INTRODUCCIÓN: UN EQUIPO, DOS CAMISETAS AMARILLAS Y UNA ERA En el ciclismo moderno casi todo cambia de nombre: los patrocinadores se van, los maillots se redi...
Los Tours ganados por el equipo: de Delgado a Indurain El ruido de los cubiertos contra los platos se apagaba de golpe cuando la realización cruzaba al helicóptero. En la pantalla del salón aparecía una serpiente de colores trepando por un puerto imposible y, en algún punto de ese enjambre, un maillot azul con letras de banco tiraba del grupo como si el resto llevara freno de mano. Era julio, hacía calor, las persianas medio echadas, y en muchas casas españolas la vida diaria quedaba en suspenso porque Pedro Delgado atacaba o Miguel Indurain acababa de ponerse en posición en la contrarreloj. Para una generación entera, la infancia y la adolescencia huelen a crema solar, a siesta interrumpida y a la voz de los narradores de TVE narrando las tardes del Tour de Francia.
En esas imágenes se veían montañas francesas, coches rojos de dirección, motos de fotógrafos, pero detrás había algo mucho más doméstico: un equipo que salía de Navarra, casi de la puerta de casa, y que se atrevía a mandar en la carrera más grande del año. A unas horas de Pamplona, en un polígono industrial cualquiera, un autobús azul aparcaba cada mañana con la misma liturgia: mecánicos que despliegan caballetes, directores deportivos que se encierran con sus papeles, ciclistas que entran y salen con la calma nerviosa del que se juega la temporada. Lo que cambiaba era la pegatina de la carrocería, el nombre del patrocinador: Reynolds, Banesto, iBanesto, Caisse d’Epargne, Movistar. La columna vertebral, la que sostenía aquellos veranos, era siempre la misma estructura de Abarca Sports, una combinación muy navarra de paciencia, obsesión por las grandes vueltas y un punto de tozudez que no figura en ningún manual de entrenamiento.
Antes de que ese autobús se llenara de cámaras y de jerseys amarillos colgados del perchero, fue una furgoneta modesta con el logo de una empresa de aluminio. A principios de los ochenta, el equipo Reynolds aparece en las inscripciones como proyecto de provincias, con jóvenes talentos de la zona y un presupuesto que obligaba a medir cada desplazamiento. En el asiento delantero iba José Miguel Echávarri, director meticuloso, y a su lado empezaba a mandar un tal Eusebio Unzué, que todavía no sabía que su nombre quedaría vinculado durante décadas a ese esqueleto deportivo. En un pelotón dominado por escuadras italianas, belgas y francesas, aquello sonaba casi a exotismo: un equipo nacido en Navarra que se presentaba en profesionales con la mirada puesta en las grandes vueltas, sin prisa, sin estridencias.
El Tour, al principio, era una excursión lejana. Un premio a la constancia: se ganaban etapas sueltas, se enseñaba el maillot en fugas, se aprendía a convivir con los grandes. La furgoneta aparcaba en los márgenes, cerca de los camiones de las estructuras míticas, como quien aún no se cree del todo que tenga derecho a sentarse en la mesa principal. El carácter del equipo se forja ahí: orden, pocos discursos grandilocuentes y una obsesión por entender cómo se corre una carrera de tres semanas, con sus trampas y sus días grises.
Cuando aparece Banesto en el maillot, a finales de los ochenta, lo que llega es dinero y estabilidad, pero no una refundación. Más que un nuevo proyecto, es como si a la furgoneta le cambiaran la pintura y le añadieran un par de estrellas en el techo. El patrocinio del banco permite fichar mejor, planificar a largo plazo, presentarse en el Tour con más medios. Echávarri y Unzué siguen al mando, la oficina en Navarra continúa siendo el centro de operaciones, las concentraciones se preparan igual.
Por el maillot pasarán después otros logos —iBanesto.com, Illes Balears, Caisse d’Epargne, Movistar—, pero la forma de entender el oficio se mantiene. Esa continuidad explica que los triunfos de Pedro Delgado y, un poco después, de Miguel Indurain no sean fogonazos aislados, sino capítulos consecutivos de una misma novela. El primer gran giro de guion lo firma un segoviano que habla rápido, gesticula mucho y parece pasarlo tan bien como sufrir sobre la bicicleta. Pedro Delgado llega al equipo navarro tras sus etapas en Kas y Seat-Orbea, con fama de escalador valiente y cierto gusto por el lío.
