Movistero
Material y estilo

Los maillots más bonitos y los más feos de la saga

· 13 min · 2701 palabras

Material y estilo Hay equipos que cambian de nombre como quien cambia de casero y hay equipos que convierten el maillot en una genealogía.

Hay un instante de julio, justo antes de que la siesta venza a media España, en el que la televisión enfoca una recta blanca, el asfalto tiembla por el calor y, a lo lejos, aparece una mancha azul que no necesita presentación. Ni el dorsal, ni el comentarista, ni siquiera el rostro. Basta el maillot. Durante décadas, la saga de Eusebio Unzué ha vivido ahí, en ese territorio rarísimo donde una prenda deja de ser ropa y empieza a comportarse como una estampita, una bandera, un recuerdo de infancia o una forma de autoridad.

Pregúntale a cualquier aficionado con unos cuantos Tours encima y verás que no responde solo por gusto textil. Responde con la memoria entera. El maillot más bonito le llevará a un verano concreto, a una cuneta, a un campeón que subía sentado como si el puerto tuviera menos pendiente para él que para el resto. El más feo le traerá de vuelta una época que quiso correr más rápido que su propio espejo.

Por eso hablar de los maillots de Abarca Sports no es un capricho de coleccionista. Es abrir un archivo. Ahí están 47 temporadas seguidas en la élite y apenas cinco patrocinadores principales desde 1980, de Reynolds a Movistar, con Banesto, Illes Balears y Caisse d'Epargne entre medias, como recuerda la propia web del equipo. La cifra tiene algo casi antinatural en un deporte que ha despedazado tantas memorias a golpe de mudanza comercial.

En otros equipos uno encadena patrocinadores como quien cambia de casero y, al cabo de unos años, la historia aparece hecha trizas. Aquí no. Aquí la continuidad no ha evitado las metamorfosis, pero sí ha conservado un hilo. Esa permanencia es la que permite hablar de una saga y no de una sucesión de camisetas.

También obliga a ser justos con el criterio. Un maillot ciclista no se juzga bien delante de un maniquí ni sobre una mesa de estudio con luz perfecta. Se juzga en la carretera y en la tele. Tiene que leerse cuando el corredor va doblado sobre el manillar, distinguirse entre sesenta cuerpos comprimidos en una bajada, sobrevivir a la lluvia, al barro, a la sombra de los árboles y a ese plano cenital de helicóptero que vuelve idénticas cosas muy distintas.

Tiene que convivir con el casco, el culotte, las gafas, los calcetines, el coche del director y hasta con la mala costumbre contemporánea de llenar cualquier centímetro libre con un logo más. Un maillot bello no es solo bonito. Es reconocible, respirable, lógico. Tiene una idea central que se entiende en dos segundos.

Un maillot fallido suele delatar ansiedad: miedo a no ser visto, vanidad de despacho o esa urgencia por parecer moderno que tantas veces envejece en la misma rueda de prensa de presentación. El ciclismo, además, sabe desde hace mucho que una tela puede cargar prestigio. El maillot arcoíris, protegido por la UCI casi como un objeto litúrgico desde 1927, no es solo un diseño famoso; es un símbolo bajo vigilancia. Rouleur lo recordaba al repasar su historia: el arcoíris no admite improvisaciones porque representa algo más grande que quien lo lleva.

Todos los maillots de equipo viven, en pequeño, bajo esa misma ley no escrita. Si aciertan, sostienen un relato. Si fallan, lo emborronan. Los Reynolds de los primeros años tenían una virtud que hoy parece revolucionaria: no intentaban caer simpáticos.

Eran sobrios, firmes, casi industriales, como si la ropa hubiese salido de un taller donde lo importante fuese que las cosas duraran. No había ahí voluntad de espectáculo, sino una clase de autoridad silenciosa. El patrocinador ocupaba su lugar sin aplastar al corredor. El conjunto no pedía permiso, tampoco se disculpaba.

Mirado con ojos de 2026, cuando tantas equipaciones parecen diseñadas por un comité que teme el aburrimiento más que el ridículo, aquel Reynolds resulta refrescante. Es posible que a algún espectador joven le parezca duro, demasiado funcional, incluso próximo a un uniforme. Puede ser. Pero el ciclismo siempre ha tenido una relación sana con la severidad.

