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Historia

La era Delgado: el primer Tour de Banesto

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Cuando Banesto todavía era Reynolds La historia del primer Tour de Banesto empieza con una pequeña trampa visual.

Luxemburgo amaneció con ese orden impecable de las ciudades que no parecen hechas para el error, y sin embargo allí empezó uno de los veranos más desordenados y más reveladores de la historia de esta casa. Pedro Delgado, vigente campeón del Tour, icono nacional, rostro perfecto para el desembarco de un gran banco en el ciclismo, regaló casi tres minutos en el prólogo. Casi tres minutos. Una barbaridad en cualquier Tour y una herida especialmente aparatosa en el primer Tour de Banesto, que llegaba al escaparate de julio con ambición de nombre grande y se encontró de golpe con el temblor de quien entra tropezando en su propia presentación.

El detalle ha quedado tantas veces reducido a anécdota que a veces se olvida lo esencial: aquella tarde no se rompió sólo el guion de una carrera, se definió el tono entero de una época. La historia se cuenta mal cuando se acelera. Suele pasar con 1989 porque al fondo de la foto aparece ya Miguel Indurain y la tentación de leerlo todo como simple prefacio es demasiado cómoda. Se mira aquel Banesto y se cree ver una sala de espera del porvenir, una antesala algo accidentada antes de que llegara el dominio metódico, seco, casi funcionarial, de los años siguientes.

Pero el primer Tour de Banesto fue otra cosa. Fue un verano de mudanza sin derribo, una transición en la que cambiaba el rótulo del maillot y permanecía el esqueleto, una estructura que dejaba de llamarse Reynolds para presentarse ante el gran público con los colores de un banco ambicioso sin renunciar al pulso interno que ya traía aprendido. Ahí está una de las claves de la larga vida de Abarca Sports, esa rara continuidad del deporte español que ha atravesado décadas, patrocinadores y modas sin dejar de reconocerse en el espejo. La cadena es conocida y merece ser dicha despacio: Reynolds, Banesto, iBanesto, Caisse d’Epargne, Movistar Team.

Parece una sucesión de marcas. En realidad es una biografía de resistencia. Lo que cambió fue el apellido comercial; lo que siguió latiendo fue una forma de trabajar, una disciplina, una idea muy precisa de lo que debía ser un equipo ciclista. Banesto no aterrizó sobre un solar ni fundó una escuadra desde cero, como quien corta la cinta de una sucursal nueva.

Se acopló a una casa ya ganadora, ya ordenada, ya acostumbrada a convivir con la presión y con los grandes escenarios. Por eso el primer Tour de Banesto importa tanto: no fue un debut deportivo, fue una prueba de elasticidad. Había que demostrar que un proyecto nacido con Reynolds podía soportar otra escala de exposición sin desfigurarse. Y para eso no había mejor bandera que Pedro Delgado.

Conviene mirar a Perico con un poco más de respeto del que a veces le concede la nostalgia mal administrada. No era sólo un campeón con palmarés, aunque ya llegaba con el Tour de 1988 pegado a la piel y con la Vuelta de 1989 todavía caliente. Era también un personaje en el sentido más alto del término: un corredor que no ocupaba la carrera, la electrizaba. Había ciclistas que tranquilizaban a sus directores y había ciclistas que llenaban el aire.

Delgado pertenecía a la segunda especie. En torno a él, el equipo nunca parecía una máquina limpia de imprevistos, sino una comunidad jerarquizada alrededor de un jefe capaz de incendiar la montaña o de alterar la lógica de la carrera en cualquier momento. Para un patrocinador nuevo, aquello era una promesa formidable. También una fuente de inquietud.

Porque Banesto se asoció al ciclista español más carismático del momento, al hombre que garantizaba conversación nacional, horas de televisión, devoción popular y esa mezcla de heroísmo y riesgo que tanto agradece el patrocinio cuando sale bien. Con Perico, el público no se sentaba simplemente a esperar un resultado. Esperaba un suceso. Esperaba drama, valentía, improvisación, una etapa de esas que dejan a medio país hablando por la noche como si hubiera asistido a una obra de teatro.

Pero ese magnetismo tenía peaje. Un equipo tan identificado con su líder vive al ritmo de sus exaltaciones y de sus caídas. No es la estabilidad glacial que luego representaría Indurain. Es otra cosa: un liderazgo de radiación emocional, de días sublimes y días torcidos, todo a la vista de todos.

Banesto ganó mucho entrando en el Tour de la mano de Delgado. También aceptó que su primer verano bajo ese nombre no iba a ser cómodo. Por eso Luxemburgo pesa tanto. Porque de pronto el primer Tour de Banesto dejó de ser una operación de prestigio para convertirse en una persecución.

Un equipo que llega en control corre con una lógica; un equipo herido corre con otra. Desde aquel prólogo, la carrera ya no pidió administración, pidió reparación. La clasificación se había vuelto un recordatorio constante del fallo y, con él, cambiaba hasta la atmósfera moral del equipo. Ya no se trataba sólo de defender el rango de un campeón ni de presentar a Banesto como patrocinador de autoridad.