En 1985 ya ha sido capaz de ganar la Vuelta a España, lo que le coloca el foco sobre los hombros y lo convierte en candidato permanente cada mes de julio. Para la estructura navarra, Perico es algo más que un líder: es la prueba viviente de que su proyecto puede conducir a las alturas sin necesidad de emigrar. El Tour de 1987 le enseña la cara más cruel de la carrera. El de 1988, en cambio, se convierte en un relato de redención lleno de matices.
El recorrido es duro, la lista de rivales apabulla, y alrededor de Delgado siempre hay un punto de caos que suma tensión al guion: despistes, controles, nervios. Aun así, cuando la carrera entra en la alta montaña, su instinto atacante y la disciplina del equipo sostienen el amarillo. Cada día es una especie de examen de resistencia, tanto física como mental. En España, muchas sobremesas se empiezan a organizar alrededor de sus ataques; el ruido de los bares baja cuando la televisión se llena de nieve al paso del Tour por Alpe d’Huez.
Para Reynolds, ya teñido de Banesto, aquel 1988 es una especie de revolución copernicana. De repente, el Tour deja de ser el lugar donde se va a tantear el terreno para convertirse en un objetivo nítido. El equipo viaja a Francia sabiendo que puede ganar la carrera. Los navarros descubren que sus métodos funcionan en la prueba más exigente, que eso que se ensayaba en la Vuelta y en las carreras de una semana puede sostener también tres semanas de presión internacional.
En paralelo, casi sin que nadie le preste demasiada atención fuera del entorno, un joven de Villava aprende en el mejor aula posible cómo se vive desde dentro el liderazgo en una grande. Miguel Indurain se ha subido al barco en 1984, con apenas veinte años, un palmarés de promesa sólida en aficionados y una biografía que huele a barro, lluvia y caminos de pueblo. En la Fundación que lleva su nombre recuerdan aquellas primeras carreras en la zona, los viajes en coche familiar para correr en Francia, la precocidad con la que se vio que había un motor diferente escondido en aquel cuerpo desgarbado. Sus primeros Tours, sin embargo, parecen dar la razón a los que miran solo la estatura: el gigantón navarro trabaja para otros, sufre en los puertos largos y brilla sobre todo cuando el recorrido se pone llano y aparece el cronómetro.
El archivo de resultados muestra, sin embargo, una transformación silenciosa. Poco a poco, ese rodador de manual empieza a entrar en escena en lugares que no encajan con el tópico. Gana en Cauterets, aguanta con los mejores en Luz Ardiden, se exhibe en la alta montaña trabajando a destajo para Delgado. En la subida a Alpe d’Huez de 1990, muchos tuvieron la sensación de que el gregario llevaba las manos en el cuello de su jefe de filas, reteniendo fuerzas que todavía no se le permitía desplegar del todo.
El discurso oficial insistía en que Miguel estaba allí para tirar de Perico en los tramos decisivos. El subconsciente del equipo, y de buena parte del pelotón, empezaba a hacerse otra pregunta: hasta cuándo se podría mantener esa jerarquía sin traicionar lo que se veía en la carretera. Indurain ha contado alguna vez que su progreso en la montaña le sorprendió a él mismo. No tenía el cambio de ritmo de los escaladores puros, ese punto teatral que convierte cada arrancada en una declaración de guerra.
Lo suyo era otra cosa: un tempo sostenido, una forma de contar las pedaladas como si fueran segundos de un reloj, sin grandes oscilaciones. Desde el coche de equipo, los directores veían números que no cuadraban con los prejuicios morfológicos. A esa mezcla de resistencia en los puertos largos y excelencia en contrarreloj se le pondría después un nombre rimbombante —escalador contrarrelojista— en estudios que citaban a Indurain junto a Lance Armstrong o Alberto Contador como ejemplos de una nueva categoría de corredor. El Tour de 1991 cristaliza toda esa acumulación de indicios.
