La Pregunta Trampa Hablar de los mejores escaladores de la saga Reynolds-Banesto-Illes Balears-Caisse d’Épargne-Movistar parece fácil hasta que uno intenta s...
El Angliru necesitaba un bautizo y le salió un pirómano. Aquel septiembre de 1999, cuando la Vuelta llevó por primera vez al pelotón a esa pared asturiana que parecía dibujada por un enemigo de las bicicletas, no ganó solo una etapa José María Jiménez: se quedó con una montaña entera. Hay victorias que envejecen como un resultado y otras que se convierten en una escena fija. Chava subiendo allí pertenece a la segunda especie.
La carretera retorcida, el gesto desencajado de los demás, la sensación de que la carrera había entrado en un sitio nuevo y que el primero en poner su firma sobre la roca era un escalador con algo de ángel y bastante de incendio. Cuando se pregunta por los mejores escaladores que han pasado por la casa de Reynolds, Banesto, iBanesto, Caisse d’Epargne y Movistar, la memoria arranca casi siempre en esa curva. El problema es que la pregunta viene trucada. Parece limpia, casi administrativa, y no lo es.
¿Qué se premia aquí? ¿Al escalador puro, al hombre que cuando la pendiente se pone seria deja de pedalear como los demás y empieza a hacer daño? ¿Al campeón total que sube como un grande, aunque su oficio no se agote en la montaña? ¿Al que firma puertos míticos?
¿Al que convierte esa superioridad en una general de tres semanas? En una estructura que, según recuerda la web oficial del equipo, llega a 2026 con 47 temporadas seguidas en la élite, más de mil victorias, ocho Tours, seis Giros, cinco Vueltas y 137 etapas en grandes rondas, no basta con abrir una hoja de cálculo y contar trofeos. Esta historia no cabe en un Excel. Es demasiado larga y, sobre todo, demasiado sentimental.
Por eso el veredicto exige mezclar varias cosas a la vez. La primera es la calidad desnuda del escalador: cómo subía, cuánto miedo daba, cuántos rivales quedaban reducidos a un gesto de supervivencia cuando el puerto se empinaba. La segunda es la huella que dejó con este maillot, porque aquí no estamos haciendo una clasificación de talentos abstractos sino de hombres que pertenecen a una genealogía concreta. La tercera es el peso narrativo.
Hay corredores que ganan una cima y corredores que secuestran una cima para siempre. La cuarta es la sustancia competitiva. La montaña conmueve mucho más cuando además entrega algo grande: una grande, un podio, un cambio de era, una fotografía que altera el árbol genealógico del equipo. Abarca Sports siempre necesitó un escalador al que la montaña le sentara como una confesión.
Hasta cuando la estructura fue más fría y más calculadora, incluso cuando tuvo a un gigante como Miguel Indurain gobernando el calendario con aquella mezcla de motor y aplomo que parecía industrial, la casa buscó a alguien capaz de darle a los puertos un tono de novela. En los años ochenta fue Perico Delgado. En los noventa convivieron el hielo de Indurain y la fiebre de Chava. Después apareció Francisco Mancebo, menos legendario porque era más seco, pero durísimo en la montaña larga.
En la era de Valverde, la estructura aprendió a convivir con un corredor que no era un grimpeur de estampita antigua, aunque en las llegadas duras resultara casi irrespetuoso discutirle demasiadas veces. Luego llegó Nairo Quintana, que devolvió al equipo la sensación de tener a un hombre que no pedía permiso en alta montaña. Más tarde irrumpió Richard Carapaz, un relámpago breve y afilado. Ahora sigue Enric Mas, cuyo ciclismo no deja tantas postales, pero sí tres semanas de escalada seria y una disciplina que a veces parece de contable suizo.
En la balda más alta de esta clasificación hay tres nombres, y el primero por pureza casi obliga a bajar la voz: Chava Jiménez. No fue el mejor corredor total que pasó por la estructura. Ni el más estable. Ni el más completo.
