Movistero
Historia

Las Vueltas a España del equipo: un repaso histórico

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Introducción: La Vuelta como termómetro del equipo Hablar de la saga Reynolds–Banesto–iBanesto–Caisse d’Epargne–Movistar es, en realidad, hablar de la Vuelta...

A mitad de una tarde de septiembre, cuando el sol empieza a resbalar por las laderas verdes de Asturias, el coche de dirección trepa por una carretera estrecha salpicada de niebla y de vacas distraídas. Dentro, la radio de carrera suelta nombres de fugados, diferencias al segundo, referencias de un helicóptero que zumba en lo alto. En la parte trasera se amontonan bidones fríos en una nevera azul, ruedas de repuesto manchadas de grasa, un par de chubasqueros y la sensación de que aquí dentro, más que en ningún otro lugar, se decide buena parte del destino de un equipo. Eusebio Unzué, rostro curtido de tantos meses de hotel y cuneta, lleva décadas escuchando ese mismo tipo de mensajes por el pinganillo.

Para él, para la estructura que hoy atiende al nombre de Movistar y ayer fue Reynolds, Banesto, iBanesto o Caisse d’Epargne, la Vuelta a España no es sólo una carrera de tres semanas: es casi un examen anual, un espejo íntimo, una cita de familia en la que cada error queda amplificado por la cercanía del público y la crueldad de las cámaras de televisión que entran en el salón de cada casa. El frío balance numérico es el de una dinastía: cuatro victorias en la clasificación general, sesenta triunfos de etapa, catorce podios finales, doce veces mejor equipo. Lo recoge la propia web del conjunto, casi como quien enseña un álbum de cromos cuidadosamente ordenado. Pedro Delgado en 1989, Abraham Olano en 1998, Alejandro Valverde en 2009, Nairo Quintana en 2016.

Cuatro años que parecen puntos luminosos en un mapa mucho más complejo, lleno de golpes, de decisiones que se discuten aún en las sobremesas y de cicatrices que explican tanto al equipo como a la Vuelta misma. Porque la historia compartida entre ambos no empezó con esa foto icónica de Perico con el amarillo de Reynolds en Madrid, ni terminó con Quintana vestido de rojo en Cibeles. Viene de más atrás, de una carrera que tuvo que ganarse el respeto del pelotón y de una estructura navarra que aprendió primero a perder de manera dolorosa antes de acostumbrarse a ganar. Para entender por qué el maillot azul se confunde hoy con el paisaje de septiembre, conviene retroceder a una época en la que ese maillot ni siquiera existía.

Durante los años sesenta, la Vuelta era todavía un experimento en busca de prestigio. Muchos la veían como un terreno de pruebas, un lugar al que acudir a pulir el golpe de pedal antes de asuntos más serios en Italia o Francia. Y entonces aparece Jacques Anquetil, obsesionado con someter el calendario a su voluntad y ser el primero en encadenar Giro, Tour y Vuelta. Llega con una escuadra de lujo, una manera casi industrial de entender el esfuerzo: cronos largas, control milimétrico del ritmo en el llano, frialdad absoluta cuando la carretera se empina.

En 1962, el guion se rompe por dentro, traicionado por su propio compañero Rudy Altig. En 1963, Anquetil regresa y se lleva la carrera con una autoridad que obliga a mirarla de otro modo. Alfredo Relaño lo contó en AS con la devoción que merecen las gestas fundacionales: el día en que un campeón total decidió que la Vuelta era digna de figurar en su vitrina, la prueba dejó de ser un pariente menor y se convirtió en el tercer vértice de un triángulo que ya no se podría entender sin ella. Para cuando la palabra Reynolds aparece en los coches de equipo y en el pecho de un grupo de jóvenes ciclistas españoles, a finales de los setenta, la Vuelta ya es un escenario lo bastante serio como para construir en él una identidad.

La estructura navarra nace con una idea tan sencilla como ambiciosa: formar en casa a corredores capaces de pelear en las grandes vueltas. La Vuelta, con sus carreteras reconocibles y sus puertos recitados de memoria por la afición, se convierte en el laboratorio natural. Y también en un campo minado. El primer gran mito, el primer gran golpe, se llama Ángel Arroyo.

La Vuelta de 1982 parece escrita para coronar al escalador abulense. Arroyo, jefe de filas de Reynolds, se gana el maillot de líder, abre diferencias, resiste los ataques en la montaña. En los coches del equipo se palpa una mezcla de nerviosismo y orgullo: un bloque joven, de acento español y alma navarra, a punto de rematar una grande en casa. Hasta que llegan los análisis de laboratorio.