Banesto llega con un plan continuista: Delgado como jefe de filas, Indurain como guardaespaldas de lujo. Nada parece anunciar una revolución, hasta que la carrera se topa con la primera gran contrarreloj, setenta y tres kilómetros de esfuerzo solitario que hoy sonarían a barbaridad. Miguel sale concentrado, casi hermético. Kilómetro a kilómetro, va doblando rivales, recortando tiempo al defensor del título, Greg LeMond, y construyendo una ventaja que la dirección del equipo escucha por radio con una mezcla de incredulidad y vértigo.
Al final del día, el navarro se ha colocado en una posición que obliga a reescribir los papeles. El verdadero punto de no retorno, sin embargo, llega en la etapa que termina en Val Louron, con salida en Jaca y Tourmalet de por medio. El día anterior, una escapada con Leblanc, Mottet y Richard ha colocado a Banesto contra las cuerdas, acusado de contemporizar demasiado. La jornada amanece tensa.
En las primeras rampas del gran puerto, Claudio Chiapucci lanza un ataque lejano, de esos que hoy se verían una vez cada década. En condiciones normales, el manual diría que el gregario se queda con el líder para dosificar la desventaja. Indurain hace lo contrario: se lanza en el descenso a la caza del italiano, lo alcanza y se le pega a la rueda como una sombra silenciosa. El resto del día se resume en esa imagen: Chiapucci atacando, gesticulando, buscando aliados imaginarios; Miguel a su rueda, impasible, dejando que el ruido lo ponga otro.
Coronarán juntos el último puerto, el italiano se llevará la etapa y pensará, ya con la medalla en el cuello, que recuperar el maillot amarillo en las jornadas posteriores será cuestión de tiempo. El tiempo dirá otra cosa. En Val Louron, el navarro se viste de amarillo por primera vez y dentro del autobús no queda nadie que dude de que el líder del Tour se llama ahora Indurain. En España, el eco tarda unos segundos en llegar, pero cuando la señal alcanza los salones y los bares hay una sensación extraña de vértigo: la puerta que abrió Delgado de un golpe de genio la va a atravesar alguien que parece hecho para quedarse.
Lo que sigue entre 1991 y 1995 se parece a una serie de televisión con cinco temporadas y un protagonista que gana siempre, pero nunca del mismo modo. Hay capítulos que arrancan con prólogos explosivos, otros que se deciden en cronos largas de más de cincuenta kilómetros, alguno en el que la montaña se pone caprichosa y obliga al equipo a exprimirse por encima del guion. Para el espectador, el patrón es claro: en cuanto aparece el reloj, Miguel no perdona; cuando llega la alta montaña, el Banesto pone un ritmo asfixiante, elimina amenazas una a una y permite al líder moverse solo cuando la situación lo exige. No hay ataques teatrales, ni gestos de cara a la galería.
Todo parece controlado, casi frío. En 1992, la carrera ofrece un guiño sentimental que la memoria guarda con especial cariño. El prólogo se disputa en San Sebastián, prácticamente en casa del campeón, que llega vestido de amarillo como ganador vigente. Las calles, abarrotadas, empujan al navarro en cada curva.
Gana la etapa, se pone al frente de la general desde el primer día y, semanas después, celebrará en París un doblete que asusta: Giro y Tour en la misma temporada. La web oficial del Tour recordaría años más tarde aquella jornada en Donosti como uno de esos momentos en los que se forjan las leyendas, cuando un corredor corre en su propia tierra y no falla. Las ediciones de 1993, 1994 y 1995 siguen el mismo hilo con variaciones menores. Aparecen rivales nuevos, jóvenes dispuestos a desafiar la jerarquía, ataques más lejanos en los puertos, un pelotón que busca fisuras en un dominio que desespera a muchos directores.
El cronómetro, sin embargo, siempre acaba devolviendo al navarro al centro del tablero. El palmarés de esos años incluye triunfos en vueltas de una semana y en contrarrelojes míticas que consolidan su aura de corredor casi invencible cuando hay un reloj de por medio. Hay días de apuros —alguna pájara mal disimulada, desfallecimientos humanos— que la televisión capta con precisión, pero el equipo los gestiona con una serenidad que parece heredada directamente de los ensayos de aquellos primeros Reynolds en carreras menores. En una entrevista emitida por TVE con motivo del vigésimo quinto aniversario del quinto Tour, Indurain eligió la primera victoria como la más especial.
