INTRODUCCIÓN Imagina un bar de carretera en Navarra, tarde de invierno, la televisión echando por enésima vez los mejores momentos del Tour del 91 y dos cicl...
La escena suele llegar sin avisar: una tarde tonta de julio, la casa medio a oscuras por el calor, el mando en la mano, un zapeo distraído que se detiene en un canal cualquiera. En la pantalla, un resumen del Tour 1992: Miguel Indurain, gesto de piedra, maillot azul y blanco de Banesto, la bicicleta alta, la cadencia pesada de quien sabe que ya ha ganado antes de salir. El realizador corta, de pronto, a una subida perdida en los Alpes italianos: Val Martello, nieve sucia en las cunetas, Nairo Quintana diminuto dentro del azul Movistar, bailando sobre la bici como si el frío fuera cosa de otros. Son carreras distintas, décadas distintas, patrocinadores distintos.
Pero hay una franja común en todas las imágenes, siempre azul, siempre delante. Entonces entiendes que no estás viendo a dos ciclistas, sino a una misma estructura atravesando el tiempo. Es fácil imaginar que justo después de esa tarde alguien baja al bar de la esquina y, con la excusa de la caña, empieza la discusión inevitable. “Venga, hazme una tier list de los de Abarca”, suelta uno.
El camarero trae una servilleta, alguien saca un bolígrafo, aparecen nombres escritos a toda prisa: Indurain, Valverde, Quintana, Delgado, el Chava, Landa. Al lado de cada uno, una letra: S, A, B. Un invento nacido muy lejos de los puertos pirenaicos convertido, de repente, en herramienta para ordenar casi medio siglo de historias en azul. Las tier lists nacieron en otro tablero.
Antes de que los escaladores colombianos dominaran la televisión europea, los que discutían a gritos eran jugadores de Smash Bros. Melee, de Overwatch, de cualquier juego de lucha en el que hubiera personajes más fuertes que otros. Webs especializadas como The Daily Dot empezaron a publicar clasificaciones en filas, de la S a la D, para explicar qué héroes estaban “rotos”, cuáles se podían usar sin hacer el ridículo y cuáles se habían quedado obsoletos tras el último parche. La S tenía un origen curioso: venía de los sistemas de calificación japoneses, donde el sobresaliente no bastaba y hacía falta un escalón superior.
Tiermaker y compañía lo vendieron al gran público como superb, super o simplemente sugoi, lo asombroso. De ahí pasó a la comida rápida, al cine, a las series. Y, cómo no, al deporte. También hubo quien levantó la ceja ante tanta pasión por ordenar.
En Kotaku, por ejemplo, alguien se tomó la molestia de escribir un texto titulado con mala leche: Tier Lists Are Garbage. Venía a decir que esa manía de traducir cualquier discusión cultural a un ranking mata matices y contextos, convierte personajes complejos en muñecos de cartón con una letra estampada en el pecho. Recordaba que un héroe de videojuego no existe solo: tiene compañeros, rivales, reglas, parches; igual que un ciclista tiene equipo, época, carretera, cámara que lo agiganta o lo encoge. Y, aun así, el propio artículo asumía la derrota: seguiremos haciéndolo.
Porque ordenar, en realidad, es una excusa para contar historias otra vez. Si hay una estructura sobre la que tenga sentido jugar a eso, es la de Abarca Sports. Desde su base en Egüés, un valle tranquilo de Navarra, esta casa lleva 47 temporadas seguidas en la élite, siempre con los mismos jefes, los mismos autobuses azules aparcados en los hoteles de carretera, las mismas caras que envejecen en el volante y en los coches de dirección. Lo que cambia es el nombre en el pecho: Reynolds en los ochenta, Banesto en los noventa, Illes Balears y Caisse d’Épargne en la transición de los 2000, Movistar desde 2011, bajo el paraguas de Telefónica.
