Dream Team histórico del equipo para un Grand Tour
Un sueño de barra de bar Imagina un bar de carretera, tarde de julio, la tele escupiendo la etapa reina del Tour y el camarero secando vasos mientras la serp...
El tipo del fondo del bar deja el vaso a medio camino de la boca cuando escucha “Hautacam” por la tele. Es julio, fuera el asfalto parece derretirse sobre la nacional y dentro el aire acondicionado hace lo que puede. En la pantalla, un grupo de favoritos se estira en las últimas rampas del puerto del día; el locutor sube un punto el volumen, la gente gira el cuello, un par de camioneros se levantan medio palmo del taburete. Alguien dice que aquel día Indurain podría haber rematado en Hautacam y decidió aflojar; otro recuerda que Quintana, en el Zoncolan, parecía estar subiendo un puerto diferente al del resto.
El tercero, el que siempre acaba encendiendo la mecha, lanza la pregunta con toda la naturalidad del mundo, como quien pide otra ronda: «Si juntáramos a todos los Abarca buenos de la historia, ¿qué ocho sacaríamos a un Tour moderno?». El bar se calla de golpe. Ese silencio corto que no es ausencia de ruido, sino un ligero adelanto de la tormenta. En realidad, la conversación llevaba rato rondando por ahí.
El tema del día son los equipos que nunca existieron, las alineaciones imposibles que no se verán en una salida neutralizada pero que sirven para ordenar los recuerdos. De críos el juego consistía en montar onces con los cromos de la Liga; aquí se repasan dorsales amarillentos, maillots que ya no se fabrican, fotos de archivo que mezclan relojes de pulsera enormes con cascos aerodinámicos. El objetivo: armar un ocho con el que pelear un Tour, un Giro o una Vuelta de hoy, con cronos cortas, finales explosivos y puertos encadenados. La gracia está en cruzar eras que nunca se tocaron.
Imaginar al Indurain de los noventa tomando la salida junto al Quintana de la era Sky, el Delgado que abrió la autopista a los grandes objetivos compartiendo autobús con el Valverde que se ha negado a retirarse de la primera línea durante casi dos décadas. Alguien pronuncia el nombre de Eusebio Unzué, otro menciona a “Chente” García Acosta, otro a Pablo Lastras. En ese momento el debate deja de ser sobre un equipo y pasa a ser sobre una dinastía completa: la de Abarca Sports. De Reynolds a Movistar, pasando por Banesto, iBanesto.com y Caisse d’Epargne.
Distintos patrocinadores, la misma columna vertebral. No es un detalle menor. En un deporte donde los nombres de las escuadras cambian al ritmo de los contratos, esta estructura se ha mantenido en pie desde 1980, anclada a Navarra y al mismo núcleo de dirección. Primero fue Reynolds, con aquel maillot sencillo y una irrupción brusca en los primeros planos de la mano de Ángel Arroyo, el escalador que estuvo a punto de arrebatarle una Vuelta a Bernard Hinault antes de que un control antidopaje le diera la vuelta a la clasificación.
La enseñanza fue dura y temprana: en la élite no hay gloria limpia, hay barro, zonas grises, cicatrices que se arrastran durante años. En 1988 el nombre que luce en el pecho ya es Banesto y aparece Pedro Delgado, que transforma todas esas lecciones en un Tour ganado. Llega tras un prólogo fantasma en Luxemburgo, tras noches de cálculos con cronómetro y papel, tras aguantar el acoso de Fignon. Al año siguiente añade una Vuelta y termina de abrir la autopista.
El equipo deja de ser un invitado incómodo y comienza a comportarse como una potencia establecida en las tres semanas. Y entonces aterriza Miguel Indurain y la escala cambia. Sus cinco Tours consecutivos, unidos a dos Giros, convierten a Banesto en sinónimo de dominio. La escuadra pule una forma de correr reconocible: tren de montaña, contrarrelojes largas, sangre fría.
Los compañeros se colocan en pantalla, uno tras otro, como vagones azules y blancos, hasta que el resto se queda sin piernas. Después de la retirada del navarro, la estructura no se deshace, se disfraza. Primero como iBanesto.com; luego como Caisse d’Epargne, ya en pleno cambio de milenio; desde 2011, con el azul eléctrico de Movistar, con Telefónica anunciando la era de los potenciómetros. Los nombres comerciales pasan, la columna vertebral permanece.
