Introducción: un tridente que chispea Siéntate y pide lo que quieras, que esta historia la hemos discutido mil veces apoyados en la barra.
El viejo televisor del bar parpadea mientras en la esquina derecha de la pantalla asoman, en fila de a uno, tres maillots azul oscuro sobre el asfalto gris. Es julio, huele a tortilla recalentada y a cerveza derramada, y alguien levanta la voz justo cuando el plano se abre y se adivinan los perfiles de Mikel Landa, Nairo Quintana y Alejandro Valverde en mitad del grupo. “Con estos tres juntos no se puede fallar”, sentencia un parroquiano, más por inercia que por convicción. Otro, apoyado en la tragaperras, ni siquiera mira la tele: “Ya verás cómo se lían.
Siempre se lían”. La discusión lleva años repitiéndose, como si aquel Movistar de tres cabezas hubiera quedado atrapado en un eterno directo, congelado en la memoria colectiva del aficionado. Porque la polémica del doble liderazgo —o triple, según la etapa del Tour que uno quiera revivir— no va solo de quién atacó tarde o de quién esperó poco. Es la historia de una casa, la de Abarca Sports, educada durante décadas en el culto al jefe único, obligada de pronto a improvisar un manual nuevo en plena era de los equipos-empresa, de los presupuestos astronómicos y del control milimétrico del Tour que consagró a Sky primero y a INEOS después.
Un choque generacional entre una forma de entender el ciclismo construida a fuego lento en Navarra y la tentación moderna de acumular estrellas como quien reúne cromos brillantes. Para entender por qué aquel experimento con Landa, Quintana y Valverde acabó más cerca del drama de vestuario que de la foto triunfal en los Campos Elíseos, hay que echar la vista atrás hasta los tiempos en que el nombre del patrocinador cambiaba, pero el método no. Reynolds, Banesto, iBanesto, Caisse d’Epargne, Movistar: distintos colores, misma raíz. Eusebio Unzué y su entorno levantaron una estructura basada en una idea sencilla y casi militar: un líder, un bloque, una cadena de mando sin dobleces.
Primero fue Pedro Delgado, después Miguel Indurain, con aquel tren imperturbable que subía los puertos como si escuchara un metrónomo en lugar de los gritos del público. El jefe se elegía en invierno y el resto sabía a quién debía servir cuando llegaba julio. Alejandro Valverde creció dentro de esa cultura. Cuando el patrocinio ya llevaba el logo de Movistar, él era el hombre capaz de ganar en febrero en Andalucía, en abril en las Ardenas y en septiembre en una Vuelta, sin que nadie se preguntara demasiado por el coste de esa omnipresencia.
El equipo giraba alrededor de su polivalencia y él devolvía la confianza con podios, victorias parciales y una capacidad casi sobrenatural para salvar días malos. En la crónica que el propio Movistar publicó tras su asalto al podio de París-Niza en 2012, con aquel final en el col d’Eze frente a Wiggins, se percibía la satisfacción de una estructura que veía confirmada su fe en el líder claro, arropado por un bloque dispuesto a vaciarse para que uno solo se jugara el todo por el todo. Ese modelo funcionó hasta que el ciclismo cambió de escala. Llegaron los presupuestos de club de fútbol, los rodillos convertidos en laboratorio, las concentraciones en altura convertidas en norma y, sobre todo, un equipo británico que convirtió la preparación del Tour en una especie de ingeniería aplicada.
Sky construyó su hegemonía con un líder fortísimo rodeado de otros potenciales jefes capaces de ganar una grande… y dispuestos, al menos en teoría, a renunciar a ello en nombre de un plan superior. En ese contexto, la vieja casa navarra tuvo que hacerse una pregunta incómoda: ¿basta con un solo gallo cuando el rival puede permitirse tres? Justo entonces apareció, casi de puntillas, un chico menudo de Boyacá que subía los puertos como si la gravedad fuera un rumor. Nairo Quintana sólo necesitó un par de veranos para pasar de promesa silenciosa a heredero de pleno derecho.
Muy joven se subió al segundo escalón del podio del Tour, conquistó el Giro, ganó la Vuelta. Allí donde la carretera se empinaba a partir del siete por ciento, su figura encogida detrás del manillar dibujaba la esperanza de que España —a través de un colombiano— volviera a soñar en serio con romper el poder británico en París. La estructura se moldeó a su alrededor con rapidez. Los calendarios se diseñaron con él como eje, las concentraciones buscaban la altura que mejor le sentaba, se ficharon gregarios específicos para la montaña.
