INTRODUCCIÓN: UN EQUIPO ANCESTRAL, UNA CARA NUEVA Cuando se mira al coche azul de Movistar en mitad de un puerto, cuesta recordar que ahí dentro, con Eusebio...
Enric Mas: el relevo generacional Un domingo de abril cualquiera, en un bar ciclista cualquiera, las piedras saltan en la pantalla con el traqueteo hipnótico de Roubaix mientras, en otra tele, alguien ha dejado puesta una repetición de la Vuelta. El plano cambia, aparece un coche azul subiendo un puerto y en la barra se oye la frase de siempre, casi como un suspiro: «Es que este equipo lleva toda la vida». Nadie discute. En el color de ese coche, en la silueta reconocible de ese maillot, va comprimida una historia que arranca con Reynolds en 1980, se consagra con Banesto, atraviesa los años de Illes Balears y Caisse d’Épargne y llega al presente con Movistar como patrocinador y Eusebio Unzué como guardián de la llama.
Más de cuatro décadas, ocho Tours, cinco Vueltas, seis Giros, un millar largo de victorias. Lo extraño no es que siga existiendo esa estructura; lo verdaderamente raro es que, después de Indurain, Olano, Valverde o Quintana, todavía tenga fuerzas para buscar otra vez un jefe de filas. En medio de ese linaje aparece un mallorquín de gesto tímido y mirada seria, nacido en 1995 en Artà, 1,77 de altura y apenas 61 kilos, escalador puro, que entra en el profesionalismo en 2016 y, casi sin hacer ruido, va llenando su ficha de resultados sólidos: vueltas de una semana, generales menores, podios en grandes vueltas. Enric Mas no irrumpe como una estrella desbordada; más bien se instala, se asienta, se vuelve costumbre.
Hasta que un día Movistar decide que ese hombre, formado lejos de casa, es la pieza adecuada para intentar que la cinta de la memoria no se atasque. El relevo generacional, ese concepto tan gastado, de pronto tiene un nombre propio y un maillot azul. La expresión se utiliza con tanta ligereza que a menudo pierde peso. Pero en ciclismo se entiende a la primera.
El relevo es ese momento concreto en el que los nombres que colonizaban los podios empiezan a desaparecer de las clasificaciones, y el aficionado abre la general de una gran vuelta con un pequeño nudo en el estómago buscando, casi con urgencia, una bandera cercana junto a un apellido nuevo. España vivió esa transición entre 2016 y 2020: Contador bajándose de la bici, Valverde cumpliendo años, Purito ya retirado, el brillo de los viejos héroes pasando a ser archivo. Mientras tanto, por arriba irrumpía una generación de veinteañeros con otro software instalado: Pogacar, Evenepoel, Bernal, Vingegaard. Críos que ganaban Tours y monumentos a una edad en la que antes se estaba aprendiendo el oficio.
Para una estructura como la de Abarca Sports, heredera directa de Banesto, el relevo no era una discusión teórica. Tocaba el centro mismo de su identidad. Durante décadas, su razón de ser se ha construido alrededor de las grandes vueltas: los Tours de Indurain, las Vueltas que coronaron a Delgado, los podios de Arroyo, Quintana, Valverde. El patrocinio pagaba por algo muy concreto: ver ese maillot en lo alto de la general después de tres semanas.
Cuando Valverde empezó a orientarse más hacia clásicas y días sueltos, cuando Quintana decidió marcharse, la pregunta que flotaba en la mesa de Unzué no era estética, era casi contable: quién iba a sostener la narrativa de las tres semanas. Ahí aparece Mas. No como clon de ninguno de sus predecesores, sino como versión actualizada de lo que puede ser un líder de grandes vueltas en la década de los potenciómetros, los datos biométricos y los ataques calculados al milímetro. Menos fogonazos, más regularidad.
Menos ataques suicidas a cincuenta kilómetros de meta, más gestión quirúrgica del esfuerzo. Menos épica a lo Contador, más ciencia aplicada a los números que brillan en la pantalla del manillar. Para algunos eso tiene menos encanto; para un equipo que vive de los puestos en la general, es una bendición. Pero antes de llegar a la nube del WorldTour hay que bajar a Artà, un pueblo del noreste de Mallorca que no sale en los catálogos de excursiones de todo incluido.