El positivo por dopaje le arranca la victoria en los despachos, le da la general a Marino Lejarreta y deja un sabor amargo que El País resumió años después con un titular seco: la Vuelta que no ganó Arroyo. Aquella expresión quedó flotando como un fantasma en los pasillos de la estructura. No fue sólo una derrota deportiva; fue un aviso sobre el tipo de ciclismo que se estaba construyendo y sobre el coste reputacional de traspasar ciertas líneas cuando se corre ante vecinos, patrocinadores locales y cámaras que todo lo amplifican. En la memoria interna del equipo, las imágenes de esos días van acompañadas de otras, más discretas pero igual de dolorosas.

Alberto Fernández, corredor total, de esos que suben con elegancia y empujan buenos vatios en la cabra, llega a la Vuelta de 1984 en plenitud. Corre para Zor, no para Reynolds, pero su figura se cruza inevitablemente en el relato porque encarna la promesa de un ciclismo español que intenta encontrar hueco entre franceses e italianos. Se queda a seis segundos de la victoria frente a Eric Caritoux, uno de los finales más apretados que recuerde la carrera. Meses después, un accidente de tráfico se lo lleva a él y a su mujer.

La organización decide bautizar la cima más alta de la Vuelta como Cima Alberto Fernández. ABC recogió en papel aquel gesto que iba más allá del homenaje: escribir un nombre propio en la geografía de la ronda, instalar para siempre una ausencia en el mapa. Para la estructura navarra, que compartía entrenamientos, hoteles y carreteras con aquel tipo silencioso, aquello fue otra lección temprana: la Vuelta no perdona, ni en el esfuerzo ni en la vida. Con ese bagaje emocional llega 1985, el año de la llamada Vuelta robada.

El término se irá deshilachando con las décadas, discutido en tertulias, reinterpretado, pero en la memoria popular la imagen permanece clara: Robert Millar, el escocés con pinta de pastor y piernas de escalador, camino de Segovia, vestido de amarillo en la penúltima etapa, y una coalición de fuerzas españolas moviendo la carrera desde lejos. Pedro Delgado, entonces en Orbea, forma parte del golpe. Hay viento, hay nervios, hay radios ordenando apretar, hay un maillot de líder aislado, mal rodeado, quizá mal asesorado. El resultado es un vuelco brutal en la general y la sensación de que la Vuelta puede darse la vuelta en un solo día de caos bien aprovechado.

Para la estructura navarra, que observa esa lección desde la trinchera, el efecto es doble. Primero, la constatación de que la carrera no se gana únicamente a base de cronos y puertos; también se gana con emboscadas. Segundo, la certeza de que en España las lealtades son tan flexibles como la lista de equipos y patrocinadores: el compañero de hoy puede ser el rival de mañana y el gregario de pasado. Delgado regresará muy pronto a la órbita de Unzué.

Primero bajo los colores de Reynolds, luego bajo el maillot inconfundible de Banesto, se convierte en el rostro visible de un proyecto que ya no se conforma con asomarse al podio. En 1989, Perico gana la Vuelta con una mezcla de instinto, autoridad y resistencia a la presión mediática que lo convierte en héroe nacional. Las crónicas recuerdan la contrarreloj final, el control de los colombianos Fabio Parra y Óscar Vargas en la montaña, la etapa de Cerler en la que el segoviano levanta los brazos ante aquellos escaladores latinoamericanos que aterrizan en Europa como si vinieran de otro planeta. AS volverá sobre esa victoria al sprint en el Pirineo como una especie de declaración de jerarquía: el líder de casa, con el maillot de un banco español, imponiéndose en el territorio que parecía reservado a los forasteros.

El triunfo de 1989 tiene algo de restitución. Después de Arroyo, después de la Vuelta robada, el equipo pone su nombre en la general de casa con su propio líder, sin asteriscos ni sombras. Y lo hace en un momento en el que ya despunta otra figura que lo cambiará todo: Miguel Indurain, gregario de lujo que va camino de convertirse en emperador del Tour. La paradoja es conocida: en pleno apogeo del patrocinio Banesto, con el navarro dominando Francia y encadenando Giro y Tour, la Vuelta se le resiste.

Indurain la corre, la lidera, coquetea con la victoria, pero el calendario del equipo orbita alrededor de julio y las fuerzas se reparten. La carrera de casa ve pasar al mito sin poder añadir su nombre a la lista de ganadores, y la estructura asume que su vínculo privilegiado con la ronda española no necesita necesariamente al hombre más famoso del país en lo más alto del podio. La confirmación llega en 1998, cuando Abraham Olano gana la Vuelta con el maillot de Banesto. Olano no tiene el carisma volcánico de Perico ni el aura imperial de Indurain.

