Los mejores gregarios de la historia del equipo
Introducción: el día de los gregarios Si nos sentamos en un bar a hablar de la saga Abarca, la conversación suele empezar por Indurain, Valverde o Quintana.
La televisión escupe una etapa de la Vuelta a media tarde, el volumen bajo, el bar con ese murmullo de vasos y conversaciones que no van a ninguna parte. El pelotón avanza en fila de a uno por un puerto de segunda que nadie recordará dentro de tres días. En la barra, alguien lanza la pregunta sin mirar del todo a la pantalla, como quien deja caer un reto: «Vale, pero… ¿quién ha sido el mejor gregario del equipo de toda la vida?». No pregunta por Indurain, ni por Perico, ni por Valverde.
Pregunta por los otros, los que nunca suben al podio con flores en la mano, los que echan el hombro contra el viento y se apartan justo cuando la cámara decide hacer zoom en el líder. En la saga Abarca —Reynolds, Banesto, iBanesto, Illes Balears, Caisse d’Epargne, Movistar— la respuesta a esa pregunta vale casi tanto como un maillot amarillo. Porque esta estructura ha construido cinco Tours, varias Vueltas y una retahíla de podios sobre un material poco glamuroso: el trabajo anónimo de los gregarios. Lo que sostiene al líder no son sólo sus vatios, ni las concentraciones en altura, ni la cabra de contrarreloj; es ese corredor que tiene claro que su clasificación general importa menos que el gesto de girar el cuello para comprobar que el jefe sigue ahí, a rueda, respirándole en la nuca.
Un buen gregario vive una contradicción hermosa. Tiene que ser lo bastante fuerte como para ganar carreras por sí mismo, pero ha firmado un contrato tácito con el destino: casi nunca lo hará. Esa renuncia, que en cualquier otra profesión sería un drama, en el ciclismo se convierte en virtud. Y quizá por eso cuesta tanto ponerle nombre y apellidos, ordenarlos en un ranking, hacer la famosa tier list que reclaman los de la barra.
Antes de que las cámaras fueran en alta definición y los potenciómetros contaran la verdad de cada pedalada, el oficio ya se estaba inventando en carreteras mucho menos fotogénicas. Reynolds nace sobre una base navarra y vasca, con corredores que se saben de memoria cada repecho entre pueblos, donde el talento joven convive con veteranos de carretera comarcal. En los primeros ochenta, mientras Ángel Arroyo se sube al podio del Tour y Perico Delgado aprende a convivir con los días de gloria y las pájaras monumentales, un chaval alto de Villava va comprendiendo de qué va esto. Se llama Miguel Indurain y, antes de ser mito, es también aprendiz protegido por compañeros que lo arropan con más oficio que titulares.
En aquel primer Reynolds no existía todavía un manual cerrado de “gregario moderno”. Los roles eran borrosos. El líder podía ponerse el mono de trabajo si tocaba, el cazador de etapas podía pasar a escudero sin que saltaran chispas. Se improvisaba mucho, se decidía sobre la marcha en función de las piernas, del viento, del olfato del director.
Había días en los que la camiseta del jefe tiraba del pelotón como un gregario más y otros en los que el peón de siempre encontraba su tarde de libertad. Todo cambia en 1990, cuando aterriza Banesto. Entra el banco, entra el dinero, y Eusebio Unzué ya tiene clarísimo que la casa se va a levantar alrededor de un pilar: Indurain. La palabra que se instala en la oficina es bloque.
Ya no se trata sólo de llevar buenos corredores al Tour, sino de construir una columna vertebral reconocible, un núcleo duro que repite temporada tras temporada, que se recicla en iBanesto, en Illes Balears y más tarde en Caisse d’Epargne. Cuando Movistar aparece en 2011, en realidad compra mucho más que un maillot azul: compra una cultura que lleva décadas puliendo la idea de que un ocho para el Tour no son ocho nombres sueltos, sino una coreografía. El dominio de Indurain suele medirse en grandes escenas individuales: Luxemburgo, la subida a Ordino-Arcalís, aquellas contrarrelojes kilométricas que parecían no terminar nunca. Pero para entender la importancia del gregario hay que rebobinar antes del ataque, cuando el helicóptero todavía no ha decidido a qué dorsal va a dedicar la tarde.
Antes de que Miguel se ponga de pie y cambie de ritmo ya hay tres compañeros con el depósito en reserva. Han limpiado la subida, han deshilachado el grupo, han dejado la carrera reducida a una docena de tipos que respiran con la boca abierta. En el llano, el guion de Banesto se apoyaba en rodadores que conocían el viento de la Beauce francesa como si fueran las largas rectas entre Tudela y Logroño. Gente capaz de mantener treinta y muchos por hora con los codos abiertos mientras el líder se escondía.
