele sin sonido, un resumen antiguo del Tour en la pantalla y un café con leche...
La televisión del bar suena más alto de lo que debería para una tarde de primavera. El camarero la deja siempre en ese canal temático donde los veranos se repiten una y otra vez: maillots fosforitos, cascos estrechos, líneas de meta pintadas con brocha gorda. En la pantalla aparece un Banesto compacto, azul y blanco, como si alguien hubiera puesto orden sobre el caos del Tour del 92. En medio de la fila, Miguel Indurain, apoyado sobre el manillar como quien escucha música, un poco más atrás el Chava Jiménez con esa manera suya de ir descolocado y amenazar con incendiarlo todo a la primera rampa.
Delante, un francés con pinta de rodador marca un paso inhumano pero sereno, como un metrónomo encarnado. Tú miras la espuma del café, miras la tele y sueltas, sin pensarlo demasiado, la pregunta que lleva años dando vueltas en las grupetas: si Movistar hubiera mantenido el estatus de los noventa, el de aquel Banesto que lo condicionaba todo, ¿cómo sería su equipo ideal hoy? No es una duda de Excel, sino de barra de bar. No buscas tanto una clasificación por puntos como una especie de terapia colectiva para entender qué se ha roto y qué sigue intacto.
Porque detrás de esa palabra, “estatus”, hay algo que no cabe en los palmarés oficiales: la certeza de que durante unos años el ciclismo se ordenó alrededor de un color, de una estructura, de una forma de correr. Volviendo a la tele, en 1992 el guion es tan perfecto que parece escrito a posteriori. Giro y Tour para el mismo hombre, el mismo equipo, los mismos nombres al pie de los puertos. En Italia, Indurain se lleva las cronos de Sansepolcro y Milán, se viste de rosa y apenas vuelve a mirar hacia abajo.
En Francia, repite dominio y encadena aquella jornada de Val Louron junto a Chiappucci que todavía se cita cuando alguien quiere explicar qué es una exhibición. Lo que sostiene ese relato no son sólo los cinco Tours seguidos ni las maglias rosas consecutivas, sino la sensación de que Banesto impone sus reglas. La propia web del equipo recuerda aquellos años como una época de bloque “sin fisuras”. Entre 1991 y 1995, la carretera confirma la etiqueta: Miguel enlaza Tours y Giros, Pedro Delgado alarga su carisma, aparecen figuras como Jean-François Bernard, Armand de Las Cuevas o los Gorospe, y la estructura aprende a asignar papeles con una frialdad casi teatral.
Unos se sacrifican en los llanos, otros barren las curvas en los puertos, el líder remata cuando toca. La fama de “mejor equipo del mundo” no es eslogan publicitario: responde a victorias, pero también a nóminas, a capacidad de fichar, a peso táctico en el pelotón. Cuando Indurain cuelga la bici, muchos dan por hecho que todo eso se evaporará con él, como un truco de magia ligado a un único mago. Pero la historia de la estructura se obstina en ir por otro lado.
En 1997, Carlos Arribas bautiza un reportaje en El País con una frase elocuente, “El nuevo Banesto ha llegado”, para describir un equipo que empieza a ganar de forma coral alrededor de Abraham Olano. De pronto los Hunt, Ginés, Jiménez, Santi Blanco y compañía se reparten las llegadas. Olano suma generales, otros levantan los brazos en etapas, y el contador interno se dispara hasta las 35 victorias ese año y las 36 del siguiente, una cifra que sigue en lo alto del podio estadístico. Es el certificado de que el proyecto sabe reinventarse cuando se acaba el ciclo de su tótem.
Si uno se aleja de la televisión del bar y mira toda la historia con una cierta perspectiva, entiende por qué este juego de ucronías tiene sentido. No se trata de un equipo que nace y muere con un patrocinador, sino de una columna vertebral que atraviesa décadas. Reynolds arranca el invento en 1980, luego la enseña cambia a Banesto, pasa por Illes Balears y Caisse d’Épargne, se tiñe de Movistar bajo el paraguas de Telefónica. El domicilio fiscal se queda en Navarra, la mano de Eusebio Unzué sigue en el volante, el idioma de las reuniones no muda.