El maillot muta, el color se afina, pero la estructura se mantiene. Las cifras ayudan a entender por qué, en España, cuando alguien dice “el equipo” sin apellidos, muchos piensan en ellos. Más de mil victorias profesionales, ocho Tours de Francia, seis Giros, cinco Vueltas, once títulos mundiales, varias temporadas como mejor equipo del ranking WorldTour. Detrás de cada número hay días de viento en Castilla, cronos en Italia, sprints imposibles salvados por un gregario que nadie recuerda.
Pero, cuando se mira desde lejos, todo se condensa en esa idea sencilla: un bloque que siempre está ahí. Tomemos un año cualquiera, por ejemplo 2018. Oficialmente era la temporada número 39 de la estructura. El Movistar Team cerró el curso con 42 triunfos entre la plantilla masculina y la femenina, 27 de ellos firmados por los hombres.
Y, sin embargo, la estadística no cuenta toda la historia. Ese fue el año en que un murciano ya veterano volvió de una lesión terrorífica, se presentó en Innsbruck y se llevó el maillot arcoíris en un circuito que parecía diseñado para él. Alejandro Valverde posando con el maillot del equipo, convertido de la noche a la mañana en campeón del mundo a los 38 años, con 14 victorias ese mismo curso y el título extraoficial de ciclista más ganador en la historia de la casa: 99 éxitos bajo la batuta de Abarca al cierre de aquel año. Mientras tanto, alrededor aparecían apellidos que también pesan en la memoria: Quintana, Izagirre, Herrada.
Un mosaico que explica por qué este equipo funciona tan bien como materia prima para una tier list. Antes de poner letras, hay que decidir qué se premia. El palmarés es imposible de ignorar: grandes vueltas, monumentos, podios, maillots de líder en las tres semanas. Pero hay más cosas.
Está la regularidad, esa habilidad rara de sostener un nivel altísimo durante diez, quince años. Está el carisma, que en ciclismo se reparte entre pequeños gestos –una forma de atacar, un modo de sujetar el manillar, una celebración discreta– y frases que se quedan pegadas al aficionado. Está el impacto táctico: ese corredor que obliga a los demás a correr de otra manera. Y está el vínculo sentimental con la propia estructura: no es lo mismo el que brilla dos temporadas y se marcha que el que pasa media vida subiéndose al mismo autobús, aceptando roles que cambian, envejeciendo con la misma gente.
En el caso Abarca hay otra capa que no se puede borrar por completo. La historia del equipo atraviesa las décadas más turbas del dopaje en el ciclismo. Las bases de datos especializadas recogen 31 casos vinculados a la saga Reynolds–Banesto–Caisse d’Épargne–Movistar a lo largo de 47 años, una cifra abultada en términos absolutos pero nada excepcional en un pelotón en el que casi nadie jugó completamente limpio. Es un recordatorio incómodo: cualquier ranking sobre esta casa se levanta sobre tiempos en los que la frontera entre lo posible y lo sospechoso se difuminó.
No sirve para tirar por tierra todas las gestas, pero sí para mirarlas con cierta distancia. Aceptados esos matices, llega el momento de tomar decisiones crueles. En la cima, la S-tier, acaban apareciendo siempre los mismos tres nombres, por mucho que uno intente resistirse: Miguel Indurain, Alejandro Valverde, Nairo Quintana. Podría haber más, y seguro que en algunas servilletas aparecen otros, pero cuesta discutir que ellos son los que cambiaron de verdad el relato del equipo.
Indurain es el ejemplo más evidente. Cuando el navarro recoge el testigo de Pedro Delgado al frente de Banesto, el Tour deja de ser un sueño remoto para convertirse en hábito. Cinco victorias consecutivas en la Grande Boucle, dos Giros, la contrarreloj olímpica de Atlanta, un récord de la hora que llenó pabellones y portadas. Todo eso bastaría para colocarle en un altar aparte, pero dentro de la estructura Abarca significó algo más: la demostración de que un proyecto nacido en Navarra podía colonizar el centro del ciclismo mundial.
Mientras él trituraba cronómetros con el maillot azul y blanco, el equipo aprendía a verse a sí mismo como una máquina precisa, casi científica, capaz de calcular vatios, tiempos y hasta conflictos internos. Su frialdad era una forma de poder. Valverde llega para representar lo contrario: la flexibilidad absoluta. No hay casilla que no haya tocado.
