Qué fue de Lastras
Introducción Imagínate que estamos en un bar, hay ciclismo en la tele y alguien suelta la pregunta de siempre: qué fue de Lastras.
Lo reconoces enseguida aunque no salga a cuadro. Final de montaña, helicóptero sobrevolando la carretera estrecha, un Movistar tirando a bloque y, de fondo, entre el ruido del helicóptero y la respiración afilada por el esfuerzo, una voz serena que entra por el pinganillo: “Tranquilos, chicos. Un kilómetro así y luego suaviza. Cabeza”.
Esa voz es la respuesta al clásico comentario de bar cuando el Tour entra por la tele y alguien pregunta, casi por inercia, qué fue de Lastras. No hace falta nombre de pila. Aquí, cuando alguien dice “Lastras”, todos saben de quién habla. Si hoy subes el volumen en la etapa adecuada, lo escucharás dirigiendo a los mismos colores con los que él se hizo adulto.
Ya no lleva dorsal, pero sigue vestido de equipo. Cambió el maillot por la chaqueta de director deportivo, el manillar por la carpeta con el perfil de la etapa y el asiento duro de la bici por la butaca del coche. Sigue siendo Movistar, antes Caisse d’Epargne, antes Illes Balears, antes iBanesto, antes Banesto, antes Reynolds. La misma columna vertebral, el mismo jefe, el mismo teléfono de Eusebio Unzué sonando desde que era un chaval que soñaba con ser ciclista hasta este presente de cincuenta velas sopladas y un récord compartido con Pogacar y Van Aert: victorias de etapa en sus primeras participaciones en Giro, Tour y Vuelta.
Para entender por qué a tantos se les escapa una media sonrisa al oír su apellido hay que irse bastante antes de los podios de Milán o París. Carretera de salida de San Martín de Valdeiglesias, ese Madrid que ya huele a provincia, gasolineras a pie de nacional, bares con calendario de taller y chavales que sueñan más con motos que con bicicletas. Ahí aparece el niño alto y huesudo que se enamora de la flaca cuando lo lógico sería mirar al ciclomotor. Desde allí, rumbo a El Barraco, la Fundación Víctor Sastre.
Puertos castellanos, carreteras rugosas, inviernos largos. Una escuela que enseña casi tanto a aguantar el frío como a colocarse en un pelotón. Fue allí donde se forjó el corredor que el profesionalismo rebautizaría como el Penkas. El apodo, contaba él en una entrevista con El País, le cayó encima por esas piernas larguísimas y finas “como las pencas de las acelgas”.
Pero la broma tenía otra capa: aspecto frágil, huesos saltones, y debajo una tozudez con el dolor que rozaba lo cabezota. Un tipo al que había que desmontar pieza a pieza para conseguir que se bajara de la bici. En 1997, cuando firmó su primer contrato profesional con la estructura de Banesto, la casa aún vivía de la resaca de Indurain y del olor a arcoíris de Perico. El maillot se llenaba de historias grandes.
No era el contexto más sencillo para hacerse un hueco. Mientras otros de su generación optaban por marcharse a equipos pequeños en busca de galones rápidos, él eligió quedarse en la sombra larga de los líderes y ganarse a pulso otro tipo de jerarquía: la del hombre al que miran cuando hay viento lateral o cuando la carrera se convierte en una pelea de callejón. Los resultados llegaron, pero casi siempre como consecuencia de esa condición de hombre de oficio. En 2001 levantó los brazos por primera vez en una grande, en el Giro, con ese punto de sorpresa de quien no se había presentado como favorito.
Un año después remató dos etapas en la Vuelta, y en 2003 se regaló su día en el Tour. Tres grandes, tres participaciones iniciales, tres victorias. Un patrón casi imposible que el tiempo ha puesto en una frase con nombres de época como Peter Sagan, Primoz Roglic, Tadej Pogacar o Wout van Aert. Entre medias, triunfos en Suiza, en Andalucía, en Burgos, en el Eneco.