En la montaña aparecían los escaladores de guardia, los que se hacían cargo del puerto desde abajo, marcaban un ritmo incómodo, machacón, y dejaban a Indurain la última parte de la subida con el pelotón hecho un grupo de sombras. El gregario ideal de aquella época era el corredor que nunca reventaba cuando no tocaba, que memorizaba el plan táctico casi mejor que el director y que asumía, sin tragedias personales, que su nombre no iba a figurar en el palmarés del Tour. Detrás del mito del líder imperturbable hay un detalle que siempre sale cuando la conversación se alarga en la sobremesa: la confianza. Indurain no miraba hacia atrás por costumbre; miraba sabiendo exactamente quién iba a estar ahí.
Esa certeza no se compra, se construye. Se levanta en concentraciones de invierno, en vueltas menores, en días de lluvia camino de Pamplona donde sólo se ve el spray de las ruedas y el coche del equipo empequeñeciéndose al fondo. El gregario de Banesto tiraba, sí, pero también hablaba, tranquilizaba, incluso disfrazaba la realidad si tocaba decirle al jefe que todos iban igual de mal. El final de la era Indurain abre un tiempo difícil.
La bici sigue rodando, pero el calendario se llena de signos de interrogación. Los líderes no acaban de consolidarse, las promesas se desinflan, los escándalos de dopaje sacuden el ciclismo hasta poner bajo sospecha casi cualquier resultado. Es un periodo en el que el oficio del gregario deja de ser romántico para volverse casi una forma de resistencia. Hay que seguir tirando aunque las portadas ya no sean amables, aunque el prestigio del deporte entero esté en cuestión.
Ahí aparecen nombres que hoy suenan a cimientos de la casa. José Luis Arrieta, por ejemplo, dejándose medio cuerpo en fugas larguísimas que casi nunca llegan, pero enseñando a una generación entera qué significa dar la cara por el equipo. José Vicente “Chente” García Acosta, símbolo absoluto de fidelidad a la estructura, capaz de pasar veinte años haciendo el trabajo sucio antes de dar el salto al coche y dirigir con la misma voz ronca con la que antaño animaba al líder. O Pablo Lastras, esa mezcla de peón de lujo y poeta de la escapada, que alterna días de sacrificio con victorias propias que se recuerdan tanto por sus ataques como por sus lágrimas.
Durante esos años, con los patrocinadores cambiando de nombre y la sospecha flotando en el aire, el gregario aprende a ser también memoria. Mientras las pegatinas de la bici se renuevan, ellos representan la continuidad. Son los que ven pasar de cerca a Arroyo, a Perico, a Indurain, a Valverde, a Quintana. Los que pueden contar la historia de la estructura sin levantar la voz, hilando anécdotas de aeropuertos, hoteles, frigos vacíos y cenas a deshora.
Para calibrar lo que valen esos escuderos, sirve echar un vistazo a lo que hicieron otros cuando quisieron levantar estructuras parecidas. Bjarne Riis, ganador del Tour en 1996, compró una pequeña formación danesa y la convirtió en algo que parecía de otro siglo: el CSC, un equipo que vendía modernidad y mentalidad de comando. Se ha contado cómo mandaban a los corredores a campos de supervivencia en bosques escandinavos, cómo les hacían nadar de noche en Lanzarote o cómo un exmilitar, Bjarne S. Christiansen, ejercía de mediador cuando estallaban conflictos internos.
El objetivo era simple y duro: que los gregarios sintieran el equipo como una unidad militar, que fueran capaces de sacrificarse sin hacer preguntas. Esa cultura del bloque tuvo una cara brillante en resultados, pero también una sombra evidente. Las acusaciones de dopaje organizado en el CSC, reforzadas por las confesiones de ciclistas como Tyler Hamilton sobre transfusiones y pagos clandestinos, recordaron hasta qué punto la línea entre el sacrificio deportivo y el sacrificio del propio cuerpo puede cruzarse sin darse cuenta. Carlos Sastre habló públicamente de presiones internas cuando las cosas no salían como marcaba el guion, e Iñigo Cuesta llegó a describir como “ambiente caliente” lo que vivió en algunas Vueltas con Riis al mando.
Más tarde, el relato siguió girando alrededor del dinero. Sungard se marchó, Saxo Bank se quedó como único salvavidas y el margen para fichar gregarios de lujo se estrechó. Entonces apareció Oleg Tinkov, que pasó de patrocinador excéntrico a propietario del invento, comprando la licencia del equipo a Riis en una operación millonaria anunciada a lo grande en la sede de Google. Con la marca Tinkoff se firmó una despedida casi pirotécnica en 2016: Peter Sagan en plena apoteosis, Alberto Contador quemando cartuchos, un bloque de gregarios hiperagresivos dominando media temporada.