Carreteras estrechas, muros que se empinan hacia vistas improbables, inviernos suaves que permiten entrenar a cielo abierto cuando media Europa hiberna en el rodillo, ciclistas extranjeros buscando el sol y el asfalto perfecto. Escenario ideal para fabricar piernas y pulmones. En una de esas casas con persianas descoloridas crece un niño que descubre la bicicleta como se descubren casi todas las vocaciones deportivas: por imitación, por contagio, por hambre de movimiento. Los primeros trazos de la historia de Mas no tienen nada de excepcional: escuelas ciclistas, carreras locales, viajes en ferry y furgoneta para competir en la península, padres que hacen cuentas para pagar licencias y ruedas, un entrenador que dice “este chaval tiene algo, fíjate cómo se sienta cuando la carretera se pone hacia arriba”.
Poco a poco, el boca a boca rompe el perímetro del pueblo y lo coloca en el radar de estructuras más grandes. La Cafetería Almudaina, que hasta entonces era simplemente el bar de siempre, empieza a convertirse en una especie de sucursal del ciclismo: cada julio y cada septiembre la tele queda secuestrada por el Tour y la Vuelta, los clientes opinan sobre vatios como si fuesen economistas hablando de tipos de interés y, desde que Mas viste de profesional, cualquier etapa de montaña se vive como una asamblea improvisada. Esa transformación tiene una escena fundacional: septiembre de 2018, Collada de la Gallina, penúltima etapa de la Vuelta. Pero antes de llegar ahí, el mallorquín ya ha pasado por la escollera que convierte talentos en profesionales: la Fundación Alberto Contador.
La estructura que el campeonísimo madrileño crea para detectar y pulir jóvenes corredores funciona como un laboratorio moderno. Allí aprende Mas a convivir con concentraciones en altura, test en laboratorio, nutricionistas que revisan cada plato, entrenadores que hablan de umbrales y TSS. Las carreras sub‑23 se planifican con precisión, se mide qué vueltas por etapas son mejores para aprender a gestionar clasificaciones, qué clásicas endurecen sin destruir. Se le exige lo suficiente como para hacerle crecer, pero sin romperlo por dentro.
En ese entorno, Mas gana. Gana carreras y, sobre todo, convence. No solo por las piernas, también por la cabeza. Lee bien las situaciones, sabe cuándo gastar y cuándo dejar que otros se equivoquen.
De ese proceso sale en 2015 un contrato con AWT‑GreenWay, filial de la estructura de Patrick Lefevere. Traducido: la órbita Quick‑Step. Entrar en ese universo tiene un doble significado. Deportivamente, supone pasar por una de las factorías más implacables del ciclismo moderno.
Simbólicamente, confirma que su talento ha dejado de ser un rumor balear para convertirse en una apuesta de un gigante que suele acertar con sus inversiones. La etapa en la estructura belga, primero en el equipo de desarrollo Klein Constantia y después en el WorldTour de Deceuninck‑Quick Step, funciona como una universidad acelerada. Allí convive con compañeros que entienden el ciclismo como un oficio de precisión y espectáculo a partes iguales. El famoso “Wolfpack” no es solo un eslogan: es una cultura interna donde se asume que la prioridad casi siempre son las etapas y las clásicas, no las generales.
Mas aprende a moverse sin un equipo construido a su alrededor para tres semanas, a sobrevivir en un contexto donde la gloria suele medirse meta a meta. Aun así, deja rastro: la Volta ao Alentejo y el Tour des Pays de Savoie en 2016, solidez en vueltas de una semana y, sobre todo, una jornada que se queda grabada en la memoria del ciclismo español. Arrate, 2018. Itzulia.
Puerto icónico, ladera vasca abarrotada, versiones de viejas ikurriñas ondeando al viento. Ese día, Mas es capaz de batir en su terreno a Mikel Landa, ídolo local, escalador que conoce cada curva y cada bache. La imagen del mallorquín entrando primero en la cima, con el gesto medido pero los ojos encendidos, funciona como aviso a navegantes: España vuelve a tener a alguien capaz de pelear con los mejores en la montaña más exigente. No es todavía un manifiesto, pero sí un prólogo.