Un palmarés discreto en la forma, muy selecto en el fondo: aprovechar la pequeña ventana de libertad que deja un calendario lleno de trabajo para otros. Sin embargo, la figura de Lastras se construye sobre todo en los días sin foto. En las etapas de perfil raro que no encajan ni para los sprinters ni para los escaladores, en esas jornadas que apenas ocupan veinte segundos en el resumen nocturno y que, sin embargo, deciden estados de ánimo y generales. En una conversación con Ciclismo a Fondo, ya encarando su decimoctava temporada como profesional, explicaba que su valor real no estaba tanto en las victorias como en la capacidad de enseñar a los jóvenes cómo se corre cuando no hay pinganillo, cómo se lee un cambio de viento observando la copa de los árboles, cómo se afronta un repecho sin barandilla cuando el líder va mal.
Esa es la figura del capitán de ruta: un puente entre el ciclista de a pie y el director que grita indicaciones desde el coche. En la genealogía de Abarca Sports, esa servilleta imaginaria que dibuja la estructura de Unzué desde los tiempos del Reynolds original hasta el Movistar azul y verde que vemos ahora, el nombre de Pablo Lastras atraviesa varias generaciones. Vio los últimos coletazos de la era Perico-Indurain, compartió carretera con el Chava, ayudó a consolidar la Vuelta de Valverde y vio llegar a Quintana. Ahora empuja a chavales que podrían ser sus hijos, como Iván Romeo, mientras discute con ellos cómo se afronta una Strade Bianche o una etapa nerviosa en Dinamarca.
Lo ha vivido todo sin cambiar de casa. Eso, en un mercado en el que los corredores se mueven al ritmo de puntos UCI, cláusulas y contratos relámpago, suena a rareza. Él mismo lo ha explicado con su sobriedad habitual. A principios de los 2000, cuando ya había demostrado que podía ganar en grandes vueltas, le llegaron ofertas de fuera.
2003 fue un año especialmente tentador. Y aun así, se quedó. Decía que se sentía valorado por Unzué, que esa confianza no se construía solo con metas levantando los brazos, sino con la conversación diaria, con los roces y reconciliaciones propios de quien pasa más tiempo en un autobús con su jefe que en el salón de casa con su familia. Las discusiones, contaba, le habían enseñado más como ciclista que ciertas victorias.
Vivir todo en la misma estructura tiene ventajas y renuncias. En el bus, el capitán de ruta es el traductor simultáneo del discurso del director a un idioma asumible por unas piernas que van al límite. Conoce el calendario de memoria, sabe qué etapa puede ser buena para el velocista que no sale en los carteles, qué día hay que darle libertad a un escalador de segunda fila y en qué clásica tocará asumir riesgos más de lo que apetece. Su tarea consiste en convencer a los jóvenes de que no hay atajos: antes de jugarse una general, hay meses de tirar del carro en carreteras comarcales que no ve nadie.
Y sin embargo, toda esa sabiduría acumulada pendía de un hilo que se rompió bajando un puerto aparentemente inofensivo. La Volta a Catalunya de 2015 llevaba ya unos cuantos días de nervios cuando el pelotón afrontó el descenso del Alt de Coubet en la cuarta etapa. Unos 60 km/h, asfalto seco, curva sin demasiada historia. Cae un corredor delante, su bicicleta queda cruzada, y Lastras, mal colocado por una vez, se queda sin escapatoria.
El impacto lateral convierte la cabeza del fémur en un cincel que abre la pelvis en varios fragmentos. Más que una caída, un accidente de tráfico. Él mismo contó después que intentó levantarse, instinto de corredor, y que la pierna derecha estaba muerta. Esa ausencia de respuesta fue una señal inequívoca.
Se dejó caer de nuevo, esperó a los médicos, escuchó cómo el helicóptero se llevaba su carrera hacia un hospital regional antes de aterrizar en la clínica Teknon de Barcelona. Allí le aguardaba una operación delicadísima, de esas que solo unos pocos especialistas se atreven a firmar. No se trataba ya de volver a competir; la prioridad era que pudiera caminar sin dolor. La descripción que hizo del golpe helaba incluso a quienes están curados de espanto.