Fue algo más raro y quizá más valioso para una lista como esta: el escalador que mejor encarnó la belleza desordenada de la montaña. La historia oficial de la Vuelta dentro del equipo parece escrita por un aficionado incapaz de elegir una sola tarde. Ahí están Los Ángeles de San Rafael en 1997. Ahí están las cuatro etapas de 1998, Cerler, Coll de Pal, Xorret de Catí y Lagunas de Neila, más un maillot de la montaña y un tercer puesto en la general que lo colocaron en el corazón competitivo de aquel Banesto que ganó la ronda con Olano.
Ahí está el Dauphiné de aquel mismo año con el triplete español en el Ventoux, donde Jiménez también estaba metido en la travesura. Ahí está, claro, el Angliru de 1999. Y ahí están las tres etapas de 2001, Ordino-Arcalís, Sierra de la Demanda y otra vez Coll de Pal, cuando la propia estructura ya lo nombraba como lo que era para la gente: un ídolo. Lo de Chava no era solo subir rápido.
Era otra cosa. Era la sospecha de que, si la carretera se ponía lo bastante cruel, el orden táctico podía romperse a su favor. Hay escaladores que administran; él a menudo dinamitaba. Hay campeones que reducen la montaña a una cuenta exacta de vatios, segundos y daño controlado; él la convertía en un sitio más imprevisible, más teatral, más vivo.
Eso tiene un coste, claro. La irregularidad también forma parte del personaje. Pero cuando la clasificación habla de escaladores, y no de corredores completos, la pureza del terror cuesta arriba cuenta mucho. Pocos hombres de esta casa hicieron sentir eso como él.
El otro gran pico de la lista es Nairo Quintana, que representa casi el extremo opuesto: el escalador que no solo lastima en los puertos, sino que transforma ese dolor en grandes vueltas. Su propia biografía oficial ya parece redactada con vocación de mito andino. Para ir al colegio hacía 16 kilómetros de ida y 16 de vuelta; el regreso era en subida, al 8 por ciento; llevaba una bicicleta pesada y una mochila a la espalda. Cuando llegó a Europa, cuentan en el equipo, hubo pruebas de esfuerzo que daban error.
Luego apareció el Tour de 2013 y todo aquello dejó de sonar a fábula para convertirse en jerarquía. Con 23 años acabó segundo en París, se llevó el maillot blanco y el de la montaña, y Movistar sintió por primera vez en mucho tiempo que en alta montaña volvía a tener a un hombre capaz de mirar a cualquiera a la cara. El año decisivo fue 2014, porque ahí la escalada dejó de ser promesa y se volvió victoria estructural. La web del equipo recuerda ese Giro como la primera gran vuelta conquistada por Movistar bajo el patrocinio de Telefónica.
No fue un triunfo burocrático. Fue una batalla atravesada por frío, nieve, sospechas, niebla y una etapa de esas que parecen de otra época. Val Martello, después del Gavia y el Stelvio en una jornada medio salvaje, convirtió a Quintana en maglia rosa. Esa escena importa porque explica muy bien por qué Nairo merece discutirle el primer puesto a cualquiera.
No era solo un escalador de cumbres míticas. Era un lector de carrera, un líder, un hombre que sabía cuándo usar la superioridad en la montaña para doblar la historia a favor suyo. La otra imagen definitiva de Quintana con esta casa llegó en la Vuelta de 2016, en Lagos de Covadonga. La crónica oficial del equipo habló de una de las mejores actuaciones de su carrera.
La frase suena rotunda, pero la tarde la sostiene. Dos ataques, Froome descolgado, el liderato recuperado, la certeza de que aquella Vuelta estaba cambiando de dueño en una cima que no admite medias tintas. Quintana, como Perico y como Chava, también tiene puertos secuestrados por la memoria. La diferencia es que los suyos vienen casi siempre con un botín más pesado en el bolsillo.