La Vuelta de ese mismo año le ofrece el escenario que le faltaba. La carrera arranca sin que nadie lo ponga en la lista corta de favoritos a la general. Hay nombres más ruidosos, más consolidados. Pero el tiempo y la constancia lo van empujando hacia arriba.
Llega la etapa andorrana que termina en la Collada de la Gallina y el guion decide desquiciarse. Un encadenado brutal de puertos, el aire enrarecido de la altura, Superman López atacando de lejos, Simon Yates protegiendo el maillot rojo con una mezcla de prudencia y osadía, Valverde acumulando desgaste. En medio del caos, Mas se mete en el corte bueno. Los últimos kilómetros son un teatro de sombras donde cada pedalada vale una vida.
López marca un ritmo desquiciado, de esos que parten el grupo en mil trozos. Mas aguanta. Hay un pacto tácito: si quieren asegurarse el podio, hay que trabajar juntos. Pero si las piernas acompañan, la etapa no se regala.
A falta de quinientos metros, ya dentro de ese tramo en el que la cabeza empieza a ver la pancarta, se desatan las dudas, los cambios de ritmo, las miradas por encima del hombro. La carretera reserva una curva a derechas, traicionera, que podría pasar por un detalle más en el mapa. Para Mas, sin embargo, se convierte en un punto de inflexión biográfico. Coge el interior con la determinación de quien entiende que esos metros pueden separarlo para siempre de la categoría de promesa.
López se abre un instante, confía en un esprint que parece tener bajo control. Pero el mallorquín sale lanzado, casi sin levantarse del sillín, con esa forma suya de acelerar que parece más un derrape controlado que un cambio brusco de marcha. Cruza la meta primero. Segundo en la general.
La foto en Cibeles, junto a Yates y López, se bautiza en medios y tertulias como “el podio del relevo generacional”. En Artà, la Cafetería Almudaina explota. Los aplausos golpean las paredes como si el bar estuviese situado en la misma falda de la Collada. Mientras tanto, lejos de Andorra y de Cibeles, otra historia corre en paralelo.
En la estructura de Abarca, el eco de Banesto sigue siendo omnipresente. Perico Delgado, Miguel Indurain: nombres que llenaron plazas de toros, cortaron informativos, multiplicaron licencias. Con el cambio de patrocinadores llegaron Valverde, Purito Rodríguez, Óscar Pereiro, héroes de otra época, pero siempre con esa sombra silenciosa planeando: después de Indurain, nada volvería a ser exactamente igual. Ya bajo la marca Movistar, el equipo se mantuvo entre los mejores, campeón por escuadras, siempre visible, pero sin un dominador absoluto que marcara una era.
La pareja Valverde‑Quintana sostuvo el relato casi una década. Podios en Tour, Giro y Vuelta, días de gloria, tardes de frustración. El Tour que se escapó, la Vuelta que se perdió por segundos, la sensación de estar siempre cerca del cielo pero sin terminar de coronar. Cuando el colombiano decidió probar fortuna lejos del azul y el murciano empezó a vivir su gira de despedida casi permanente, la vieja pregunta volvió a ocupar la sala de reuniones: seguir construyendo alrededor de generales o virar hacia un modelo más disperso, enfocado a clásicas, etapas, maillots secundarios.
La decisión fue fiel a la historia del equipo. Continuidad, no ruptura. Había que encontrar un nuevo centro de gravedad. En 2019, se anuncia el fichaje de Enric Mas con un contrato de varios años.
En la presentación se le señala sin rodeos como pilar para las rondas de tres semanas. El mensaje es inequívoco: Movistar seguirá siendo, ante todo, un equipo de generales, y Mas será el rostro de esa insistencia. Los primeros años de azul transcurren en un equilibrio delicado. Compartir vestuario con Valverde, icono capaz de llenar un auditorio solo con su apellido, no es sencillo.
