Olano en el equipo: del Tour al Mundial El autobús de Banesto parece un tanatorio con ruedas. Afuera, en las calles de Madrid, es septiembre de 1998 y la Vuelta celebra a su campeón. Dentro, las persianas bajadas, las voces en susurro, alguna botella de cava abierta a medias, los mecánicos recogiendo material casi de puntillas. Abraham Olano lleva el maillot amarillo doblado sobre las rodillas, aún con restos de confeti en el pelo. Ha ganado la gran vuelta de casa, el primer triunfo de ese calibre para la estructura navarra desde que Miguel Indurain se bajó del trono. Y, sin embargo, el ambiente no es de coronación, sino de resaca incómoda. Parte del país se ha emocionado con la imagen clásica: el rodador vasco defendiendo cada segundo en la contrarreloj, el equipo controlando el pelotón cuando arrecia la montaña, el maillot de líder entrando en la Castellana entre gritos. Pero en ese autobús pesan más otras escenas. La etapa de Lagunas de Neila convertida en tómbola de ataques de Chava Jiménez. Las críticas de la radio, con la voz de Karmele Zubillaga, esposa y representante de Olano, cuestionando en directo la táctica del equipo. Los directores mirando al suelo. Algún compañero que celebra en voz baja para no herir sensibilidades. La Vuelta ganada se vive casi como un ajuste de cuentas. Ahí, en esa mezcla de gloria deportiva y desgarro íntimo, se entiende bien por qué Abraham Olano es una figura tan incómoda y fascinante en la genealogía del equipo que hoy corre de azul Movistar. Abarca Sports se construyó como relato casi perfecto: Reynolds como aventura navarra de amigos y carreteras húmedas, Banesto como maquinaria implacable al servicio de Indurain, el puente digital de iBanesto.com, la etapa francesa de Caisse d’Epargne, la multinacional telefónica vistiendo de azul un legado que ya es casi patrimonio cultural. En medio, sin embargo, hay un tramo lleno de curvas: los años en los que el equipo busca desesperadamente un nuevo jefe de filas español y se encuentra con un corredor que parece hecho a medida para el molde Indurain… pero en un tiempo que ya no admite fotocopias. Para entender de dónde sale ese líder tan peculiar hay que volver a la lluvia de Anoeta. No al estadio, sino al pueblo guipuzcoano donde Olano nace en 1970. Carreteras estrechas pegadas al monte, tardes largas con el chubasquero puesto, chavales que se miden en pruebas de barrio mientras los mayores repasan en el bar la última etapa de la Vuelta. Es la fábrica ideal de fondistas, aunque el joven Abraham no destaca primero en la subida, sino en la pista. En los ochenta se familiariza con el olor a madera barnizada y a resina del velódromo: kilómetro, persecución olímpica, vueltas a bloque con un desarrollo que parece demasiado grande para sus piernas. La pista le da algo que luego será su marca de fábrica: potencia sostenida y gusto por el esfuerzo medido. Antes que escalador, antes que vueltómano, Olano es un especialista del dolor cronometrado, del minuto y medio a fondo, de esa sensación de ir solo contra un reloj gigante. Desde ahí salta al campo amateur y recorre la geografía del ciclismo vasco: equipos que son casi familias –Txalaparta, Gure Txokoa, Oriako–, vueltas como Bidasoa o Zamora, o incursiones a Francia donde aprende a colocarse entre codazos. No deslumbra como esos prodigios que ganan levantando el culo del sillín a cincuenta metros de meta, pero enseguida se ve otra cosa: siempre está, siempre suma, siempre quiere la siguiente carrera. En ese escenario aparece Karmele Zubillaga, compañera de vida y pronto algo más que eso. No es solo la chica que espera al final de la etapa con una sudadera y un bocadillo. Es la persona que le lleva la agenda, que vigila su peso, que opina sobre qué pruebas le convienen, que le repite, casi como mantra, que de esto se puede vivir si se hace en serio. Los compañeros de aquellos años recordarán con los años que, sin esa mezcla de cariño y exigencia doméstica, quizá Olano habría sido un buen profesional más en la larga lista de corredores del norte. El salto al profesionalismo llega en 1992, primero con estructuras discretas como el CHCS y el Lotus‑Festina. Allí aprende a sobrevivir en el pelotón adulto: tirar de un líder desconocido por carreteras francesas en febrero, aguantar frío y lluvia en carreras donde nadie mira las clasificaciones en el telediario, entender que, de momento, su nombre no encabeza los planes de nadie. Pero su perfil de rodador serio y fiable, y esa cara de chico que no protesta, llaman la atención de un gigante: Mapei, que por entonces funciona casi como selección mundial de clasicómanos y contrarrelojistas. El fichaje por Mapei‑Clas es su primer gran giro de guion. De compartir habitación con gregarios anónimos pasa a entrenar con tipos