En 2014, un libro titulado “Nuestro Ciclismo, por un Equipo” celebraba 35 temporadas en la élite y cerca de 800 triunfos, con siete Tours, tres Vueltas y tres Giros en la vitrina. Un par de años más tarde, la propia escuadra celebra sus 900 victorias masculinas y destaca un dato curioso: entre 1995 y 2002, la cuenta pasa de 300 a 500 éxitos, impulsada por aquellas temporadas desbordadas de finales de los noventa y una primera década de los 2000 en la que nunca desaparece de escena. Hoy, la página de presentación de Movistar Team habla de 1.142 victorias totales, ocho Tours, seis Giros, cinco Vueltas y once títulos mundiales, además de seis números uno en la clasificación por equipos, el primero en 1992 y los cuatro últimos encadenados entre 2013 y 2016. Son números fríos que, sin embargo, ayudan a poner en contexto la nostalgia del bar: el estatus de los noventa no fue una chispa aislada, sino el punto más luminoso de una curva muy larga, una especie de mediodía dentro de un día que aún no ha anochecido.
La etiqueta Movistar llega en 2011 a un escenario distinto. El dinero fuerte ya no procede sólo de bancos españoles o cajas francesas; asoman petroleras kazajas, proyectos respaldados por estados del Golfo, conglomerados británicos. Y, sin embargo, la estructura navarra vuelve a levantar la cabeza por encima de todas durante un tramo concreto. Entre 2013 y 2016, el maillot azul lidera el WorldTour por equipos cuatro años seguidos y firma temporadas que recuerdan a los días grandes.
La campaña de 2016 es casi un espejo de aquel Banesto del 98: 36 victorias, la Vuelta ganada por Nairo Quintana que suma la decimocuarta gran vuelta de la historia del equipo, Flecha Valona para Valverde como si fuera un ritual anual, Ion Izagirre lanzándose hacia Morzine bajo la lluvia para salvar el honor en el Tour con una bajada que todavía impresiona en YouTube. Jonathan Castroviejo redondea el año con el título europeo de contrarreloj y un bronce mundial, confirmando que aquella vieja obsesión por la crono sigue viva bajo otros apellidos. En paralelo, el amor de la estructura por el Giro no se debilita. Desde el debut de Reynolds en 1988 hasta el Movistar de 2017, las distintas camisetas de Unzué suman tres victorias finales —Indurain en 1992 y 1993, Quintana en 2014—, siete podios, dieciocho etapas y 42 días de maglia rosa.
Con la llegada de Telefónica en 2011, esa relación adquiere un tono nuevo: Ventoso, Kiryienka, Dowsett, Visconti, Intxausti, el propio Nairo… todos van escribiendo pequeñas historias en Fiuggi, Sestriere, el Galibier, Ivrea, Val Martello. No es el dominio aplastante de los noventa, pero sí un idilio constante con la carrera italiana. Y, aun así, algo ha cambiado. En 2021, Movistar presenta una plantilla masculina de 29 corredores de once nacionalidades.
La mezcla es elocuente: veteranos como Valverde o Erviti comparten autobús con jóvenes como Enric Mas, Matteo Jorgenson o Einer Rubio, a los que se suman refuerzos como Miguel Ángel López y Gonzalo Serrano. El presupuesto ronda los veinte millones de euros, una cifra muy respetable… que sigue por debajo de lo que manejan proyectos como Ineos o UAE. Cinco años después, la foto oficial habla de 27 ciclistas en el equipo masculino, 17 en el femenino y una Academia de 12 jóvenes, con nombres propios como Cian Uijtdebroeks, Mas, Marlen Reusser, Liane Lippert o el propio Rubio. Es un gigante sólido, pero rodeado de otros gigantes: ya no ocupa el centro del escenario como aquel Banesto que aparecía en la tele del bar cuando la tarde todavía olía a primeros noventa.
Entonces, ¿de qué hablamos exactamente cuando hablamos de “estatus de los noventa”? En la barra nadie se pone a enumerar criterios, pero la sensación se puede traducir en tres piezas que encajan. La primera, el dominio deportivo en las grandes vueltas: no sólo ganar, sino elegir dónde ganar y con qué margen. La segunda, la capacidad económica de atraer y retener talento, de construir una columna vertebral de salarios altos sin quedarse sin oxígeno.
La tercera, el peso táctico y mediático en la carrera: decidir ritmos, filtrar rumores, condicionar estrategias ajenas. Banesto cumplía las tres condiciones, y lo hacía de forma casi obscena en algunos años. Arribas recogía un matiz interesante cuando habló con Unzué en aquel 1997 de transición. El técnico navarro reconocía que, con Indurain, había hombres cuyo objetivo vital era “estar sólo donde Miguel le necesitara”.
Después de su retirada, muchos de esos gregarios se liberan y empiezan a ganar por su cuenta. Ahí asoma otra dimensión del estatus: no se limita a tener una estrella, sino a construir un entorno en el que el resto crecen a su sombra sin sentir la necesidad de marcharse. En un mercado global, eso se traduce hoy en que el Movistar de turno seguiría siendo el destino natural de cualquier gran talento español, la primera opción para los mejores escaladores colombianos y un lugar atractivo también para clasicómanos y especialistas contra el reloj de otros países. Para imaginar que ese estatus no se hubiera roto, hay que aceptar algunas condiciones de partida.
