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Historia

Reynolds: los orígenes del equipo en los años 80

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Historia Una fábrica, un club y dos tipos con hambre La historia del actual Movistar Team no arranca con Telefónica, ni con Indurain, ni siquiera con Perico...

En enero de 1980, en Mallorca, ocho corredores se colocaron un dorsal con la torpeza solemne de quien está entrando en una casa que aún no sabe si será suya. Llevaban un maillot rosa salmón que parecía diseñado para no pasar desapercibido ni aunque el pelotón entero se empeñara en mirar hacia otro lado. A su alrededor no había todavía una leyenda, ni una dinastía, ni ese prestigio sedimentado que hoy acompaña al nombre de Movistar Team como si siempre hubiera existido. Había otra cosa: una mezcla de atrevimiento y oficio, de intuición de pueblo y ambición seria, de gente que venía de mancharse las manos en un club ciclista y que decidió dar el salto al profesionalismo sin pedir permiso a nadie.

Aquel día en la Volta a Mallorca no empezó solo un equipo. Empezó una forma de entender el ciclismo que, con cambios de patrocinador y de uniforme, ha logrado atravesar medio siglo sin romperse. Reynolds fue la primera piel profesional de esa continuidad extraña y casi milagrosa que hoy sostiene Abarca Sports. No es un prólogo decorativo de la historia del Movistar Team.

Es el núcleo duro. El laboratorio. La cocina. Allí se mezclaron por primera vez los ingredientes que luego convertirían a Banesto en imperio, a Caisse d’Epargne en refugio competitivo y a Movistar en marca global.

Allí estaban ya la paciencia, la jerarquía, la fe en la cantera y esa costumbre tan navarra de hacer las cosas sin estridencias pero con una determinación que acaba imponiéndose. La historia bonita suele pedir un héroe desde la primera línea, un campeón que irrumpe y ordena el relato a golpe de victoria. La real va por otro camino. Arranca en Irurzun, en el C.C.

Irurzungo, en una base social más cercana a la obstinación que al glamour. José Antonio Martínez, al que todos conocían como El Chapas, los hermanos Jesús y José Legarra y Pedro Mari Alzueta levantaron el armazón. No estaban fundando una aventura pintoresca para pasar el rato. Estaban construyendo una plataforma.

De ese club saldría el embrión aficionado del que más tarde nacería Reynolds. Allí se formó Eusebio Unzué primero como ciclista y luego como director, que es una manera bastante profunda de aprender un oficio: antes de ordenar desde el coche, había sentido el viento en la cara. También había una fábrica. Industria Navarra del Aluminio.

INASA. Conviene detenerse un momento en ese detalle porque define la naturaleza del proyecto. No era el capricho de un millonario con ganas de ver su nombre en los periódicos. Era una alianza entre una empresa industrial ligada al papel de aluminio Reynolds y una cultura ciclista local que llevaba años observando, cuidando y empujando corredores.

Ese origen explica casi todo lo importante. Reynolds no nació como una escuadra recién pintada para cumplir calendario. Nació como la profesionalización de una casa que ya tenía pasillos, normas no escritas y memoria. En 1977 apareció por allí José Miguel Echávarri, antiguo profesional y hombre dotado para resolver problemas antes de que otros supieran siquiera nombrarlos.

Había llegado buscando acomodo para Héctor Rondán, un uruguayo al que conocía de su etapa como seleccionador. El azar, que en el ciclismo suele disfrazarse de conversación a pie de carretera, hizo el resto. El Reynolds aficionado necesitaba un director porque Peluso Legarra ya no podía dedicarle el mismo tiempo. Echávarri enlazó esa necesidad con Eusebio Unzué.

Y así quedó armado el binomio que marcaría durante décadas el carácter de la estructura: el temperamento y la intuición de uno, la continuidad metódica del otro. Por eso, cuando el equipo se hizo profesional en 1980, no salió a la carretera como una cuadrilla improvisada. Doce corredores formaron aquella primera plantilla y diez llegaban del campo amateur. El dato tiene algo más que valor estadístico.