Ganó la Vuelta, subió al podio del Tour y de la propia Vuelta en distintas épocas, levantó cuatro veces la Lieja-Bastoña-Lieja, coleccionó clásicas, generales de una semana, etapas sueltas, maillots varios. Se fue unos años del mapa por una sanción conocida por todos, volvió, se rompió en un prólogo del Tour de 2017, regresó otra vez y terminó coronándose campeón del mundo en Innsbruck con casi cuarenta años. Su relación con el equipo es la de un matrimonio largo: llegó joven, pasó por todas las fases, se reinventó una y otra vez. Que al cierre de 2018 fuera ya el corredor con más victorias de la historia de la casa explica por qué, cuando se habla de la saga Abarca, su nombre aparece siempre, casi sin pensar.
Nairo Quintana aporta algo que los otros dos no tenían: la sensación de desbordar la propia geografía del equipo. Un chico que creció entre carreteras de grava en Boyacá, subiendo a la escuela en bicicleta para ahorrar el bus, acaba vestido de rosa en Trieste, convertido en héroe de un país entero y en bandera sentimental de toda América Latina con el logo de Movistar partiendo el pecho. Su Giro de 2014, con aquella caótica jornada de Val Martello entre nieve, pinganillos confusos y ataques que parecían improvisados, es reivindicado dentro del propio equipo como uno de los grandes hitos de su historia reciente. Dos años más tarde, la Vuelta de 2016 ante Chris Froome completó su colección de grandes vueltas.
Al margen de las estadísticas, su forma de correr en la alta montaña, siempre al filo entre la paciencia y el zarpazo final, y el orgullo con el que afrontó los duelos con el británico hicieron que muchos aficionados de fuera de España sintieran el equipo como propio por primera vez. Bajando un escalón, en la tier A, aparecen esos ciclistas que en casi cualquier otra estructura habrían sido el rostro principal del proyecto. Pedro Delgado es el primer nombre lógico. Su Tour de 1988, sus Vueltas, aquellos ataques larguísimos que se veían por televisión con la sensación de que se le iba a acabar la gasolina en cualquier momento, construyeron buena parte del imaginario que luego heredaría Indurain.
Delgado no solo ganaba; llenaba horas de conversación con su forma de perder, con sus despistes, con su manera de explicar después lo que había pasado. Óscar Pereiro ocupa un lugar peculiar. Su Tour 2006 es, probablemente, el triunfo más extraño del palmarés Abarca: ganado a base de fugas gigantescas, cuestionado durante años, confirmado finalmente en los despachos, con todo lo que eso implica para la percepción pública. Durante mucho tiempo, hablar de aquel Tour era hablar tanto de abogados como de puertos.
Que el gallego aparezca asociado a Caisse d’Épargne en la lista oficial de ganadores resume bien lo que fue esa década: un ciclismo en el que las clasificaciones se terminaban de escribir lejos de la carretera. Rui Costa se cuela en la misma mesa con un perfil menos ruidoso, pero igual de valioso. El portugués llegó como un buen corredor de vueltas cortas y se marchó del equipo siendo campeón del mundo en ruta en Florencia 2013, el primer arcoíris absoluto de la estructura antes del título de Valverde. Ese día, con el maillot de la selección portuguesa y la estructura Abarca detrás, se confirmó como un prototipo de corredor que obsesiona a este equipo: capaz de aguantar tres semanas con dignidad pero también de ganar en terrenos más breves, moverse en clásicas duras, gestionar su esfuerzo con frialdad.
Abraham Olano, aunque parte de su carrera se desarrollara fuera del paraguas directo de Reynolds–Banesto, forma parte del mismo linaje. Campeón del mundo en ruta y en contrarreloj, ganador de la Vuelta, ciclista de transición entre la época de los escaladores puros y la de los rodadores completos que dominan las generales modernas. En su figura hay algo de laboratorio: la prueba de que se podía ganar una grande desde la fuerza contra el reloj tanto como desde la montaña. Más cerca en el tiempo, Mikel Landa y Enric Mas encarnan otra versión de esa tier A.