Valverde, hombre de costumbres ofensivas, aceptó un rol singular: estrella de enero a junio, escudero de lujo en julio. Se trataba de proteger al nuevo jefe frente al rodillo de Sky, de acumular gregarios en las rampas finales para que Nairo tuviera el margen de maniobra que tantas veces se echó de menos frente a Froome. Quintana respondió con resultados y una frialdad que movilizaba tanto la admiración como la impaciencia del aficionado. Ganaba, sí, pero casi siempre midiendo cada esfuerzo, guardando hasta el último metro, confiando en que el desgaste haría el trabajo sucio.
Cuando decidió apostar por el doblete Giro-Tour en 2017, el equipo se lanzó con él a ese salto en la oscuridad. Italia salió aceptablemente bien, Francia fue un pequeño naufragio: llegó a julio con el depósito medio vacío, nunca hubo sensación de control, los ataques brillaron por su ausencia y el podio del Tour quedó lejos. Tras aquella temporada, el propio Quintana habló de errores de planificación, de cargas mal calculadas, de una ilusión quizá adelantada a su tiempo. Pero en paralelo insistió, en entrevistas recogidas por medios especializados, en su compromiso con la estructura: recordaba que la escuadra navarra era su casa desde 2012, que tenía contrato hasta 2019, que se sentía arropado.
Ese discurso de pertenencia reforzaba la idea de que el futuro del equipo pasaba por su figura, incluso cuando el presente empezaba a llenarse de dudas y de segundos puestos. Fue entonces cuando apareció, del otro lado del tablero, un personaje que parecía hecho a propósito para encender cualquier tertulia: Mikel Landa. Alto para escalador, gesto orgulloso, ataques largos que olían a ciclismo de otra época. Venía de incendiar el Giro con Astana y de rozar el podio del Tour trabajando para Froome en Sky, con aquella contrarreloj final en Marsella en la que se quedó a un suspiro de subirse al cajón.
De ahí nació el grito medio irónico medio reivindicativo que llenó las redes: freelanda, el líder encadenado que pedía libertad. Landa firmó por Movistar buscando justamente aquello que no había tenido en su etapa anterior: menos obligaciones de gregario de lujo, más margen para equivocarse por cuenta propia, la posibilidad de correr un Tour con su nombre subrayado en el autobús. Desde el despacho, Unzué vendió el fichaje como un movimiento estratégico de presente y de futuro. Insistió en que el alavés llegaba en la edad perfecta para ganar una grande, que podía ser la bandera de la nueva etapa del proyecto, y los medios amplificaron ese relato mientras se preguntaban, con cierta malicia, qué pasaría en la montaña cuando hubiera que decidir a quién se le abría la carretera.
La foto, en realidad, era bastante menos limpia. Cuando Landa se presentó al primer encuentro de pretemporada, se encontró con un equipo con nombre propio en la sala de máquinas —Quintana— y con un tótem que atravesaba cualquier jerarquía, Valverde. Su papel no iba a ser el del salvador que aterriza en un vestuario desierto, sino el de una pieza valiosa insertada en un puzzle que ya llevaba años armado. En ese contexto, la promesa de libertad absoluta sonaba tan atractiva como complicada.
Para desactivar suspicacias, el equipo decidió abrir la concentración de diciembre en Egüés, muy cerca de Pamplona. Allí, entre salidas en grupo, charlas técnicas y sesiones de gimnasio, se celebró la ya tradicional cena de disfraces. Landa apareció vestido de preso, con un cartel de freelanda colgando del pecho y unas esposas que lo unían a Quintana mientras los dos bailaban entre risas. Alguien del staff grabó la escena, el vídeo voló de móvil en móvil y acabó recogido por la prensa especializada como metáfora de un ambiente distendido.
Landa, el encarcelado, convertía la broma en guiño; Nairo, el heredero, sonreía al lado. Sobre el escenario improvisado parecía que la pipa de la paz estaba encendida. En las entrevistas de esos días, Quintana recitó un mensaje de compañerismo: Landa no era un rival, sino un aliado; su llegada aumentaba la capacidad de atacar a los grandes bloques; la carretera pondría a cada uno en su sitio. Reconocía de nuevo que el intento de doblete había sido excesivo y prometía un calendario más racional, con menos desgaste antes del Tour.