Habla de una idea. Reynolds quería crecer desde dentro, creer en su propio ojo, no actuar como una oficina de fichajes presa de la ansiedad. Juan García Barberena, director general de INASA, dio el apoyo decisivo para el salto. El equipo entró en el profesionalismo con ocho hombres en Mallorca, con maillot salmón y con una voluntad clarísima de ser visible.

No aspiraba a sobrevivir en los márgenes del pelotón. Aspiraba a existir de verdad. La primera temporada no fue una fantasía, pero tampoco una mera toma de contacto. Dominique Arnaud ganó en León la primera etapa de la Vuelta para la escuadra.

Juan Martín Ocaña levantó el Trofeo Masferrer. José Luis Laguía se llevó una etapa en la Vuelta a los Valles Mineros. Tres victorias en el estreno. Pocas si uno las compara con lo que vendría después.

Muchísimas si se leen como acta fundacional. Aquel Reynolds joven, todavía pequeño, ya entendía que un equipo entra en la conversación pública ganando días concretos, dejando postales reconocibles, colándose donde se suponía que no le tocaba. La España ciclista de comienzos de los ochenta necesitaba precisamente eso. Venía de una resaca sentimental rara, con la retirada de Ocaña aún muy cerca y con la sensación de que hacían falta proyectos nuevos capaces de ilusionar sin impostura.

Reynolds ocupó ese espacio con naturalidad. Tenía algo que el aficionado detecta enseguida: no parecía un artificio. Parecía una casa en construcción, sí, pero una casa de verdad. El segundo año suele ser el más peligroso.

El primero admite indulgencia; el segundo exige pruebas. En 1981, Reynolds dejó de ser novedad para empezar a ser equipo. José Luis Laguía se convirtió en la gran bandera del curso al ganar la clasificación de la Montaña de la Vuelta a España con una autoridad precoz, vestido de negro desde la primera etapa. Aquel triunfo tenía un valor simbólico enorme: decía que la estructura ya podía sostener un relato largo, no solo un fogonazo.

Más aún cuando Laguía, en la Tirreno-Adriático, llegó segundo en una etapa detrás de Giuseppe Saronni y por delante de Francesco Moser. Era una línea de resultados, sí, pero también un aviso: Reynolds empezaba a rozarse con apellidos mayores sin salir despedido. Mientras tanto, abajo, en la planta donde de verdad se cuecen las hegemonías, seguía trabajando la cantera. Pedro Delgado estaba terminando su etapa en el equipo aficionado.

Ese ascensor interno iba a resultar decisivo. La estructura no dependía únicamente de convencer a estrellas externas. También fabricaba continuidad. Ese detalle parece menor hasta que entiendes que, años después, permitiría el tránsito de Perico a Indurain sin necesidad de demoler el edificio para levantar otro.

En 1982 cambió la escala. Entraron Pedro Delgado y Julián Gorospe, dos promesas de primer orden, y se sumó Ángel Arroyo, referencia indiscutible del ciclismo español de aquel momento. El efecto fue inmediato, pero sería injusto atribuírselo solo al talento individual. Reynolds ganó treinta carreras aquella temporada, firmó cinco etapas en la Vuelta y conquistó una Vuelta al País Vasco memorable con Laguía y Gorospe superando en la contrarreloj final a Francesco Moser, que entonces era poco menos que un tótem contra el reloj.

Eso no sucede por casualidad. Sucede cuando el talento cae sobre una estructura que ya sabe lo que quiere. Ahí apareció un Reynolds moderno antes de tiempo. Tenía concentraciones invernales, autobús propio, componentes técnicos de primer nivel y una organización más avanzada de lo habitual en el ciclismo español de la época.

Incluso incorporaba mujeres al staff, un detalle que hoy puede parecer lógico y que entonces hablaba de una mentalidad menos rígida que la del entorno. No hacía falta un presupuesto descomunal para comportarse como un equipo grande. Hacía falta una idea clara del trabajo. Reynolds la tenía.