Decía que fue como caer desde un tercer piso y aterrizar de lado. La cirugía dejó en su cadera dos clavos de casi veinte centímetros, tornillos, una placa, injertos de hueso que convertían la articulación en un pequeño mecano biológico. Veinte días ingresado, buena parte en una unidad de cuidados intensivos, y una lista nueva de miedos: no solo el temor al dolor, que ya lo conocía, sino el vértigo de pensar en un futuro sin bicicleta cuando llevas más de dos décadas organizado alrededor de ella. Cuando por fin le dieron el alta, Lastras respondió con una carta abierta que dibujaba a un tipo agradecido, pero también vulnerable.
Agradecía a los cirujanos que habían reconstruido su cadera, a las enfermeras que lo habían visto llorar como un niño de 19 años aunque ya peinara canas, al equipo que llevaba aguantando sus fracturas desde juvenil, a su familia, a los aficionados que habían llenado su móvil de mensajes. Y, entre líneas, se leía otra cosa: la decisión de aprender a levantarse distinto. No ya para volver a ponerse un dorsal, sino para aceptar un cuerpo limitado y una vida con otras prioridades. Los cinco meses posteriores a la operación los afrontó como si al día siguiente fueran a llamar para decirle que volvía a competir.
Misma disciplina en la alimentación, mismos horarios, misma obsesión por cumplir a rajatabla cada ejercicio de rehabilitación. Después, el espejo y los médicos le obligaron a asumir que no. Que aquella cadera, por más que se fortaleciera el resto, no estaba para el estrés de una carrera profesional. Su objetivo dejó de ser ganar etapas en la Vuelta y pasó a algo mucho más modesto y, al mismo tiempo, gigantesco: caminar como una persona cualquiera en enero de 2017.
Los traumatólogos le explicaban que el veredicto real sobre el éxito de la operación llegaría al cabo de un año, quizá más. Que la posibilidad de una nueva intervención, incluso de una prótesis de cadera a medio plazo, estaba sobre la mesa. Para un corredor que decía haber vivido “21 años casi profesionalmente de la bicicleta”, tal y como contó en la radio, aquello era un terremoto de identidad. ¿Quién eres cuando ya no entrenas, no viajas a carreras, no sufres ni descansas en función del calendario?
¿Qué haces con todo el conocimiento acumulado si ya no puedes expresarlo pedaleando? Ahí reapareció un rasgo que le acompaña desde adolescente: la costumbre de apuntarlo todo en cuadernos. Desde los 15 años, anotaba entrenamientos, sensaciones, recorridos, errores. Calculaba que había disputado unas 1.600 carreras y sumado alrededor de 635.000 kilómetros sobre la bici.
Esas libretas, que podrían haber sido un mero archivo nostálgico, se convirtieron en su seguro de vida simbólico. Nada había sido en vano. Aquella colección de días de lluvia, escapadas frustradas y victorias contadas era un manual de ciclismo aplicado. El remate llegó en una frase que pronunció cuando ya sabía que no volvería a competir: si volviera a nacer, volvería a ser ciclista, con todos los huesos rotos y con todas las penas y alegrías que le había dado este deporte.
En realidad, el plan B llevaba tiempo gestándose. En 2014, aún como corredor en activo, se había plantado en Aigle, en la sede de la UCI, para sacarse el título de director deportivo. Lo hizo sin grandes alardes, casi por intuición. Sentía que tenía una deuda con el ciclismo y que le atraía trabajar con gente joven, transmitirles oficio, exigir desde la confianza.
En aquel momento no se veía sentado en el coche del primer equipo de Movistar, quizá por respeto a los que ya estaban allí, quizá por pudor. Todo a su tiempo. El tiempo se aceleró en 2016. Movistar le llamó para proponerle un hueco en el organigrama técnico.
Él llegó a la concentración de pretemporada con la sensación de estar de visita. Miró, escuchó, tomó notas, ordenó lo que podía aportar y dijo que sí. Era el mismo autobús, los mismos mecánicos, las mismas bromas de los masajistas, pero la puerta de acceso ya no llevaba al fondo, donde se sientan los ciclistas, sino a la cabina de dirección. Los médicos habían hablado de un proceso de recuperación de veinte a veinticuatro meses; él había conseguido estar listo en diecinueve.