Landa, hablaba de aterrizaje suave, de un grupo acogedor, de que quizá el primer año no podría hacer todo lo que querría, pero de que a largo plazo el movimiento era el correcto. La foto oficial era amable, casi idílica. Mientras tanto, desde el coche, Unzué repetía la idea de que tener tres líderes no era un problema, sino un privilegio. Explicaba que la temporada era larga, que había grandes vueltas y clásicas para todos, que el verdadero reto estaría en encajar calendarios y objetivos sin que nadie se sintiera desplazado.
Sobre el papel, sonaba a abundancia. En la práctica, encerraba un riesgo silencioso: ¿qué ocurriría cuando, en pleno julio, el espacio se estrechara y sólo hubiera una rueda buena a la que seguir? La primera imagen potente del nuevo proyecto llegó en primavera de 2018, sobre el empedrado del norte de Francia. El Tour incluía una novena etapa entre Arras y Roubaix, con quince tramos de pavé y aroma de emboscada monumental.
Movistar decidió no improvisar y desplazó hasta allí a sus tres jefes —Valverde, Quintana y Landa— acompañados de especialistas de la casa en carreteras rugosas como Erviti o Soler. Había que aprender la geografía de los baches, las entradas en cada sector, las trazadas menos letales. Desde el coche, José Luis Arrieta explicaba a los periodistas que cualquier día en el Tour puede arruinar un año, pero que una jornada así podía tumbar a un candidato en cuestión de segundos por un pinchazo o una montonera. El mensaje implícito era claro: si la apuesta iba a ser un doble liderazgo en la general, el azar había que reducirlo al mínimo.
La estampa de los tres jefes rodando juntos sobre los adoquines, absorbidos por el traqueteo, quedó grabada en la retina. Escenificaba un esfuerzo serio por proteger a todos, pero también anticipaba una evidencia: la carretera es estrecha, las piedras no distinguen entre jerarquías y a veces el espacio no alcanza. El Tour de 2018 terminó como un examen aprobado a medias. Quintana firmó una jornada magnífica en los Pirineos, el equipo se llevó la clasificación por escuadras, hubo presencia constante en las fugas.
Pero el podio individual se escapó y la sensación general fue la de que la suma de talentos no se había traducido en un plan incontestable. Demasiados momentos en los que los movimientos parecían más fruto de la inercia que de una estrategia fría. El experimento se salvaba en las estadísticas, no tanto en la narrativa. El curso siguiente, el Tour de 2019 se presentó casi como una última oportunidad de demostrar que el modelo podía funcionar.
En Bruselas, la única escuadra española de la carrera reunió frente a los micrófonos a Quintana, Landa, Valverde y Unzué. Nairo habló de los reconocimientos que había hecho en los Alpes, de puertos nuevos para él que había ido a explorar después del Dauphiné, de su confianza en un bloque fuerte “en todos los terrenos” y de una altitud que ya no era sólo patrimonio de los colombianos, porque todo el pelotón entrenaba allí. Landa llegó desde el Giro con buenas sensaciones y sin competición intermedia. Reconocía que los primeros días le costaría encontrar ritmo, pero se mostraba tranquilo con su recuperación.
Valverde, con el arco iris en el maillot, se presentó un punto más delgado y quitó hierro a los comentarios sobre su peso: venía —insistía— sin la presión del amarillo, centrado en ayudar a los otros dos. Cuando alguien preguntó cuántos líderes tenía Movistar en ese Tour, Unzué respondió con estadísticas. Enumeró los podios de Quintana en grandes vueltas, los resultados de Landa, la vigencia competitiva de Valverde, y remató la idea con una frase que quedaría flotando durante toda la carrera: tenían dos líderes incuestionables para la general, respaldados por la experiencia del murciano. Añadió que la edición parecía más abierta, sin Froome en la salida, casi como un rebaño sin pastor, y sugirió que habría oportunidades para quien se atreviera a correr con ambición.
La teoría del doble liderazgo era seductora, casi didáctica. Con dos escaladores de primer nivel, se podían imaginar jugadas complejas: lanzar a uno por delante desde lejos para obligar a otros equipos a desgastarse mientras el otro aguardaba al último puerto, repartir el calendario de grandes vueltas para que cada uno tuviera su terreno, dejar a Valverde libertad relativa para buscar etapas, maillots secundarios o incluso la general cuando el guion lo permitiera. Quintana lo había expresado así meses antes: la presencia de otro jefe fuerte permitiría carreras más agresivas, más presión sobre los bloques dominantes, menos dependencia de un único plan. Había además una ventaja que sonaba casi matemática: la redundancia.