Unzué en el volante, una base navarra reconocible, una cultura de grandes vueltas que se transmite como una tradición oral de generación en generación. Si uno entra en la web oficial del equipo y repasa la sección histórica, el recuento impresiona: siete Tours, tres Giros y cuatro Vueltas en la general absoluta, catorce grandes vueltas que arrancan en el Tour de Delgado del 88 y llegan hasta el Giro de Quintana en 2014 y la Vuelta de 2016. La entrada de Movistar en las enciclopedias deportivas suele hablar de trece triunfos globales porque sigue sobrevolando el debate eterno: qué peso tiene el Tour de Óscar Pereiro, ganado en los despachos tras la descalificación del vencedor en carretera. Incluso ahí, en la discusión sobre un matiz, se percibe la extensión del legado.
Si uno abre las bases de datos que ordenan el ciclismo moderno, la fotografía se repite con otros matices. Los archivos de ProCyclingStats colocan a la estructura Abarca en lo más alto del ranking de grandes vueltas por equipos: quince generales sumando Tour, Giro y Vuelta, por delante de colosos contemporáneos como Ineos o las distintas vidas del proyecto Visma. El apartado de etapas añade otra capa: más de 120 triunfos de etapa en grandes vueltas con el nombre Movistar, un número aún mayor si se incluyen los años de Banesto y Caisse. No hablamos solo de nostalgia ni de camisetas retro, sino de números que avalan que, si hay una escuadra autorizada para imaginar un Dream Team de tres semanas, es esta.
Claro que los números no explican la manera de lograrlo. Si uno repasa la filmoteca de la casa, los maillots cambian, las bicicletas adelgazan y se llenan de cables, los potenciómetros invaden los manillares, pero hay un hilo común que se mantiene casi intacto: una forma particular de entender las grandes vueltas. Desde los tiempos de Indurain, Abarca ha sido la escuela del control. Plantillas largas, casi siempre entre las más pesadas de cada edición; tren de montaña para ir cribando por ritmo; libretas de director técnico en las que se repite la idea de que es mejor ganar por desgaste que por fogonazos con fecha de caducidad.
En los noventa, eso se traducía en etapas en las que Banesto se ponía al frente en el primer puerto serio y no soltaba la manija hasta la meta. Los rivales se descolgaban uno a uno de aquel convoy azul y blanco, como hojas que se sueltan de una rama en octubre. Con Caisse d’Epargne, ya entrando en los años dos mil, el formato se moderniza, pero el espíritu se mantiene: Valverde y compañía rara vez se metían en aventuras suicidas, medían cuándo valía la pena gastar el cartucho de un ataque. Y en la década de 2010, el Movistar de Quintana y Valverde se encontró frente a frente con el método Sky: dos escuelas del control chocando cada julio, una guerra fría de vatios y posiciones en la que cualquier gesto parecía calculado.
Pablo Lastras, hombre de la casa desde ciclista hasta director, resumió esa filosofía mejor que nadie cuando soltó, en una entrevista, que en el Tour se gana o se aprende, pero no se pierde. La frase condensa décadas de oficio: incluso en los años en los que la general se escapa, la estructura intenta salir con algo en la maleta, ya sea una etapa de prestigio, un maillot secundario o la clasificación por equipos, que Movistar ha conseguido varias veces en el circuito WorldTour. Esa obsesión por no salir de vacío moldea los perfiles de los corredores, el tipo de fichajes, la psicología colectiva. El problema, claro, es que el ciclismo no se ha quedado quieto.
La aparición de Pogacar, Evenepoel o Vingegaard, capaces de atacar a setenta u ochenta kilómetros de meta y convertir una etapa de media montaña en un seísmo, ha hecho que la prudencia tradicional de la casa parezca, a veces, una virtud antigua. El Dream Team histórico que se imagina en la barra de aquel bar es la excusa perfecta para hacerse una pregunta incómoda y sugerente: ¿cómo sería esa filosofía si pudiera contar con lo mejor de cada época, mezclado en el mismo autobús, con la misma hoja de ruta? La servilleta donde se van apuntando nombres impone cierto método. Se pacta que valen todas las versiones de los corredores que, en algún momento, hayan vestido el maillot de Reynolds, Banesto, Caisse o Movistar, pero que se les situará en un Tour actual: menos kilómetros de contrarreloj, finales empinados, puertos encadenados, equipos de ocho.