Es un corredor cerebral, de gesto contenido, contrarrelojista fino, capaz de sufrir en la montaña sin hacer gestos teatrales. Su triunfo representa la madurez del modelo navarro: un bloque ordenado, con patrones claros en carrera, que sabe proteger a un líder menos mediático pero extremadamente fiable. Movistar, en su relato histórico, coloca ese 1998 al lado de 1989, 2009 y 2016 como los hitos propios en la general de la Vuelta. En los pasillos internos, aquella edición también sirve para demostrar que se puede sobrevivir al vacío emocional que deja un campeón como Indurain sin perder el hilo con la carrera que marca septiembre.

Mientras Banesto se reconvierte en iBanesto.com y luego cede su espacio a Caisse d’Epargne, la Vuelta también se transforma. Cambia su ubicación en el calendario, se asienta en el final del verano, multiplica los finales en alto cortos y violentos, busca puertos en la España vacía que queden bien desde el helicóptero. Las etapas empiezan a diseñarse pensando tanto en la afición que espera en la cuneta como en la audiencia internacional que sigue la carrera desde Londres o Bogotá. La ronda se globaliza y, con ella, el tipo de rival que hay que batir.

La estructura navarra atraviesa esos años entre la continuidad y la reinvención. Cambian los patrocinadores en el pecho pero la mano en el volante sigue siendo la misma. El modelo se mantiene reconocible: un líder claro para la general, gregarios veteranos, gusto por el control más que por la improvisación. En ese contexto, la Vuelta de 2009 tiene algo de ajuste de cuentas.

Alejandro Valverde lleva años acumulando podios, victorias de etapa, sanciones, debates interminables en barras de bar y foros de aficionados. Llega a la ronda española con el maillot de Caisse d’Epargne y, por fin, logra bordar la general. Cruza Madrid de amarillo y rojo, mezcla de alivio y reivindicación. El equipo, que necesita un nuevo héroe charlatán y carismático después de años más sobrios, encuentra en el murciano la figura perfecta: cercano, ofensivo, capaz de ganar en cualquier terreno.

Para la Vuelta, su triunfo también es un guiño a quienes crecieron viéndolo atacar una y otra vez sin premio mayor. Para la estructura navarra, representa el enlace entre las eras Banesto y Movistar. La llegada de Movistar en 2011 le pone acento corporativo a una historia que ya venía de lejos. Telefónica busca un proyecto global pero con raíz española, y la Vuelta se convierte en su escaparate ideal.

El azul corporativo se hace omnipresente en las cunetas, en los spots televisivos, en los carteles de las metas. Deportivamente, los primeros años del nuevo patrocinio son un campo de pruebas. La emboscada de Alberto Contador en Fuente Dé, en 2012, pilla a Movistar y a Valverde a contrapié. La etapa, convertida en mito casi instantáneo, aparece en cada debate sobre la supuesta rigidez táctica de la estructura navarra.

La lección es dolorosa: en una Vuelta moderna que favorece las emboscadas, el control conservador puede volverse en contra. Cuatro años después, la ronda ofrece la escena que el equipo necesitaba para reconciliarse con la épica. Nairo Quintana llega a la edición de 2016 con sed de revancha tras un Tour frustrante. La Vuelta le brinda una segunda oportunidad.

La etapa de Formigal, con Movistar y Tinkoff aliándose para dinamitar la carrera desde el kilómetro uno, rompe el guion de ese ciclismo previsible que se cocina a fuego lento en el último puerto. Chris Froome, aislado, mal colocado desde antes de llegar a los Pirineos, queda fuera de combate. Quintana se viste de rojo y ya no lo soltará hasta Madrid, donde comparte podio con el británico y Esteban Chaves. La crónica oficial de La Vuelta y los reportajes de medios como Cycling Weekly coincidieron en subrayar el golpe táctico y la sensación de que el colombiano, finalmente, había encontrado el escenario para expresar todo lo que le pedía la afición desde su irrupción.

Esa victoria, la última de la estructura en la general hasta la fecha, tiene una doble lectura. Confirma que el modelo de bloque sólido y líder único sigue funcionando cuando se acierta con el plan, pero también abre una etapa nueva en la que el gran enemigo ya no es otro equipo español, sino maquinarias anglosajonas y nórdicas que preparan el curso entero alrededor del Tour y de las grandes vueltas. En los años siguientes, la Vuelta se convierte en un espejo incómodo. Valverde suma podios, etapas y la inevitable aura de eterno.