En una de aquellas etapas de la Vuelta, Ivan Rovny fue pieza clave en un movimiento conjunto con Movistar para aislar a Chris Froome. Una jugada de desgaste, aparentemente sólo de fondo de pantalla, en la que el trabajo anónimo de un gregario cambió el desarrollo de la carrera. Su nombre apenas apareció en los titulares, pero el resultado quedó marcado por sus kilómetros en cabeza. Ejemplos así explican que, a veces, la frontera entre héroe y peón la decide el encuadre de la cámara más que el esfuerzo real.
Mientras todo eso sucedía lejos de Navarra, la saga Abarca seguía refinando su propio molde. Con la irrupción de Movistar, el equipo comprendió que ya no bastaba con tirar fuerte: ahora había que hacerlo bajo el escrutinio constante de las redes sociales, los memes y las repeticiones en HD. El gregario empezó a convertirse en personaje, aunque a menudo a regañadientes. Un demarraje fallido, una táctica incomprendida o un abanico mal calculado podían convertirse en trending topic al instante.
Imanol Erviti, por ejemplo, se hizo famoso para el gran público el día que encadenó escapadas en Flandes y Roubaix, sobreviviendo en los adoquines como si llevara toda la vida compitiendo en Flandes. Para los suyos, sin embargo, llevaba años siendo el hombre para todo: el que cerraba cortes en días de nervios, el que ejercía de capitán de carretera, el que marcaba el paso en un puerto de tercera para que Valverde o Quintana llegaran al pie del gigante con el pulso controlado. Hay pocas imágenes más representativas del gregario moderno del equipo que ese Erviti abriéndose a un lado, agotado, cuando la televisión por fin decide fijarse en él porque ya sólo quedan diez ciclistas en cabeza. Pablo Lastras, antes de la brutal caída que estuvo a punto de retirarlo sin despedida, era el especialista en colarse en fugas con cara de no querer saber nada, leer el libro de ruta como quien estudia un mapa del tesoro y encontrar el momento exacto para buscar su premio sin traicionar el plan del equipo.
Sus triunfos, con lágrimas genuinas al cruzar la meta, convivían con jornadas enteras tirando del carro para otros, como si fueran dos ciclistas distintos dentro del mismo cuerpo. Y después está Chente, pero ya con el micrófono en la mano y el volante del coche delante. Su figura es el retrato perfecto del gregario que se ha ganado el derecho a mandar. Primero se dejó la piel en la carretera, ahora la deja en la ventanilla del coche, gritando instrucciones por la radio, leyendo el viento, conteniendo entusiasmos.
No hay muchos directores que conozcan de manera tan íntima la sensación de entrar en la última curva de un relevo muerto de miedo por si fallan las piernas. En la era moderna de Movistar aparecen también los motores de fondo que aguantan cualquier tipo de encargo. Andrey Amador, por ejemplo, capaz de meterse en la general de un Giro de Italia y seguir actuando como soporte para otros en cuanto el director lo pide. Jonathan Castroviejo, metrónomo implacable en las contrarrelojes y garantía de orden en el llano, alguien a quien se le puede encomendar esa misión aparentemente simple de “que no pase nada” durante ciento cincuenta kilómetros.
José Joaquín Rojas, velocista reconvertido en hombre de estructura, que un día lanza un sprint y al siguiente se queda trabajando en el Mortirolo para que el líder no se quede solo. Gran parte de esas maniobras que medio internet bautiza como “movistaradas” nacen precisamente de esa obsesión por el bloque. Detrás de cada táctica que parece incomprensible mirando sólo al líder suele haber una lectura más amplia: cómo proteger a dos o tres jefes a la vez, cómo mantener abiertas varias opciones en la general, cómo colocar a un gregario en la fuga del día para tener una carta guardada. Luego salen bien o mal, pero casi siempre implican a esos corredores cuyo nombre se pierde en la maraña de dorsales.
Y volvemos a la barra del bar, a la pregunta original: la tier list, el ranking, la lista imposible. Entre dos rondas de cañas, alguien insiste en que hay que mojarse, que hace falta un podio de gregarios. El consenso absoluto es imposible, claro. Cada uno arrastra sus recuerdos, sus tardes de verano frente al televisor, sus filias y sus fobias.