En 1983 el Tour de Francia dejó de ser un horizonte y se convirtió en escenario. Reynolds debutó en la gran carrera y salió de ella transformado. Ángel Arroyo terminó segundo en París. El equipo firmó un doblete inolvidable con Arroyo y Delgado en la cronoescalada del Puy de Dôme.

Julián Gorospe vistió de amarillo en la Vuelta durante varias jornadas hasta que Bernard Hinault, que tenía la delicadeza de un martillo neumático, reventó la carrera rumbo a Ávila. De repente, aquella estructura nacida entre Irurzun e INASA había aprendido a discutir jerarquías en Francia. La imagen del Puy de Dôme tiene algo fundacional. No solo por ser el primer gran triunfo de Reynolds en el Tour, sino por la manera en que resume una audacia.

El equipo no viajó a Francia para adquirir modales. Viajó para competir. Y en esa misma temporada, casi escondido entre tantos focos, el equipo aficionado veía cómo Miguel Indurain se proclamaba campeón de España. Esa simultaneidad lo explica todo: Reynolds era capaz de vivir su mejor presente sin dejar de preparar el futuro.

En 1984 ya había conectado con la gente. No es una frase hueca. Se notaba en las cunetas, en la identificación popular, en la sensación de que aquel equipo navarro pertenecía un poco a todos los aficionados españoles. Ángel Arroyo ganó en Morzine una etapa del Tour y confirmó que lo de 1983 no había sido un espejismo.

Pero el ciclismo, que reparte gloria y peaje en el mismo paquete, dejó una herida importante: Pedro Delgado se rompió la clavícula en esa misma etapa cuando marchaba quinto en la general. Carlos Hernández, perdió la posibilidad de ganar el Tour del Porvenir a causa de otra caída. Reynolds se acercaba a las treinta victorias, seguía creciendo y, a la vez, aprendía que las estructuras sólidas no son las que evitan los golpes, sino las que no se desvían después de recibirlos. En septiembre debutó como profesional Miguel Indurain, recién salido de los Juegos de Los Ángeles.

La escena, vista con la perspectiva de hoy, tiene un aire de tráiler histórico. Pero entonces era solo un muchacho enorme entrando en una casa que ya sabía trabajar para un líder aunque aún no supiera que aquel muchacho acabaría siendo el líder total. La prueba llegó muy pronto. En 1985 Pedro Delgado y Ángel Arroyo se marcharon, atraídos por ofertas más fuertes.

Ese tipo de pérdidas suele desnudar la verdadera fortaleza de un equipo. Si lo que tienes es una colección de nombres, te derrumbas. Si lo que tienes es una estructura, resistes. Reynolds resistió.

Con 20 años y 8 meses, Indurain se convirtió en el líder más joven de la historia de la Vuelta y sostuvo cuatro jornadas de amarillo. Eduardo Chozas ganó en Aurillac una etapa del Tour tras una fuga de esas que mezclan paciencia, coraje y cálculo. El equipo firmó diecinueve victorias y, sobre todo, envió un mensaje seco: aquí no se acaba nada porque se vayan dos estrellas. Un año más tarde, en 1986, ese mensaje ganó volumen.

Indurain conquistó el Tour del Porvenir, una carrera que durante décadas funcionó como radar para detectar futuros hombres de julio. Julián Gorospe ganó en Saint-Étienne una etapa del Tour después de 150 kilómetros en solitario, una salvajada antigua incluso para los estándares de los ochenta. Marc Gómez abrió y cerró la Vuelta con victorias de etapa. Y en Francia, a veces, el equipo aparecía como Reynolds-TS Batteries, síntoma de una estructura que buscaba asentarse fuera de casa con inteligencia comercial además de piernas.

A esas alturas, Reynolds ya no dependía biográficamente de un solo ciclista. Había construido una escuela. Tenía método, jerarquía y recambio. Lo más interesante es que no lo proclamaba.