que ganan la Roubaix, la San Remo, las clásicas flamencas. El equipo funciona como una empresa exquisitamente organizada: planes de entrenamiento al milímetro, contrarrelojes por equipos trabajadas como coreografías, laboratorios de materiales donde se mide cada gramo de la bicicleta. Para un corredor como Olano, aquello es un curso acelerado de profesionalismo total. Allí aprende a leer la aerodinámica, a respetar el potenciómetro antes incluso de que la palabra se popularice, a entender que una gran vuelta no se gana en una sola montaña, sino en la suma paciente de muchos días sin fallo. La temporada 1994 es el primer gran escaparate. Campeón de España en ruta y también contra el crono, desafío doble en un país que aún mira con adoración especial a los escaladores. Además, se lleva la general de la Vuelta a Asturias, entonces termómetro fiable de quién está llamado a cosas serias. Un año después, en la Vuelta a España, su progresión se hace evidente: en 1994 se cuela ya entre los veinte primeros y roza la victoria en la crono larga; en 1995 se lleva las tres contrarrelojes –prólogo, intermedia y final– y solo un Jalabert imperial le impide conquistar la general. España descubre que tiene un corredor capaz de pelear una vuelta grande sin necesidad de inventarse hazañas delirantes en los puertos. Todo eso es el prólogo de Duitama. Colombia, altitud, un circuito que asusta solo con ver el perfil. La selección española aterriza con ambición discreta: buen equipo, opciones de medalla, pero poca costumbre de tocar el oro en categoría profesional. Ese día todo se ordena alrededor de un plan muy simple: proteger a Olano hasta el final y dejar que su motor haga el resto. Lo hace. Cuando se abre hueco, cuando se ve solo en la última subida, no se le nota el pánico, sino una frialdad casi antinatural. Cruza la meta levantando los brazos con el maillot de la selección y, de golpe, reforma el imaginario local: por primera vez, un español se viste arcoíris en ruta entre los profesionales. Los periódicos se vuelcan. Portadas a todo color, suplementos dominicales, titulares de nacimiento estelar. Algunos medios, como El Mundo, subrayan que ese oro, sumado a su Vuelta del 95, coloca a Olano en una dimensión reservada hasta entonces a los extranjeros. Como postre, al día siguiente se cuelga la plata en la primera edición del Mundial contrarreloj para profesionales. Nadie en España había firmado un doblete así: campeón del mundo en ruta y segundo en la prueba individual contra el reloj en el mismo campeonato. Ni siquiera Indurain, mito de la lucha contra el crono, había logrado algo semejante. Mientras tanto, en Navarra, la estructura de José Miguel Echávarri y Eusebio Unzué trabaja con una preocupación que no tenía desde hacía tiempo: el día después de Miguel. Cinco Tours, dos Giros, un maillot amarillo que parecía dueño vitalicio de París… y, de pronto, la retirada. Banesto conserva un maillot lleno de gloria, un patrocinador potente, un bloque sólido, pero le falta algo que en ciclismo lo es todo: un faro incuestionable. El fichaje de Olano, pactado con tiempo y anunciado para 1997, es una jugada de anticipación. Atan al español con mejor palmarés emergente, el que ya ha demostrado que sabe defenderse tres semanas y que no se encoge ante los Mundiales. Para Olano, el movimiento es una mudanza sentimental además de profesional. Deja un super‑equipo internacional donde es una pieza importante entre muchas estrellas para vestir el maillot que en España es casi una camiseta de selección. No le han contratado como buen corredor, sino como heredero. En la mente de muchos aficionados, incluso en los pasillos del propio equipo, el guion es tentador: un nuevo Indurain, más ligero quizá, menos dominador, pero capaz de sostener el relato ganador. El problema es que la época ha cambiado y el ciclismo, también. El Tour de 1997, su primera gran cita como jefe de filas de Banesto, simboliza esa transición. Llega a la carrera con todo sobre sus hombros: la presión del país, las comparaciones inevitables, la expectación de ver cómo responde la nueva apuesta española. Sufre en la montaña, como casi todos, se defiende en las cronos con la solvencia esperada, aprieta los dientes cuando los rivales deciden probarlo. Termina cuarto en París y además se lleva una etapa. Para cualquier equipo sería un éxito monumental; para una estructura acostumbrada a ganar el Tour con media hora de ventaja, sabe más a cambio de era que a continuidad. El mensaje, aun así, es claro: con trabajo, el nuevo líder puede mantener al equipo en la élite de las grandes vueltas, aunque quizá ya nadie vuelva a dominar como Miguel. La temporada siguiente, todo se planifica con un guion más nítido: Tour para mantener estatus, Vuelta para asaltar de