Enric Mas aparece como heredero natural para la general, encadenando segundos puestos que alimentan la sensación de estabilidad… y de techo. La serie documental de Netflix sobre el equipo, con acceso a radios, reuniones de hotel y discusiones en pleno pasillo, escoge precisamente la Vuelta para enseñar al mundo las costuras de la convivencia entre líderes, directores y patrocinadores. En 2020 y 2021, Mas vuelve a subirse al podio sin tocar el rojo. La sensación se repite: esfuerzo enorme, regularidad sólida, escasa capacidad para desbordar a rivales que disponen de trenes de montaña casi inhumanos.

La edición de 2024 refuerza esa impresión cruel. Primož Roglič levanta su cuarta Vuelta, igualando el récord de Roberto Heras, mientras el balear muestra probablemente la mejor versión de su carrera en la alta montaña, pero sólo puede terminar tercero, a 37 segundos del segundo clasificado, Ben O’Connor. Ciclismo a Fondo subrayó entonces que el equipo no estuvo a la altura de su líder en los momentos clave. Las imágenes de esas jornadas, con Mas mirando hacia atrás buscando compañeros que no llegan, resumen bien el nuevo rol del conjunto navarro: aspirante que necesita correr con inteligencia quirúrgica en un tablero dominado por estructuras de una potencia presupuestaria y tecnológica inédita.

Mientras todo eso se desarrolla en la carretera, hay una línea argumental casi secreta que pocas veces se cuenta y sin embargo condiciona tanto a la Vuelta como al propio equipo. A finales de los setenta, la ronda española está al borde del abismo. El diario que la organiza renuncia a seguir haciéndolo y el futuro de la carrera queda suspendido. Es entonces cuando Jerez de la Frontera ofrece su plaza, sus calles y su circuito para relanzar el proyecto.

En 1979, la ciudad andaluza acoge un prólogo urbano que gana Joop Zoetemelk y una primera etapa camino de Sevilla. Andalucía Información ha recordado en un reportaje minucioso cómo aquel gesto contribuyó a salvar a la actual ronda. Jerez repite como salida en 1984, 1992 y 1997, consolidando una relación sentimental con la carrera que va más allá de un simple convenio comercial. Décadas después, la conexión entre la ciudad y el equipo navarro se hace explícita.

En 2014, la Vuelta decide volver a arrancar en Jerez, esta vez con una contrarreloj por equipos nocturna que serpentea por el casco urbano y por el Circuito. Las cámaras ofrecen planos de bares abiertos, familias enteras viendo pasar a los corredores a toda velocidad, luces reflejadas en el asfalto. Gana Movistar, enfunda el primer maillot rojo en Jonathan Castroviejo y completa un círculo que tiene algo de poesía discreta: la ciudad que ayudó a que la ronda no muriera ve cómo un equipo español, de raíz navarra, patrocinado por una multinacional y seguido desde medio planeta, inaugura una nueva edición liderando la general. Diario de Jerez ha ido reconstruyendo con mimo esa relación, desde las llegadas de los años cincuenta hasta esa crono de 2014 que dejó a los coches azules recorriendo de noche las mismas avenidas que décadas antes había pisado Zoetemelk.

Si se mira con cierta distancia, la Vuelta ha sido para Abarca Sports algo más que un territorio de caza: ha servido de laboratorio táctico, con sus virtudes y sus riesgos. El modelo clásico del equipo se reconoce enseguida. En el llano, obsesión por controlar el ritmo, por evitar sorpresas. En la montaña, confianza en que el peso de los kilómetros y la superioridad de los escaladores propios pondrán a cada uno en su sitio.

En la gestión interna, tendencia a conservar varias bazas en la general todo el tiempo posible, manteniendo vivo el relato del bloque frente al del líder absoluto. Ese enfoque ha permitido ganar Vueltas con perfiles muy distintos de campeón, poblar los top diez de la clasificación con camisetas del mismo color y ofrecer a muchos jóvenes la sensación de que, si quieren crecer, la Vuelta vestida de azul es un escaparate ideal. Pero la Vuelta moderna ha mostrado también el precio de esa manera de competir. Recorridos más cortos y explosivos, rivales con estructuras que parecen diseñadas por ingenieros de Fórmula 1, movimientos lejanos como el de Fuente Dé o Formigal que deciden una general antes de llegar al puerto final… Todo eso castiga las vacilaciones.