Pero se puede intentar un orden sentimental. En la cúspide aparecen los que suman tres virtudes indiscutibles: años de servicio con el mismo escudo, sacrificio evidente y capacidad de ganar cuando el equipo les dio permiso. Ahí entran, casi sin discusión, Chente García Acosta, Pablo Lastras, José Luis Arrieta e Imanol Erviti. Han recorrido medio planeta con la misma estructura, han tragado kilómetros de cara al aire que no salen en ninguna estadística y podrían llenar un libro sólo con anécdotas de autobús, con bromas de concentración, con mañanas de frío en que nadie quería ser el primero en quitarse el chubasquero.
Un peldaño por debajo aparece esa categoría difusa que podríamos llamar “gregarios de lujo”. Corredores que, en otro contexto, habrían sido jefes de filas casi a tiempo completo. Ahí encajan Amador, Castroviejo, Xabier Zandio, el propio Rojas, y varios escaladores que alternaron libertad y servidumbre según lo que pidiera la general. Son los que aceptan que su propia clasificación se vaya a pique el día que el equipo decide jugar la carta de otro, los que renuncian a guardar fuerzas para mañana porque hoy el líder ha dicho que se prueba.
Más atrás, en esa zona donde la memoria empieza a difuminar rostros pero la cultura del equipo sigue reconociendo gestos, queda la tropa silenciosa de la era Banesto y de la primera Reynolds. Los que se dejaban caer a la grupeta sin cámaras persiguiendo sus números de potencia, los que trabajaban para un líder que tampoco vivía rodeado de focos constantes. Sin ellos no habría habido bloque en los noventa ni continuidad en los dos mil. Su nombre quizá no salga rápido cuando alguien cita el palmarés, pero permanece en conversaciones de hotel, en los recuerdos de masajistas y mecánicos.
Ese ranking nunca será un cuadro cerrado colgado en una pared. Cada aficionado reorganizará las posiciones según las etapas que le marcaron. Habrá quien recuerde una tarde de lluvia en la Vuelta a Burgos, viendo a Lastras tirar hasta casi caerse de la bici. Otro se quedará con aquel día de abanicos en la Vuelta a España en el que el bloque azul rompió el pelotón en mil pedazos sin mirar atrás.
También están los que se aficionaron al ciclismo modernos viendo a Erviti en los adoquines de Roubaix, aguantando en la escapada como si llevara toda la vida compitiendo allí. Lo relevante quizá no sea la lista, sino el giro de mirada que propone. Porque la próxima vez que veas al Movistar tomar la cabeza del pelotón en un puerto aparentemente inofensivo, conviene cambiar la forma de mirar la pantalla. En lugar de contar sólo los ataques, vale la pena fijarse en quién ha reventado la carrera veinte minutos antes.
En el corredor que habla con el coche para renegociar el plan, en el que reparte bidones cuando el puerto aún ni ha empezado, en el que se abre justo después de coronar y entra solo en meta, sin foco, mientras las cámaras persiguen al ganador. La saga Abarca ha sobrevivido a cambios de patrocinador, a crisis deportivas, a sospechas colectivas, a revoluciones tecnológicas que han cambiado todo menos la esencia. Lo único que no ha variado es la fe en el gregario como unidad mínima de sentido. Sin esos corredores que aceptan vivir en segunda fila no hay líder que aguante, no hay táctica que cuadre, no hay proyecto que dure cuarenta años en la élite.
De ese pacto silencioso se alimenta buena parte de la historia que cuentan los maillots de Reynolds, Banesto, Caisse d’Epargne o Movistar. Así que cuando en la barra surja otra vez la pregunta por los mejores gregarios de la historia del equipo, la respuesta quizá no quepa en tres nombres ni en un top diez cerrado. Lo que cabe es una invitación: volver a ver las carreras de siempre fijándose en los dorsales que casi nunca salen en la foto. Desviar la mirada del maillot del líder a ese ciclista que va un metro por delante, abriendo camino, comiéndose el viento para que otro disfrute de la gloria.
Si uno quiere llevarse algo práctico de todo esto, puede hacer una pequeña prueba casera. Elegir una etapa mítica de Banesto, o una jornada reciente de Movistar en la Vuelta o el Tour, verla entera y apuntar cuántas veces un gregario cambia el guion de la carrera sin que el narrador lo subraye. Cuántas veces cierra un hueco, se mete en una fuga incómoda, baja al coche a por información, dosifica un ritmo que deja a medio pelotón temblando. Después de un par de tardes así, resulta difícil no terminar levantando la copa por ellos antes que por el jefe de filas.
Y quizá entonces, en ese brindis silencioso, cada uno tenga clara su propia tier list, personal e intransferible, de los mejores gregarios de la historia del equipo.