Los galones deportivos, que poco a poco se inclinan hacia Mas en las grandes vueltas, conviven con una jerarquía simbólica que sigue girando alrededor del murciano. En el Tour de 2020, el mallorquín termina quinto; en 2021, sexto. En la Vuelta el salto es todavía más evidente: segundo en 2021, segundo también en 2022, tercero en 2024. Valverde, mientras tanto, encadena homenajes y despedidas.
Desde el coche, el proyecto se articula alrededor de tres piezas. Un calendario diseñado para que Mas llegue con pico de forma al Tour y a la Vuelta. Un bloque de montaña construido para protegerle hasta el último puerto, con gregarios especializados en subir fuerte hasta vaciarse. Y un discurso público que insiste una y otra vez: el líder no es una solución de urgencia, es el centro del plan.
Llegan Verona, Gorka Izagirre, Nelson Oliveira, escuderos que saben que su papel consiste en endurecer la carrera para que el jefe remate o, como mínimo, no pierda tiempo. En la prensa se empieza a hablar de “la Vuelta de Mas”, “el Tour de Mas”. Cada gran vuelta se convierte en examen. Su estilo de correr, sin embargo, alimenta debates.
Quien espere un sucesor de Contador se lleva un choque. Mas no es de lanzar órdagos desde el segundo puerto del día ni de dinamitar carreras a noventa kilómetros de meta. Rara vez protagoniza el ataque más espectacular de la jornada. Suele aparecer cuando la selección ya está hecha, cuando quedan cinco, seis corredores y el puerto se estrecha en un embudo de sufrimiento.
Sube a ritmo, mantiene la cadencia, reserva un pequeño cambio para los últimos kilómetros. Es de los que prefieren perder diez segundos menos en un mal día que ganar treinta más un día bueno a costa de reventar al siguiente. Esa manera de correr tiene virtudes indiscutibles. Pocos derrumbes, mucha estabilidad, constancia de resultados.
Los podios en la Vuelta, los top‑10 en el Tour, las victorias en Arrate, la Collada de la Gallina, el Giro dell’Emilia, el Tour of Guangxi o la Volta a la Comunitat Valenciana son la prueba de que el método sostiene. Pero, al mismo tiempo, cuesta conquistar corazones con una propuesta que parece más obsesionada con minimizar pérdidas que con buscar gestas. Al aficionado que creció con las locuras tácticas de Perico o con los ataques a tumba abierta de Contador le cuesta enamorarse de un líder que rara vez se sale de la gráfica prevista. Mas no vive ajeno a esa mirada.
Sus declaraciones, con el tiempo, van mostrando a alguien consciente de que su papel trasciende la simple suma de vatios. No se trata solo de subir fuerte, sino de encarnar un relato, de dar sentido a la persistencia de un equipo y a las expectativas de un país entero dispuesto a compararlo con cada recuerdo glorioso que guarda. A partir de 2022, la cara menos amable de todo eso irrumpe en forma de crisis. Caídas en Tirreno‑Adriático, en Itzulia, en el Dauphiné.
El Tour se convierte en una sucesión de sustos que culminan en un abandono por covid. Lo que podría haber quedado en un simple cúmulo de mala suerte acaba abriendo una grieta más profunda: el miedo a los descensos. Donde antes veía trazadas, ahora ve precipicios. Donde antes se lanzaba, ahora duda.
Unos metros de más en una curva, un espacio mínimo que cede al rival, pueden costar segundos que, en el ciclismo actual, valen clasificaciones enteras. El documental de RTVE titulado “Enric Mas. El clic, reinicio de un campeón” pone palabras e imágenes a esa tormenta interior. Se habla de ataques de ansiedad, de noches en vela, de la sensación de que las piernas están, pero la cabeza frena más que los frenos.
Mas reconoce algo que durante mucho tiempo fue tabú en el pelotón: la necesidad de pedir ayuda psicológica, de admitir que un líder de un equipo WorldTour también puede tener miedo, que no todo se arregla con “carácter” y “orgullo”. Ese gesto, en sí, ya es generacional. Los héroes de antaño solían esconder sus grietas; la nueva hornada empieza a mostrarlas. El clic del título llega cuando decide enfrentarse al problema con la misma disciplina con la que prepara una crono.
