El invento de ordenar una leyenda Una tier list le sienta bien al ciclismo cuando un ranking seco, del uno al diez, empieza a hacer trampas.
El Angliru tiene una manera muy suya de poner a cada uno en su sitio. Primero te empequeñece con esa pared absurda, luego te obliga a mirar hacia arriba y, cuando ya no queda aire para la retórica, te deja solo con la verdad. En septiembre de 1999, José María Jiménez subió por allí como si la montaña fuese un animal al que conocía de toda la vida. Desde entonces, cada vez que alguien intenta ordenar las grandes victorias de etapa de la casa navarra aparece el mismo problema: ¿cómo metes en una misma conversación a una cabalgada así, tan salvaje y tan humana, con la solemnidad de una contrarreloj de Perico, con la limpieza industrial de Indurain, con la contundencia de Quintana en Lagos o con el estallido de Valverde en Courchevel?
Hacer una tier list con las victorias de etapa de la saga Abarca Sports tiene algo de sacrilegio. También de reparación. Porque el uno al diez se queda corto para una estructura que no levantó su prestigio solo a base de ganar mucho, sino a base de ir dejando escenas que explican una forma de correr y casi una forma de estar en el ciclismo. La dimensión del asunto ayuda a entender la dificultad.
La casa llega a 2026 con 47 temporadas seguidas en la élite, cinco grandes patrocinadores principales en su historia masculina y 1152 victorias totales. En la ficha corporativa asoma el dato que de verdad obliga a sentarse: 137 triunfos de etapa en grandes vueltas. El Tour le reconoce 34 victorias parciales desde 1983. La Vuelta, 65, además de cuatro generales.
Cuando una estructura ha vivido tanto y ha ganado tanto, contar ya no basta. Hay que discriminar. No entre lo bueno y lo malo, porque aquí casi todo lo que entra en el archivo grande ya pertenece al territorio de lo notable, sino entre lo magnífico y aquello que además torció el rumbo de la historia del equipo. Ahí empieza la jerarquía de verdad.
Porque una victoria de etapa no vale solo por las piernas que la produjeron. Vale por el rival al que dobló, por el momento en que llegó, por la consecuencia que dejó y por esa persistencia rara que tienen algunas jornadas para quedarse dentro de la memoria colectiva mucho después de que el resultado se haya borrado de la conversación diaria. No se trata únicamente de preguntar cuál fue la mejor. La pregunta buena es otra: cuál cuenta mejor el alma de esta estructura.
Y esa respuesta no la resuelve el cronómetro. La resuelve el contexto, que es una palabra menos brillante que épica pero mucho más útil. Quizá por eso conviene volver al principio, a ese equipo que todavía no era mito y ya se comportaba como si llevara el mito en los bolsillos. La continuidad de Abarca Sports es una de las grandes anomalías hermosas del deporte moderno.
Reynolds, Banesto, iBanesto.com, Illes Balears, Caisse d’Epargne, Movistar Team: cambiaron los colores, el patrocinio, la economía del pelotón, la tecnología, las modas tácticas y hasta la respiración de las carreras, pero debajo siguió latiendo una misma estructura. No es una franquicia de usar y tirar. Es una casa con memoria. Y esa memoria tiene rasgos reconocibles: bloques compactos, fijación por las grandes vueltas, gusto por la montaña, respeto casi religioso por la contrarreloj cuando toca imponer orden y una paciencia vieja para cocinar las carreras a fuego lento, como si el ciclismo siguiera siendo un oficio manual incluso en mitad del laboratorio.
La primera piedra, en ese sentido, parece pequeña hasta que la miras de cerca. En 1980 Dominique Arnaud gana en León la primera etapa de la Vuelta para el equipo. Sobre el papel puede parecer solo un dato fundacional, una fecha para archivistas. En la lectura larga es bastante más.
Es el momento en que un maillot todavía joven, el salmón de Reynolds, deja de pedir permiso y empieza a ganarse un lugar en el pelotón profesional. Todas las grandes genealogías tienen una escena modesta que luego el tiempo engrandece. La de Abarca está ahí, en una carretera castellana, antes de que media Europa aprendiera a pronunciar el nombre del equipo con el respeto que llegaría después. Tres años más tarde llegó el Tour, que es el lugar donde las imposturas duran poquísimo.