Lo practicaba. En 1987 llegó una temporada de transición bajo el nombre Reynolds-Seur. Indurain ganó nueve carreras y terminó por primera vez el Tour de Francia, aprendizaje silencioso que entonces pareció una nota al margen y hoy se lee como anuncio. Al final del curso se confirmó el regreso de Pedro Delgado.

Fue mucho más que un fichaje. Fue el reencuentro entre un corredor y una estructura que se habían quedado pendientes el uno del otro. Deportivamente era una apuesta ambiciosa. Emocionalmente, cerraba una herida.

Lo que ocurrió en 1988 pareció la culminación natural de todo lo anterior. Reynolds decidió poner el Tour en el centro de su obsesión. Para prepararlo, corrió por primera vez el Giro de Italia, con una modernidad táctica que en aquella época no estaba al alcance de todos. No bastaba con tener a Perico; había que diseñar el camino para llevarlo a julio en la temperatura exacta.

El plan salió. El 24 de julio, Pedro Delgado entró en París como ganador del Tour de Francia. La imagen del equipo campeón contenía una década entera: Perico, Indurain, Gorospe, Lukin, Herminio Díaz Zabala, Omar Hernández, Arnaud, Rodríguez Magro. Cantera, paciencia, veteranía, fichajes bien elegidos.

No hubo milagro. Hubo sedimentación. Aquel mismo año, además, el Giro regaló una de esas estampas que sobreviven al resultado: Delgado trepando el Gavia bajo la nieve. Hay fotografías que hacen carrera y otras que hacen época.

Esa hizo ambas cosas. Resumía el carácter aventurero, áspero y romántico de aquel Reynolds que se había acostumbrado a mirar las montañas no como un decorado, sino como un terreno de conquista. En 1989 el apellido Banesto ya asomaba en el maillot y en el porvenir inmediato. Reynolds-Banesto fue una bisagra, una temporada en la que un nombre empezaba a despedirse mientras otro se preparaba para ocupar toda la fachada.

Pero el equipo seguía corriendo con la misma hambre. Delgado ganó la Vuelta, fue tercero en el Tour detrás de LeMond y Fignon y arrastró para siempre la espina de aquellos casi tres minutos perdidos en el prólogo de Luxemburgo. Indurain ganó la Paris-Nice y levantó su primera etapa en el Tour, en Cauterets, enseñando ya la silueta del corredor que estaba a punto de dominar una década. Aquí conviene mirar con calma el relevo.

Banesto no reemplazó a Reynolds como quien tira un decorado viejo para montar otro nuevo. Heredó un edificio terminado. Heredó una forma de mandar, una cultura competitiva, un conocimiento del oficio y una sucesión generacional perfectamente encaminada. El gran Banesto de los noventa no se entiende sin los años de Reynolds.

Nació de ellos como una consecuencia lógica, no como una ruptura. La gran virtud de aquella primera época fue su equilibrio entre raíz local y aspiración internacional. Supo proteger la cantera sin volverse provinciana. Supo abrirse al gran ciclismo sin perder carácter.

Supo aceptar que el patrocinio obliga siempre a vivir con una maleta medio hecha, pero también entendió que la mejor defensa contra la incertidumbre consiste en construir algo que sobreviva a los nombres del maillot. Echávarri puso carácter, autoridad, intuición. Unzué fue afianzando la continuidad. Entre ambos levantaron una estructura menos ruidosa que obstinada, menos dada al eslogan que al trabajo repetido hasta que da fruto.

Por eso Reynolds sigue teniendo tanta fuerza simbólica. Porque representa el momento exacto en que un club de base, una fábrica navarra y un puñado de dirigentes con visión decidieron que no habían venido al ciclismo para ocupar una esquina modesta. Habían venido a gobernar su destino. Primero en Mallorca, con un maillot salmón que parecía una declaración de intenciones.

Luego en León, en la Vuelta, en el Puy de Dôme, en Morzine, en el Gavia, en París. De Arnaud a Perico, de Laguía a Indurain, de Irurzun al Tour. Cuando el nombre cambió y llegó Banesto, el animal ya respiraba por sí solo.