Lo interpretó como una pequeña revancha íntima. Desde 2017 su nombre aparece asociado a las alineaciones de Movistar tanto en el bloque masculino como en el femenino. Comparte pizarra y debates con Unzué, con Sanz, con García Acosta. Decide quién va a qué carrera, cómo se reparten los liderazgos, qué jóvenes merecen foguearse en una clásica del norte y quién tiene que sacrificarse en la Vuelta a Murcia para abrir hueco a un compañero.
Pero, sobre todo, acompaña. Su labor menos visible consiste en gestionar frustraciones, canalizar enfados, amortiguar egos. Quien haya visto la serie “El día menos pensado” tiene ya registrado su tono. No recurre a palabros, no se esconde detrás de números, no endulza las broncas.
Es capaz de soltar una reprimenda seca en la reunión de la mañana y, horas después, ponerle la mano en el hombro a ese mismo corredor para restarle gravedad a una mala etapa. A un neo-profesional le recuerda que no está en el Tour para lucirse ante las cámaras, sino para aprender en qué rotondas se corre de verdad. A un veterano que baja desfondado tras otro intento de escapada le reconoce la valentía aunque los datos digan que ha sido un tiro al aire. En diciembre de 2020 subió al escenario del Teatro Real junto a Unzué para recoger el premio al espíritu de equipo otorgado por Diario AS tras una temporada atravesada por la pandemia.
En esa imagen había una lectura más profunda: no solo se reconocía a los líderes, sino al trabajo callado de todos esos secundarios que mantienen en marcha el engranaje cuando los focos miran a otro lado. Entre ellos, el Penkas, convertido ya en una especie de memoria viva de la casa. Su manera de mirar el ciclismo desde el coche puede condensarse en una frase que pronunció durante un Tour: en la carrera francesa se gana o se aprende, pero no se pierde. Uno podría pensar que es un eslogan amable para relativizar los golpes, pero en su boca suena a resumen de biografía.
Ganó poco si uno compara su palmarés con los monstruos de su generación; perdió más veces de las que recuerda; terminó temporadas con el cuerpo cosido a cicatrices. Y, sin embargo, elige leer cada caída, cada derrota, cada renuncia como un capítulo de aprendizaje obligado. En enero de 2026 cumplió cincuenta años. Los titulares celebraron el dato estadístico: ese récord compartido con Pogacar y Van Aert que lo colocaba, por una vez, en frases plagadas de estrellas actuales.
Pero quienes lo conocen saben que le interesaba más otra cosa. Le preocupa que los chicos a los que ha apadrinado encuentren su sitio sin quemarse, que el Movistar que aparece en la tele y en los documentales mantenga un alma reconocible, que el público intuya que, detrás de un buen resultado o de un fracaso sonado, hay una manera concreta de entender este deporte que se ha ido transmitiendo de Perico a Indurain, del Chava a Valverde, de Valverde a la generación que viene. Imagina ahora que vuelves a esa barra de bar del principio. Caña, tapa, Tour en la pantalla.
Alguien lanza, casi por costumbre, el qué fue de Lastras. Puedes contestar que comparte un récord con Pogacar, que sobrevivió a una caída que destrozaría la vida de cualquiera, que lleva toda una existencia ligado a la misma estructura que hoy viste de azul. Pero quizá sea más preciso decir que sigue haciendo lo mismo de siempre: leer la carrera, gestionar nervios ajenos, pensar por los demás. Sigue con la misma gorra encajada, la mirada afinada por miles de kilómetros y esa mezcla de dureza y ternura con la que hablaba a sus compañeros cuando tiraba del grupo en Córdoba en 2011 contra tres Liquigas.
Solo que ahora no acelera él, sino que aprieta un botón del pinganillo y empuja a otros desde la ventanilla. Sus huesos ya no se rompen bajando puertos, pero asume otro tipo de riesgo cada vez que decide si el equipo ataca o espera. Y da la sensación de que, mientras haya un Movistar en carrera, esa bicicleta invisible en la que pedalea desde el asiento del copiloto seguirá en marcha.