Si uno de los líderes sufría una caída o perdía tiempo en una emboscada, quedaba la otra carta. En jornadas como la del pavé de 2018, esa idea resultaba reconfortante. Y para un patrocinador como Movistar, la ecuación era irresistible: más figuras significan más minutos de televisión, más camisetas en las tiendas, más escaparates internacionales. Pero donde las tablas tácticas dibujan soluciones claras, el ser humano introduce matices difíciles de cuantificar.
El primer problema se llama ego. Pedirle a un ciclista que lleva todo el invierno imaginándose con posibilidades de subir al podio del Tour que, llegado julio, acepte vaciarse por otro porque la carretera lo ha decidido así, requiere algo más que una charla en la concentración. El segundo se llama comunicación. Para que el sistema funcione, el director deportivo necesita información precisa en tiempo real, y los corredores deben aceptar que la orden que llega desde el coche no es una traición personal, sino parte de un plan mayor.
En la práctica, lo que vio el aficionado en aquellas dos ediciones fueron escenas que alimentaron la polémica. Etapas de montaña en las que los ataques de Landa y Quintana parecían alternarse sin demasiada coordinación, momentos en que uno miraba hacia atrás buscando al otro sin terminar de decidir si tirar o esperar, días en los que Valverde se multiplicaba como escudero sin que quedara del todo claro quién era realmente el protegido. En 2019, las dudas se repitieron: movimientos a desmano, sensaciones de reacción tardía, decisiones que, desde el sofá, parecían fruto de la improvisación. Años más tarde, el documental que el equipo permitió rodar, El día menos pensado, puso sonido y rostro a muchos de esos instantes.
Reuniones tensas en el autobús, ciclistas que verbalizaban la sensación de no sentirse del todo respaldados, directores tratando de equilibrar expectativas sobre la marcha, frases que, aisladas, parecían dinamita pero que, en conjunto, dibujaban un retrato más humano: el de un grupo que buscaba la fórmula mientras disputaba carreras de máximo nivel. Entre todas esas voces, la de Valverde funcionó como una especie de termómetro interno. Veterano, carismático, con ascendiente indiscutible en la plantilla, aceptó un rol que a muchos les hubiera costado digerir: en julio, era más capataz que aspirante al amarillo. Bajaba puertos peligrosos marcando la trazada, colocaba a sus líderes en abanicos traicioneros, asumía el trabajo sucio cuando el viento soplaba de lado.
Al mismo tiempo, seguía siendo uno de los corredores más fuertes del pelotón, capaz de ganar casi cualquier carrera de una semana. Su presencia generaba una paradoja difícil de resolver. Por un lado, aportaba serenidad, oficio, la garantía de que, en días nerviosos, habría alguien capaz de leer la carrera a la perfección. Por otro, alimentaba inevitablemente la pregunta de barra: ¿no estaba el equipo sacrificando, en nombre de la apuesta por el doble liderazgo, la carta más fiable que tenía?
El recuerdo de aquel 2012 —París-Niza, col d’Eze, todo el equipo arropando a un Valverde que acabó en el podio pese a los contratiempos— seguía ahí, recordando que cuando la estructura se alineaba del todo con él, la cosecha era suculenta. El balance global de aquellos años de tridente azul fue ambiguo. Llegaron victorias importantes, sobre todo firmadas por Quintana, y la clasificación por equipos reforzó la imagen de bloque sólido. La marca estuvo siempre en pantalla, hubo fugas, ataques, maillots vistosos.
Pero el gran objetivo, el que justificaba correr el riesgo de juntar tres estrellas en un mismo maillot, se resistió. El podio del Tour se convirtió en un horizonte que siempre quedaba un puerto más allá. La factura humana tampoco fue menor. Landa salió de la experiencia con la sensación, confesada entre líneas, de haber vivido un nuevo capítulo de esa serie que lo acompañaba desde sus años en otros equipos: siempre un peldaño por debajo de lo que su ambición le pedía.
