Tier list: los momentos más épicos de Valverde
Introducción: de los tier lists al pelotón En los foros de videojuegos, una tier list es ese póster mental donde se ordenan héroes de Overwatch o personajes...
Tier list: los momentos más épicos de Valverde El bar huele a fritanga tardía y linimento barato. En una esquina, una tele de tubo repite, como un mantra de fondo, llegadas en alto de la Vuelta: Lagos, Ancares, la Cobertoria. En las paredes cuelgan maillots viejos, firmados a rotulador, ya desteñidos. Un bidón de Banesto hace de florero.
Otro, de Caisse d’Epargne, sujeta la puerta para que corra el aire. En una mesa pegada a la máquina tragaperras, alguien deja el vaso de tubo, desbloquea el móvil y enseña a los demás la enésima tier list del día. No es de ciclistas ni de equipos: son personajes de un videojuego de moda, ordenados en filas horizontales. Arriba, la S.
Debajo, A, B, C, hasta la irrelevancia. El dedo resbala por la pantalla como si estuviera pasando clasificaciones de montaña. “Estos son los que rompen el juego”, dice, señalando el escalón más alto. El bar entero mira de reojo la tele, donde aparece un viejo resumen en el que un murciano de verde se lanza cuesta arriba en Innsbruck con un arcoíris que aún no es suyo.
La pregunta flota sola: ¿cómo sería la tier list de los momentos más épicos de Alejandro Valverde? Lo curioso es que el lenguaje de esa pantalla del móvil nació lejos de los puertos de montaña. Viene de foros de videojuegos competitivos donde, desde hace años, se ordenan personajes de Super Smash Bros Melee, Overwatch y casi cualquier juego con algo que medir. Medios especializados levantan tier lists cada vez que cambia un parche, los foros hierven, Reddit arde, los jugadores empiezan a discutir si tal héroe es S-tier, A-tier o carne de banquillo digital.
Plataformas como Tiermaker han convertido esa lógica en una herramienta casi universal y, de paso, han popularizado el misterio de la letra S. Hay quien dice que viene de las escalas académicas japonesas; otros la asocian a superb, superior, incluso a sugoi, esa exclamación japonesa que se reserva para lo que se sale del molde. Esa fila de arriba es el territorio de lo extraordinario incluso entre los mejores, la planta ático donde viven las cosas que se cuentan una y otra vez. Al mismo tiempo, cada vez hay más gente harta de tanta clasificación.
Artículos que desmontan el fetiche de los rankings recuerdan que una tier list dice tanto del objeto ordenado como de quien la hace, que poner la realidad en casillas bien alineadas puede ser divertido pero también una forma de simplificar hasta la caricatura. Esa mirada crítica se cuela incluso en webs que viven de los videojuegos y que acaban confesando que, en el fondo, las listas son un juego, no un veredicto. Trasladar ese marco al ciclismo, y concretamente a los años de Valverde bajo el paraguas de la saga Abarca, tiene algo de experimento de laboratorio: aplicar una lógica de videojuego a una carrera llena de contextos incómodos, lealtades largas, cambios de era y un equipo que ha ido mudando de piel sin cambiar de esqueleto. Porque, antes de colocar nada en ningún escalón, conviene recordar que hablar de Valverde en clave de tier list es hablar también de una estructura.
La historia arranca con Reynolds en los ochenta, el equipo que cobija a un joven Indurain con cara de internado que aún no sabe que va a ganar cinco Tours. Sigue con el Banesto que domina Francia desde principios de los noventa, atraviesa el tramo iBanesto y el experimento Illes Balears, se abrocha con el Caisse d’Epargne negro y rojo y desemboca, ya en plena década de smartphones, en un Movistar azul que ha visto cambiar medio pelotón sin moverse de la foto. El denominador común es Abarca Sports, una manera concreta de entender el ciclismo: continuidad por encima de los impulsos, veteranos que se convierten en columna vertebral, obsesión crónica por las generales de las grandes vueltas. Valverde aterriza en esa casa en 2005, después de sus primeros destellos profesionales en Kelme, y desde entonces su vida deportiva se confunde con la del equipo.