Reynolds debutó en 1983 y no lo hizo con timidez, sino con una de esas entradas que parecen redactadas por un novelista con ganas de exagerar. Solo que no había exageración: Ángel Arroyo y Pedro Delgado acabaron primero y segundo en la crono del Puy de Dôme. El Tour oficial sigue recordando aquella irrupción como un aterrizaje estruendoso. No es una mala definición.
Un equipo desconocido para la liturgia francesa se plantó allí y sacudió una carrera que no suele regalar reverencias a los recién llegados. Esa etapa no está quizá en el altar más alto porque la dinastía todavía no había mostrado todo lo que iba a ser, pero vive muy cerca de él. Fue la presentación en sociedad de una estructura que entró en la casa grande del ciclismo como quien vuelve a un sitio donde ya había soñado estar. Hay victorias que anuncian.
Otras certifican. Villard-de-Lans en 1988 pertenece a la segunda especie, que suele ser la más valiosa. Pedro Delgado ganó aquella contrarreloj del Tour y lo hizo con esa autoridad seca que tienen los días en que un líder deja de parecer candidato para empezar a comportarse como dueño de la situación. La subida a la Côte d’Engins, el control del esfuerzo, la sensación de que mandaba incluso cuando nadie gritaba: todo eso convirtió aquella tarde en una pieza mayor de la historia del equipo.
No fue una de esas jornadas desquiciadas que luego alimentan la mitología sentimental. Fue casi mejor. Fue la tarde seria en la que Reynolds dejó claro que ya no estaba de paso. Hay equipos que hacen historia con gestos teatrales.
Los más grandes la hacen también con actuaciones de oficina, impecables y frías. Villard-de-Lans tuvo ese sabor. Y, sin embargo, si uno tuviera que quedarse con una sola jornada para explicar la lógica interna de la casa, cuesta escapar de Luz Ardiden 1990. No porque sea la etapa más famosa ni la más excesiva, sino porque ahí se escucha el clic exacto del relevo.
En 1989 Miguel Indurain ya había enseñado los dientes en Cauterets. Aquella fue la primera victoria de su vida en el Tour, el instante en que el futuro asomó la cabeza. Luz Ardiden, un año más tarde, ya no fue un aviso. Fue una investidura.
Banesto seguía viviendo todavía bajo el magnetismo de Perico, pero el equipo entendió entonces que después del héroe volcánico no venía un vacío, sino una máquina perfecta. Con la distancia de los años, aquella etapa parece el momento exacto en que la estructura supo que su siguiente era imperial no solo era posible, sino inevitable. En la historia del deporte hay relevos que se anuncian con palabras y otros que se anuncian con una pedalada. El de Indurain fue así.
Luego llegó el Indurain que convirtió el Tour en una rutina de excelencia y llenó de amarillo la memoria del equipo, hasta sumar 60 maillots amarillos según la ficha oficial de la carrera. El problema, para un artículo como este, es que la superioridad absoluta a veces castiga la literatura. Indurain acumuló cronos que podrían colonizar media lista si el criterio fuese únicamente la dominación: Alençon, Mâcon, Luxemburgo, Blois, Bergerac, Seraing, Lac de Vassivière. Pero una tier list no la gana solo quien aplasta.
La ganan también quienes dejan una escena que explique algo más que la fuerza. Por eso la grandeza del navarro impregna todo el relato sin necesidad de ocuparlo entero. Está en el fondo de la fotografía, como un edificio que sostiene el paisaje aunque la mirada se vaya hacia otros rincones más dramáticos. Y el drama, en esta familia, tiene una cara muy concreta: la del Chava.
Si Indurain fue la perfección del sistema, José María Jiménez fue la prueba de que la misma estructura podía albergar también el exceso, el capricho genial, la montaña convertida en teatro. Su Angliru de 1999 no necesita demasiada defensa porque ya se defiende solo. La Vuelta moderna encontró allí uno de sus símbolos más potentes, y ese símbolo arrancó con él. No fue solo una victoria.
Fue una colonización emocional de un puerto que desde entonces quedó ligado a su nombre con la fuerza con la que algunos toreros se quedan pegados a una plaza. El Chava hacía algo que los datos nunca han sabido narrar del todo: volvía seductor el sufrimiento. Convertía la pendiente en un espectáculo de carácter. Si esta estructura quería ser recordada no solo por su eficacia, sino también por su capacidad para producir belleza desordenada, el Angliru era imprescindible.