Se trataba de salir vivo de una entrada grotesca, de rehacer la jerarquía del Tour a golpe de montaña y orgullo. Ahí apareció el mejor paisaje para Delgado: la carretera que se empina, el tiempo que se vuelve menos matemático y más corporal, el lugar donde un corredor de su especie podía convertir la inferioridad en argumento. La grandeza de aquel Tour está en que Banesto no se hundió en el sobresalto. Se reorganizó alrededor de la persecución.

Delgado estuvo cerca de recuperar la enorme desventaja de los primeros días y acabó tercero, sólo por detrás de Greg LeMond y Laurent Fignon en una de las ediciones más memorables que ha dado la carrera. Dicho rápido suena a podio digno. Dicho bien suena a otra cosa: a una demostración de carácter competitivo en medio de un Tour histórico, con el equipo obligado a vivir en estado de remontada desde el kilómetro cero. Eso, que a veces se lee como insuficiencia porque no hubo amarillo final, fue en realidad una forma muy eficaz de legitimación.

Banesto necesitaba probar que había entrado en una casa perteneciente a la aristocracia de julio, y el podio de Delgado, logrado después del desastre inicial, sirvió exactamente para eso. No hubo exhibición de dominio, pero sí algo a menudo más valioso para la memoria: un relato reconocible. El campeón que llega tarde. La estructura que se rehace sobre la marcha.

La montaña convertida en refugio y escenario. La impresión de que, incluso desde el error, aquella casa sabía discutirle el verano a los mejores. Además, no conviene olvidar en qué Tour ocurrió todo. El de 1989 no fue una edición de transición ni una temporada menor de la carrera.

Fue el Tour del duelo feroz entre LeMond y Fignon, la edición que aún hoy se recuerda como una de las grandes obras dramáticas del ciclismo. Terminar tercero allí no equivalía a ocupar el último hueco de un podio amable. Significaba estar presente en un capítulo mayor de la historia del deporte. Banesto, en su estreno como gran apellido del equipo, no quedó al margen del relato principal.

Se metió dentro, con heridas, sí, pero también con una visibilidad formidable. Mientras tanto, y ésta es la otra belleza de aquel verano, el futuro ya estaba haciendo ruido sin pedir todavía el centro del escenario. La atención popular, lógica, se iba detrás de Perico. Pero dentro del equipo se estaba incubando otro lenguaje.

Miguel Indurain había ganado la París-Niza al comienzo de la temporada, también el Critérium Internacional, y en el Tour levantó su primera etapa en los Pirineos, camino de Cauterets. No era un fogonazo exótico ni una promesa decorativa. Era un expediente serio. Había, al mismo tiempo, un campeón consagrado sosteniendo la fachada pública del proyecto y un heredero demostrando que la casa disponía de otra manera de mandar.

Ese punto merece detenerse porque explica mucho de la grandeza institucional de Abarca Sports. El primer Tour de Banesto es, al mismo tiempo, la última gran plenitud emocional de Delgado como eje natural del proyecto y la primera evidencia rotunda de que el relevo ya tenía cuerpo. No hacía falta anunciar ninguna sucesión teatral. Bastaba con mirar las piernas, los resultados, el aplomo del navarro.

Cauterets fue bastante más que una victoria de etapa. Fue una escena fundacional. En un verano marcado por la épica de la reparación, Indurain dejó entrever que el equipo no sólo estaba tratando de salvar el presente; estaba enseñando el porvenir. Visto desde los despachos del patrocinador, aquello era un regalo extraordinario.

Banesto no dependía de una sola carta. Tenía a un líder que garantizaba fervor popular y tenía también, dentro de la misma estructura, a un corredor llamado a dominar la década siguiente con una naturaleza casi opuesta. Delgado era el volcán. Indurain, la gravedad.

Uno convertía cada puerto en acontecimiento; el otro empezaba a sugerir que había una forma más fría y más devastadora de gobernar una gran vuelta. Pocas veces un equipo ha mostrado con tanta nitidez el presente que representa y el futuro que prepara. Sería injusto, de todos modos, reducir aquella temporada a una dialéctica de dos nombres. El primer Banesto era más ancho.

La nómina de 1989 lo demuestra: dieciocho corredores, once victorias y una dirección compartida entre José Miguel Echávarri y Eusebio Unzué. Ahí había cocina, no improvisación. Estaban Julián y Rubén Gorospe, Melcior Mauri, Javier Lukin, Armand de las Cuevas, Dominique Arnaud, William Palacio, Abelardo Rondón y otros hombres que daban grosor real al proyecto. Españoles, franceses, colombianos, perfiles distintos para necesidades distintas.