Cambian los patrocinadores, los colores del maillot, los vinilos del autobús aparcado cada mañana en la salida, pero él sigue ahí. Pasa por el vestuario el Indurain tardío, luego Pereiro, Karpets, más tarde Quintana, Rojas, después Landa, Soler, Mas, Verona. Él se mantiene, año tras año, como si fuese un mueble empotrado que nadie se plantea mover porque sujeta la pared. Para Abarca, Valverde acaba siendo algo parecido a lo que un proveedor Tier 1 es para las redes de Internet: un nodo estable sobre el que se construye toda la circulación de esfuerzos, tácticas y liderazgos.
Si él está, el sistema aguanta. Esa fidelidad tiene consecuencias concretas. Marca su calendario, sus picos de forma, los riesgos que está dispuesto a correr y los que ni se plantean. Con el tiempo, su figura se convierte en el eje que estructura cada temporada: Flecha Valona y Lieja en primavera, el Tour o el Giro según la apuesta estratégica del año, la Vuelta como territorio sentimental, casi de casa, donde la ambulancia de la Guardia Civil le tutea desde la ventanilla.
En medio de esa línea temporal se cuelan las cicatrices: la implicación en la Operación Puerto, una sanción que le aparta de las carreras en su mejor edad biológica, el regreso en 2012, las miradas de sospecha que ya nunca se irán del todo y, a la vez, la confianza férrea dentro del equipo en alguien que se sabe cada pasillo de la estructura. Con este telón de fondo, hay momentos que casi se colocan solos en la fila S. El primero, por consenso casi unánime incluso entre quienes no son especialmente devotos del murciano, es el Mundial de Innsbruck 2018. El circuito parece diseñado en secreto por un aficionado que hubiera pasado demasiadas tardes en foros de ciclismo: un recorrido largo, un desgaste acumulado que rompe piernas y voluntad, un circuito final con una pared que recuerda, por inclinación y mala leche, al Mur de Huy.
Valverde llega con 38 años y una mochila mundialista cargada de medallas y frustraciones. Hamilton 2003, Madrid 2005, Salzburgo, Florencia, Ponferrada: plata, bronces, puestos de honor. Oro, nunca. La etiqueta de eterno aspirante le rodea como un mantra cruel.
La carrera, ese día, se hace a pico y pala, sin grandes golpes de efecto. Los favoritos van cayendo uno a uno por la borda a medida que se acumulan los metros de desnivel. En la última subida del día, cuando ya solo quedan adelante Michael Woods, Romain Bardet, Tom Dumoulin y Valverde, la escena tiene algo de parábola generacional. El murciano parece mayor que todos ellos juntos y, paradójicamente, transmite más serenidad.
Aguanta los cambios de ritmo de Woods, responde a las arrancadas de Bardet, controla los movimientos de Dumoulin, que sube como quien empuja un reloj suizo cuesta arriba. No hay gestos gratuitos, no hay ataques teatrales, solo un gasto medido al milímetro. En la recta final, con la pendiente aún clavada en las piernas, Valverde lanza un sprint seco, sin fuegos artificiales, más golpe de martillo que explosión. No abre una distancia escandalosa, pero la mantiene, como si apretara lentamente una prensa hidráulica.
Woods le mira, Bardet se retuerce, Dumoulin llega desde atrás demasiado tarde. Cuando cruza la meta, las piernas flojean por primera vez en quince años de casi, levanta los brazos y la cara se le descompone. Las lágrimas, el abrazo con los auxiliares de Movistar, el abrazo largo con los compañeros de selección, condensan una biografía entera en unos segundos. Ese día no solo se pone el maillot arcoíris; derriba una etiqueta que parecía grabada a fuego y se queda con otra: la del veterano que ha sobrevivido a varios ciclismos distintos y sigue en la planta noble.
Antes de ese arcoíris tardío hubo otro momento S-tier que encendió la mecha. Courchevel 2005, Tour de Francia, primer gran examen en la general para un Valverde recién llegado a Illes Balears. En la memoria colectiva quedaba el vacío que había dejado Indurain, la era Armstrong comandaba aún la carrera con mano de hierro y la estructura Abarca buscaba señales de vida en la élite del Tour más allá de los buenos puestos. La etapa termina en alto, es larga, exigente, de esas que el americano utilizaba para marcar territorio.
Rasmussen se desata cuesta arriba, los aspirantes al podio miden cada pedalada, el tren del Discovery Channel impone su ley hasta que la carretera se empina de verdad. Y, sin embargo, lo que se pega a la retina no es una exhibición de amarillo imperial, sino la imagen de un joven con maillot blanco y azul saliendo a la rueda de Armstrong sin un milímetro de complejo. En los últimos metros hay un instante microscópico en el que ambos se miran. Armstrong calcula el esfuerzo, mide cuánto puede dar sin destrozar la general.