Lo austero, si está bien proporcionado, suele envejecer con mucha más dignidad que la ocurrencia brillante de una sola temporada. La costura entre Reynolds y Banesto en 1989, cuando el banco toma el mando y arranca una era nueva, es una de las transiciones más interesantes de la historia del equipo. La página oficial la resume como un relevo empresarial; visualmente fue algo más delicado. En aquella tela convivían todavía la herencia metálica de la marca anterior y la ambición expansiva de una gran entidad financiera española que quería ser mucho más que un nombre en el pecho.

Hay equipaciones que nacen ya como nostalgia. Aquel Reynolds tardío nació como bisagra. Y las bisagras, cuando están bien hechas, duran muchísimo. Luego llegó Banesto y el maillot dejó de ser respetable para convertirse en mitología.

Pocas veces un patrocinio corporativo ha encontrado un cuerpo tan apropiado para alojarse dentro de una épica. No hacía falta ningún truco barroco. Bastó un reparto de colores limpio, un dominio visual clarísimo y la suerte, o el destino, de coincidir con Miguel Induráin en el momento preciso. La temporada de 1991, que la historia del equipo señala como el comienzo del reinado en el Tour, le puso a esa equipación el tipo de gasolina simbólica que no se compra.

A partir de ahí, Banesto ya no fue solo un banco estampado sobre licra. Fue el uniforme de una hegemonía. El azul que entraba en las tardes de julio con la naturalidad de lo inevitable. El color de un corredor que convertía la contrarreloj en una forma de administración pública: orden, potencia, silencio y un país entero aceptando que aquello podía durar cinco años.

El gran mérito de Banesto fue que nunca pareció una pancarta. Era comercial, claro. Lo era y mucho. Pero no invadía.

El patrocinador estaba presente sin secuestrar la prenda. Había aire entre los elementos. Había contraste bastante para que un niño lo dibujara con cuatro lápices y acertara. Había también un punto de solemnidad que le sentaba bien al equipo, porque esa estructura siempre ha corrido mejor cuando transmite autoridad que cuando busca simpatía.

Es verdad que el paso de los años fue endureciendo el conjunto, añadiendo densidad y alguna rigidez publicitaria de más. La década no perdonó a nadie. Aun así, su grandeza sobrevivió a esos retoques. Si hubiera que elegir un maillot como cima estética de toda la saga, el Banesto imperial seguiría saliendo primero casi sin discusión.

No porque sea el más refinado en términos abstractos, sino porque logró la cuadratura del círculo: vender una marca, fabricar una identidad y parecer eterno. Toda era grande tiene, por supuesto, su sombra. La de Banesto se llamó iBanesto, y pocas mutaciones resumen tan bien el pecado visual de un cambio de siglo. Hubo un tiempo en que media economía decidió que bastaba con poner una i delante del nombre o colgarle un punto com al final para parecer adelantada al futuro.

El futuro duró lo que dura una burbuja. Al maillot le ocurrió lo mismo. No era una aberración cromática. Ni siquiera un despropósito completo.

El problema residía en la idea que lo sostenía. Ya no hablaba una marca sólida, sino una promesa tecnológica que hoy suena a anuncio de modem. La tipografía ganaba peso. El concepto se comía la prenda.

La ropa respiraba menos y explicaba demasiado. Ese detalle importa más de lo que parece. Un maillot de ciclismo no puede pedirte que entiendas el chiste. Tiene que golpear de inmediato.

El iBanesto, visto desde lejos, funcionaba. Visto de cerca, se fechaba solo. En 2003, mientras Pablo Lastras entraba en el club de los ganadores de etapa en las tres grandes y Denis Menchov vestía de blanco en el Tour, el equipo seguía compitiendo con dignidad, pero la equipación ya parecía llevar encima la melancolía de las páginas web que tardaban un minuto en cargar. La propia historia oficial de ese año tiene algo de despedida en segundo plano.

Y ahí está la condena estética. Lo más feo de este maillot no era el color ni la composición. Era su fragilidad cultural. Quiso ser el futuro y envejeció en el acto.