Trabajo con especialistas, ejercicios progresivos en bajadas, reconstrucción de la confianza curva a curva, descenso a descenso. No existe una epifanía milagrosa. El miedo no se evapora en una tarde. Pero los resultados empiezan a aparecer.
En la Vuelta vuelve a colarse en la pelea por la general, firma otro podio, limpia una parte de la sombra que le había acompañado tras aquel Tour en el que todo parecía derrumbarse. La carrera española se convierte, casi sin querer, en el espejo donde se ve la evolución de Mas y del propio ciclismo nacional. La edición de 2018 queda archivada como la del podio joven con Yates y López, símbolo de recambio internacional. En 2021 y 2022, con el mallorquín subiendo al segundo peldaño del cajón, se consolida la idea de que su presencia arriba no es una casualidad.
En la previa de una de esas ediciones, Óscar Pereiro, campeón de 2006, habla de “la Vuelta del relevo generacional” y pide paciencia con Mas y con otros jóvenes españoles frente a la irrupción de fenómenos como Pogacar, que han convertido la precocidad en norma. La comparación duele: cuando un chaval gana el Tour con 21 años, cualquier cosa distinta parece insuficiente. Para Movistar, cada Vuelta reciente tiene aroma de trabajo de curso. ¿Ha pasado Mas de ser un hombre de podio a un aspirante real a la victoria?
¿Ha conseguido el equipo armarle un bloque al nivel de las estructuras más ricas? ¿Sigue teniendo sentido centrar el proyecto deportivo en una única figura para las generales? Las respuestas, hasta ahora, son matizadas. El mallorquín no ha levantado todavía el trofeo de vencedor, pero ha mantenido al equipo en la foto, ha evitado que la tradición de pelear por todo se convirtiera en recuerdo añejo.
Mientras los analistas debaten sobre modelos y generaciones, en Artà todo se vive con otra escala. Cada vez que Mas se juega algo serio, la Cafetería Almudaina vuelve a llenarse. La Collada de la Gallina en 2018, las etapas clave de la Vuelta 2021, los últimos puertos de 2022. Las voces suben y bajan con la señal de televisión, las manos se tensan en torno a los vasos cuando la cámara se coloca en la moto de la bajada, los silencios hablan más que los comentarios.
Cuando sube al podio en Madrid, el Ayuntamiento prepara recepciones, el Consell de Mallorca y el Govern Balear organizan homenajes, las autoridades locales lo señalan como ejemplo de un deporte que en las islas siempre ha tenido terreno fértil. Ese calor cercano le añade una capa humana a la idea del relevo generacional. Despega los números del papel y los pega a las paredes de un bar, a una plaza, a una familia que interrumpe la siesta para ver una subida en Asturias o en los Pirineos. Explica por qué la presión que cargan los hombros de Mas no viene solo del coche de equipo ni de la prensa nacional, sino también de esa gente que, cuando lo ve en la pantalla, piensa «ese chico es uno de los nuestros».
En 2025, una nota de prensa aparentemente rutinaria introduce otro capítulo. Enric Mas renueva con Movistar hasta 2029. Tomado en frío, es un dato más en la hoja de movimientos de mercado. Leído en continuidad, significa que, si todo sigue su curso, habrá pasado una década en la estructura cuando termine el contrato.
A los treinta y pocos años, con podios en la Vuelta en 2021, 2022 y 2024, el mensaje es nítido: el equipo le ve como su hombre de referencia para las grandes vueltas a medio plazo, incluso en un contexto donde España ya produce otros talentos deslumbrantes como Juan Ayuso o Carlos Rodríguez. Para el corredor, la renovación mezcla seguridad y compromiso. Seguridad de entorno: mismo staff, mismo método, un calendario que se discute año a año buscando el punto óptimo entre Tour y Vuelta, un espacio donde ya saben cómo respira en los días buenos y en los malos. Compromiso emocional: pertenecer, de manera indiscutible, a la saga.