Valverde hace su propio inventario interior y decide que, si hay un día para jugarse la vida, es ese. Se levanta sobre la bicicleta, lanza el sprint con la inoportunidad de quien no ha aprendido aún a ser prudente y cruza la meta por delante del mito vigente. Para él es la confirmación de que no le viene grande el escenario más televisado que existe. Para la estructura Abarca, la prueba de que la vida después de Indurain no se va a reducir a coleccionar actuaciones meritorias en los márgenes del podio.
La foto de Courchevel, con el maillot de Illes Balears en primer plano y el amarillo apenas un poco más atrás, tiene algo de portada de cómic que anuncia la década siguiente: ahí está el chico que, sin saberlo, va a dar sentido a uno de los proyectos más longevos del ciclismo moderno. El tercer vértice del S-tier de Valverde, dentro de la saga Abarca, no tiene la pureza estética de una llegada mano a mano con Armstrong ni la aura icónica de un arcoíris. Es más gris, más de gestor que de héroe clásico, y quizá por eso representa mejor que ninguna otra la esencia compartida entre el corredor y el equipo. Es la Vuelta a España 2009, la única general de una grande que figura en su palmarés.
Llega a esa carrera rodeado por un ruido de fondo incómodo: procesos abiertos, sospechas constantes, miradas de reojo. El pelotón, como siempre, mezcla el respeto por el hombre que gana donde quiere y la cautela con alguien cuyo nombre aparece en sumarios que nadie quiere leer en voz alta. El recorrido de aquella Vuelta no está exactamente hecho a medida, pero tampoco le resulta hostil. Hay puertos donde toca sufrir con dignidad, etapas quebradas donde el corredor de Murcia puede hacer daño, cronos en las que se defiende mejor que la mayoría de escaladores puros.
No hay una etapa que se recuerde como la gran cabalgada heroica de Valverde. Lo que hay es una sucesión de decisiones correctas durante tres semanas: elegir bien qué ruedas seguir, saber cuándo dejar marchar una fuga que no amenaza la general, aceptar perder unos segundos antes que explotar en una rampa donde el cuerpo le susurra que está al límite. Día tras día, el maillot verde de Caisse d’Epargne se va acercando a la cúspide de la clasificación. Cuando la carrera entra en la tercera semana, se produce esa imagen que tanto gusta en los documentales: Valverde de rojo, con el equipo colocado a su alrededor, midiendo ritmos, cerrando huecos, aminorando riesgos.
No hay fogonazos espectaculares, pero sí la sensación de que está haciendo exactamente lo que necesita para ganar la carrera que se le había escapado tantas veces. El podio final en Madrid tiene menos explosión visual que Innsbruck o Courchevel, pero destila una justicia particular: el corredor que tantas veces ha rozado las grandes vueltas se lleva, por fin, una a casa. En el escalón inferior, ese Tier A que en cualquier otra biografía sería cumbre absoluta, se amontonan momentos que cualquier profesional firmaría sin pestañear. La Flecha Valona es casi una serie de televisión de varias temporadas.
Año tras año, el Mur de Huy espera, siempre igual y siempre distinto. Valverde llega bien colocado a los pies de la pared, se camufla en la fila, sube pegado a las vallas como quien sube las escaleras de su portal. A falta de 200 metros, como si tuviera un reloj interno programado, se abre un pasillo por la izquierda y aparece ese cambio de ritmo que ya no es juventud, sino oficio destilado. Remata a rivales que podrían ser sus sucesores naturales, desde un Alaphilippe en plena ebullición hasta un Kwiatkowski que entiende el oficio de las clásicas como pocos.
La narrativa se repite con variaciones menores, pero cada edición añade una capa a su personaje: el tipo que ha convertido un muro en propiedad privada. Peyragudes 2012 tiene una épica distinta, más coral. Movistar aterriza en aquel Tour con ganas de mostrarse después de años de perfil bajo, Valverde regresa a la carrera francesa tras la sanción, el relato sobre él se está reescribiendo. Se mete en la fuga adecuada, esa que sale temprano y a la que el pelotón concede una ventaja que parece controlable.