No era un equipo pendiente de una inspiración aislada. Era una estructura adulta, capaz de sostener un Tour, de ganar durante la temporada y de acompañar a sus líderes con oficio. El palmarés anual confirma esa amplitud. Delgado levantó la Vuelta y sumó etapas.

Indurain se llevó pruebas de prestigio en las primeras carreras del calendario. Rubén Gorospe dejó su sello en Asturias. Juan Carlos González Salvador también aportó. Banesto, por tanto, no se estrenaba como patrocinador de una escuadra monocorde que se jugara toda su razón de ser en dos semanas de julio.

Entraba en una plataforma deportiva activa durante todo el año. Eso ayudó a absorber el susto del Tour. Un proyecto así no se define por una sola tarde mala, aunque esa tarde sea en Luxemburgo y aunque el bochorno inicial parezca demasiado grande para borrarlo. Leído con frialdad, el modelo de la era Delgado tenía ventajas clarísimas y riesgos igualmente visibles.

La ventaja más obvia era el carisma. Perico transformaba el patrocinio en conversación nacional. Otra era la visibilidad: cuando encontraba piernas, el equipo aparecía justo donde una marca desea aparecer, en la montaña, en la televisión, en las portadas, en la charla del día siguiente. También estaba la legitimidad competitiva: un Tour ganado en 1988, una Vuelta en 1989, podio en la Grande Boucle, triunfos de Indurain en carreras de peso.

El reverso residía en la dependencia emocional de un líder imprevisible. Un mal arranque, como el de aquel prólogo, no castigaba sólo la general; alteraba toda la arquitectura táctica de la carrera. Banesto debutó en el Tour desde el desorden administrado, no desde la seguridad blindada. Y sin embargo quizá ahí empezó parte de su identidad pública.

Las marcas también se construyen en el aprieto. A veces incluso mejor. El banco llegó creyendo que se asociaba a un campeón, y descubrió que estaba entrando en una forma particular de entender el ciclismo: menos limpia de sobresaltos que la que vendría después, más humana, más teatral, más vulnerable y por eso mismo muy eficaz para generar adhesión. El primer Tour de Banesto no mostró todavía el dominio burocrático de los años futuros.

Mostró algo más antiguo y más literario: la obstinación de una casa que sabía seguir compitiendo cuando ya parecía haber empezado perdiendo. Para comprender del todo el peso histórico de aquel verano conviene asomarse al año siguiente. En 1990, el relevo generacional dejó de ser intuición y se volvió argumento central. Delgado se cayó del podio final del Tour por primera vez en cuatro años.

Indurain ganó otra vez la París-Niza, firmó la Clásica de San Sebastián, conquistó una etapa en Luz Ardiden y siguió acumulando victorias que lo postulaban como futuro jefe indiscutible. Delgado seguía siendo enorme, hasta el punto de acabar segundo en la Vuelta, pero el tiempo ya estaba moviendo sus placas tectónicas. Lo notable es cómo se gestionó ese paso. Echávarri administró la transición sin convertirla en una guerra doméstica, sin humillar al campeón saliente para coronar al entrante.

La casa cambió de eje sin romperse. Esa luz retroactiva engrandece 1989. El primer Tour de Banesto fue la última vez que todo giró de forma casi natural alrededor de Perico y, a la vez, la primera ocasión en que el equipo comprobó en la escena mayor que Indurain no era una promesa remota, sino una realidad emergente. Sin la remontada furiosa de Delgado y sin la victoria pirenaica del navarro, el relevo del año siguiente se entendería peor.

Lo que en 1990 pareció evidente venía cocinándose a la vista de todos en el Tour anterior, sólo que todavía envuelto en la electricidad sentimental de Perico. Por eso conviene contar hoy esta historia sin tratar a Delgado como un prólogo de nadie. No lo fue. Fue el rostro necesario del cambio de patrocinio.

Banesto no entró en el ciclismo desde la sobriedad imperial que luego asociaríamos a Indurain. Entró desde la exuberancia competitiva de un segoviano que corría como si cada puerto mezclara pelea de barrio y tragedia clásica. Entró desde un verano que comenzó con un golpe torpe en Luxemburgo, se sostuvo en la persecución y terminó con un podio de enorme espesor histórico. Entró, en fin, demostrando que la continuidad de esta estructura no dependía de una sola combinación de marca y líder, sino de una cultura deportiva capaz de absorber cambios sin perder rango.

El primer Tour de Banesto no fue el Tour que anunció una dinastía porque aún no había aprendido a parecer una dinastía. Fue algo mejor para quien quiera entender de verdad la genealogía del actual Movistar Team. Fue la prueba de que esta casa sabía sobrevivir al cambio de nombre, convivir con dos tiempos a la vez y convertir un error descomunal en una historia digna de ser recordada. Banesto se subió entonces al coche pensando que acompañaba a un campeón.

Lo que estaba presenciando, en realidad, era el instante preciso en que una estructura aprendía a ser más grande que el hombre que ese verano todavía la encarnaba.