Landa llegó para completar el tridente con Valverde y Quintana en años de abundancia aparente y escasez de resultados definitivos. Sus ataques en la tercera semana, su insistencia en buscar la gloria aunque la general estuviera medio perdida, le ganaron el cariño de una parte de la afición, pero chocaron con un contexto en el que bloques como Sky o, más tarde, Jumbo-Visma dictaban la carrera con una autoridad casi militar. Mas, por su lado, se ha convertido en un fijo de los podios y top 5 de la Vuelta, un escalador fiable, quizá demasiado contenido para algunos, que ha cargado con el peso de representar el futuro en un equipo que miraba de reojo a los Ayuso y Rodríguez que se escapaban a otros proyectos. La tier B pertenece a los héroes de culto y a los gregarios legendarios.
Si se ordena el historial de victorias de la estructura, justo detrás del trío Valverde–Indurain–Quintana empiezan a aparecer nombres que, para el aficionado medio, quizá no signifiquen tanto como deberían: José Luis Laguía, rey de la montaña en la Vuelta durante los años ochenta, escalador de barro y cuneta; José María “Chava” Jiménez, cuya irregularidad extrema regaló algunas de las jornadas más salvajes jamás vistas en los grandes puertos; Julián Gorospe, locomotora de etapas imposibles; Iván Gutiérrez, rodador fiable durante los años de transición, siempre dispuesto a ponerse delante cuando había que tapar huecos. Todos ellos construyen una parte de la identidad del equipo que no se mide solo en trofeos. Hay, además, un grupo de corredores recientes que se han ganado un hueco en la memoria a base de hacer lo que no sale en los resúmenes. José Joaquín Rojas, por ejemplo, empezó como velocista y, cuando las piernas ya no le daban para pelear por victorias, se recicló en gregario de lujo, capaz de trabajar en montaña, en llano, en abanicos, donde hiciera falta.
Andrey Amador, costarricense tranquilo, aparece en casi todas las fotos importantes de Quintana: abriendo gas en el Stelvio, marcando ritmo en la Camperona, frenando grupos por detrás mientras el líder se alejaba delante. Carlos Verona, antes de buscar nuevos retos en otros equipos, se dejó el alma en más de una tercera semana, tirando de un grupo ya destrozado cuando las fuerzas escaseaban. Es fácil que estos nombres se queden fuera de las tier lists más rápidas, esas que se escriben de memoria. Pero, si se toma un poco de tiempo, uno se da cuenta de que la saga Abarca no se aguanta solo sobre sus grandes estrellas.
Sin quienes aceptan renunciar a sus opciones para ordenar la carrera, para perseguir fugas, para proteger a un líder que quizá luego ni siquiera remata, no habría ocho Tours, ni seis Giros, ni cinco Vueltas. El azul de la televisión está hecho de muchas capas superpuestas. En la otra cara de la moneda, la historia del equipo también incluye episodios que hoy se miran con incomodidad. Aquellos 31 casos de dopaje asociados a la estructura no son una anécdota.
Hay años, sobre todo a principios de los 2000, en los que los comunicados de sanciones parecían una sección más del calendario. Esa fue la época en la que el ciclismo se vio obligado a enfrentarse a sí mismo: a reconocer que lo que se había presentado como progreso científico era, en realidad, una espiral peligrosa. La casa Abarca no fue ni mejor ni peor que muchas otras, pero su condición de referencia en España hizo que cada caso resonara con más fuerza. La sombra del dopaje convive, además, con críticas más recientes, relacionadas con la forma de correr.
En la década de los potenciómetros, al Movistar se le ha reprochado a menudo una cierta rigidez: etapas de montaña en las que la superioridad numérica se convertía en nada, lideratos compartidos que parecían fruto del compromiso interno más que de un plan deportivo claro, decisiones conservadoras frente a equipos que apostaban por el riesgo. Esa tensión quedó expuesta incluso en documentales que llevaron las cámaras al interior del autobús, donde se podían escuchar discusiones tácticas en directo. Para algunos, fue refrescante ver que los héroes también dudan; para otros, confirmó la sensación de que algo en la sala de máquinas chirriaba. Al mismo tiempo, la estructura ha intentado reinventarse.