En una saga tan larga, eso es casi imperdonable. Las transiciones posteriores fueron otra clase de problema. Cuando Banesto se retira, entra Illes Balears y luego asoma Caisse d'Epargne, el equipo se ve obligado a contar dos relatos a la vez. Uno se va, otro llega, y la tela debe hacer de notaría.

Suelen salir perdiendo las costuras. Las equipaciones puente, esas en las que conviven nombres compartidos, geografías promocionales y jerarquías todavía sin fijar, rara vez dan una obra maestra. Illes Balears introducía otra lógica, menos bancaria, más institucional, más ligada a una idea de territorio y de postal luminosa. Después apareció Caisse d'Epargne, primero como presencia complementaria y más tarde como voz dominante.

En esos años algunos maillots de la casa no fueron exactamente horribles, pero sí torpes, sobrecargados por la necesidad de acomodar demasiados intereses en el mismo torso. Se veía el esfuerzo. Y cuando el esfuerzo se nota, la elegancia se resiente. Sin embargo, de esa zona movediza salió una de las mejores identidades visuales de toda la saga.

Cuando Caisse d'Epargne se asentó de verdad, el rosa y el blanco hicieron algo infrecuente: convirtieron una marca poco intuitiva para el aficionado español en una presencia inconfundible. El ciclismo, tan dado a azules, rojos y combinaciones conservadoras, recibió de pronto un equipo que se dejaba ver. No solo no se confundía con nadie; imponía una imagen. El año 2006 terminó de fijar esa impresión, con Óscar Pereiro como ganador final del Tour y Valverde cerrando la temporada entre la élite mundial, según recoge la historia del equipo.

De repente, aquel rosa dejó de ser una excentricidad corporativa y pasó a formar parte de la memoria emocional de las cunetas. Había coraje en esa elección cromática. También inteligencia. El rosa se distinguía en televisión, se leía rápido y concedía personalidad a un equipo que venía de un pasado muy masculino, muy bancario, muy azul.

Era una ruptura sin histrionismo. El riesgo, claro, estaba en cargarlo de adornos o en empujarlo hacia una estética demasiado fechada. Algunas versiones bordearon ese peligro. Pero incluso entonces mantenían una idea fuerte, y las ideas fuertes suelen perdonarse mejor que las medias tintas.

Entre un maillot que arriesga y otro que bosteza, el ciclismo casi siempre agradece al primero. En 2011 llegó Movistar, y la sorpresa fue agradable. Las grandes multinacionales no suelen entrar en este deporte con delicadeza. Con frecuencia aterrizan como un PowerPoint vestido de licra.

Aquí ocurrió otra cosa. El primer Movistar fue serio, armónico, ambicioso sin estridencias. La M verde ya poseía potencia suficiente y el diseño entendió que lo inteligente era no discutirla demasiado. La propia web del equipo definió aquella temporada inaugural como un año de éxitos y de imagen exquisita.

No era propaganda vacía. Aquel maillot oscuro tenía peso. No necesitaba guiñar el ojo al pasado de Banesto ni imitar la sobriedad obrera de Reynolds. Le bastó con parecer grande, que es una cualidad muy difícil de fabricar y muy fácil de perder.

Grande quería decir profundo. El azul oscuro aportaba densidad. El verde cortaba lo justo. La marca respiraba, el corredor seguía siendo protagonista y el conjunto proyectaba la idea de una estructura seria, estable, de primer rango.

Era el tipo de maillot que te hace pensar en un equipo que no ha venido a hacer ruido una semana, sino a instalarse durante años. Y eso, tratándose de Telefónica, ya era medio milagro. El problema fue lo que vino después. Cuando una empresa encuentra una fórmula que funciona, la tentación de convertirla en plantilla es enorme.

Movistar la exprimió durante demasiado tiempo con cambios mínimos. El resultado no fue una caída en la fealdad, sino algo más sutil y quizá más peligroso: el cansancio. Rouleur lo apuntó en 2021 con una ironía precisa al observar que la emoción de los nuevos maillots no estaba precisamente en el del equipo navarro. Se había entrado en la era de la repetición.