Si Chava fue el escalador como incendio, Nairo fue el escalador que además ganaba la guerra. El tercer nombre de esa repisa principal es Pedro Delgado, porque algunas jerarquías no se entienden sin mirar quién abrió la puerta. Perico quizá no tenga la pureza alucinada de Chava ni la eficacia moderna de Nairo, pero su importancia en la historia de la montaña de Abarca es fundacional. Antes de que la estructura se acostumbrara a pensar en sí misma como una dinastía, fue él quien le dio tamaño de gran relato.
El Reynolds de 1988 vive todavía en la memoria oficial del equipo con dos estampas casi irrepetibles: Perico de amarillo en París y Perico subiendo el Gavia en el Giro bajo una nevada que hoy parece una exageración literaria y entonces fue un hecho. Un año después ganó la Vuelta con tres etapas, ya en la transición Reynolds-Banesto. No se trató solo de victorias. Se trató de tono.
El equipo aprendió con él a creer que la montaña podía ser un lugar propio. Eso distingue a Perico del resto. Nairo actualizó la tradición y la volvió global. Chava incendió una tradición ya existente.
Perico, en cambio, la funda. Su escalada coincide con el momento en que la casa deja de ser una promesa simpática para empezar a hablar el idioma de las grandes vueltas. En listas así, el fundador siempre juega con una ventaja moral. No porque la nostalgia tenga más razón que el cronómetro, sino porque sin ese primer gesto la conversación sería otra.
Justo por debajo aparece un trío que cualquier otra estructura firmaría sin pestañear: Richard Carapaz, Alejandro Valverde y Francisco Mancebo. Carapaz estuvo menos tiempo, pero su pico de rendimiento en la montaña fue tan agresivo que sería absurdo rebajarlo demasiado. El Giro de 2019 lo coloca ahí. La historia oficial del equipo lo resume como el año en que llegó una nueva victoria rosa y, de paso, el cierre de dos trayectorias importantes dentro de la estructura, la de Quintana y la del propio Carapaz.
El ecuatoriano fue menos lírico que Nairo y menos caótico que Chava. Tenía otra forma de castigar: seca, filosa, con una sensación de sentencia. Cuando atacaba, no parecía abrir un debate, sino cerrarlo. Valverde es el caso que obliga a discutir qué entendemos por escalador.
Si uno busca al grimpeur antiguo, liviano, casi místico, su nombre no es el primero que sale. Si uno mira la realidad competitiva, sería ridículo dejarlo fuera de la aristocracia. La Vuelta del equipo lo delata: segundo en 2006, ganador en 2009, segundo en 2012, tercero en 2013 y 2014, segundo todavía en 2019. Hay pocos corredores en la historia de esta casa con esa capacidad para convertir una subida dura en un acto de autoridad.
La Pandera en 2009, cuando defendió la general que acabaría ganando, resume bastante bien su método. No necesitaba parecer un poeta del puerto largo. Le bastaba con ser casi imposible de rebatir en el momento exacto. Mancebo merece más respeto del que suele recibir cuando se reparten recuerdos.
Quizá porque fue menos fotogénico que otros, quizá porque su ciclismo no se prestaba tanto al mito inmediato. Pero en montaña era un hombre de enorme seriedad. Tercero en la Vuelta de 2004, tercero otra vez en la de 2005, ganador de etapa en Ordino-Arcalís, escalador de fondo, de desgaste largo, de resistencia sin alharaca. En una clasificación sentimental sale perdiendo, porque otros dejaron tardes más estruendosas.
En una conversación seria sobre quién subía de verdad, se sienta muy cerca de los mejores. Luego viene la zona más espinosa, la de los casos que exigen una explicación casi jurídica. Enric Mas está ahí. También Miguel Indurain, aunque por motivos muy distintos.