Y, sobre todo, se acuerda una jerarquía clara. Demasiadas veces, en los últimos años, la estructura ha vivido atrapada por el lujo y el problema de tener varios líderes y demasiado pocas oportunidades para todos. El reparto de papeles se parece a un organigrama de empresa más que a una lista de dorsales. Hace falta un jefe de filas con garantías absolutas en la crono y en el fondo, alguien que absorba el ruido, asuma la presión, evite los derrumbes.
Se necesita un co-líder escalador puro, capaz de cambiar una grande en una sola jornada de alta montaña. Hace falta un capitán de ruta veterano que huela los abanicos antes de que aparezcan, ordene a la tropa en los descensos, tome decisiones en los días tontos. Hace falta un cazador de etapas con aspiraciones a la general si la carrera se retuerce, y alrededor de todo eso, una guardia de gregarios de montaña y rodadores de cemento que lleven intacto al líder a la tercera semana. Cuando empiezan a llover nombres sobre la barra, el problema no es rellenar huecos, sino todo lo contrario.
¿Qué hacer con Óscar Pereiro, ganador de un Tour a base de fugas interminables y resistencia mental? ¿Dónde encajar a Richard Carapaz, que dio un Giro con este escudo antes de marcharse? ¿Qué lugar se reserva para Mikel Landa, convertido casi en religiosa devoción por la promesa constante de algo que casi siempre se queda a medias? El juego obliga a aceptar que habrá ausencias dolorosas y que parte de la gracia está precisamente ahí, en la discusión eterna.
El primer nombre que se escribe, con trazo grueso, es casi inevitable: Miguel Indurain. No solo por los cinco Tours y los dos Giros, sino por la sensación de inevitabilidad que transmitía su manera de correr. En un Tour actual, con menos kilómetros de contrarreloj, seguiría siendo el eje del proyecto. Sus cronos continuarían marcando diferencias, aunque fueran más cortas, y su capacidad para imponer un ritmo inhumano en los puertos largos sería una vacuna contra los ataques en cascada de los nuevos ofensivos de la general.
En este Dream Team, Indurain es el faro, el centro de gravedad. El hombre que no necesita ataques espectaculares porque su especialidad consiste en no fallar jamás. El segundo nombre que genera consenso es el de Nairo Quintana. Representa la otra cara del liderazgo, la que en la casa siempre ha buscado pero no siempre ha sabido gestionar.
El colombiano llegó a Movistar cuando el ciclismo ya era un deporte de números, tests y plataformas de entrenamiento, pero conservaba ese punto casi literario del escalador andino que ataca sentado, con la boca cerrada y el gesto imperturbable. Ganó el Giro 2014 y la Vuelta 2016 con estos colores, subió al podio del Tour una y otra vez detrás de Froome, reabrió la puerta del aficionado latinoamericano hacia una estructura que, durante años, se había percibido como muy europea. Su presencia en el Dream Team permite jugar con algo que la realidad nunca permitió del todo: la combinación del dominio controlado de Indurain con los golpes de mano de un escalador puro. En la barra se imaginan etapas concretas.
Una primera semana ventosa, con una crono corta y emboscadas en la costa; Indurain se defiende sin problema, el equipo blinda a Quintana. Una gran jornada pirenaica con encadenado de puertos en la que el colombiano se marcha a falta de cincuenta kilómetros, sabiendo que, si la aventura se tuerce, el navarro puede rematar o, al menos, minimizar daños. Una penúltima jornada con contrarreloj, donde el margen amasado en la montaña permite vivir el día más temido de la carrera con cierta serenidad. Todo líder necesita alrededor una guardia pretoriana a la que mirar cuando el corazón se acelera.
Ahí aparece Pedro Delgado, natural, como capitán de ruta. Su Tour del 88 y su Vuelta del 89 no aportan solo prestigio al palmarés; aportan conocimiento vital de cómo se gestionan los días raros, las etapas en las que el terreno parece inocuo y, sin embargo, se puede perder todo. Liberado de la obligación de responder cada día en la general, podría anticipar movimientos, ordenar a los gregarios, recordar que una grande no se decide solo en las cumbres míticas, sino un martes cualquiera camino de una ciudad sin tradición ciclista. Alejandro Valverde, es el comodín definitivo, el as escondido que casi siempre aparece cuando más falta hace.