Quintana terminó contrato con un prestigio aún enorme, pero con la aureola de futuro ganador del Tour algo desdibujada. Valverde se quedó en casa, como capitán permanente del barco, pero no se libró de escuchar críticas sobre su peso, su influencia, su conveniencia en según qué alineaciones. Cuando Landa se marchó a Bahrain y Quintana firmó con Arkéa, el experimento se dio por cerrado de facto. Movistar giró de nuevo hacia un modelo más reconocible, con Enric Mas como referente claro en las generales y un Valverde cada vez más instalado en clave de despedida interminable.
La discusión sobre el doble liderazgo quedó encapsulada en aquellas dos temporadas, como un producto de laboratorio que no había terminado de cuajar. Donde realmente sigue vivo el caso, no obstante, es en ese bar de domingo donde la voz se eleva sobre el zumbido del viejo televisor. Cada grupo tiene su versión. Están los que señalan al coche y sostienen que faltó mano dura para designar un jefe cuando la clasificación empezaba a tomar forma.
Los que ponen el foco en Landa y sospechan que llegó con condiciones difíciles de encajar. Los que creen que Quintana se refugió demasiado en su propio círculo y perdió sintonía con la estructura. Los que piensan que Valverde fue, según el día, demasiado generoso o demasiado sumiso. Esa conversación recuerda inevitablemente a un formato que hizo historia muy lejos de Navarra: Polémica en el Bar, aquel programa de televisión argentino que, nacido como sketch en Operación Ja-Já, acabó retratando a toda una ciudad que discutía sus problemas en torno a una mesa de café.
Personajes fijos, chistes recurrentes, polémicas que regresaban semana tras semana. El programa se reinventó en distintas épocas y hasta tuvo versión uruguaya, con salidas de personajes que se convertían en asunto nacional. La comparación no es exacta, pero ayuda a entender por qué el asunto del doble liderazgo en Movistar engancha tanto tiempo después: es una serie de capítulos, con voces reconocibles, que el aficionado revisita con fidelidad casi religiosa. Más allá del chascarrillo y del meme, la historia deja lecciones de gestión que cualquier estructura deportiva haría bien en repasar con calma.
La primera es que juntar talento no basta. Hace falta establecer jerarquías claras, escenarios definidos de antemano. Acordar qué ocurre si a mitad de Tour uno está mejor que el otro, quién renuncia y con qué compensaciones futuras. La segunda tiene que ver con el relato público.
Mensajes disonantes desde dentro alimentan la percepción de caos desde fuera; cada gesto se interpreta entonces como una frase en clave, cada neutralidad como una traición. También hay un coste emocional que a veces se subestima. Mantener a dos líderes al máximo nivel todo el año implica equipos de trabajo paralelos, preparadores personalizados, entornos familiares con expectativas propias. Si la carretera no devuelve la inversión en forma de resultados contundentes, el desgaste se traduce casi siempre en salidas traumáticas, en declaraciones envenenadas, en un aire de desencanto que tarda en disiparse.
En positivo, el caso demuestra que la apuesta por varios jefes puede tener sentido, pero exige algo tan sencillo de pedir como complicado de aplicar: renuncias explícitas por parte de todos, aceptación de roles que pueden cambiar durante la carrera y una dirección capaz de decir no a tiempo, incluso al ciclista que más titulares genera. Sin esa combinación, la abundancia de talento se transforma en ruido. Al final, la polémica del doble liderazgo Landa-Quintana-Valverde queda como un espejo incómodo. Para Movistar, como recuerdo de una fase en la que quiso jugar a ser el Sky latino y se descubrió prisionero de su propia tradición.
Para otros equipos, como advertencia sobre lo que ocurre cuando las jerarquías se difuminan en pleno Tour. Y para quienes siguen la carrera con la cerveza apoyada en la barra, como un relato inagotable al que siempre se puede volver. Imagínate ahora esa misma escena del principio, pero con los años acumulados. La tele vuelve a mostrar tres maillots azules avanzando en fila en una etapa de montaña.
Alguien recuerda la etapa del pavé de 2018, otro evoca la rueda de prensa de Bruselas en 2019, un tercero saca a colación la cena de disfraces en Egüés. Nadie se pone de acuerdo, todos están convencidos de tener razón. En el fondo, quizá ahí resida la verdadera victoria de aquel experimento: mientras haya un bar en el que el Tour suene de fondo y alguien mencione los apellidos Landa, Quintana y Valverde en la misma frase, la discusión seguirá viva, girando sobre sí misma como una rotonda sin salida definitiva.