La creación de la Movistar Team Academy, un equipo filial pensado para competir en categorías inferiores y retener talento joven, responde a un miedo concreto: ver cómo los mejores sub-23 españoles daban el salto a WorldTour de la mano de otros proyectos. Informaciones publicadas en la prensa generalista contaron cómo el equipo se había propuesto frenar esa fuga y recuperar un papel formador que en los ochenta y noventa fue casi natural. La idea de fondo es la misma que cuando Reynolds empezó a mandar autobuses a las vueltas provinciales: controlar el relato desde el primer día, que el chico que sueña con ganar un Tour o un Giro lo haga con el azul de Egüés en la cabeza. Llegados a este punto, vuelve la pregunta inicial: ¿tiene sentido poner letras a todo esto?
El reproche de Kotaku sigue ahí, zumbando: el riesgo de la tier list es que borra contextos, convierte gestas alcanzadas en plena era EPO y victorias logradas en un pelotón ultra controlado por la tecnología en cosas comparables bajo una misma rúbrica. No es lo mismo ganar un Tour con cronómetros sin control de potasio que hacerlo en un ciclismo donde cualquier exceso se detecta de inmediato. No es igual levantar un Mundial en un circuito hecho a medida que sobrevivir a una carrera que te viene en contra desde el trazado. Pero el encanto del juego está precisamente en esa imperfección.
Al obligarte a elegir qué valoras más –la capacidad de ganar, la de emocionar, la de estar siempre ahí aunque no remates– te empuja a justificar tus decisiones, a revisar etapas antiguas, a buscar entrevistas olvidadas. Para defender que el Chava merece un escalón más que otro escalador, quizá tengas que volver a ver aquella subida a Navalmoral. Para explicar por qué colocas a un gregario en tier B, tendrás que recordar cómo salvó a su líder en una etapa de abanicos en la que casi nadie se fijó. Imagina otra vez el bar.
La tele, en silencio, muestra un resumen del Giro en el que un joven escalador del Movistar Team Academy, nombre aún por consolidar, se deja ver en una fuga camino del Stelvio. En la mesa hay un par de teléfonos móviles, notificaciones de redes sociales donde alguien discute si Enric Mas merece subir a la S-tier, si Landa debería mantenerse en la A a pesar de no haber ganado una grande, si Quintana aún pesa demasiado en la memoria colectiva. Alguien actualiza la servilleta, borra un nombre, añade otro, cambia de columna a un gregario que ha ganado una etapa inesperada. Dentro de diez, quince años, esa servilleta será otra.
Habrá que hacer hueco para ciclistas que hoy apenas están dando sus primeras pedaladas serias. Puede que el equipo haya añadido otro Tour, otro Giro, otra Vuelta; puede que la mayor parte de sus triunfos lleguen ya en carreras femeninas que hoy todavía se están consolidando. Lo que parece probable es que seguirá existiendo esa franja azul en las retransmisiones, ese maillot reconocible que aparece cuando la carrera se pone dura. Quizá, al final, la tier list no sea más que una excusa para fijar una imagen: la de ese equipo que atraviesa generaciones con distintos nombres comerciales pero la misma manera de ocupar la pantalla.
Un día es Indurain avanzando con la calma de un tren nocturno; otro, Valverde levantando el brazo en Innsbruck; otro, Quintana desapareciendo entre la nieve de Val Martello; mañana, quién sabe, un chaval salido de la Academy coronando Lagos de Covadonga. Lo único que no cambia es el azul, ese azul que ha aprendido a sobrevivir a las modas, a las crisis, a los escándalos y a las discusiones interminables sobre quién merece la S, quién se queda en la A y quién, sin coronas ni maillots especiales, hizo que el equipo pareciera, por un momento, invencible.