Mas ha firmado dos segundos puestos seguidos en la Vuelta, en 2021 y 2022, y el propio equipo subrayó tras Santiago la palabra que mejor lo define: regularidad. Sube muy bien. A veces, muchísimo. Pero lo hace con una sobriedad que deja menos cicatriz en la memoria.
Tiene menos fogonazo y más continuidad. Eso, para una gran vuelta, vale oro. Para una lista de escaladores atravesada por la emoción, lo coloca un peldaño más abajo. Indurain es el gran problema lógico de cualquier ranking así.
Si la conversación fuera sobre los mejores corredores de toda la saga Abarca, aparecería en una altura casi inaccesible. Pero la montaña, en su caso, siempre fue una parte de un dominio más amplio. El Tour de 1991, con aquella jornada de Val Louron junto a Chiappucci que la propia historia oficial del equipo sigue señalando como el inicio de una era, basta para recordarnos que también podía desactivar una gran subida con autoridad absoluta. Solo que su grandeza verdadera no vivía únicamente allí.
Indurain no fue un escalador puro. Fue algo más grande y, a la vez, algo menos específico para esta lista. En los márgenes quedan nombres que merecen una mención aunque no entren de lleno en la fotografía principal. Miguel Ángel López dejó una victoria salvaje en Gamoniteiru en 2021, una tarde de niebla espesa y piernas afiladas.
Marc Soler tuvo días de montaña muy potentes, pero no una continuidad suficiente. Mikel Landa pasó por la estructura con el prestigio intacto de gran escalador, aunque su huella en esta casa fue más breve que la fama que traía puesta. Y conviene no mezclar genealogías: hay grandes escaladores españoles de estas décadas que pertenecen a otros árboles y no a esta sangre concreta. Esta lista no es del ciclismo español.
Es de Abarca Sports. Al final, una tier list sirve menos para cerrar la discusión que para obligarte a decir qué valoras. Si se premia la pureza escaladora, Chava tiene algo casi incontestable. Si se premia la montaña que además entrega grandes vueltas, Nairo se agranda muchísimo.
Si se premia la importancia fundacional, Perico se vuelve inmenso. Si se premia la constancia de élite, Valverde y Mas aprietan con fuerza. Si se premia el pico breve y feroz, Carapaz exige sitio propio. Ninguna de esas balanzas es del todo justa, porque comparar a Perico con Nairo o a Chava con Mas implica cruzar materiales distintos, metodologías de entrenamiento distantes y carreras corridas en culturas tácticas que casi parecen deportes vecinos.
También obliga a aceptar una verdad incómoda: la memoria favorece al hombre que dejó la postal más intensa, no siempre al más fuerte durante más años. Pero un artículo de este tipo no está para fingir neutralidad de juzgado. Está para mojarse. Si hubiera que ordenar la vitrina con una sola mano, en la balda más alta quedarían Chava Jiménez, Nairo Quintana y Pedro Delgado.
En la segunda, Richard Carapaz, Alejandro Valverde y Francisco Mancebo. En la tercera, Enric Mas y ese Miguel Indurain que parece demasiado grande para quedar tan abajo y, al mismo tiempo, demasiado total para subir más en una lista de escaladores puros. Si la pregunta fuera quién fue el mejor escalador de montaña pura que pasó por la casa, mi voto iría a Chava. Si la pregunta fuera quién convirtió mejor su grandeza cuesta arriba en victorias históricas para la estructura, elegiría a Nairo.
Si la pregunta fuera quién enseñó primero a esta dinastía a mirar un puerto sin agachar la cabeza, diría Perico. Quizá esa triple respuesta sea la única honesta. Porque la montaña de Abarca no la explica un solo hombre ni un solo estilo. La explican el pionero que abrió camino entre nieve y miedo, el incendiario que convirtió una rampa en una religión y el ganador que supo llevar la superioridad hasta la línea final.
Y cuando el Angliru vuelve a aparecer en la televisión, o el Gavia, o Lagos, la vieja casa de Navarra sigue reconociéndose en los mismos tres gestos: creer, arder y rematar.