Desde mediados de los dos mil hasta bien entrados los cuarenta ha sido la garantía de que la casa rara vez se iba a dormir sin una alegría. Lieja, Lombardía, etapas en el Tour, podios en la Vuelta, maillots de puntos, clasificaciones por equipos que se decidían por detalles. En este equipo imposible, Valverde tendría un papel múltiple: ganar finales explosivos para sumar segundos y moral, cerrar huecos en el llano, acompañar a Quintana en la montaña cuando el colombiano se queda sin gregarios, convertirse en plan B silencioso si un día la carrera se retuerce contra el plan inicial. Alrededor de ellos aparecen nombres con menos brillo mediático, pero igual de imprescindibles en un proyecto de tres semanas.
Abraham Olano, campeón del mundo en ruta y contrarreloj, capaz de ganar una Vuelta con un ataque lejano en Lagos de Covadonga y resistir luego el embate final de Roberto Heras en la última crono. En un Tour actual, sería el escudo perfecto de Indurain en las cronos y en los días de viento, un segundo reloj humano que evita sorpresas. José María “Chava” Jiménez, el escalador imprevisible que podía perder veinte minutos un día y al siguiente humillar a medio pelotón en un puerto imposible, añade ese punto de locura que todo bloque ultraracional necesita para no volverse previsible. Imanol Erviti representa el otro extremo del espectro: rodador interminable, experto en escapadas que parecen no acabar nunca, en jornadas de lluvia y frío donde solo sobreviven quienes han aprendido a sufrir en silencio.
Andrey Amador, comodín de la era Movistar, capaz de pasar la montaña con los mejores y de tirar horas en el llano, ayuda a unir las piezas generacionales. Entre unos y otros forman esa base que no sale en las portadas pero que sostiene al líder cuando la carrera empieza a desprender olor a fatiga. La lista de los que se quedan fuera, solo por saturación, es casi tan jugosa como la de los elegidos. Carapaz, con un Giro entregado a la casa antes de emigrar.
Landa, cuyo magnetismo entre los aficionados supera con frecuencia a sus resultados. Enric Mas, reflejo de una generación que ha aprendido a vivir con la comparación constante con los monstruos de su época. Rui Costa, campeón del mundo, coleccionista de victorias en etapas trampa. Y antes de todos ellos, Arroyo, al que la historia parece deberle una corrección que nunca llegará del todo.
Que haya tantos candidatos a entrar en un ocho muestra hasta qué punto la estructura ha acumulado talento en la salida de las grandes vueltas. Sobre el papel, ese equipo asusta. Tiene al mejor contrarrelojista de la era moderna, a un escalador latinoamericano capaz de ganar grandes vueltas en un ciclismo globalizado, a un capitán de ruta que ha sobrevivido a los años más salvajes del deporte, a un todoterreno que convierte casi cualquier final en una opción de victoria, y a una corte de gregarios que han aprendido a sufrir con y sin potenciómetro. En las cronos, la combinación Indurain–Olano garantiza que el equipo no solo no ceda tiempo, sino que probablemente salga reforzado.
En la montaña, el tándem Quintana–Chava puede dinamitar jornadas enteras mientras Delgado marca el ritmo y Valverde recoge bonificaciones en los finales en cuesta. En el llano, Erviti y Amador blindan al líder, montan abanicos, cierran huecos antes de que el daño sea irreversible. Pero ninguna superproducción está libre de grietas. La primera se percibe en cuanto uno mezcla en la misma mesa generaciones que crecieron con códigos casi opuestos.
Delgado y el Chava se formaron en un ciclismo donde atacar era casi una deuda con el público; Indurain hizo del control una forma de ética; Quintana emergió en plena guerra de trenes entre Sky y Movistar; Valverde ha tenido que adaptarse a tres décadas de cambios, de la incertidumbre total al ciclismo hipercontrolado por la tecnología. Si el director no manejara bien esas sensibilidades, el riesgo sería una escuadra en la que unos quieren incendiar la carrera a cincuenta de meta y otros optan siempre por esperar a la última rampa. La segunda grieta es más incómoda y atraviesa toda una época. El ciclismo de la era Banesto y el de los primeros años de Caisse no vivieron al margen del clima general del pelotón.