verdad la general. Banesto se presenta en la ronda española con dos polos opuestos compartiendo autobús. Olano, cerebral, disciplinado, obsesionado con las pesas, la posición, el mínimo detalle. Chava Jiménez, genio imprevisible capaz de convertir cualquier puerto en espectáculo de ataques infinitos. Durante muchos días la convivencia funciona: el líder suma segundos, el escalador gana etapas y emociona a la televisión. Hasta que la línea fina se rompe. Lagunas de Neila queda en la memoria colectiva como punto de inflexión. Chava ataca, remata, levanta los brazos. El líder, entre tanto, se queda un poco más solo de lo deseable, pierde tiempo, ve cómo el relato se desplaza hacia la épica del compañero. Desde fuera parece una escena más de esa Vuelta vibrante. Desde dentro, algunos sienten que el equipo ha jugado con fuego con la general. El debate estalla cuando, en la radio, Karmele Zubillaga analiza la etapa y cuestiona decisiones tácticas. No es una comentarista cualquiera: es la mujer del hombre vestido de amarillo. El País recordaría años después el ambiente extraño con el que Banesto cerró aquella Vuelta victoriosa. Olano llegó de amarillo a Madrid, el equipo sumó etapas, la estadística hablaba de éxito. Pero dentro del autobús se respiraba otra cosa: reproches cruzados, susceptibilidades a flor de piel, la sensación de que una victoria histórica había destapado grietas que venían de lejos. No ayudó que el contrato de Olano estuviera en su último año y que su representante fuera la misma persona que había criticado públicamente la táctica del equipo. Las negociaciones para renovar se convierten en una partida de cartas marcada por la emotividad. Karmele se sienta a la mesa convencida de que simplemente formaliza un papel que lleva años ejerciendo: acompañar, decidir calendario, filtrar ofertas. Para Echávarri, sin embargo, la situación tiene algo de anomalía. Le incomoda discutir cifras y plazos con la pareja del líder, intuye que cada frase puede reinterpretarse en clave personal, teme que cualquier desencuentro contractual se filtre al micrófono de la radio. Aun así, las conversaciones avanzan hasta el Mundial de ruta, cuando todo salta por los aires. En pleno campeonato, con Olano concentrado, aparecen en Marca unas declaraciones suyas en las que deja claro que no piensa volver a hablar con el director hasta que éste pida perdón a su mujer. La frase cae como un misil en la estructura navarra. Echávarri, que precisamente aquel fin de semana celebra su 51 cumpleaños en el hotel de la selección, rodeado por el padre y la cuadrilla del propio Olano, asegura no entender de qué debe disculparse. Más allá de la literalidad, lo que flota es la sensación de que la relación ha entrado en un punto de no retorno. En paralelo, la ONCE‑Deutsche Bank presenta una propuesta limpia: contrato claro, rol definido, estructura casi de laboratorio. Nada de historias sentimentales compartidas desde los años de Reynolds, nada de comparaciones con Indurain, nada de pareja representando al líder. Un sistema donde la contrarreloj y la planificación científica son dogma. La fuga hacia ese modelo tiene algo de alivio para todas las partes. El equipo navarro se quita de encima una fuente constante de tensión. Olano encuentra un entorno en el que se siente valorado por su seriedad y su perfil de corredor completo, sin la sombra amarga del heredero. La ONCE que le recibe es una máquina diferente a Banesto. Menos pegada al mito, más a la hoja de cálculo. Manolo Saiz dirige una suerte de colectivo multinacional donde cada uno tiene un papel asignado con precisión: Jalabert como referencia absoluta, un grupo de españoles y extranjeros dispuestos a dejarse la piel en la contrarreloj por equipos, una forma casi obsesiva de preparar cada carrera. Olano encaja como anillo al dedo en ese guion. Comparte liderazgo en vueltas de una semana, se reparte objetivos con Jalabert, firma generales en pruebas como Burgos o la Euskal Bizikleta, suma resultados que lo mantienen arriba en las clasificaciones UCI, roza la gloria en el Giro de 2001 con un segundo puesto que confirma que su motor sigue siendo de élite. Pero el cuerpo ya no es el mismo y el ciclismo tampoco. A principios de los 2000, la velocidad de las carreras se dispara, los ritmos parecen cada vez más inhumanos, los escándalos de dopaje empiezan a salir de los habitaciones de hotel para ocupar portadas. Con el tiempo, documentos y sumarios pondrán nombre a esa época de hematocritos inflados y programas médicos discutibles. Olano no es ajeno a ese contexto, como casi nadie de su generación. Su nombre aparecerá en listas, sus resultados serán revisados bajo la luz implacable del tiempo. La zona gris en la que se movía ese deporte complica cualquier juicio sencillo. En