Lo decía sin nostalgia impostada, con esa timidez que le acompaña siempre. Aseguraba que la montaña fue su gran rival, el terreno donde se sentía más vulnerable, pese a que las imágenes lo mostraran muchas veces dominando a ritmo fijo. Esa confesión dice mucho del corredor y del equipo: detrás de la apariencia de control absoluto había siempre una conciencia clara de los límites, un temor constante a que la carrera, caprichosa, decidiera ponerlos en evidencia. La hegemonía de Banesto en aquellos Tours se sostiene sobre un talento extraordinario, pero también sobre un método.
Años después, muchos han descrito ese periodo como una especie de laboratorio Abarca en el que se experimentaba con todo lo que estaba al alcance. Calendarios recortados para llegar fresco a julio, concentraciones en altura cuando no eran aún un estándar, reconocimientos meticulosos de las contrarrelojes, trabajo específico en aerodinámica que convertía cada detalle de la postura en un asunto de Estado. Todo el equipo se educaba en una cultura del sacrificio silencioso: gregarios que asumían que su gloria consistía en desaparecer en la televisión mientras marcaban el paso y directores que preferían una decisión segura a una genialidad improvisada. Esa imagen de laboratorio tiene, inevitablemente, otra cara.
Los primeros años noventa coinciden con la irrupción de métodos de dopaje que disparan las velocidades medias y alteran los límites biológicos conocidos. El ciclismo entrará en una crisis profunda a finales de la década, cuando los escándalos salgan a la luz y salpiquen a casi todas las grandes estructuras. El equipo navarro no fue ajeno a las sospechas que sobrevolaban la profesión, aunque la figura de Indurain nunca recibió una sanción. Hoy, al mirar aquellas victorias, el aficionado está obligado a sostener dos ideas a la vez: el mérito colosal de un corredor irrepetible y de un proyecto construido con paciencia, y el conocimiento de que la partida se jugaba en un escenario biológico que, tratado con ojos actuales, resulta difícil de aceptar.
Mientras todo eso sucedía en las carreteras francesas, en España se estaba escribiendo otra historia, menos épica pero igual de profunda. El Tour se convirtió en un ritual doméstico. Las tardes de julio quedaron asociadas a la sintonía de la retransmisión, a los paisajes del Macizo Central o los Pirineos vistos desde un helicóptero y a la sensación de que un navarro alto, serio y parco en palabras representaba algo más que sus propias piernas. Los documentales producidos años después por la televisión pública muestran imágenes de plazas vacías a la hora de las etapas clave, bares repletos, grupos de chavales imitando en las cuestas del barrio la cadencia pesada de Indurain.
Ese impacto se tradujo en bicicletas compradas a plazos, en clubes ciclistas que multiplicaron sus fichas, en padres que apuntaban a sus hijos a las escuelas de la zona convencidos de que, quizá, el próximo Miguel podía salir del pueblo de al lado. El Gobierno de Navarra impulsó la Fundación Miguel Induráin para canalizar ese legado hacia el deporte de base, no solo ciclista, y la idea de que el Tour podía ser un territorio propio caló de una forma que cuesta explicar a quienes no vivieron aquellos veranos. Pero ninguna era dura para siempre. En 1996, la imagen del campeón sufriendo y descolgándose en un Tour que pasa por Pamplona tiene algo de símbolo.
Se ve al ídolo humano, sudando más de la cuenta, incapaz de sostener una hegemonía que llevaba años imponiendo un peaje invisible. Pocas semanas después, su retirada cierra un ciclo con la misma discreción con la que lo había abierto. El equipo queda de pronto frente a un espejo incómodo: ¿qué es Banesto sin Indurain?, ¿qué significa el autobús azul cuando no hay un favorito inapelable sentado en la primera fila? La respuesta, a base de años, fue la continuidad.
Los patrocinadores cambiaron otra vez, la palabra Banesto dejó paso a otras marcas, y el ciclismo atravesó el huracán del caso Festina y todos los terremotos posteriores. La estructura navarra, sin embargo, siguió ahí, adaptándose. Ya con otros nombres en el maillot —Illes Balears, Caisse d’Epargne, Movistar—, el equipo volvió a asomarse al podio de París. Óscar Pereiro heredó el Tour de 2006 tras la descalificación de Floyd Landis, Alejandro Valverde merodeó los puestos nobles de la general como una amenaza permanente, Nairo Quintana encadenó segundos puestos y completó victorias en Giro y Vuelta que reforzaron la idea de que la tradición de grandes vueltómanos seguía viva.