Cuando, por detrás, el Sky de Wiggins y Froome decide que no puede dejar demasiada cuerda, el margen se derrite. Valverde sufre, calcula, se agarra a la idea de que, si llega vivo al último kilómetro, todavía puede rematar. Lo consigue. El pelotón entra pegado, la imagen de Froome mirando hacia atrás, frenado por las órdenes de no dejar a su líder, contrasta con la del murciano levantando los brazos en la cima de Peyragudes.
Es un día de ciclismo ofensivo, de esos que se echan de menos en las grandes vueltas modernas, y funciona como declaración de intenciones: ha vuelto, y no lo hace solo para especular con puestos discretos en la general. El Giro 2016 añade un matiz que enriquece el Tier A: la capacidad de trasladar su libreto a un territorio nuevo. Es su única participación en la Corsa Rosa, en una carrera que exige adaptarse a meteorologías caprichosas, carreteras del norte italiano que no perdonan despistes, un pelotón que se comporta de forma diferente al Tour y la Vuelta. Valverde se lleva de Italia una victoria de etapa de prestigio, en llegada que mezcla repecho, colocación milimétrica y sprint feroz, y un puesto en el podio final que habría sido fácil despreciar en un calendario ya saturado.
Lo hace, además, con esa sensación de que, si hubiera decidido repetir presencia en el Giro, podría haber subido aún más alto. Pero su biografía es la de un corredor pegado a unas rutinas que también son las de su equipo, y aquella incursión italiana queda como un capítulo único, casi exótico, dentro de una novela muy española. Por debajo de estos peldaños dorados asoma un Tier B que, más que rebajar la épica, la matiza. Ahí se ordenan los Mundiales en los que Valverde se queda sin oro después de correr como un relojero: la Florencia de lluvia torrencial, la Ponferrada de decisiones tácticas discutidas hasta la extenuación, otras ediciones en las que parece más pendiente de asegurar una medalla que de apostarlo todo al arcoíris.
Son días que alimentan debates interminables: si fue demasiado conservador, si le faltó riesgo, si el corredor que ganaba con tanta valentía en las clásicas se encogía cuando había una banda de campeones nacionales a su rueda. En ese Tier B entran también las grandes vueltas en las que renuncia a sus opciones personales para trabajar para un líder más joven, especialmente con Nairo Quintana. Tours en los que se queda a medio gas en la general para hacer de guardaespaldas de lujo en la montaña, Vueltas donde arranca en los puertos para reventar la carrera y dejarle a su compañero el golpe final. Son gestos que, desde el sofá, suelen terminar en crítica fácil –“otra vez hace de gregario cuando podría luchar por el podio”–, pero que dentro del autobús definen jerarquías y cementan equipos.
No salen en los resúmenes oficiales ni en los vídeos motivacionales, pero cuentan a la hora de entender qué significa ser el hombre fuerte de una estructura durante casi dos décadas. Y luego está el lado oscuro, que no desaparece por el simple hecho de ordenar momentos bonitos en filas de colores. La implicación en la Operación Puerto, la sanción que le aparta de la competición en plena madurez, los años de sospecha, son un bloque incómodo para cualquier tier list que aspire a tener algo de rigor. Hay aficionados que sostienen que cualquier clasificación que ignore ese capítulo está mutilada.
Otros prefieren compartimentar: una cosa es el juicio ético, otra las sensaciones puramente deportivas que genera verle correr. Esa tensión recuerda, de paso, lo que advertían algunos articulistas cuando se metían con las listas de rangos: convertir la carrera de un deportista en una sucesión de escalones puede ser útil para ordenar recuerdos, pero nunca sustituye al análisis crítico ni borra las aristas. Aun así, el juego tiene sus reglas. Para levantar una tier list razonable de los momentos de Valverde en la saga Abarca no basta con abrir un palmarés y ordenar resultados por brillo aparente.
El criterio central tiene más que ver con la mezcla de contexto, riesgo asumido, calidad del rival y huella emocional. Un sprint cuesta arriba contra Armstrong en su Tour, un arcoíris conquistado a los 38 después de media vida persiguiéndolo, una Vuelta ganada mientras los juzgados y los periódicos se empeñan en recordarte tu pasado, pesan más que una victoria de etapa en una carrera menor por muy espectacular que sea la foto. También importa el papel del equipo, esa presencia constante que a veces se da por hecha. En Courchevel o Peyragudes, el trabajo previo de Illes Balears o Movistar es parte de la historia: compañeros tirando en el valle, cerrando huecos con la entrega de quien sabe que no tendrá oportunidad propia, directores en el coche que deciden cuándo dejar hacer a una fuga y cuándo echarla abajo.