Imaginemos, por un momento, que la estructura mantiene durante todo este tiempo un presupuesto a la altura de los mejores, quizá gracias a una continuidad más cómoda de Banesto o a un compromiso aún mayor de Telefónica. Imaginemos que las decisiones deportivas se adelantan medio metro a la realidad: que detectan a las generaciones emergentes antes de que otros las fichen, que apuestan por líderes jóvenes sin miedo a equivocarse. Imaginemos, también, que en las encrucijadas en las que el Movistar real dudó —aquellos tridentes imposibles de gobernar, aquellas grandes vueltas que se escaparon entre experimentos tácticos— el equipo alternativo acierta y refuerza su imagen de referencia. Y añadamos una última capa: ese super-Movistar decide de verdad abrirse a las clásicas de pavé, a los adoquines de Flandes y Roubaix, terreno históricamente ajeno a su cultura.
Con ese marco, el “estatus de los 90” deja de ser una foto amarillenta y se convierte en una línea que llega hasta 2026. ¿Cómo sería, entonces, el equipo ideal de hoy bajo esa hipótesis? Piénsalo como un once titular que se mueve en diferentes superficies. Al frente, un doble liderazgo para las grandes vueltas: un corredor capaz de pelear por el Tour y otro destinado al Giro y a la Vuelta.
El primero, alto, diésel, capaz de acoplarse sobre la cabra y triturar kilómetros llanos como hacía Indurain, pero con la agilidad moderna en los finales explosivos. El segundo, más ligero, escalador puro, con esa agresividad montaña arriba que encarnó Quintana en sus mejores días. A su lado, un tercer hombre para generales de una semana, un vueltómano de carreras como Itzulia, París-Niza o Romandía, listo para rematar cuando los capos se reservan. Rodeando a esa tríada, una guardia pretoriana de gregarios escaladores que mezcle recuerdos y modernidad.
Hombres con el oficio de los Garmendia, De Las Cuevas o Bernard, pero con la lectura de carrera que ahora muestran los mejores gregarios de las grandes escuadras actuales. Corredores capaces de marcar ritmos selectivos en puertos de cuarenta minutos, de abrir abanicos cuando el viento sopla cruzado y de sostener una crono por equipos sin descomponerse. En ese dibujo no faltaría un veterano con la sabiduría de un Erviti, alguien que sepa cuándo conviene levantar medio punto el pie para no freír al líder, cuándo hay que dejar escapar una fuga para controlar la carrera desde lejos. El equipo ideal añadiría, por primera vez en la historia de la estructura, un sprinter de referencia mundial.
Tradicionalmente, Reynolds, Banesto, Caisse o Movistar han contado con velocistas solventes, capaces de ganar alguna etapa suelta, pero rara vez con el hombre que domina las llegadas. En este escenario alternativo, los recursos permitirían fichar a un velocista que se asegura dos o tres etapas en cada gran vuelta que corre, arropado por un tren específico, con lanzadores dedicados que conocen cada rotonda de la última recta. La imagen de un maillot azul imponiéndose en las llegadas masivas de los Campos Elíseos o de Nápoles formaría parte del imaginario colectivo tanto como las cronos largas de los noventa. Faltaría, para completar el mural, un clasicómano de adoquines que rompiera la barrera cultural que siempre ha separado al equipo de Flandes y Roubaix.
Un corredor capaz de entrar en el bosque de Arenberg sin pedir perdón, de aguantar los muros flamencos con los mejores, de rematar un grupo de diez en la recta final de Oudenaarde. A su alrededor, un grupo de rodadores fuertes, versátiles, con capacidad para ganar en carreras belgas menores, en clásicas francesas, en esas pruebas de un día donde ahora el equipo asoma, pero rara vez decide. Por encima de esos nombres imaginados, habría una constelación de puncheurs y todoterrenos para las clásicas de muro y las vueltas de una semana. La tradición de Valverde y sus sucesores en Flecha Valona, Lieja o el País Vasco invita a imaginar un bloque que reparte triunfos desde febrero hasta octubre: victorias en Abu Dabi, Catalunya, Romandía, finales en muritos italianos, exhibiciones en la Itzulia bajo la lluvia.