Aun así, la sombra de los Tours de Indurain ha sido una compañía constante. Ningún líder posterior ha conseguido reproducir aquella sensación de control casi absoluto, aquella tiranía tranquila que convertía la carrera en un ejercicio de relojería. El ciclismo cambió: se globalizó, las estructuras con presupuestos astronómicos multiplicaron los recursos, el control del dopaje se endureció, las etapas se hicieron más imprevisibles, con ataques desde lejos y jóvenes sin miedo al desgaste. En ese escenario, el modelo de dominio de los noventa parece un fósil precioso, difícil de replicar.
Cada vez que un corredor se sube al autobús azul de Movistar como jefe de filas para el Tour sabe que, en algún momento, alguien pronunciará el nombre de Miguel en una reunión o en una entrevista. Mirar ahora los Tours ganados por el equipo, desde Delgado a Indurain, deja algunas enseñanzas que van más allá de la nostalgia. Una, quizá la más evidente, habla del valor de los proyectos de largo recorrido. Sin la paciencia de aquella estructura navarra, sin la continuidad de unos directores y una forma de hacer las cosas, es difícil imaginar que un escalador tan particular como Perico encontrara el entorno adecuado para ganar en 1988, o que un talento todavía por pulir como el de Indurain pudiera crecer durante años a la sombra hasta estar preparado para asumir el mando sin prisas, sin quemarse.
Otra enseñanza tiene que ver con la capacidad de un equipo para cambiar de jerarquía cuando los hechos lo exigen. En 1991, la apuesta por Miguel, en plena carrera, implicaba mirar a los ojos a un campeón del Tour como Delgado y decirle que el guion había cambiado. No es un gesto sencillo en un deporte atravesado por egos y por códigos de lealtad no escritos. Aquel movimiento, sin embargo, abrió una etapa irrepetible.
Unzué y los suyos han contado a menudo que no se trataba de traicionar a nadie, sino de escuchar a la carretera. Pocas organizaciones, en el deporte que sea, lo consiguen con esa frialdad. Existe también una advertencia en esa historia. Construir toda una identidad alrededor de un solo corredor y de un estilo de correr basado en el control absoluto funciona mientras las piezas encajan.
Cuando el campeón se va, o cuando el deporte entero gira hacia otra forma de competir, el traje queda de repente grande y hay que aprender a vestirse de nuevo. Movistar ha afrontado ese aprendizaje en la última década, obligada a reinventarse tras la marcha de Nairo, el ocaso competitivo de Valverde y la irrupción de nuevos monstruos como Tadej Pogacar o Jonas Vingegaard, capaces de dinamitar las carreras de formas que habrían resultado inverosímiles en los noventa. Y, sin embargo, algo permanece. Si uno se acerca hoy a la salida de una etapa del Tour y se planta junto al autobús azul, verá ciclistas jóvenes con el escudo de Movistar en el pecho revisando por enésima vez el recorrido en las pantallas, directores navarros moviendo mapas y perfiles con la misma mezcla de método y superstición de hace treinta años, mecánicos que colocan la bici del líder con un cuidado casi religioso.
Quizá, en alguna curva perdida de los Pirineos o los Alpes, haya un chaval apoyado en la valla, con una gorra patrocinada y una bici barata esperándole en casa, soñando con salir algún día en esa pantalla que interrumpe las sobremesas. Cuando el helicóptero se aleja y devuelve la señal a la meta, la imagen final suele ser la misma: una recta que se estrecha, un corredor que mira un segundo el reloj del podio y levanta los brazos con una mezcla de alivio y de incredulidad. Desde Delgado a Indurain, pasando por todos los que han llevado ese maillot azul por las carreteras del Tour, hay un hilo que une aquellos veranos de salón en penumbra con el presente. El día que otro ciclista del equipo vuelva a París de amarillo, muchos sentirán que no solo se cierra un círculo, sino que el autobús que sale cada año de Navarra ha encontrado, por fin, la forma de regresar al lugar donde aprendió a mandar.