Por eso el rediseño de 2022 resultó tan oportuno. Rouleur celebró entonces el regreso a un azul oscuro más clásico y un equilibrio general más limpio, con la sombra sentimental de poder ser la última gran piel de Alejandro Valverde. Esa versión afinó lo que el maillot de 2011 había prometido y luego había desgastado. Recuperó profundidad cromática, alivió la sensación de burocracia visual y devolvió a la prenda cierta autoridad sin aspavientos.

Si Banesto es el gran campeón histórico y Caisse d'Epargne el valiente que acertó, el mejor Movistar seguramente sea ese de 2022: la prueba de que una marca corporativa todavía puede recordar que un equipo ciclista no es un folleto. Ahora que Valverde pertenece ya a esa categoría de leyenda cotidiana que se invoca casi sin pensar, el azul de Movistar sigue cargando una herencia pesadísima. La continuidad no es solo deportiva. También es visual.

Enric Mas, que volvió a competir en la Challenge Mallorca de 2026 después de perder media temporada anterior por una seria afección venosa, aparece hoy como uno de los rostros que sostienen esa línea narrativa, tal y como contó Cyclingnews. Cuando la cámara le enfoca, no está vistiendo solo el presente del equipo. Va cosido a una genealogía. A Reynolds, a Banesto, a Valverde, a Perico...

No, a Pereiro, a las etapas de Lastras, a las tardes de siesta con el volumen bajo. Un maillot no pedalea, pero organiza la memoria del espectador. Si me apretaran contra la barra de un bar y me obligaran a dictar sentencia, el podio de los más bonitos sería bastante claro. Primero, el Banesto de la edad imperial, porque convirtió una identidad comercial en una forma de paisaje sentimental y porque aún hoy conserva limpieza, autoridad y músculo simbólico.

Después, el mejor Movistar, sobre todo el de 2022, capaz de asumir la modernidad sin someterse al tedio de la marca repetida. Y muy cerca, el Caisse d'Epargne ya asentado, con ese rosa que tuvo el valor de salirse del repertorio habitual y además supo verse a un kilómetro de distancia. En el reverso, el iBanesto se queda con el título del más feo, no por chabacano, sino por efímero, que en una saga tan larga viene a ser una forma superior de la fealdad. Detrás colocaría a varios maillots de transición entre Illes Balears y Caisse d'Epargne, piezas de mudanza, atrapadas entre patrocinadores que aún no sabían bien qué querían contar.

Hay una lección bastante clara después de recorrer cuarenta y siete años de tela y carretera. Abarca Sports ha vestido mejor cuando ha elegido un color rey y no lo ha puesto a debatir con demasiados secundarios. Ha ganado presencia cuando el patrocinador ha mandado sin invadir, cuando ha dejado aire, cuando ha entendido que el ciclista no es un soporte publicitario con pulsaciones, sino el centro de la escena. Ha acertado cuando la originalidad se veía desde lejos, como ocurrió con el rosa de Caisse d'Epargne, y ha tropezado cuando la modernidad dependía de una moda verbal demasiado corta, como sucedió con iBanesto.

El gran peligro para el futuro, mucho mayor que cualquier extravagancia, será la tibieza: parecer una versión apenas retocada del año anterior, como si el diseño pudiera resolverse con una reunión sin conflicto. La carretera no perdona esa pereza. Tampoco la memoria. Porque al final no gana el maillot más bonito en abstracto, ni el más elegante bajo los focos de una presentación, ni siquiera el más fotogénico en una sesión de estudio.

Gana el que parece inevitable, el que, al verlo sobre un corredor concreto en un verano concreto, da la impresión de que no podía haber sido de otra manera. Banesto lo consiguió con Induráin. Caisse d'Epargne lo logró con Valverde y con la anomalía luminosa de Pereiro. Movistar, en sus mejores versiones, rozó esa misma verdad.

El iBanesto, en cambio, llevaba encima el temblor del disfraz. Y cuando una prenda parece un disfraz, el aficionado lo adivina enseguida. Igual que adivina cuándo una silueta azul al fondo de la carretera no es un simple corredor, sino una vieja historia que vuelve a pasar delante de casa.