verano de 2002, con solo 32 años pero con muchos kilómetros encima, decide que ha tenido suficiente. Anuncia que se retirará a final de temporada. Marca recoge sus palabras de despedida: quiere una vida más tranquila, menos presión, más familia. No se ve encadenando años y años de sacrificio para colgar otro top‑ten en un palmarés que ya tiene oro mundial en ruta y contrarreloj, una Vuelta, plata olímpica, un Giro rozado. La decisión sorprende a algunos, pero encaja con esa imagen que siempre proyectó: la de un corredor que no se deja arrastrar por la inercia, que mide sus esfuerzos también cuando toca bajarse de la bici. Su vida después de los dorsales sigue orbitando alrededor de dos ruedas. En Gipuzkoa, acondiciona un espacio que es mitad almacén, mitad santuario: cuadros, maillots, ruedas, recuerdos apilados con cierto caos que solo él entiende. El Diario Vasco lo retrató rodeado de esas reliquias, un hombre que, aunque ya no entrena cinco horas al día, sigue mirando cada bicicleta como si aún pudiera darle un último podio. Además, se sienta en otros asientos: el coche de director, la sala donde se diseñan recorridos para grandes vueltas, los despachos donde se dibujan perfiles de etapas sabiendo exactamente dónde un líder puede romper la carrera y dónde solo se alarga el sufrimiento sin sentido. Si se mira la saga Abarca como un árbol genealógico, la rama de Olano puede parecer incómoda. No tiene la aureola incontestable de Indurain, ni la longevidad carismática de Valverde, ni la leyenda trágica de Chava. Y, sin embargo, sin esa rama el tronco quedaría hueco. Fue el corredor que demostró que la estructura navarra podía ganar una gran vuelta apoyándose en la contrarreloj, la regularidad y la fuerza del bloque, no solo en la montaña. El que llevó el maillot del equipo a lo más alto de la Vuelta de nuevo. El primer español que se colgó el arcoíris en ruta, el que luego añadió el oro mundial contrarreloj en Valkenburg, la plata mundial, la plata olímpica en Atlanta. Un catálogo de resultados que, en frío, sostiene cualquier discusión sobre grandeza. Más allá de los números, su historia lanza algunas lecciones que en la actual Movistar aún resuenan. La más obvia: ninguna estructura, por gloriosa que haya sido, vive siempre de la misma figura. Reynolds tuvo a sus pioneros, Banesto a Indurain, Caisse d’Epargne y Movistar a corredores como Valverde o Nairo Quintana. En medio, alguien tuvo que asumir ser el primero después del dios. Olano encarnó ese papel ingrato con un éxito deportivo evidente y una convivencia tormentosa. También anticipó algo que hoy es norma: el líder moderno de una gran vuelta se parece más a él que al escalador puro de antaño. Un corredor que se defiende en todos los terrenos, que valora cada segundo en llano, que sabe que el Tour y la Vuelta se pueden decidir en una contrarreloj de treinta kilómetros tanto como en un puerto mítico. Su historia también es un aviso sobre los triángulos delicados entre líder, familia y estructura. La figura de Karmele Zubillaga como pareja y representante, las críticas en antena, la famosa frase reclamando disculpas, el ambiente casi fúnebre en un autobús campeón… todo eso anticipa conflictos que años después Movistar reviviría, ya con redes sociales, documentales y cámaras en todos los pasillos. La gestión de egos, la necesidad de marcar límites claros, la tentación de discutir puertas adentro lo que otros prefieren ventilar fuera siguen ahí, con otros protagonistas y otros patrocinadores, pero con una raíz muy parecida. Quizá por eso, cuando hoy se observa al equipo azul debatirse entre varios líderes, decidir quién va al Tour, quién a la Vuelta, lidiar con cámaras que registran cada gesto en el autobús, hay un eco lejano de aquel 1998 de silencios después de la fiesta. Entre Reynolds e Indurain, entre Valverde y los talentos de ahora, en alguna carpeta de la memoria del equipo aparece necesariamente el nombre de Abraham Olano, campeón brillante y figura incómoda a la vez. Al final, su legado se construye sobre esa paradoja. Ganó casi todo lo que un corredor como él podía aspirar a ganar. Cambió la relación de España con los Mundiales, devolvió a la estructura de Abarca una gran vuelta, mostró el camino del líder total que ya no vive solo de la montaña. Pero cuando se pronuncia su nombre frente a una vieja etapa en la tele, en la barra de un bar o en el pasillo de un autobús, no solo se enumeran victorias: también afloran discusiones, medias sonrisas, silencios incómodos. Ser el siguiente de Indurain nunca fue un premio; fue un examen sin final. Olano lo aprobó en la clasificación general, pero el precio quedó inscrito para siempre en esos silencios de autobús que aún se escuchan, cada vez que el maillot azul busca heredero.