Los casos, las sospechas, los silencios forman parte del equipaje colectivo. Quien se sienta en la barra a jugar con nombres sabe que está mezclando corredores forjados en contextos médicos muy distintos, que las comparaciones de vatios y resultados están contaminadas por decisiones que ya no se pueden deshacer. El Dream Team funciona si se asume como una ficción lúcida: no para reescribir resultados ni para absolver a nadie, sino para imaginar cómo encajarían estilos, capacidades y roles si se pudieran aislar del ruido de fondo. Las estadísticas vuelven a aparecer para aterrizar la fantasía en algo concreto.
La tabla que suma victorias en grandes vueltas por equipos coloca a la estructura Abarca en la cima histórica, con esas quince generales y un buen puñado de segundos y terceros puestos. Si uno desciende al detalle por carreras, reaparecen los siete Tours, los tres Giros y las cuatro Vueltas de la web oficial, más decenas de podios y de triunfos parciales que dibujan una línea casi ininterrumpida desde los ochenta hasta hoy. La estadística de etapas, repartida entre sprints, fugas, finales en alto y cronos, subraya otra idea: no ha habido década sin ciclistas de la casa celebrando con los brazos en alto en una grande. Las clasificaciones por equipos del WorldTour añaden otro dato significativo: durante años, Movistar ha aparecido de forma recurrente entre los bloques más regulares del calendario, liderando en ocasiones la tabla general o quedándose a tiro.
Eso habla de una profundidad de plantilla que va más allá de la brillantez puntual de un líder, de un fondo de armario que explica por qué cualquier Dream Team que se imagine bajo este paraguas no suena descabellado, sino casi inevitable. A todo ello se suma, en los últimos años, la dimensión casi televisiva. La serie documental que se adentró en el día a día del equipo enseñó al gran público lo que hasta entonces solo intuían los iniciados: las reuniones en el autobús, las broncas, las dudas tácticas, los gestos de disculpa, los silencios incómodos. Ver a Unzué tratando de cuadrar egos, a Valverde ofreciendo disculpas tras un error, a Quintana defendiendo su visión de la carrera, ayuda a entender que un Dream Team no es solo un ejercicio de vatios y tablas, sino también de egos, afectos y cicatrices compartidas.
Cuando la etapa de la tele entra en los últimos diez kilómetros, la servilleta de la barra ya es un pequeño campo de batalla. Hay nombres tachados, flechas que se cruzan, combinaciones que han sido aceptadas durante diez minutos y luego descartadas. Alguien ha intentado colar a Carapaz a costa del Chava para asegurarse un Giro contemporáneo; otro insiste en que sin Landa no hay suspense posible; un tercero pide un hueco simbólico para Arroyo, por justicia con aquel día roto de 1983. El Dream Team definitivo cambia con cada ronda y, precisamente por eso, no existe.
Tal vez el verdadero valor del juego sea ese: obligar a unir épocas que tendemos a recordar por separado. Poner en el mismo autobús al Reynolds de Arroyo, al Banesto de Indurain, al Caisse de Valverde y al Movistar de Quintana y Mas. Ver la saga Abarca no como una suma de capítulos sueltos, sino como un relato continuo que se estira desde un ciclismo analógico y espeso hasta otro digital y monitorizado. Descubrir que, más allá de lo que digan las listas de ganadores, hay una coherencia de fondo en la manera de entender las tres semanas.
Alguien apura el último trago cuando el grupo de favoritos salta a la pantalla para decidir la etapa. El bar vuelve a llenarse de comentarios sobre la forma de uno, el fallo táctico de otro, el equipo que hoy ha corrido por debajo de su escudo. La servilleta, doblada en cuatro, aguarda junto a la cerveza vacía. Ocho nombres, algunos discutibles, otros indiscutibles, todos vinculados por el mismo hilo azul.
Es solo un juego de barra de carretera, una alineación que nunca rodará junta, pero quizá ahí se esconde parte del secreto de Abarca Sports: cuarenta años después del primer maillot Reynolds, todavía consigue que la gente siga imaginando cómo sería el equipo perfecto para salir a por una grande mañana mismo.