No hay muchas victorias que salgan del resultado para entrar en la cultura. Esa lo hizo. A la vuelta del siglo, cuando Banesto dejaba paso a otros colores y otras jerarquías, apareció Alejandro Valverde para darle a la casa una continuidad distinta, menos monolítica que la de Indurain, más sinuosa, pero igual de fértil. Su victoria en Courchevel en 2005 tiene el brillo de las escenas que cambian la escala de un corredor y de paso la del equipo que lo arropa.
Ganar en el Tour ya es mucho. Ganar delante de Armstrong, que entonces seguía siendo el gran tótem de la carrera, era otra cosa. La web histórica del equipo habla de un triunfo fijado para siempre en la retina de los aficionados y no cuesta darles la razón. Valverde ya era un nombre grande, desde luego, pero aquella cima alpina lo proyectó a una dimensión internacional distinta.
Sirvió para inaugurar una década y para darle a la estructura un nuevo rostro capaz de discutir el gran escaparate del ciclismo mundial. Ese rostro fue cambiando con los años, como cambian las casas que envejecen sin derrumbarse. Hubo victorias de oficio, victorias de persistencia, victorias que contaron tanto por lo que eran como por quién las lograba. Por eso Totana 2011 merece un cariño especial.
Pablo Lastras ganó la tercera etapa de la Vuelta después de una fuga larguísima, se vistió de líder y le dio al recién nacido Movistar Team su primer triunfo parcial en la ronda española. A simple vista puede parecer una pieza menor comparada con los grandes monumentos del archivo. En realidad dice muchísimo sobre el carácter del equipo. Lastras era un veterano de la casa, un profesional de los que aguantan las estaciones como quien cuida una viña, y su victoria tenía algo de recompensa moral.
No solo inauguraba la relación entre la marca Movistar y la Vuelta. Cerraba además el triplete de triunfos en las tres grandes en aquella temporada. Hay equipos que se explican en sus campeones. Otros también en sus fieles.
Abarca siempre necesitó a los dos. Peyragudes 2012 entra en esa zona de victorias que emocionan porque nacen de una herida. Fue el Tour de las caídas, de los tropiezos, de los planes desordenados. Y entonces llegó esa etapa trabajada desde lejos, cocinada con la vieja receta de la casa: meter corredores por delante, desgastar la carrera, confiar en la insistencia colectiva y rematar arriba con Valverde.
La crónica del equipo la definió como la victoria más emotiva del año, y cuesta discutirlo porque allí se vio mejor que en ningún otro sitio ese principio casi doméstico de la estructura: el que levanta los brazos rara vez gana solo. Detrás suele haber un pelotón íntimo de gregarios, directores, cálculos y paciencia. En un tiempo cada vez más devoto de la explosión individual, aquella etapa recordó que esta casa seguía creyendo en la artesanía coral. También por eso resulta tan significativa la victoria de Quintana en el Col du Portet en 2018.
No arregló por completo aquel Tour, ni borró las dudas que ya rodeaban al colombiano, pero sí combatió la idea del declive con una escena de gran altura. Nairo llevaba cinco años sin ganar en la carrera y apareció en la etapa reina de los Pirineos para conquistar una cima que tenía algo de examen final. Era una victoria contra el paso del tiempo, contra la sospecha de que el mejor Quintana había quedado atrás. Él mismo la colocó luego entre las más importantes de su vida, junto a Lagos de Covadonga, porque ambas se dieron en puertos míticos y ambas tenían peso de historia.
No estaba exagerando. Hay triunfos que añaden una línea al palmarés y otros que le devuelven volumen a una biografía. Portet fue de esos. Pero si la gran foto de la era Movistar tuviera que reducirse a una sola tarde, esa imagen seguramente estaría en los Lagos de Covadonga en 2016.
Quintana atacó dos veces, recuperó el liderato de la Vuelta y dejó la carrera ya inclinada hacia Madrid. Lo importante no fue solo ganar en un puerto de liturgia española. Fue la sensación de plenitud. El equipo parecía fuerte, maduro, convencido de sí mismo; el corredor, por fin, encontraba una gran vuelta donde la superioridad no era una promesa sino una realidad tangible.
La propia crónica de entonces habló de una de las mejores páginas de su carrera. Visto desde hoy, también fue una de las últimas grandes páginas de dominio total de la estructura en una carrera de tres semanas. Si Luz Ardiden fue la bisagra que abría un futuro, Lagos fue la culminación de una esperanza largamente perseguida. Entre esas cumbres mayores vive también un archivo noble que no conviene despachar deprisa.