Etapas como algunas de 2019 o 2020 han dejado a Movistar expuesto a la crítica: decisiones conservadoras cuando el viento invitaba a volar, dudas a la hora de elegir a quién sacrificar en favor de quién, timidez a la hora de entrar en guerras a 100 kilómetros de meta. La amplificación mediática, con cámaras metidas en el autobús y micrófonos en las reuniones de hotel, convierte cada error en un juicio colectivo. En ningún sitio como en la Vuelta se discute tanto sobre cuándo debió tirar el equipo, quién se equivocó de rueda, quién pidió calma cuando hacía falta incendiar la carrera. Llegado 2025, con la carrera celebrando 90 años, la relación entre la ronda y el equipo se contempla ya como un matrimonio veterano.

La Vuelta se mira al espejo y reivindica su capacidad para reinventarse, como se lee en piezas publicadas en su propia web bajo títulos que juegan con la memoria y el futuro. La edición de ese año, con salida en Turín, paso por Francia y Andorra y final clásico en Madrid, coronando a Jonas Vingegaard tras una exhibición en la Bola del Mundo, es una declaración de intenciones: la ronda ya no se contenta con ser la gran vuelta de casa, quiere ser un campeonato del mundo de tres semanas que atraviesa fronteras y convoca a los mejores especialistas del calendario. Cyclingnews y otros medios internacionales la tratan como lo que es: una cita global que exige preparaciones específicas, equipos volcados y líderes que ya no consideran septiembre un plan B. Para Movistar, esa nueva dimensión es un desafío.

La etiqueta de equipo de casa sirve para llenar cunetas y firmar autógrafos, pero ya no garantiza nada en la general. Competir en la Vuelta implica ahora medirse con estructuras que llegan con el mismo nivel de detalle, recursos y ambición que antes reservaban sólo al Tour. La fidelidad de la afición española, que lleva décadas acostumbrada a ver un coche azul en el centro del pelotón, convive con la exigencia de resultados. Ganar otra vez de rojo supone, quizá, afinar la lectura táctica, arriesgar más a larga distancia, aceptar que en un ciclismo globalizado el apellido del patrocinador importa menos que la capacidad para leer el viento y la meteorología emocional de una carrera que ha dejado de pertenecer sólo a los españoles.

Si vuelves al coche de dirección en esa tarde asturiana, con la niebla rascando los cristales y la radio enumerando dorsales, puedes escuchar en cada decisión un eco de todos esos años. Cuando un director duda entre frenar a un gregario para que espere a su líder o dejarlo en fuga, resuenan aún las lecciones de Arroyo, de Fuente Dé, de Formigal. Cuando el coche se aparta para dejar paso al líder rival que sube a ritmo de locomotora nórdica, se cuela inevitablemente el recuerdo de Vingegaard levantando los brazos en la Bola del Mundo o de Roglič celebrando en Madrid su cuarta Vuelta. Y cuando el equipo se reúne por la noche en el hotel, entre platos de pasta y hielo en las rodillas, el diálogo entre veteranos y jóvenes gira, casi siempre, alrededor de la misma pregunta: qué significa, hoy, correr la Vuelta con este maillot.

Si te sientas en la barra de un bar de barrio y pronuncias dos palabras, Movistar y Vuelta, no te responderán con un listado de estadísticas. Habrá quien recuerde a Arroyo saliendo de la clasificación general en un papel y no en la carretera. Otro te hablará de la Cima Alberto Fernández y de la impresión que daba aquel corredor serio y elegante. Un veterano evocará a Perico adelantando colombianos en Cerler.

Alguien citará a Olano como símbolo de un ciclismo de precisión. Los más jóvenes pondrán sobre la mesa a Valverde saldando cuentas pendientes, a Quintana levantando la vista en Cibeles, a Enric Mas peleando contra Roglič con gesto de tozudez noble. Todos, de un modo u otro, estarán hablando de la misma historia compartida, hecha de victorias brillantes y de heridas que nunca terminan de cerrarse. Mientras la serpiente multicolor siga cruzando la meseta cada septiembre, mientras haya niños que pinten bicicletas azules en cuadernos de deberes, habrá un coche navarro en mitad de ese río, una voz ronca por la radio dando órdenes y una página nueva por escribir en este idilio áspero entre la Vuelta y el equipo.

Puede que la próxima vez que el maillot rojo se siente a cenar en el autobús lo lleve un corredor con acento gallego, colombiano o esloveno, pero si afinas el oído, entre el ruido del motor y el zumbido de las ruedas, seguirás reconociendo algo muy antiguo: la terquedad de un bloque que, desde hace más de cuarenta años, mide su propia vida en curvas de septiembre.