El ADN de Abarca aparece en la forma en que se planifican los picos de forma, en cómo se da por sentado que Valverde debe llegar fino a unas pocas citas marcadas en rojo cada temporada, en la manera en que se reestructura todo cuando, por edad o por decisión, él pasa a un rol más secundario. Jugar a las tier lists con una figura así entraña riesgos evidentes. Se tiende a minusvalorar los días grises, esas jornadas de transiciones en las que un séptimo puesto sostiene una clasificación general, o esas temporadas en las que no hay una gran victoria pero sí una constancia casi inhumana. También es fácil caer en la trampa de glorificar momentos que, observados con más detalle, estuvieron cargados de decisiones tácticas cuestionables o marcados por un contexto de dopaje generalizado que distorsiona cualquier comparación.
Al mismo tiempo, el ejercicio sirve para abrir preguntas incómodas: ¿qué valoramos realmente en el ciclismo de élite?, ¿preferimos el golpe aislado en el Tour que se repite en todas las cabeceras o la capacidad de estar dos décadas ganando en terrenos distintos?, ¿cómo se pondera el peso de una sanción a la hora de juzgar una carrera?, ¿qué significa haber sido fiel casi siempre a la misma estructura cuando otros cambiaban de proyecto según soplaba el viento del mercado? En la mesa de aquel bar, la utilidad inmediata de esta tier list imaginaria es evidente. Sirve para elegir qué etapas merece la pena volver a ver una noche de invierno: Courchevel 2005 para conocer al Valverde joven que no calcula demasiado, Innsbruck 2018 para contemplar al veterano que por fin cierra el círculo, la Vuelta 2009 para estudiar cómo se gana una grande sumando pequeñas decisiones correctas más que con un solo zarpazo. Para quien monta en bici, incluso a otro nivel, estas escenas tienen algo de manual práctico: cómo escoger el momento justo para arrancar en un repecho, cómo dosificar cuando el cuerpo pide pasar al rojo, cómo colocarse antes de un muro donde todo el mundo sabe que se va a decidir algo.
Para periodistas, directores deportivos o sencillos obsesos del ciclismo, esta forma de ordenar recuerdos es una plantilla que se puede reutilizar. Se puede aplicar a otros nombres de la saga Abarca, de Indurain a Quintana, o a equipos rivales con historias igual de largas. Y permite, sobre todo, entender que la palabra épico no depende solo del número de vatios ni de los metros que se recortan a un rival, sino de la narrativa que se teje alrededor de esos datos. Valverde, con sus virtudes, sus contradicciones y su fidelidad casi monógama a un mismo escudo, es un material perfecto para ese juego.
Al final, la tier list de los momentos más épicos de Alejandro Valverde dentro de la saga Abarca/Movistar revela algo que muchos intuían desde hace tiempo: que el murciano se ha convertido en un género propio. Hay corredores más dominantes en las tres semanas de una grande, más devastadores en la alta montaña o más explosivos en los sprints. Pero pocos han logrado sostener durante tanto tiempo una mezcla tan particular de regularidad, instinto competitivo y capacidad para aparecer en el plano cuando la carrera deja de ser un trámite y se convierte en un problema serio. Arriba del todo, en esa fila S que a veces parece inventada para él, se acumulan imágenes que cualquier aficionado reconoce sin necesidad de explicación: el gesto contenido en Innsbruck, el golpe juvenil en Courchevel, la serenidad de la roja en 2009.
Un escalón más abajo, las Flechas, Peyragudes, el Giro, esos capítulos que quizá nunca tendrán documental propio en una plataforma de streaming pero que explican por qué Movistar ha tenido durante dos décadas un seguro de vida en casi cualquier terreno. Y lo mejor de todo, como saben quienes siguen ampliando la tier list del móvil en la mesa del bar, no es la lista en sí, sino la discusión que abre: qué subirías, qué bajarías, qué momento guardarías para un escalón secreto, solo tuyo, en esa zona borrosa donde la memoria personal y la historia del ciclismo se confunden y, por un instante, llevan todas el mismo maillot arcoíris.