Eduardo Chozas en Aurillac, en 1985, pertenece al tiempo en que el equipo todavía aprendía a ser grande pero ya mostraba maneras de veterano. La Zubia 2014 resume a Valverde casi mejor que muchas victorias más ruidosas: inteligencia, aceleración exacta, lectura de carrera, continuidad. La contrarreloj de Santiago de 2014, con Adriano Malori bajo la lluvia, recuerda que esta casa también ha sabido cerrar carreras con precisión técnica y no solo con romanticismo. Valloire 2019, otra vez con Quintana, tuvo la belleza de las tardes reparadoras: un Tour torcido, casi 5.000 metros de desnivel, una ofensiva lejana y una victoria que devolvió dignidad competitiva allí donde parecía quedar solo resignación.
Gamoniteiru 2021, con Miguel Ángel López, fue enorme aunque después la relación entre el colombiano y el equipo se rompiera con estrépito. Las biografías humanas pueden estropearse. Las piernas de aquel día no. Y luego están las victorias que se quedan golpeando la puerta, como esas novelas estupendas que no entran en una lista de diez porque la estantería es pequeña.
Cauterets 1989, el primer triunfo de Indurain en el Tour, tiene toda la carga del descubrimiento. Morzine 2016, con Ion Izagirre, fue una etapa bellísima en un verano ya marcado por la gran empresa de Quintana. El Giro aparece algo más abajo en la jerarquía sentimental de esta casa, no porque falten argumentos, sino porque el centro de gravedad del mito se escribió sobre todo entre Francia y España. Ventoso en Fiuggi, Kiryienka en Sestriere, Amador en Cervinia, Carapaz en Montevergine: todas esas victorias cuentan, claro que cuentan, pero la médula narrativa de Abarca se consolidó mirando al Tour y a la Vuelta, allí donde llegó el primer gran golpe, donde se levantó la dinastía central y donde apareció la última gran coronación.
Quizá ese sea el valor de una clasificación por escalones y no por números: permite ser justa sin fingir una exactitud imposible. Arroyo no corría el mismo deporte que Quintana, ni Delgado se medía en el mismo laboratorio que Valverde. La Vuelta del Chava no se parece a la de los años hiperestructurados del siglo XXI. Compararlos con tiralíneas sería una trampa.
Compararlos desde la memoria, la consecuencia y el temblor que dejaron resulta bastante más honesto. Se sacrifica algo de limpieza estadística, es verdad. Pierden terreno los contrarrelojistas, pierden espacio ciertas victorias de piernas descomunales pero relato discreto. A cambio, se gana algo más valioso: una verdad literaria que en el deporte, con frecuencia, se acerca bastante a la verdad a secas.
Además, el presente empuja en esa dirección. La ficha del Tour de 2026, consultada este agosto, recuerda las glorias de ayer y al mismo tiempo expone la distancia del hoy: el equipo figura en esa edición sin victorias de etapa, con 2025 todavía fresco como un año lejos de la vieja abundancia. No hace falta usar ese contraste como látigo. Basta entenderlo como una luz.
Cuando el presente aprieta menos, la memoria deja de ser un museo y vuelve a funcionar como brújula. Ordenar estas victorias no sirve para instalarse en la nostalgia, sino para reconocer qué ha hecho de esta estructura algo más que una suma de patrocinadores y dorsales. En Reynolds hubo una promesa. En Banesto, un imperio.
En Caisse d’Epargne y en Movistar llegaron otras formas de grandeza, menos continuas a veces, más humanas, también más frágiles, pero todavía capaces de producir tardes que siguen oliendo a montaña, a cálculo y a casa. Por eso, si alguien obligara a elegir una sola imagen para contar la novela larga de Abarca Sports, la respuesta no dependería solo del puerto más duro ni del rival más ilustre. Dependería de qué escena explica mejor la continuidad de una manera de entender este oficio. Ahí aparecen Luz Ardiden 1990, con el futuro entrando sin pedir permiso; Lagos de Covadonga 2016, con la obra moderna terminada en rojo; y el Angliru del Chava, con la certeza de que una victoria puede dejar de pertenecer a la clasificación para empezar a pertenecer a la cultura.
El resto es orden, discusión, sobremesa. Lo importante es otra cosa: que esta casa ha sabido seguir siendo la misma mientras todo alrededor cambiaba. Y en el ciclismo, que se devora a sí mismo con una rapidez cruel, eso quizá sea la victoria más difícil de todas.