Como en la temporada real de 2016, pero con continuidad, con la sensación de que cada semana del calendario puede acabar con un Movistar subido al podio. En este Movistar ideal, la sección femenina no sería una derivada, sino una pieza central del relato. La realidad ya ofrece un equipo de mujeres ganador, construyendo su propia historia con títulos y maillots arcoíris. En la versión reforzada, el espejo sería perfecto: líderes para grandes vueltas y clásicas, bloques potentes para las Ardenas, equipos diseñados para pelear por el Giro Donne o el Tour de Francia Femmes, un proyecto que comparte recursos, metodología y ambición con la estructura masculina.
Y, justo por debajo, una Academia que no sólo reúne a doce jóvenes, sino que actúa como embudo privilegiado para los mejores juniors españoles y latinoamericanos, con un flujo constante de talento desde la base hasta el WorldTour. Sobre el papel suena idílico: un super-Movistar estable que centraliza el talento nacional, conecta la cantera con la élite y llena de azul los podios de las grandes vueltas, las clásicas y los campeonatos del mundo. En la práctica, el efecto sería más complejo. En el lado luminoso, un equipo así habría evitado buena parte del éxodo de corredores españoles hacia estructuras extranjeras, habría dado continuidad a generaciones enteras y habría mantenido a España en el centro del mapa durante esos años en los que no hubo un Indurain ni un Contador en plenitud.
El calendario nacional habría respirado de otra manera, con la presencia de ese maillot en vueltas menores, llenando metas y cunetas. Pero la concentración de poder siempre tiene peajes. Un Movistar eterno e hiperdominante podría haber ahogado a otros proyectos españoles como Euskaltel, Caja Rural, Burgos o Kern Pharma, reduciendo su margen para crecer, para ofrecer alternativas, para experimentar. Algunas carreras se habrían vuelto más previsibles, con el tren azul marcando el paso en los puertos como quien activa el modo ahorro de energía.
Resurgirían debates viejos sobre control excesivo, sobre falta de valentía táctica, sobre esa sensación de que el resto de equipos se limitan a buscar huecos entre sus vagones. Dentro del propio autobús azul, la convivencia de tantas estrellas habría multiplicado las tensiones que ya se han visto en la realidad reciente. Tridentes difíciles de gestionar, líderes superpuestos, jóvenes que piden galones y chocan contra el techo del vestuario. La historia del ciclismo ofrece ejemplos de sobra de equipos que murieron de éxito, incapaces de administrar los egos que ellos mismos habían reunido.
El estatus pesa; no sólo se disfruta. Obliga a tomar decisiones incómodas, a dejar fuera de una grande al cuarto mejor corredor del equipo, a resolver en un despacho lo que algunos querrían resolver en la carretera. El tercer café llega a la mesa cuando la programación del canal temático ya ha cambiado de registro. Del Tour del 92 se ha pasado a un resumen del Giro 2014, con Quintana vestido de rosa en Val Martello, bajo la nieve, atacando donde otros sólo pensaban en llegar a meta sin congelarse.
De fondo, se cuelan imágenes del Movistar más reciente, de Uijtdebroeks subiendo en bloque, de Reusser y Lippert dominando cronos y clásicas. De pronto entiendes que el juego de imaginar un Movistar que nunca perdió el estatus de los noventa habla tanto del presente como de aquel pasado glorioso. Sirve para recordar que el poder en el ciclismo es móvil, que ningún proyecto tiene garantizado ser el equipo de referencia durante décadas, por muy sólida que sea su estructura. También ayuda a valorar lo que sí existe: una organización que ha sobrevivido a crisis económicas, cambios de patrocinador y transformaciones profundas del deporte, y que sigue produciendo historias año tras año, desde Indurain hasta Uijtdebroeks, pasando por Valverde, Quintana, Reusser o quien venga después.
El equipo ideal que dibujas en la servilleta quizá no llegue a materializarse nunca tal cual, con ese sprinter inalcanzable, ese clasicómano de adoquines y ese doble líder de grandes vueltas, pero deja una idea que no se borra con el azúcar del café. El estatus no es un trofeo que se guarda en una vitrina ni un recuerdo de televisión en formato 4:3. Es una responsabilidad diaria. Lo fue en Banesto, cuando decenas de hombres vivían para estar “sólo donde Miguel les necesitara”.
Lo es en el Movistar actual, cuando cada nueva generación hereda un maillot que pesa más de lo que aparenta. Imaginar cómo habría sido todo si nunca se hubiera aflojado esa cuerda es, al final, una forma de exigirle al ciclismo que no se conforme con mantenerse a flote. Que aspire a aquellos días en los que, al encender la tele de un bar de pueblo, nadie dudaba de qué equipo iba a marcar el ritmo en la primera rampa seria del Tour.