Ser eslabón de una cadena que une Reynolds con Banesto, Banesto con Caisse, Caisse con Movistar. No es poca cosa para aquel chaval que veía las grandes vueltas en una cafetería de pueblo. La apuesta, sin embargo, también implica riesgos. Si los resultados no acompañan, la crítica no se dirigirá solo al corredor.
Mirará hacia el coche, hacia el modelo, hacia la insistencia en seguir construyendo alrededor de las generales cuando el ciclismo parece premiar cada vez más la dispersión, las clásicas, los cazadores de etapas, los hombres que cambian de objetivo según el viento del calendario. El relevo generacional no es solo Mas ocupando el espacio simbólico que dejó Valverde; es también Movistar decidiendo, otra vez, qué quiere ser. Si uno se empeña en hacer listas, los argumentos a favor y en contra se ordenan con facilidad. A favor, la consistencia: pocos líderes han encadenado tantos años seguidos cerca de la cima en la Vuelta.
La edad, todavía en margen de crecimiento. La experiencia acumulada en Tour y Vuelta, los triunfos de prestigio, la estructura convencida de arroparle. En contra, la ausencia, por ahora, de una gran vuelta en su palmarés, las comparaciones constantes con contemporáneos que han ganado casi todo antes de los veinticinco, el recuerdo de las caídas y del miedo en los descensos, la pesada etiqueta de “elegido” en un país que acostumbra a medirlo todo con la vara de Indurain. Por encima de ese balance frío planea un riesgo más sutil: que la narrativa del relevo generacional devore al propio ciclista.
Que cada gesto suyo se interprete únicamente como confirmación o decepción, que no se admita que un corredor necesita tiempo para mutar, que se pretenda que entre en el molde de héroe perfecto o en el de bluff sin permitirle ocupar el espacio intermedio donde se desarrollan la mayoría de carreras vitales. Ahí resulta especialmente valioso que Mas haya decidido contar su miedo, su clic, su terapia. Recuerda que debajo del casco hay alguien de carne y hueso, con derecho a dudar mientras baja a más de ochenta por hora jugándose su vida deportiva. Si tuvieses que contar rápido la historia de Enric Mas a un amigo en el bar, seguramente la resumirías así: un chico de Artà que aprende el oficio en la escuela de Contador y en la universidad Quick‑Step, que explota en la Collada de la Gallina y se convierte en la gran esperanza de un país huérfano de líderes; que se viste de azul para sostener la saga de Banesto en la era del potenciómetro; que se rompe por dentro tras varias caídas, admite su miedo, lo trabaja, regresa al podio y renueva hasta 2029 porque un equipo que no sabe jubilarse decide seguir apostando por él.
La clave, quizá, está en entender que un relevo no es una sentencia, sino un proceso. No se consuma de golpe el día que alguien gana una etapa o sube a un podio; se construye año tras año, a base de victorias y derrotas, de miedos confesados y contratos firmados, de bares que se llenan y de pueblos que cuelgan pancartas. En esa serie, Enric Mas no es todavía el héroe incontestable ni el proyecto fracasado. Es un protagonista en plena evolución, con espacio para reescribir capítulos decisivos.
Quizá dentro de unos años, en otro domingo de abril, en ese mismo bar ciclista en el que ahora se mezclan piedras de Roubaix y repeticiones de la Vuelta, aparezca otra vez el coche azul en pantalla y alguien repita, por costumbre, que ese equipo lleva toda la vida. Habrá nuevos nombres, quizá nuevas caras en el podio, otros jóvenes empujando desde abajo. Pero si aún queda en carrera un mallorquín de gesto serio y espalda ligera peleando por un top‑5, o por algo más, si Artà vuelve a vaciarse para verlo subir un puerto, si en el coche un director veterano grita por la emisora mientras mira fijamente los segundos en la pantalla, se podrá decir que el relevo generacional, con todas sus dudas y tropiezos, habrá merecido la pena. Y que la vieja estructura de Abarca, empecinada en no jubilarse, encontró en Enric Mas una forma de seguir soñando con una gran vuelta propia en una época en la que nada, ni siquiera la memoria, se da ya por garantizado.